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jueves, 28 de julio de 2016

MONSEÑOR DE SÉGUR - EL INFIERNO, SI LO HAY, QUÉ ES, MODO DE EVITARLO.

II
¿QUÉ ES EL INFIERNO?

EL FUEGO DEL INFIERNO
ES UN FUEGO CORPÓREO


Preguntase a menudo qué es el fuego del infierno, cuál es su naturaleza, si es un fuego material o bien tan sólo espiritual, siendo muchos de esta última opinión, porque en el fondo los espanta menos. No opinan así Santo Tomás  ni la Teología católica. Conforme acabamos de decir, es    que el fuego del infierno es un fuego real y verdadero, un fuego inextinguible, un fuego eterno, que arde sin consumirse, y que penetra a los espíritus igualmente que a los cuerpos. He aquí lo que está revelado por Dios y enseñado como artículo de fe por la Iglesia. Negarlo sería, no solamente un error, sino también una impiedad y una herejía propiamente dicha. Mas pregunto otra vez: ¿de qué naturaleza es el fuego que arde en el infierno? ¿Es un fuego corpóreo, o es de la misma especie que el nuestro? Va a contestarnos el príncipe de la Teología, Santo Tomás, con su acostumbrada claridad y profundidad. Hace éste notar desde luego que los filósofos paganos, que no creían en la resurrección de la carne, y sin embargo admitían con la tradición entera del género humano un fuego vengador en la otra vida, habían de enseñar, y en efecto enseñaban, que ese fuego era espiritual, de igual naturaleza que las almas. El racionalismo moderno, que tiende a invadir todas las inteligencias y disminuye tanto como puede los datos de la fe, ha hecho inclinar hacia este sentimiento a muchos entendimientos poco instruidos en las enseñanzas católicas. Mas el gran Doctor, después de haber expuesto este primer sentimiento, declara resueltamente  “que el fuego del infierno será corpóreo” . La razón que da es concluyente: “Puesto que después de la resurrección deben ser precipitados en él los condenados, y puesto que el cuerpo no puede sufrir más que una pena corporal, debe ser también corporal el fuego del infierno. No puede aplicarse al cuerpo una pena, sino en cuanto sea ésta corporal” , y Santo Tomás apoya su enseñanza en la de San Gregorio el Grande y de San Agustín, que dicen lo mismo y en idénticos términos. Con todo puede decirse, añade el gran Doctor, que aquel fuego corpóreo tiene algo de espiritual, no en cuanto a su subsistencia, sino en cuanto a sus efectos; porque castigando a los cuerpos no los consume, no los destruye, ni los reduce a cenizas, y además ejerce su acción vengadora hasta en las almas. En este sentido el fuego del infierno se diferencia del fuego material, que quema y consume los cuerpos .

EL FUEGO DEL INFIERNO, AUNQUE
CORPÓREO, ATACA A LAS ALMAS

Se preguntará tal vez cómo el fuego del infierno puede atacar a las almas que permanecen separadas de sus cuerpos hasta el día de la resurrección y del juicio. Debe ante todo responderse que en este terrible misterio de las penas del infierno una cosa es conocer claramente la verdad de lo que existe, y otra cosa comprenderla. Sabemos de una manera positiva y absoluta, por la enseñanza infalible de la Iglesia que inmediatamente después de su muerte los condenados caen en el infierno y en el fuego del infierno. Ahora bien, esto no puede entenderse sino de sus almas, ya que hasta la resurrección sus cuerpos permanecerán en la tierra, en la tumba. Una vez separada del cuerpo, el alma del condenado se encuentra, respecto de la acción misteriosa del fuego del infierno, en la condición del demonio. Éstos, en efecto, aunque no tengan cuerpo, experimentan los efectos del fuego en que serán echados un día los cuerpos de los condenados, conforme lo indica explícitamente la sentencia del Hijo de Dios a los réprobos: “¡Apartaos de Mí, malditos! Id al fuego eterno, que ha sido preparado para el demonio y sus ángeles”. Pues bien, este fuego es corpóreo, porque de otra manera no obraría sobre los cuerpo de los condenados: por lo tanto, el alma separada del cuerpo, el alma del condenado, sufre los efectos de un fuego corpóreo. He aquí lo que sabemos y lo que es cierto. Lo que ignoramos es el cómo. Para creerlo no tenemos necesidad de saberlo, teniendo por objeto las verdades reveladas de Dios iluminar nuestro entendimiento y justamente conservarlo en la dependencia y sumisión. Por la fe estamos ciertos de la realidad del hecho, y nos basta saber que no es imposible. El raciocinio y la analogía nos lo hacen ver claramente: ¿no somos nosotros mismos testigos irrecusables de la acción, no sólo real, sino también íntima e incesante que ejerce nuestro cuerpo sobre nuestra alma? ¿Nuestro cuerpo, que es una substancia material, no obra sobre nuestra alma, que es una substancia espiritual? Luego es perfectamente posible que una substancia material, como es el fuego del infierno, obre sobre una substancia espiritual, cual es el alma del condenado.

