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jueves, 18 de agosto de 2016

LA EXISTENCIA DE DIOS - ROYO MARÍN


Quinta vía:
la finalidad y orden del universo
(Quinta parte)



El Moisés de Miguel Angel.


Los amigos de Miguel Angel, célebre escultor del Renacimiento, contemplaban asombrados el inmortal Moisés que aquél acababa de esculpir.

_ ¿De dónde sacaste esta maravilla? - le preguntaron.

_ Fui a Scravezza, me fijé en un bloque de mármol de aquellas canteras, lo traje a casa y resultó que dentro tenía al legislador de Israel.

Se sonrieron los amigos, persuadidos de que, sin el genio y la inspiración de Miguel Angel, aquel Moisés hubiera seguido hasta el fin del mundo sin salir de un tosco pedazo de piedra de las canteras de Saravezza. A ninguno se le ocurrió, ni por casualidad, que el concurso o, tal vez, la huída fortuita de átomos estirara en el bloque aquella correlación de líneas que ha hecho del Moisés de Miguel Angel una de las obras maestras de la escultura universal.

Para tallar un Moisés frío y sin vida se necesitó ser un genio.

Pero ningún genio es capaz de esculpir a un hombre de carne y hueso con un mecanismo a propósito para res- pirar, ver y hablar; para pensar, y amar, y coordinar todos estos actos en la unidad de su conciencia; para componer La divina comedia o pintar la capilla Sixtina; para transmitir su idea y sus imágenes por radio y televisión. Ningún genio es capaz de eso. Se necesita ser Dios. "Yo no sé cómo fuisteis formados en mi seno -decía a sus hijos la madre de los Macabeos-, porque ni yo os di el alma y la vida ni fui tampoco la que coordiné vuestros miembros, sino el Creador del universo, que es el que formó al hombre en su origen y le que dio principio a todas las cosas" (2 Mac 7,22).

6. Conclusión

Resumamos todo lo dicho. Si no existe un Creador infinitamente sabio y poderoso, el orden dinámico que preside a todo el cosmos, desde las galaxias hasta la correlación funcional, se debe atribuir al azar. No hay solución intermedia. Es así que el azar no explica de ningún modo este orden. Luego existe aquel Creador de sabiduría y poder infinito. El mundo, en una palabra, es el resultado de una comprensión infinita. Por eso, la creencia en Dios pertenece a las funciones normales de la inteligencia humana. El ateo es un caso clínico, como el de uno que pierde la razón). Porque admitir sólo el choque ciego de fuerzas naturales es aceptar una inteligencia más inteligente que la inteligencia misma. La incredulidad no consiste en no creer, sino en creer lo difícil antes que lo fácil.

11. ARGUMENTOS COMPLEMENTARIOS

A través de las famosas cinco vías que acabamos de exponer en las páginas precedentes, la existencia de Dios aparece con toda evidencia y claridad para todo espíritu sereno y reflexivo. A pesar de haber sido atacadas furiosamente por los racionalistas incrédulos, permanecen, y seguirán permaneciendo, en pie mientras la razón humana no abdique de sus derechos imprescriptibles. Como dice muy bien el P. Sertillanges en unas palabras que hemos citado más arriba (cf. n.12) "si nada hay seguro, tampoco Dios es seguro; si nuestro pensamiento es puro espejismo... , Dios perecerá en el universal naufragio de la conciencia y de la razón; pero estas consecuencias absurdas- que se derivan lógicamente de la negación de la aptitud de la razón humana para conocer con toda seguridad y certeza- sólo puede satisfacer a un pequeño número de espíritus extravagantes o enfermizos". Además de los argumentos que hemos expuesto en el proceso de las cinco vías, existen otros muchos para probar o confirmar la existencia de Dios. Recogemos a continuación, en brevísimas síntesis, algunos de esos argumentos complementarios.

El consentimiento universal del género humano

27. Escuchemos a Hillaire exponiendo con claridad y sencillez este argumento:
"Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que lodo s se hayan equivocado acerca de una verdad tan importante y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!. Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios: unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades, buenas o malas: pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto entre los pueblos antiguos como entre los modernos. Echad una mirada sobre la superficie de la tierra -decía Plutarco, historiador de la antigüedad- y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios... "

Un gran sabio moderno, Quatrefages, ha escrito:

"Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de Africa, creen en la existencia de Dios. Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al contrario, el origen del sacerdocio está en esa creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos nunca hubieran elegido hombres para el culto.

_ ¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones?

Las pasiones tienden más bien o borrar la idea de Dios, que las contraria y condena.

-¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde lo disipan la ciencia y el sentido común.

-¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.

-¿El temor? No se teme lo que no existe: el temor de Dios prueba su existencia. 

-¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios. antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina; esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.

La creencia de todos los pueblos no puede tener su origen más que en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero. Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El Sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.


2° El deseo natural de perfecta felicidad

1. Vamos a presentar el argumento en forma de pro- posiciones, que iremos demostrando una por una. Lo Consta con toda certeza que el corazón humano apetece la plena y perfecta felicidad con un deseo natural e innato. Esta proposición es evidente para cualquier espíritu reflexivo. Consta, efectivamente, que todos los hombres del mundo aspiran a ser felices en el grado máximo posible. Nadie que esté en su sano juicio puede poner coto o limitación alguna a la felicidad que quisiera alcanzar: cuanta más, mejor. La ausencia de un mínimum indispensable de felicidad puede arrojamos en brazos de la desesperación; pero no podrá arrancamos, sino que nos aumentará todavía más el deseo de la felicidad. El mismo suicida -decía Pascal- busca su propia felicidad al ahorcarse, ya que cree -aunque con tremenda equivocación- que encontrará en la muerte el fin de sus dolores y amarguras. Es, pues, un hecho indiscutible que todos los hombres aspiran a la máxima felicidad posible con un deseo fuerte, natural, espontáneo, innato; o sea, con un deseo que brota de las profundidades de la propia naturaleza humana.

2. Consta también con toda certeza que un deseo propiamente natural e innato no puede ser vano, o sea, no puede recaer sobre un objetivo o finalidad inexistente o de imposible adquisición. La razón es porque la naturaleza no hace nada en vano, todo tiene su finalidad y explicación. De lo contrario, ese deseo natural e innato, que es una realidad en todo el género humano, no tendría razón suficiente de ser, y es sabido que "nada existe ni puede existir sin razón suficiente de su existencia".

3. Consta, finalmente, que el corazón humano no puede encontrar su perfecta felicidad más que en la posesión de un Bien Infinito. Luego existe el Bien Infinito al que llamamos Dios. Ninguno de los bienes creados en particular ni en la posesión conjunta y simultánea de todos ellos. Porque:

a) No es posible poseerlos todos, como es obvio y enseña claramente la experiencia universal. Nadie posee ni ha poseído jamás a la vez todos los bienes externos (riquezas, honores, fama, gloria, poder,), y todos los del cuerpo (salud, placeres), y todos los del alma (ciencia, virtud). Muchos de ellos son incompatibles entre sí y jamás pueden llegar a reunirse en un solo individuo:

b) No serían suficientes, aunque pudieran conseguir- se todos, ya que no reúnen ninguna de las condiciones esenciales para la perfecta felicidad objetiva; son bienes creados, por consiguiente finitos e imperfectos; no excluyendo los males, puesto que el mayor mal es carecer del Bien Infinito, aunque se posean todos los demás; no sacian plenamente el corazón del hombre, como consta por la experiencia propia y ajena; y, finalmente, son bienes caducos y perecederos, que se pierden fácilmente y desaparecerán del todo con la muerte. Es, pues, imposible que el hombre pueda encontrar en ellos su verdadera y plena felicidad. Solamente un Bien Infinito puede llenar por completo las aspiraciones inmensas del corazón humano, satisfaciendo plenamente su apetito natural e innato de felicidad. Luego hay que concluir que ese Bien Infinito existe realmente, si no queremos incurrir en el absurdo de declarar vacío de sentido ese apetito natural e innato que experimenta absolutamente todo el género humano.

Advertencias. Ese apetito natural nos lleva a la existencia del Bien Infinito, que es su término natural. Pero no a la demostración de la visión beatifica, que es estrictamente sobrenatural y, por consiguiente, no existe hacia ella un apetito meramente natural, sino que brota únicamente del alma elevada por la gracia al orden sobrenatural. Ese apetito natural e innato del Bien Infinito prueba, por otra parte y en otro aspecto, la inmortalidad del alma. Porque no pudiendo satisfacer en este mundo ese apetito natural de ser plena y saciativamente feliz, es forzoso que pueda conseguirlo en la otra vida, sin miedo ni recelo de perderla jamás, a no ser que admitamos el absurdo de que Dios haya puesto en el corazón humano un deseo natural irrealizable, lo que repugna a su bondad y sabiduría infinitas.

