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lunes, 13 de junio de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.


CAPITULO XXX
VATICANO II, TRIUNFO DEL
LIBERALISMO LLAMADO CATÓLICO


No creo que puedan tacharme de exagerado cuando digo que el Concilio significó el triunfo de las ideas liberales; los capítulos precedentes han expuesto suficientemente los hechos: las tendencias liberales, las tácticas y los éxitos de los liberales en el Concilio y finalmente, sus pactos con los enemigos de la Iglesia. Los mismos liberales, los católicos liberales, proclaman que Vaticano II fue su victoria. En su entrevista con Vittorio Messori, el Card. Ratzinger, antiguo “experto” con espíritu liberal del Concilio, explica cómo Vaticano II ha planteado y resuelto el problema de la asimilación de los principios liberales por la Iglesia Católica; no dice que haya terminado en un éxito admirable, pero afirma que tal asimilación se hizo y se realizó: “El problema de los años sesenta fue el adquirir los mejores valores expresados en dos siglos de cultura ‘liberal’. Son valores que aunque nacidos fuera de la Iglesia, pueden encontrar su lugar – depurados y corregidos – en su visión del mundo. Fue lo que se hizo.” ¿Cuándo se hizo? En el Concilio sin duda, que ratificó los principios liberales en Gaudium et Spes y Dignitatis Humanæ. ¿Cómo se hizo? Mediante un intento condenado al fracaso, tal el círculo cuadrado: casar la Iglesia con los principios de la Revolución. Ese es precisamente el fin y la ilusión de los católicos liberales. El Card. Ratzinger no se jacta demasiado de la empresa, incluso juzga el resultado con algo de severidad: “Pero ahora el clima es diferente, ha empeorado en relación a aquél que justificaba un optimismo sin duda ingenuo. Ahora es necesario buscar un nuevo equilibrio.” ¡Por lo tanto, el equilibrio todavía no se ha encontrado, veinte años después! Sin embargo, todavía se lo busca: ¡siempre la ilusión liberal!

Otros católicos liberales, por el contrario, menos pesimistas, cantan abiertamente victoria: el Concilio es nuestra victoria. Leed por ejemplo la obra de M. Marcel Prélot, senador del Doubs, sobre la historia del catolicismo liberal. El autor comienza poniendo en relieve dos citas, una de Pablo VI, otra de Lamennais, cuya comparación es reveladora. He aquí lo que dice Pablo VI en el mensaje del Concilio a los gobernantes el 8 de diciembre de 1965: “¿Qué pide ella de vosotros, esta Iglesia, después de casi dos mil años de vicisitudes de todas clases en sus relaciones con vosotros, las potencias de la tierra; qué os pide hoy? Os lo dice en uno de los textos de mayor importancia de este Concilio; no os pide más que la libertad.” 

Y he aquí lo que escribía Lamennais, en un volante destinado a hacer conocer su diario L’Avenir:

“Todos los amigos de la religión deben comprender que ella no necesita más que una sola cosa: la libertad.”

Entonces lo veis: tanto en Lamennais como en Vaticano II se trata del mismo principio liberal de “la sola libertad”; nada de privilegio para la verdad, para Nuestro Señor Jesucristo, para la Iglesia católica. ¡No! La misma libertad para todos: para el error como para la verdad, para Mahoma como para Jesucristo. ¿No es acaso la profesión del más puro liberalismo (llamado católico)?

Marcel Prélot evoca la historia de ese liberalismo hasta su triunfo en Vaticano II:

“El liberalismo católico (...) conoce victorias; aparece con la circular de Eckstein en 1814; brilla con la gran difusión de “L'Avenir” en otoño de 1830; conoce victorias y crisis alternadas; hasta que el mensaje de Vaticano II a los gobernantes marca su fin: sus reivindicaciones fundamentales, probadas y depuradas, son recibidas por el Concilio mismo. También es hoy posible considerar el liberalismo católico tal como es en sí mismo y la eternidad lo cambie. Escapa a las confusiones que han estorbado su carrera, que, en ciertos momentos estuvieron a punto de terminarla prematuramente; así vemos que realmente no fue una sucesión de ilusiones piadosas, profesadas por sombras diáfanas y cloróticas, sino como un pensamiento comprometido, habiendo impuesto su influencia en el curso de un siglo y medio sobre los espíritus y sobre las leyes, antes de recibir la aceptación definitiva de esta Iglesia que él había servido tan bien, pero en la cual había sido tan frecuentemente ignorado.” Eso confirma perfectamente lo que decimos: Vaticano II es el concilio del triunfo del liberalismo. La lectura del libro L’Oecuménisme vu par un Francmaçon de Tradition [El Ecumenismo Visto por un Francmasón de Tradición] del Sr. Yves Marsaudon, escrito durante el Concilio nos lo confirma: “Los cristianos no deberán olvidar, que todo camino conduce a Dios (...) y mantenerse en esta valiente noción de la libertad de pensar que, se puede ahora hablar de Revolución, salida de nuestras logias masónicas, se ha extendido magníficamente sobre la cúpula de San Pedro.”

El triunfa ¡Nosotros lloramos! Agrega estas líneas terribles y, sin embargo, verdaderas:

“Cuando Pío XII decidió dirigir por sí mismo el muy importante ministerio de Asuntos Extranjeros –la Secretaría de Estado–, Mons. Montini fue elevado al puesto sumamente pesado de arzobispo de la diócesis más grande de Italia: Milán; pero no recibió la púrpura. No se hacía imposible canónicamente, aunque sí difícil desde el punto de vista de la tradición vigente, que a la muerte de Pío XII, pudiera acceder al Supremo Pontificado. Entonces vino un hombre llamado Juan como el precursor y todo comenzó a cambiar.”


Y ese masón, en consecuencia liberal, dice la verdad: todas sus ideas, por las cuales lucharon un siglo y medio, fueron confirmadas por el Concilio. Esas libertades: libertad de pensamiento, de conciencia y de cultos, han sido plasmadas en ese concilio con la proclamación de la libertad religiosa de Dignitatis Humanæ y la objeción de conciencia de Gaudium et Spes. Ahora bien; no se hizo casualmente sino gracias a hombres que, infectados ellos mismos de liberalismo, accedieron a la Sede de Pedro y usaron su poder para imponer esos errores a la Iglesia. Sí, verdaderamente el Concilio Vaticano II es la consagración del catolicismo liberal. Y cuando se recuerda que el Papa Pío IX, setenta y cinco años antes, decía y repetía a aquellos que lo visitaban en Roma: “¡Ojo! ¡No hay peores enemigos para la Iglesia que los católicos liberales!”, ¡se puede medir entonces qué catástrofe constituyen, para la Iglesia y para el reino de Nuestro Señor Jesucristo, tales Papas liberales y tal concilio