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sábado, 7 de mayo de 2016

¿Por qué tantos poseídos?

¿Por qué tantos poseídos?

Considero de actualidad este artículo dada su importancia actual. En el mundo actual hay más posesiones e infestaciones que nunca, solo la astucia diabólica por los medios de que dispone, conocidos por nosotros, son como una cortina de humo y no nos permiten ves las atrocidades que el enemigo de la natura humana está haciendo en todo el mundo. Pero no es solo eso también nosotros colaboramos a ello porque en este mundo de los “grandes descubrimientos” en la tecnología desviamos nuestra atención hacia ella sin saber que el enemigo sigue avanzando en este terreno de las posesiones de todo género en todo el mundo. Otra de las razones se da del hecho de nuestra incredulidad, arma poderosa en manos del enemigo, antes se notaban los casos de posesión diabólica porque había más fe, hoy no está quedando más que la sombra de ella, por un lado, sin embargo, por el otro nosotros estamos acudiendo a un hecho en el cual el culto a Satanás

Misas Negras

se ha extendido en todos los estratos sociales, parece contradictorio, pero es verdad incluso en unos lugares hasta se han levantado templos al demonio ya no cubierta ni solapadamente sino, lo que es peor, públicamente. Volver sobre este tema es de vital importancia debido a que el mismo diablo, hoy más que nuca nos lleva la delantera en todo, por desgracia. Por esta razón juntare viejo con lo actual es este artículo, tengan paciencia que en cada artículo sobre este tema escribiré más argumentos para reforzar el titulo del presente artículo.


Los relatos demonológicos son tan numerosos en el Evangelio, el Diablo ocupa en ellos tanto lugar, que debemos preguntarnos si en todo esto no habrá algo de exageración. Es bien sabido que en la vida corriente no encontramos a seres poseídos en la cantidad relativamente considerable con que aparecen al paso de Jesús. Los críticos modernos — por lo menos los que se complacen en llamarse "críticos independientes" — no han dejado de proclamar que lo consideran inverosímil. Para ellos la mayor parte de estos "poseídos" eran simplemente maniáticos, medio locos, o dementes más o menos furiosos.

Aun cuando así fuese, aun cuando Jesús al tratar a esta categoría de enfermos se hubiera avenido a las ideas medicales de su siglo, no dejaría de ser menos notable que hubiera tenido éxito, en la mayoría de los casos, en liberar con una palabra de su invalidez a estos desgraciados y devolverlos a su estado normal. Pero esta forma de resolver el problema, debe tenerse por singularmente sumaria, si se considera lo que hemos dicho más arriba. Los textos evangélicos distinguen muy claramente entre los enfermos y los poseídos. Estos últimos manifiestan, mediante signos patentes, la presencia de una inteligencia extraña que habita en ellos. Esta inteligencia es hostil a Jesús, es lo que llamamos la inteligencia de un espíritu maligno.

Si a continuación de ese Prólogo, del cual hemos señalado la grandeza: la tentación de Jesús en el desierto, Satán no hubiera intervenido en el transcurso de la carrera de Cristo, o no hubiera interpretado más que un papel secundario, hubiésemos tenido, antes bien, la ocasión de habernos sorprendido. Pero no es el caso. Jesús ha demostrado abiertamente que es "el fuerte" que ha venido para reprimir el imperio de Satán sobre el mundo. A decir verdad, esta lucha se desarrollaba principalmente en el terreno de lo invisible, en los dominios de la gracia y del pecado. Y hasta el fin del mundo esto será así. Pero con el permiso de Dios, esta lucha inmensa y secular presenta también signos visibles y nos ofrece episodios espectaculares. Estos episodios no son lo esencial. No lo olvidemos. Aun cuando en este libro insistimos sobre ellos, no cabe en nuestro espíritu el extremar su importancia. Lo que está en juego son las almas, es la elección entre el cielo y el infierno, entre el odio y el amor, ¡entre la felicidad y la condenación! Entraba, pues, en los designios de la Providencia hacer conocer a los hombres algo del poder de Satán y de humillar a éste ante el poder del Redentor.

No estamos de ningún modo obligados a creer que el número desposeídos del cual se habla en el Evangelio corresponde a un término medio en el mundo de entonces o en el mundo actual. Es muy posible y hasta verosímil que estos casos se hayan producido con una frecuencia extraordinaria alrededor de Jesús. La unión personal de la divinidad con la naturaleza humana en Jesús, Hijo del Hombre e Hijo de Dios, todo junto, habría tenido como contragolpe, con el permiso divino, manifestaciones repetidas y múltiples de diablismo.