3° La existencia de la ley moral

29. Escuchemos de nuevo a Hillaire exponiendo con precisión y brevedad este argumento:
"La existencia de la ley moral prueba de una manera irrefragable la existencia de Dios. Existe una ley moral, absoluta, universal, inmutable, Que prescribe el bien, prohíbe el mal y domina en la con- ciencia de todos los hombres. Cuando obedecen a esta ley, son felices; cuando la violan, sienten remordimientos.  Ahora bien, esta ley no puede dimanar sino de Dios, pues no hay ley sin legislador, como no hay efecto sin causa. Luego la existencia de la ley moral prueba la existencia de Dios. El es el legislador supremo que impone a los hombres el deber de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todos nuestros actos; el juez ineludible que premia o castiga mediante las alegrías o los tormentos de la conciencia.

Nuestra conciencia nos dice:

1°, que existe una diferencia esencial entre el bien y el mal;

2°, que debemos hacer el bien y evitar el mal;

3°, que toda acción mala merece castigo, como toda acción buena merece galardón;

4°, esa conciencia se alegra y aprueba a sí misma cuando obra bien, y se entristece y condena a sí misma cuando obra mal. Hay, pues, en nosotros una ley moral naturalmente escrita en la conciencia.

¿De dónde proviene esta ley? No puede provenir sino de un legislador, puesto que no hay ley sin legislador, como no hay efecto sin causa. Esta ley moral, inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad obligatoria para todos, no puede tener por autor sino a un ser superior a los hombres, es decir, a Dios. Además, si no hay legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser impunemente quebranta- da. Luego una de dos: o Dios es el autor de la ley moral, y entonces existe; o la ley moral no es más que una quimera, y, en tal caso, desaparece toda diferencia entre el bien y el mal, el vicio y la virtud, la justicia y la tiranía, y la sociedad es imposible.

El sentimiento íntimo advierte a todos los hombres la existencia de Dios. Instintivamente, y de manera particular en las desgracias y en el peligro, dejamos escapar este grito: [Dios mío! ... Es el grito de la naturaleza. "Dios - dice Lacordaire- es el más popular de todos los seres. El pobre le llama, el moribundo le invoca, el malvado le teme, el hombre honrado le bendice. No hay un lugar, no hay un momento, no hay una ocasión, no hay un sentimiento en el que Dios no aparezca y no sea nombrado... ; la cólera cree no haber alcanzado su expresión suprema sino después de haber maldecido este nombre adorable, y la blasfemia es también el homenaje de una fe que se revela al olvidarse de sí misma". No se blasfema contra lo que no existe. La rabia de los malvados, como la creencia de los buenos, prueba la existencia de Dios.

4° La existencia de los milagros

30. El milagro es, por definición, un hecho sorprendente realizado a despecho de las leyes de la naturaleza, o sea, suspendiéndolas o anulándolas en un momento dado. Ahora bien: es evidente que sólo aquel que domine y tenga poder absoluto sobre esas leyes naturales puede suspenderlas o anularlas a su arbitrio. Luego existe un Ser que tiene ese poder soberano, a quien llamamos Dios. No vamos a insistir aquí sobre la posibilidad y la realidad de los milagros. Esta demostración tiene su lugar propio en la Apologética o Teología fundamental». Los incrédulos se ríen de los milagros, cuya existencia y aun posibilidad se permiten negar en absoluto. Pero los hechos indiscutibles ahí están. Aparte de los milagros de Jesucristo que nos refieren los Evangelios -cuya  autenticidad histórica no han podido desvirtuar los más apasionados esfuerzos de los racionalistas-, constan históricamente multitud de hechos milagrosos realizados por los santos en nombre y con la autoridad de Dios. En pleno siglo XX ahí están Lourdes y Fátima con multitud de hechos prodigiosos cuya sobrenaturalidad se ha visto obligada a proclamar la crítica científica más severa y exigente. La conclusión que de aquí se desprende no puede ser más lógica y sencilla: existen los milagros, luego existe Dios, único capaz de hacerlos. Tales son los principales argumentos complementarios de los que ofrecen las famosas cinco vías para demostrar racionalmente la existencia de Dios. El conjunto de todos ellos tiene una fuerza demostrativa absolutamente indestructible.

Como dice muy bien el P. Garrigou Lagrange:


"Las pruebas de la existencia de Dios engendran una certeza no oral ni física, sino metafísica o absoluta. Es absolutamente cierto que Dios existe, que el Ser más grande que se puede concebir existe realmente. La negación de esta proposición entrañaría, en efecto, la negación del principio de causalidad, del principio de razón de ser y, en fin de cuentas, la negación del principio de no contradicción. El sistema hegeliano es la prueba histórica de ello: por haber querido negar la existencia del verdadero Dios trascendente, distinto del mundo, ha tenido que poner la contradicción en la raíz de todo. Es preciso escoger: Dios o el absurdo radical”