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viernes, 17 de junio de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.


CAPITULO XXXI
PABLO VI, PAPA LIBERAL


Os preguntasteis quizás ¿cómo es posible que haya triunfado el liberalismo a través de los Papas Juan XXIII y Pablo VI, y mediante el concilio Vaticano II? ¿Esta catástrofe es conciliable con las promesas hechas por Nuestro Señor a Pedro y a su Iglesia: “Las puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella” (Mat. 16, 18); “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mat. 28, 20)? Creo que no hay contradicción. Efectivamente, en la medida en que esos Papas y el Concilio han descuidado o rehusado usar de la infalibilidad y utilizar ese carisma que les es asegurado por el Espíritu Santo siempre y cuando lo quieran usar, han podido cometer errores doctrinales o con mayor razón dejar penetrar al enemigo en la Iglesia gracias a su negligencia o complicidad. ¿En qué grado fueron cómplices? ¿De qué faltas fueron culpables? ¿En qué medida su función misma queda cuestionada?

Es evidente que un día la Iglesia juzgará ese concilio, juzgará a esos Papas, es necesario. Y en especial ¿cómo será juzgado el Papa Pablo VI? Algunos afirman que fue hereje, cismático y apóstata; otros creen poder demostrar que Pablo VI no podía tener en vista el bien de la Iglesia y que en consecuencia no fue Papa: es la tesis de la Sede vacante. No niego que esas opiniones tengan algunos argumentos a su favor. Quizás en treinta años se des-cubrirán cosas que estaban ocultas o se verán mejor elementos que deberían haber sido evidentes para los contemporáneos, afirmaciones de este Papa absolutamente contrarias a la tradición de la Iglesia etc... Puede ser. No creo sin embargo que sea necesario recurrir a esas explicaciones; pienso incluso que es un error seguir esas hipótesis. Otros piensan, de manera simplista, que hubo entonces dos Papas: uno, el verdadero, era prisionero en los sótanos del Vaticano, mientras que el otro, el impostor, el sosía, ocupaba el trono de San Pedro, para desgracia de la Iglesia. ¡Han aparecido libros sobre los dos Papas, apoyados sobre revelaciones de una persona poseída del demonio y sobre argumentos supuestamente científicos, que aseguran, por ejemplo, que la voz del sosía no es la del verdadero Pablo VI!

Otros, finalmente piensan que Pablo VI no fue responsable de sus actos, siendo prisionero de su entorno, incluso drogado, lo que estaría corroborado por varios testimonios que muestran un Papa físicamente agotado, al cual era necesario sostener, etc... Solución también demasiado simple para mi manera de ver, pues entonces, no tendríamos más que esperar un próximo Papa. Ahora bien, tuvimos otro Papa (no hablo de Juan Pablo I que reinó sólo un mes), Juan Pablo II, que ha proseguido invariablemente la línea trazada por Pablo VI. La verdadera solución me parece que es otra, mucho más compleja, penosa y dolo-rosa. La clave nos la da un amigo de Pablo VI, el Card. Daniélou. En sus memorias publicadas por un miembro de su familia, el cardenal dice explícitamente: “Es evidente que Pablo VI es un Papa liberal.”

Pablo VI introduciendo la comunión de pié



Y es la solución que parece históricamente más verosímil: porque ese Papa es como un fruto del liberalismo, toda su vida ha estado impregnada por la influencia de hombres que lo rodeaban o que tomó por maestros, y que eran liberales. No ocultó sus simpatías liberales: en el Concilio, los hombres que nombró modera-dores en lugar de los presidentes designados por Juan XXIII, esos cuatro moderadores fue-ron, con el Card. Agagianian, cardenal de Curia sin personalidad, los cardenales. Lercaro, Suenens y Döpfner, los tres liberales y amigos personales. Los presidentes fueron relegados a la mesa de honor y fueron los tres moderadores quienes dirigieron los debates del Concilio. De igual manera, Pablo VI sostuvo durante todo el Concilio la facción liberal que se oponía a la tradición de la Iglesia. Eso es conocido. Pablo VI ha repetido –os lo he citado ya– al fin del Concilio las palabras de Lamennais textualmente: “La Iglesia no pide más que la libertad”, ¡doctrina condenada por Gregorio XVI y Pío IX! Es innegable que Pablo VI estuvo fuertemente marcado por el liberalismo. Eso explica la evolución histórica vivida por la Iglesia en estas últimas décadas, y caracteriza muy bien el comportamiento personal de Pablo VI. El liberal, como vimos, es un hombre que vive perpetuamente en la contradicción: afirma los principios pero hace lo contrario, vive perpetuamente en la incoherencia.

