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martes, 12 de julio de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS

"Cristeros de San Luis"


Este retraso, con no poca impaciencia obedecido, por todos los comprometidos en el asunto, fue fatal. A una muchacha de la casa donde estaban refugiados Fidel y su compañía, se le fue la lengua y refirió todo lo que se tramaba a un militar, su novio; y éste, provocando un disgusto con la muchacha, se separó de ella anunciándole que en aquel mismo momento iba a denunciar todo lo que le había dicho, a los jefes militares de Tampico. Y en efecto, al día siguiente de este suceso, la policía de Tampico rodeaba las casas de todos los enrolados en la Liga, incluyendo entre ellos al jefe civil regional, don Sixto Rodríguez, aprisionando casi a todos ellos. Pero Fidel y sus compañeros, advertidos antes que todos por la pobre misma muchacha, deshecha en lágrimas por lo que iba a causar su imprudencia, salieron apresuradamente de la casa y se dispersaron por los campos.

Así en marzo de 1927 no quedaban del movimiento de Tampico, más que aquellos catorce jóvenes prófugos, los llamados "Cristeros de San Luis", quienes poco a poco se fueron reuniendo otra vez y escogieron como jefe de su insignificante gavilla a Humberto Hernández, excelente muchacho muy estimado de sus compañeros, pero que no igualaba en malicia y astucia, tan necesarias en tales circunstancias, a Fidel. Este quizás hubiera salvado a la gavilla del nuevo desastre que le esperaba. Sólo ocho de entre ellos iban perfectamente armados; pronto un piquete de sesenta federales salió en su busca. Los muchachos lograron burlarles y les prepararon una hábil emboscada.

Creyendo los militares que sola su presencia había logrado dispersar a aquellos jovencitos inexpertos, pues los vieron huir a todo correr de sus caballos; volvieron grupas en dirección a Tampico, pero en su camino tenían que pasar por un desfiladero, y los muchachos de Humberto, que parecían haber huido, por otro camino volvieron a atrincherarse en las altas crestas de las rocas que formaban el angosto desfiladero. Y cuando los soldados callistas habían entrado todos, en dicho desfiladero, muy quitados de la pena, y conversando entre sí, de pronto una salva de fusilería hizo caer a ocho de ellos. . . y siguiéronse las salvas, con tan exquisita puntería, que no había tiro perdido de los emboscados y aun una bala de rifle, hizo caer al capitán de la tropa, herido en la frente.

Los soldados, desconcertados por aquel inesperado y eficaz ataque, y no viendo al enemigo, que estaba perfectamente oculto entre las rocas, y cobre todo, habiendo perdido al capitán, no sabían qué hacer; el pánico se apoderó de ellos, y muchos tiraron sus armas y trataron de escapar metiéndose por los vericuetos de la montaña. Y así fue cómo una gavilla de catorce muchachos mal armados, pero entusiastas por la noble causa que defendían, y ayudados por Dios, a quien servían, derrotaron completamente a un numeroso grupo de soldados.

¡Y cuentan que éste es uno de tantos episodios del mismo género de que está llena la historia de la campaña cristera mexicana! Cuando los catorce bajaron al desfiladero, encontraron el suelo sembrado de cadáveres y se ocuparon piadosamente en dar sepultura a aquellos mexicanos engañados o forzados por la obediencia militar a combatir del lado de los perseguidores; y una vez cumplido su piadoso deber, su alegría fue grande al percatarse de que allí tenían, abandonado por el enemigo, todo un arsenal de armas flamantes y parque, que ellos en tantos meses de preparativos, no habían podido reunir. Cargaron con todo y volvieron al poblacho donde tenían su cuartel general, y allí los buenos vecinos al darse cuenta de su hazaña los aclamaron en el colmo del entusiasmo.

Siguieron adelante para buscar nuevos reclutas entre los campesinos de las cercanías, y al llegar a una hacienda llamada "Las Rosas", el dueño de ella los invitó con grandes muestras de admiración y aplauso, a un almuerzo que les había preparado, en homenaje a su victoria. Aquel almuerzo tan aparatoso, aquellas muestras excesivas de administración y entusiasmo de parte de un desconocido hasta aquel día, y del que nadie les había hablado como amigo de la causa cristera, hicieron concebir a Fidel una sospecha amarga. Sobre todo, cuando vio que el dueño se esforzaba en prolongar la conversación sobre miles de asuntos, con el propósito evidente de detenerlos a su lado. Levantóse de la mesa con cualquier pretexto y salió al campo hasta la orilla del río, que pasaba cerca, para inspeccionar las cercanías. Vio entonces, que un peón de la hacienda regresaba a todo galope, con todas las señales de haber hecho un largo viaje. Sus sospechas aumentaron produciéndole una inquietud horrible, y se dirigió otra vez a la hacienda para obligar a sus compañeros a salir de ella. Pero ya era tarde.

Una columna de federales, que venía también a marchas forzadas, se acercaba a la casa. Fidel gritó con toda la fuerza de sus pulmones para ser oído de sus compañeros el "Viva Cristo Rey" de los cristeros. y no tuvo tiempo más que para ocultarse entre unos matorrales. Los callistas entraron rápidamente en el patio de la hacienda y el ruido de su entrada alarmó inmediatamente a los jóvenes, que departían, muy quitados de la pena, de sobremesa con el dueño, quien también fingió sobresalto. Apoderáronse rápidamente de las armas, que estaban recargadas en la pared, y salieron al patio, pero comprendieron al ver el número de los soldados que era imposible combatirlos, y sólo se preocuparon en escapar atravesando las mismas filas de los militares. Naturalmente se inició el tiroteo. Dos de los jóvenes cayeron muertos. Ernesto Montalvo fue herido en una pierna, Humberto Hernández y Jesús Castillo fueron desarmados y hechos prisioneros; los demás lograron romper el cerco y huir. Entre éstos un joven obrero de Tampico llevaba la bandera, y logró liársela bajo la blusa, y esconderse entre los matorrales, huyendo con grandes precauciones, hasta que después de varios días de caminata, hambriento, desgarradas sus ropas y casi descalzo, llegó a Zaragoza (S. L. P.) y la puso en manos del P. franciscano Bernardino Pérez, cura párroco del lugar.


Otro de los que lograron salir al campo fue Jesús Posada; joven, culto hijo de un rico hacendado, antiguo aviador. Algunos soldados lo persiguieron, pero él, corriendo en zigzag, logró que no le tocara ninguna bala de los enemigos, hasta que encontró una pequeña eminencia del terreno y colocando su sombrero bien a la vista sobre unas piedras se dispuso a resistir. Llevaba consigo un rifle que había cogido al levantarse de la mesa, creyendo que era el suyo. ¡Ay! era de otro compañero, y de otro calibre distinto, de modo que los cartuchos de su canana no servían para él. Pero advirtió que quedaban en la recámara del arma tres cartuchos utilizables, y mientras los callistas disparaban contra el sombrero, él bien resguardado tras de una peña disparó con buena puntería derribando a tres de sus enemigos, y mientras el resto de la patrulla seguía tiroteando al sombrero, Posada logró huir al abrigo de las altas yerbas que había por allí.