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martes, 10 de mayo de 2016

La Misa de Siempre - Mons.Marcel Lefebvre


La oración Munda cor meum

Munda cor meum, ac labia mea, omnipotens Deus, qui labia Isaire Prophetre calculo mundasti ignito, ita me tua grata miseratione dignare mundare, ut sanctum Evangelium tuum digne valeam nuntiare. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
Purifica mi corazón y mis labios, oh Dios todopoderoso, como purificaste los labios del profeta Isaías con un carbón encendido; dígnate por tu gratuita misericordia purificarme a mí también, de manera que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Tiene que ser anunciada con un corazón puro y recibirse con fe para alimentar al alma. Aunque sean los mismos pasajes de la Escritura -porque los repetimos a lo largo del año- nunca nos cansamos de oídos. No olvidemos que es realmente la Palabra de Dios, la Palabra del Espíritu Santo y que en estas palabras hay algo de infinito. Siempre podemos encontrar un alimento en estos pasajes de la Escritura, aunque los hayamos leído muchas veces. Siempre hay aspectos en los que no hemos reparado o, quizás, aspectos que nos han hecho bien, que nos han iluminado o que han elevado nuestras almas hacia Dios. Nos hará bien repetidos para revivir los sentimientos que hemos tenido cuando descubrimos por primera vez la profundidad de los pensamientos que Dios quería comunicarnos. Esta predicación de la Escritura que la Iglesia pone en nuestros labios es una lección para nosotros.

( ... ) Dios no quiere engañamos. Cuando nos enseña verdades, cuando nos dice que la Sagrada Escritura es su Palabra, tenemos que aceptarla. Esta Palabra es verdad. La enseñanza que nos han transmitido los Apóstoles y la fe que se nos ha dado por medio suyo, son verdad. Si al enunciar estas verdades, nuestra razón siente oscuridades u objeciones, debe tener primeramente ante ellas una mirada de fe.

Nuestra fe no es el resultado de un razonamiento sino la adhesión de nuestras inteligencias a las verdades reveladas a causa de la autoridad de Dios. No a causa de nuestra razón, ni a causa de los argumentos que podemos encontrar en nuestra inteligencia humana, sino a causa de la autoridad de Dios que revela, propter auctoritatem Dei revelantis.  Esto es lo que dice el juramento antimodemista y es la definición de nuestra fe. Dios ha revelado. El es Dios. Tiene toda autoridad sobre nuestras inteligencias y sobre nuestras voluntades. Tenemos que aceptar la Palabra de Dios tal como nos la da y tal como nos la da la Iglesia de un modo infalible.'?' Nuestra fe versa sobre realidades oscuras para nosotros. San Pablo dice que "conocemos las cosas divinas como en un espejo'"!" Por lo tanto, no conocemos directamente las realidades divinas, pero la fe no está hecha para durar siempre. Nuestra fe sólo es una etapa. Tenemos que pensar a menudo en esto. Esta virtud de fe no permanecerá eternamente. La fe desaparecerá ante la visión de Dios. Cuando veamos a Dios, la fe cesará. Ya no tendremos necesidad de creer ni necesidad de testimonio puesto que estaremos ante la realidad.

Cuando leemos en la vida de los Santos y en la vida de las personas que tuvieron gracias particulares en el ámbito de la fe, especialmente personas que tuvieron el privilegio de tener ante sí algo del Cielo o algo de la visión beatifica, me parece que entendemos mejor la grandeza, la hermosura, la riqueza y la sublimidad de nuestra fe. Nuestra fe es una vida. No es una simple creencia o un simple relato o una historia que nos cuentan.
No. ¡Es una vida!


Nuestra fe es vida. "El justo vive de la fe." (Rom 1, 17; Gal. 3, 11) ¿Por qué? Porque nos pone en contacto con Dios. La fe permite realmente el contacto más íntimo que podamos tener con Dios, y esperamos alcanzar pronto esa visión beatífica, la visión de Dios! Las personas privilegiadas que recibieron gracias particulares se volvieron ajenas a todas las cosas de la tierra.

Así, Santa Bernardita y los niños de Fátima pudieron vislumbrar un rinconcito del Cielo. El velo se abrió un poquito. Si se hubiera abierto completamente hubieran muerto. Nuestro cuerpo moriría y, en cierto modo, dejaría de existir ante el resplandor del Cielo. Esos niños que percibieron algo del Cielo entraron en una especie de éxtasis, admirando lo que veían.

Recordemos a Santa Bernardita. En los momentos en que veía a la Santísima Virgen, le ponían la llama de una vela bajo los dedos para ver si tenía alguna sensibilidad, pero no sentía nada. Parecía que había como abandonado su cuerpo, estando como subyugada ante lo que veía. Estamos destinados a tener no sólo la corta visión del Cielo que tuvieron esos niños privilegiados, sino realmente del Cielo: Dios mismo, Nuestro Señor Jesucristo en el resplandor de su gloria. Los Santos han podido en cierta medida conocer a la Santísima Trinidad. ¡Claro que en una medida muy pequeña!, porque si Dios les hubiese revelado que es su Santísima Trinidad, no hubieran podido quedarse en la tierra sino que hubieran muerto con esa contemplación. No se puede permanecer en un cuerpo de carne como el nuestro y tener la visión de la Santísima Trinidad.

Así que, si solamente el hecho de levantar un pequeño extremo del velo de la Santísima Trinidad hizo entrar en éxtasis a los Santos y a las Santas que recibieron esa gracia; nosotros tenemos que creer en la Santísima Trinidad y pensar que ése será nuestro gozo y nuestra alegría durante toda la eternídad.!" Me parece que cuando muramos, será precisamente el descubrimiento del lugar que ocupa Dios el que nos dejará atónitos y nos postrará. Entonces, en lugar de conocer a Dios como dice San Pablo in érnigmate (1 Cor 13, 12), conoceremos por la visión. Ahora hay un velo que nos impide ver a Dios, pero este velo se rasgará y en ese momento tendremos la visión increíble de Dios. La omnipotencia de Dios nos aparecerá de un modo que nos sobrepasa.


Entonces entenderemos mejor que es nuestra fe. Nuestra fe será colmada plenamente con la visión del cielo. Esto es que tenemos que meditar cuando asistimos a la primera parte de la misa que concluye con el Credo.