Dejadme citar algunos ejemplos de esos binomios tesis-antítesis en que Pablo VI se destacaba en proponer como tantos problemas insolubles que reflejaban su espíritu ansioso y paradójico. La encíclica Ecclesiam Suam, del 6 de agosto de 1964, que es la carta magna de su pontificado, nos ilustra al respecto: “Si verdaderamente la Iglesia, como decíamos, tiene conciencia de lo que el Señor quiere que ella sea, surge en ella una singular plenitud y una necesidad de expresión, con la clara conciencia de una misión que la sobrepasa y de una nueva que debe propagarse. Es la obligación de evangelizar. Es el mandato misionero. Es el deber de apostolado (...) Nos lo sabemos bien: ‘Id y enseñad a todas las naciones’ es el último mandato de Cristo a sus apóstoles. Estos definen su irrecusable misión por el nombre mismo de apóstoles.” Esa es la tesis y he aquí la antítesis, inmediatamente: “A propósito de este impulso interior de caridad que tiende a traducirse en un don exterior. Nos emplearemos el nombre que ha llegado a ser usual, de diálogo.

“La Iglesia debe entrar en diálogo con el mundo en el que vive. La Iglesia se hace palabra, la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace conversación.” Finalmente viene la tentativa de síntesis, que no hace más que consagrar la antítesis: “(...) Antes incluso de convertir el mundo, más aún, para convertirlo, es necesario acercársele y hablarle.”

Más graves y más características de la psicología liberal de Pablo VI, son las palabras por las cuales declara luego del Concilio la supresión del latín en la liturgia; luego de haber recordado todos los beneficios del latín: lengua sagrada, lengua estable, lengua universal, pide, en nombre de la adaptación, el “sacrificio” del latín; confesando incluso que será una gran pérdida para la Iglesia! He aquí las palabras mismas del Papa Pablo VI a la multitud de fieles reunidos en la plaza San Pedro el 7 de marzo de 1965 y citadas por Louis Salleron en su obra La Nueva Misa:

“Es un sacrificio de la Iglesia el renunciar al latín, lengua sagrada, bella, expresiva, elegante. Ella ha sacrificado siglos de tradición y de unidad de la lengua por una creciente aspiración a la universalidad.”
Y el 4 de mayo de 1967, el “sacrificio” era consumado mediante la Instrucción Tres Abhinc Annos que establecía el uso de la lengua vulgar para la recitación en voz alta del Canon de la Misa.

Ese “sacrificio”, en el espíritu de Pablo VI, parece haber sido definitivo. Lo explica nuevamente el 26 de noviembre de 1969 al presentar el nuevo rito de la Misa: “Ya no es el latín sino la lengua vernácula, la lengua principal de la Misa. Para quien conoce la belleza, el poder del latín, su aptitud para expresar las cosas sagradas, será ciertamente un gran sacrificio el verlo reemplazado por la lengua vulgar. Perdemos la len-gua de los siglos cristianos, nos volvemos como intrusos y profanos en el aspecto literario de la expresión sagrada. Perdemos así en gran parte esta admirable e incomparable riqueza artística y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos sin duda razón de sentir pesar y casi desconcierto.”

Todo debería entonces disuadir a Pablo VI de realizar tal “sacrificio” y persuadir lo de conservar el latín. Pero no; complaciéndose en su “desconcierto” de una manera singularmente masoquista, va a actuar en sentido contrario a los principios que acaba de enumerar, y va a decretar el “sacrificio” en nombre de la “comprensión de la oración”, argumento especioso que no fue más que un pretexto de los modernistas.

Jamás el latín litúrgico fue un obstáculo para la conversión de los fieles o para su educación cristiana, muy al contrario, los pueblos simples de África y de Asia aman al canto gregoriano y a esta lengua una y sagrada, signo de su pertenencia a la catolicidad. Y la experiencia prueba que allí donde el latín no fue impuesto por los misioneros de la Iglesia latina, quedaron latentes gérmenes de cismas futuros. Pablo VI pronuncia entonces la sentencia contradictoria:

“La respuesta parece trivial y prosaica –dice–, pero es buena, porque es humana y apostólica. La comprensión de la oración es más preciosa que los vetustos vestidos de seda, galanura real con que estaba revestida. Más preciosa es la participación del pueblo, de ese pueblo de hoy que quiere que se le hable claramente, de una manera inteligible que pueda traducir en su lenguaje profano. Si la noble lengua latina nos separase de los niños, de los jóvenes, del mundo del trabajo y de los negocios, si fuese una pantalla opaca en lugar de ser un cristal transparente ¿haríamos un buen cálculo, nosotros pescadores de almas, conservándole la exclusividad en el lenguaje de la oración y de la religión?”

