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martes, 16 de agosto de 2016

El Calvario y la Misa Por Mons. Fulton J. Sheen


EL CONFÍTEOR
“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.”
(Lc 23, 24.)



La Misa comienza con el Confíteor. El Confíteor es una plegaria en la que, confesamos nuestros pecados y pedimos a nuestra Madre Santísima y a los Santos que intercedan ante Dios por nuestro Perdón, ya que sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios. Nuestro Señor comienza su Misa con el Confíteor, pero su Confíteor difiere del nuestro en esto: que El no tiene pecados que confesar. Es Dios, y por lo mismo es impecable. "¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?" Su Confíteor, pues, no puede ser una súplica de perdón de sus pecados; pero puede ser una súplica de perdón por los nuestros. Otros hubiesen gritado, maldecido, luchado al sentir sus pies y manos atravesados por los clavos. Pero la venganza no tiene lugar en el pecho del Salvador; ni una súplica brota de sus labios para castigo de los asesinos; ni exhala una oración pidiendo fortaleza para llevar su dolor. El Amor Encarnado olvida la injuria; olvida el dolor; y, en este momento de agonía concentrada, manifiesta solamente algo de la altura, la anchura y la profundidad del maravilloso amor de Dios, mientras dice su Confíteor; "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".

No dijo "perdóname", sino "perdónalos". El momento de la muerte era ciertamente el más a propósito para hacer la confesión del pecado; porque la conciencia, en las últimas solemnes horas, impone su autoridad; y sin embargo, ni una señal de arrepentimiento asoma en sus labios. Estaba asociado con los pecadores, pero jamás asociado con el pecado. Ni en la muerte ni en la vida tuvo jamás conciencia del menor incumplimiento del deber para con su Padre Celestial ¿Y por qué? Porque un hombre impecable no es solo hombre; es más que un mero hombre. Es impecable porque es Dios. Y en eso está la diferencia. Nosotros sacamos nuestras oraciones de las profundidades de nuestra conciencia del pecado: y El sacaba su silencio de su propia impecabilidad intrínseca. Esta sola palabra "Perdónales" prueba que El es el Hijo de Dios. Reparad en el motivo en que se apoya para pedir a su Padre Celestial que nos perdone: "Porque no saben lo que hacen". Cuando alguien nos injuria o nos culpa sin razón, decimos, "lo hizo a conciencia"; pero cuando pecamos contra Dios*, El halla una excusa para el perdón: nuestra ignorancia.  No hay redención para los ángeles caídos. Las gotas de sangre que cayeron de la Cruz el Viernes Santo en la Misa de Cristo, no alcanzaron a los espíritus de los ángeles rebeldes, ¿Por qué? Porque supieron lo que hacían. Vieron todas las consecuencias de sus actos con la misma evidencia con que nosotros vemos que dos y dos son cuatro, o que una cosa puede no existir y existir al mismo tiempo. Verdades de esta naturaleza cuando han sido así entendidas no pueden retractarse; son irrevocables y eternas. Por consiguiente, determinar rebelarse contra el Dios Todopoderoso equivalía a tomar una decisión irrevocable. Conocieron lo que hacían. Con nosotros es diferente. No vemos las consecuencias de nuestros actos tan claras como los ángeles; somos más débiles; somos ignorantes. Pues si conociéramos que cada pecado de soberbia teje una corona de espinas para la frente de Cristo; si recociéramos que cada contradicción a sus divinos Mandamientos labra para El la la Cruz; si supiéramos que cada acto de la avariciosa codicia taladra sus manos y cada jornada en los antros del pecado clava sus pies; si conociéramos lo bueno que es Dios y todavía siguiéramos pecando, jamás nos salvaríamos. Es solamente nuestro desconocimiento del infinito amor del Sagrado Corazón lo que nos introduce dentro del ámbito de su Confíteor en la Cruz.

Estas palabras, gravémoslo profundamente en nuestras almas, no constituyen una excusa para continuar pecando, sino un motivo de contrición y penitencia. El perdón no es negación del pecado. Nuestro Señor no niega el hecho espantoso del pecado. Y en esto se engaña el mundo moderno. Se desentiende del pecado: lo adscribe a una falla en el proceso evolutivo, a reliquias de los antiguos tabús; lo identifica con las teorías psicológicas. En una palabra, el mundo moderno niega el pecado. Nuestro Señor nos recuerda que es ya más terrible de todas las realidades. Si así no fuera ¿por qué carga con una Cruz al impecable? ¿Por qué derrama la sangre inocente? ¿Porqué ahora el pecado se levanta a sí mismo fuera del dominio de lo impersonal y se afirma como personal clavando a la Inocencia en un patíbulo? ¿Por qué tiene tan odiosos compañeros: la ceguera, los compromisos, la cobardía, los odios y la crueldad? Una abstracción no hace esto; pero puede hacerlo un hombre pescador.