¡La posesión es, en cierto sentido, una réplica, una caricatura de la Encarnación del Verbo! El paganismo y el mismo judaísmo empezaban a estar roídos por esa incredulidad con respecto a lo sobrenatural que es una de las señales del tiempo en que vivimos. ¡La venida de Jesús a la tierra y los numerosos casos de posesión que se produjeron alrededor de Él constituyen una revelación sobrecogedora del mundo sobrenatural en sus dos aspectos complementarios que son la Ciudad de Dios y la Ciudad de Satán En este sentido fue que dijimos que para nosotros el Evangelio es normativo. Plantea principios, proporciona claridades, establece leyes, arroja sobre todos los siglos por venir, luces que no deben apagarse jamás. Todo lo que sabemos y creemos con respecto al Demonio está arraigado en el Evangelio. La creencia en la existencia y en la malignidad del Demonio es un dogma para los cristianos. Nuestro destino está emparentado con el de los Ángeles o los Demonios. Veremos a Dios, como los ángeles, dice Jesús, o bien seremos malditos con Satán y todos sus demonios.

Todo esto tenía que ser dicho o recordado antes que llegáramos a los hechos contemporáneos. Y para conducirnos del Evangelio a estos hechos contemporáneos será suficiente una rápida ojeada. En conjunto tendremos que cuidarnos de dos peligros: el de exagerar el satanismo y el de reducirlo a la nada. En algunos siglos se ha visto al Diablo por todas partes y en otros no se quería verlo por ninguna parte. Doble exageración igualmente falsa y por consiguiente igualmente salida de Satán, padre de la mentira. No podría decirse que los cristianos de los primeros tiempos tuvieran obsesión por la acción de los demonios. Podríamos citar textos de San Pablo y de San Pedro que permanecen siempre actuales y que deben ser considerados por nosotros como la expresión de la estricta realidad. Tenemos que luchar contra el Demonio. La vida moral no es más que una lucha. Hay otra cosa más que la carne y la sangre. El Dragón se halla constantemente en acción. San Juan en el Apocalipsis ha dicho todo cuanto había que decir sobre las vicisitudes de la historia cristiana. Pero es indudable que el Dragón interpreta en ella un papel de primer plano. Los períodos de persecución tan abundantes en la historia de la Iglesia son eminentemente diabólicos. No cabe duda, por otra parte, que los primeros cristianos consideraban diabólico al culto rendido a los ídolos bajo el paganismo. Los dioses paganos, para ellos, eran demonios.

Al hablar de todo esto, sin embargo, no se dirá que los Padres de la Iglesia hayan exagerado jamás. Un Agustín ha visto muy bien las dos Ciudades. Las ha descrito con lucidez, con fuerza, con toda la amplitud de visión de un genio espiritual. A veces lo consideramos pesimista. Pero es por una razón muy distinta de la teología demonológica. No relaciona solamente con el demonio todo lo que hay de tenebroso en las acciones de los hombres. Nosotros tenemos en ello nuestra parte. Él es quien afirma por el contrario —volveremos a hablar de esto— que "ese perro está encadenado". El Diablo no puede nada contra nosotros sin nosotros. De nuestro consentimiento es de donde extrae su fuerza y de nuestra resistencia es de donde procede su debilidad.

Las historias más demoníacas llegadas hasta nosotros desde las profundidades de la antigüedad cristiana son las de los Padres del desierto. Un Antonio ha luchado frente a frente con el demonio.

La lucha de San Antonio contra el Demonio



Los ermitaños de la Tebaida y los monjes de todo origen y de toda época han tenido que pelear con Satán. San Martín de Tours, en nuestro país, sabía bastante de esto. Sin embargo, podemos atravesar rápidamente la Edad Media, podemos hojear los infolios de los grandes teólogos escolásticos sin enloquecernos con evocaciones demonológicas. Los autores que han hecho un estudio especial de la literatura medieval que se refiere a la posesión demoníaca o la brujería, opinan que los más grandes maestros —Alberto el Grande, Tomás de Aquino, Duns Scot — se inclinaban antes bien a rechazar los pretendidos prodigios de las brujas. En el siglo xv todavía, Gerson y Gabriel Biel, el último de los nominalistas, disentían porque el primero afirmaba y el segundo negaba el poder de los demonios sobre el mundo terrestre.