El capitán ayudante mayor
de Saint-Cyr

A este propósito permitidme, amados lectores, que os refiera un hecho muy curioso que pasó en la escuela principal de Saint-Cyr 1 en los últimos años de la Restauración. La escuela tenía entonces de capellán a un eclesiástico muy virtuoso y de talento, que llevaba el raro nombre de Rigolot, y predicaba a los jóvenes de la escuela, que cada tarde se reunían en la capilla antes de subir al dormitorio. Cierto día que el digno capellán había hablado admirablemente del infierno, concluida la ceremonia, se retiraba con una palmatoria3 en la mano a su aposento, que estaba situado en una sala reservada a los oficiales. Cuando abría la puerta, oye que lo llama alguien que lo seguía en la escalera, un anciano capitán de bigote gris y postura poco fina. "Perdonad, señor capellán, —le dice en tono algún tanto irónico—, acabáis de hacernos un hermoso sermón sobre el infierno. Únicamente os habéis olvidado de decirnos si en el fuego del infierno seremos asados, o tostados, o hervidos. ¿Podríais decírmelo?". El capellán, viendo con quién tenía que habérselas, lo mira en el blanco de los ojos, y poniéndole su palmatoria frente al rostro, le responde tranquilamente: “ ¡Allá veréis, capitán!" Y cierra su puerta, no pudiendo contener la risa al ver la figura a la vez simple y aturdida del pobre capitán. No pensó más en ello; pe^o desde entonces le pareció que el capitán le' volvía los talones, por lejos que lo viese. Sobrevino la Revolución de Julio4, y fue suprimido el cargo de capellán militar, tanto en el colegio de Saint-Cyr como en los demás, siendo el clérigo Rigolot nombrado por el Arzobispo de París para otro puesto no menos honroso. Unos veinte años después el venerable sacerdote se encontraba una tarde en un salón, en que había una numerosa sociedad, cuando vio que se dirigía a él un caballero anciano y de bigotes blancos, que lo saludó preguntándole si era el señor Rigolot, en otro tiempo capellán de Saint-Cyr. Y habiéndole contestado afirmativamente:

—¡Oh, señor capellán! —le dijo con emoción el anciano militar—, permitidme que os estreche las manos y os exprese toda mi gratitud: ¡vos me habéis salvado!

—¡Yo! ¿y cómo ha sido?

—¡Qué! ¿no me conocéis? ¿Os acordáis de una noche en que un capitán instructor de la Escuela, habiéndoos planteado una cuestión ridicula, le respondisteis, poniendo vuestra bujía debajo de su nariz: “ ¡Allá lo veréis, capitán!” Ese capitán soy yo. Sabed que desde entonces aquellas palabras me persiguieron por todas partes, no menos que el pensamiento de que iría a quemarme en el infierno. He luchado diez años, pero al fin he tenido que rendirme: he ido a confesarme y me he vuelto cristiano, cristiano a lo militar, es decir, todo de una pieza. A vos debo esta dicha, y me considero muy feliz al encontraros para poder decíroslo”. Si alguna vez, mi querido lector, oyes a algún malvado suscitar descabelladas cuestiones sobre el infierno y su fuego, responde con el sacerdote Rigolot: “ Allá lo veréis, amigo; allá lo veréis” . Os aseguro que no tendrán la tentación de ir a verlo.

La mano quemada de Foligno

Es cosa cierta que casi siempre que Dios ha permitido que una pobre alma condenada apareciese en este mundo, ha dejado una huella visible, y ha sido la del fuego. Recordad lo que más arriba hemos referido de aquella terrible aparición de Londres, del brazo calcinado de la dama del brazalete, y de la alfombra quemada. Recordad la atmósfera de fuego y de llamas que rodeaba a la joven perdida de Roma, y al joven religioso sacrílego de San Antonino de Florencia. En el mismo año de que os hablé, en el mes de abril, he visto, y hasta he tocado en Foligno, cerca de Asís, en Italia, una de aquellas espantosas marcas de fuego que atestiguan una vez más la verdad de lo que aquí decimos, a saber, que el fuego de la otra vida es real. El día 4 de noviembre de 1859 murió de apoplejía fulminante, en el convento de Terciarias Franciscanas de Foiigno, una buena hermana llamada Teresa Margarita Gesta, que era hace muchos años maestra de las novicias y a la vez encargada de la pobre ropería del monasterio. Había nacido en Córcega, en Bastía, en 1797 y había entrado en el monasterio en febrero de. 1826. Es ocioso decir que estaba preparada dignamente para la muerte. Doce días después, el 17 de noviembre, una hermana denominada Ana Felicia, que la había ayudado en su empleo y que la reemplazó después de su muerte, subía a la ropería, e iba a entrar, cuando oye gemidos que parecían salir del interior del aposento. Algo azorada, se apresuró a abrir la puerta: no había nadie. Mas dejáronse oír nuevos gemidos tan acentuados que ella, a pesar de su ordinario valor, se sintió poseída de miedo. "¡Jesús, María! —exclamó— ¿qué es esto?” . Aún no había concluido, cuando oyó una voz lastimera, acompañada de este doloroso suspiro:

“ ¡Oh, Dios mío! ¡cuánto sufro! Oh Dio! Che peno tanto!". La hermana, estupefacta, reconoció pronto la voz de la pobre sor Teresa. Se repone como   “ ¿Y por qué? A causa de la pobreza, responde sor Teresa. “ ¡Cómo! replica la hermana: ¡vos que erais tan pobre! “No es por mí misma, sino por las hermanas, a quienes he dejado demasiada libertad en este punto. Y tú ten cuidado de ti misma” .