Por eso el Señor que amó al hombre hasta la muerte, permitió al pecado ejercer su venganza; contra El; para que los pecadores pudieran comprender siempre la malicia del pecado viendo en ella la causa de la crucifixión de Aquel que males había amado. No hay negación del pecado. Y sin embargo, a pesar de toda su malicia, la Víctima perdona. En el mismo único hecho se muestra la gran maldad del pecado y el sello del perdón divino. Desde ahora ningún hombre puede mirar al crucifijo y decir que el pecado no es grave, como tampoco puede decir jamás que no puede ser perdonado. Por lo que sufrió demostró la gravedad del pecado; por el modo cómo lo sufrió mostró su misericordia para con el pecador. Es la Víctima que sufrió la que perdona; y en esta combinación de una Víctima tan humanamente bella, tan divinamente amante, tan absolutamente inocente, halla un gran crimen y un mayor perdón. Bajo el refugio de la sangre de Cristo pueden cobijarse los mayores pecadores, porque hay poder en esta sangre para hacer retroceder las mareas de la venganza que amenaza sumergir al mundo.

El mundo os presentará el pecado como inexistente. Pero sólo en el Calvario experimentaréis la Divina contradicción del pecado perdonado. En la Cruz, el amor divino e infinitamente generoso se apoyó en el pésimo acto del pecado de los hombre a para la acción más noble y la más dulce plegaria, que! ha visto y oído jamás el mundo, el Confíteor de Cristo: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen". La palabra "perdónales" que salió de la Cruz este día, cuando el pecado alcanzó su máxima violencia y cayó derrotado por el amor, no se extinguió con su eco. No mucho antes el mismo misericordioso Salvador había tomado medios para prolongar el perdón a través del espacio y del tiempo, hasta la consumación del mundo. Congregando al núcleo de su Iglesia en torno suyo, dijo a sus Apóstoles: "Los pecados de aquellos» a quienes perdonareis, serán perdonados" En todas partes del mundo los Sucesores de los Apóstoles tienen hoy el poder de perdonar. Y nosotros no vamos a preguntar: ¿cómo puede un hombre perdonar los pecados? Porque sabemos que el hombre no puede perdonar los pecados.

Pero Dios puede perdonarlos por medio del hombre; pues ¿no fue este el modo como Dios perdonó a sus verdugos en la Cruz, esto es, a través del instrumento de su naturaleza humana? ¿Por qué, pues, no ha de ser razonable que El siga perdonando los pecados a través de otras naturalezas humanas, a las cuales dio ese poder? ¿Dónde hallar esos hombres? Conocéis la fábula de la caja que durante largo tiempo fue ignorada y hasta ridiculizada como de ningún valor: pero un día se abrió y se halló dentro el gran corazón de un Gigante. En toda la Iglesia Católica existe esta caja. La llamamos el confesonario. Ignorado y ridiculizado por muchos; pero en él se halla al Sagrado Corazón del perdonador Cristo, perdonando los pecados a través de la mano levantada de su sacerdote, como una vez perdonó a través de sus propias manos levantadas en la Cruz. Sólo hay un perdón, el perdón de Dios; sólo hay un "Perdónales", el "Perdónales" de un Acto eterno y divino, con el cual entramos en contacto durante varias ocasiones de la vida. Como el aire está lleno de sinfonías y discursos pero no los oímos mientras no los sintonizamos en nuestras radios, así jamás las almas sentirán la alegría de este eterno y divino "Perdónales", mientras no sintonicen con él en el tiempo; y el Confesonario es el lugar donde sintonizamos con el clamor de la Cruz; "Perdónales". Quiera el Señor que nuestra mente moderna, en vez de negar la culpabilidad, mire a la Cruz, confiese su culpa y busque perdón; ojalá aquellos que tiene conciencias intranquilas, que les ensombrecen en la luz y les persiguen en las tinieblas, busquen alivio, no en el plano de la medicina, sino en el de la divina justicia; ojalá aquellos que hablan de los oscuros secretos del alma lo hagan, no con aire de soberbia, sino con sentimiento de contrición; ojalá aquellos pobres mortales, que derraman lágrimas en silencio, hallen una mano perdonadera que las enjugue. Esto tendrá que ser siempre lo cierto; que la mayor tragedia de ia vida no es lo que acontece a las almas, sino lo que las mismas almas yerran. Y ¿qué mayor tragedia que perder la paz de sentir el pecado perdonado? El Confíteor a los pies del altar es el reconocimiento de nuestra indignidad; el Confíteor de la Cruz es nuestra esperanza de perdón y absolución. Las heridas del Salvador fueron terribles, pero la peor herida de todas sería olvidarnos de que nosotros fuimos sus únicos causantes. El Confíteor puede salvarnos de esto, porque es el reconocimiento de que hay algo que debe ser perdonado; y más de lo que jamás conoceremos...


Hay una historia que habla de una religiosa que un día limpiaba en la capilla una pequeña imagen de nuestro Señor. Mientras hacía su trabajo la dejó caer en el suelo. La levantó sin que hubiese sufrido desperfecto, la besó y la puso de nuevo en su sitio, diciendo: "Si no hubieses caído nunca habrías recibido esto". No me maravillo si nuestro Señor siente lo mismo hacia nosotros; porque "si nunca hubiésemos pecado, nunca le llamaríamos "Salvador".