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martes, 5 de julio de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS.

TRATADO DEL AMOR
A DIOS.

LIBRO PRIMERO
 




En cuanto a los escritores espirituales es San Francisco de Sales uno de los más recomendados dentro de los círculos católicos, por su sencillez y simplicidad en juntar dos elementos en sus escritos espirituales; el teológico y el espiritual propiamente hablando. Creo que no hay lector que no se haya nutrido del solido alimento espiritual de sus obras, ellas han merecido, con todo derecho, su traducción a muchos idiomas y a pesar de los años sigue siendo siempre tan actual para las generaciones presentes habidas de saciar su sed de esta fuente de agua límpida y cristalina que mana del costado de Nuestro Señor Jesucristo.

En lo particular a quien esto escribe, me ha servido de mucho en una etapa muy especial de mi vida. Cuando los hombres actuales no tienen respuesta a ciertas inquietudes espirituales que se sucinta en nuestro corazón, las respuestas las encontré en esta maravillosa obra de San Francisco de sales como lo es el TRATADO DEL AMOR A DIOS con tal claridad y simplicidad que tranquilizo mi alma y no quedaron ganas de buscar más respuestas en otros autores espirituales.

Es, pues, mi fin al subir al blog los escritos del santo, que también ustedes queridos lectores encuentre el descanso de sus almas en el remanso de esta obra,
Vuestro servidor:
Padre Arturo Vargas Meza



Que contiene una preparación de toda la obra

Que para la hermosura de la humana naturaleza Dios entregó a la voluntad el gobierno de todas las facultades del alma," La unión establecida en la variedad engendra el orden; el orden produce la conveniencia y la proporción, y la conveniencia, en las cosas acabadas y perfectas, produce la belleza. La bondad y la belleza, aunque ambas estriben en cierta conveniencia, no son, empero, una misma cosa: el bien es aquello cuyo goce nos deleita lo bello, aquello cuyo conocimiento nos agrada. Habiendo, pues, lo bello recibido este nombre, porque su conocimiento produce deleite, es menester que, además de la unión, de la variedad del orden y de la conveniencia, posea un resplandor Y una claridad tales, que lo pongan al alcance de nuestra visión y de nuestro conocimiento.

Pero en los seres animados y vivientes, su belleza no existe sin la buena gracia, la cual, además de la conveniencia perfecta de las partes, exige la conveniencia de los movimientos, de los ademanes y de las acciones, que son como el alma y la vida de la hermosura de las cosas vivas. Así, en la soberana belleza de nuestro Dios, no reconocemos la unión, sino la unidad de la esencia en la distinción de las personas, con una infinita claridad, unida a la conveniencia incomprensible de todos los movimientos, de las acciones y de las perfecciones, soberanamente comprendidas, o, por decirlo así, juntas y excelentemente acumuladas en la única y simplicísima perfección del puro acto divino, que es el mismo Dios, inmutable e invariable, como lo diremos en otro lugar.

Dios, pues, al querer que todas las cosas fuesen buenas Y bellas, redujo la multitud y la diversidad de las mismas a una perfecta unidad, y, por decirlo así, las dispuso según un orden monárquico, haciendo que todas se relacionasen entre sí, y, en último término, con Él, que es el rey soberano. Redujo todos los miembros a un cuerpo, bajo una cabeza; con varias personas, formó una familia; con varias familias, una ciudad; con varias ciudades, una provincia; con varias provincias, un reino, Y sometió todo el reino a un solo rey. De la misma manera, entre la innumerable multitud y variedad de acciones, movimientos, sentimientos, inclinaciones, hábitos, pasiones, facultades y potencias que encontramos en el hombre, Dios ha establecido una natural monarquía en la voluntad, la cual manda y domina sobre todo lo que hay en este pequeño, mundo, y parece que Dios haya dicho a la voluntad lo que Faraón dijo a José: "Tú tendrás el gobierno de mi casa y, al imperio de tu voz, obedecerá el pueblo todo; sin que tú lo mandes, nadie se moverá". Pero este dominio de la voluntad se ejercita con grandes diferencias.

Cómo la voluntad gobierna de muy diversas maneras las potencias del alma.

La voluntad gobierna la facultad de nuestro movimiento exterior, como a un siervo o a un esclavo porque, si no hay fuera alguna cosa que lo impida, jamás deja de obedecer. Abrimos "Si cerramos la boca, movemos la lengua, las manos, los pies, los ojos y todas las partes del cuerpo que poseen la facultad de moverse, sin resistencia, a nuestro arbitrio y según nuestro querer.

Más, en cuanto a nuestros sentidos y a la facultad de nutrirnos, de crecer y de producir, no podemos gobernarlos tan fácilmente, sino que es menester que empleemos, en ella, la industria y el arte. No es menester mandar a los ojos que no miren, ni a los oídos que no escuchen, ni a las manos que no toquen, ni al estómago que no digiera, ni al cuerpo que no crezca, porque todas estas facultades carecen de inteligencia, y, por lo tanto, son incapaces de obedecer. Nadie puede añadir un codo a su estatura. Es necesario apartar los ojos, abrirlos con su natural cortina o cerrarlos, si se quiere que no vean, y, con estos artificios, serán reducidos al punto que la voluntad dese. Es en este sentido, Teótimo que Nuestro Señor dice que hay eunucos que son tales para el reino de los cielos, es decir, que no son eunucos por impotencia natural, sino por industria de la voluntad, para conservarse en la santa continencia. Es locura mandar a un caballo que no engorde, que no crezca, que no dé coces; si se quiere esto de él, es menester disminuirle la comida; no hay que darle órdenes; para dominarle, hay que refrenarle.

La voluntad tiene dominio sobre el entendimiento y sobre la memoria, porque, entre las muchas cosas que el entendimiento puede entender o que la memoria puede recordar, es la voluntad la que determina aquellas a las cuales quiere que se apliquen estas facultades o de las cuales quiere que se distraigan. Es cierto que no puede manejarlas ni gobernarlas de una manera tan absoluta como lo hace con las manos, los pies o la lengua, pues las facultades sensitivas, y de un modo particular la fantasía, de las cuales necesitan la memoria y el entendimiento para operar, no obedecen a la voluntad de una manera tan pronta e infalible; puede, empero, la voluntad moverlas, emplearlas y aplicarlas, según le plazca, aunque no de una manera tan firme e invariable, que la fantasía, de suyo caprichosa y voluble, no las arrastre tras sí y las distraiga hacia otra parte; de suerte que, como exclama el Apóstol, yo hago no el bien que quiero, Sino el mal que aborrezco. Así muchas veces los sentimos forzados a quejarnos de lo que pensamos, pues no es el bien que amamos sino el mal que aborrecemos.