Y al mismo instante la sala se llenó de un espeso humo, y la sombra de sor Teresa apareció dirigiéndose hacia la puerta, deslizándose a lo largo de la pared. Llegando cerca de la puerta, exclamó con fuerza: "He aquí un testimonio de la misericordia de Dios” . Y diciendo esto tocó el tablero superior de la puerta, dejando perfectamente estampada en la madera calcinada su mano derecha, y desapareciendo en seguida. La pobre sor Ana Felicia se había quedado casi muerta de miedo. Del todo trastornada, se puso a gritar y pedir auxilio. Llega una de sus compañeras, luego otra y después toda la Comunidad; la rodean y se admiran todas de percibir un olor a madera-quemada. Buscan, miran y observan en la puerta la terrible marca, reconociendo pronto lp, forma de la mano de sor Teresa, que era negablemente pequeña. Espantadas, huyen, corren al coro, se ponen en oración, y olvidando las necesidades de su cuerpo, se pasan toda la noche orando, sollozando y haciendo penitencia por la pobre difunta, y comulgando todas por ella al día siguiente. Esparce se por fuera la noticia; los Religiosos Menores, los buenos sacerdotes amigos del monasterio y todas las comunidades de la población unen sus oraciones y súplicas a las de las Franciscanas. Este rasgo de caridad tenía algo de sobrenatural y de todo punto insólito. Sin embargo, la hermana Ana Felicia, aun no repuesta de tantas emociones, recibió la orden formal de ir a descansar. Obedece, decidida a hacer desaparecer a toda costa en la mañana siguiente la marca carbonizada que había causado el espanto en todo Foligno. Mas, he aquí que sor Teresa Margarita se le aparece de nuevo. "Sé lo que quieres hacer, le dice con severidad; quieres horrar la señal que he dejado impresa. Sabe que no está en tu mano hacerlo, siendo ordenado por Dios este prodigio para enseñanza y enmienda de todos. Por su justo y tremendo juicio he sido condenada a sufrir durante cuarenta años las espantosas llamas del purgatorio, a causa de las debilidades que he tenido a menudo con algunas de nuestras hermanas. Te agradezco a ti y a tus compañeras tantas oraciones, que en su bondad el Señor se ha dignado aplicar exclusivamente a mi pobre alma; y en particular los siete salmos penitenciales, que me han sido de un gran alivio” .
Después, con apacible rostro, añadió:

"¡Oh, dichosa pobreza, que proporciona tan gran alegría a todos los que verdaderamente la observan!” . Y desapareció.

Por fin, al siguiente día 19, sor Ana Felicia, habiéndose acostado y dormido, a la hora acostumbrada, oye que la llaman de nuevo por su nombre, despierta se sobresaltada, y queda clavada en su postura sin poder articular una palabra. Esta vez reconoció también la voz de sor Teresa, y al mismo instante se le apareció un globo de luz muy resplandeciente al pie de su cama, iluminando la celda como en pleno día, y oyó que sor Teresa con voz alegre y de triunfo, decía estas palabras: "Fallecí un viernes, día de la Pasión, y otro viernes me voy a la gloria. . . ¡Llevad con fortaleza la cruz!. . . ¡Sufrid con valor!” .
Y añadiendo con dulzura:

“ ¡Adiós! ¡adiós! ¡adiós! . . .” se transfigura en una nube ligera, blanca, deslumbrante, y volando al cielo desaparece.


Abrióse en seguida una información canónica por el obispo de Foiigno y los magistrados de la población. El 23 de noviembre, en presencia de un gran número de testigos, se abrió la tumba de sor Teresa Margarita, y la marca calcinada de la puerta se halló exactamente conforme a la mano de la difunta. El resultado de la información fue un juicio oficial que consignaba la certeza y la autenticidad de lo que acabamos de referir. En el convento se conserva con veneración la puerta con la señal calcinada. La Madre abadesa, testigo del hecho, se ha dignado enseñármela, y, lo repito, mis compañeros de peregrinación y yo hemos visto y tocado la madera que atestigua de un modo tan temible que las almas que, ya sea temporal, ya sea eternamente, sufren en la otra vida la pena del fuego, están compenetradas y quemadas por el fuego. Cuando, por motivos que sólo Dios conoce, les es dado aparecer en este mundo, lo que ellas tocan lleva la señal del fuego que les atormenta; parece que el fuego y ellas no forman más que uno; es como el carbón cuando está encendido. Por consiguiente, aunque no podamos penetrar el misterio, sabemos de un modo indudable que el fuego del infierno, corpóreo como es, ejerce su acción vengadora hasta en las almas.