¡Qué confusión mental! ¿Quién me impide rezar en mi lengua? Pero la oración litúrgica no es una oración privada, es la oración de toda la Iglesia. Además otra confusión lamentable, la liturgia no es una enseñanza dirigida al pueblo, sino el culto dirigido por el pueblo cristiano a Dios. ¡Una cosa es el catecismo, otra la liturgia! ¡No se trata, para el pueblo reunido en la Iglesia de “que se le hable claramente”, sino que ese pueblo pueda alabar a Dios de la manera más bella, más sagrada y más solemne que exista! “Rezar a Dios con belleza”, tal era la máxima litúrgica de San Pío X. ¡Cuanta razón tenía!

Como veis, el liberal es un espíritu paradójico y confuso, angustiado y contradictorio. Así fue Pablo VI. Louis Salleron lo explica muy bien cuando describe el rostro de Pablo VI. Dice: “tiene doble faz”. No habla de duplicidad pues ese término expresa una intención perversa de engañar que no era la de Pablo VI. ¡No, es un personaje doble, cuya cara contrariada expresa la dualidad: ya tradicional en palabras, ya modernista en sus actos; ya católico en sus premisas y principios, ya progresista en sus conclusiones; no condenando lo que debería condenar y condenando lo que debería conservar! Ahora bien, por esta debilidad psicológica este Papa ofreció una ocasión soñada y una oportunidad considerable a los enemigos de la Iglesia de servirse de él. Guardando siempre una cara (o media cara, como se quiera) católica, no dudó en contradecir la tradición, se mostró favorable al cambio, bautizando mutación y progreso e yendo así en el mismo sentido de los enemigos de la Iglesia que lo alentaron.

¿No se vio acaso un día en los años ‘76 los Izvestia, órgano del partido comunista, reclamar a Pablo VI en nombre del Vaticano II mi condenación y la de Ecône? ¡Igualmente, el diario comunista italiano L’Unita expresó una solicitud similar reservando una página entera cuando pronuncié mi sermón en Lille el 29 de agosto de 1976, pues era furioso por mis ataques contra el comunismo! “Tomad conciencia –decía dirigiéndose a Pablo VI– tomad conciencia del peligro que representa Lefebvre y continuad el magnífico movimiento de acercamiento, comenzado con el ecumenismo del Vaticano II.” Es un poco molesto tener amigos como esos ¿no les parece? Triste ilustración de una regla que ya hemos destacado: el liberalismo lleva de la transacción a la traición.

La psicología de un Papa liberal es fácilmente concebible, ¡pero difícil de soportar! Nos pone, en efecto, en una situación muy delicada en relación a tal jefe, sea Pablo VI, sea Juan Pablo II... En la práctica, nuestra actitud debe fundarse en un discernimiento previo, necesario para la circunstancia extraordinaria que significa un Papa ganado por el liberalismo. He aquí ese discernimiento: cuando el Papa dice algo que es conforme a la tradición, le seguimos; cuando dice algo contrario a nuestra fe, o cuando alienta, o deja hacer algo que daña a nuestra fe, entonces no podemos seguirle! Y esto por la razón fundamental de que la Iglesia, el Papa, la jerarquía están al servicio de la fe. No son ellos quienes hacen la fe; deben servirla. La fe no se hace, es inmutable, se transmite.

Por tal causa no podemos seguir los actos de estos Papas hechos con el fin de confirmar una acción que va contra la tradición: ¡sería colaborar con la autodemolición de la Iglesia y con la destrucción de nuestra fe! Queda claro que lo que se nos pide sin cesar: entera sumisión al Papa, entera sumisión al Concilio, aceptación de toda la reforma litúrgica, va en un sentido contrario a la tradición, en la medida en que el Papa, el Concilio y las reformas nos alejan de la tradición, como los hechos lo prueban más y más a través de los años. Pedirnos eso, es pedirnos colaborar con la desaparición de la fe. ¡Imposible! Los mártires han muerto por defender la fe ¡Tenemos los ejemplos de cristianos prisioneros, torturados, enviados a campos de concentración por su fe! Un grano de incienso ofrecido a la divinidad, y ya está, habrían salvado sus vidas. Me han aconsejado a veces: “¡Firmad, firmad que aceptáis todo y luego continuad como antes!” ¡No! ¡No se juega con la fe!