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lunes, 16 de mayo de 2016

EL ESPIRITU SANTO Y LA CONVERSION DEL MUNDO

EL ESPIRITU SANTO Y LA CONVERSION DEL MUNDO


El Espíritu Santo tomó ayer posesión del mundo, y sus comienzos en la misión que había recibido del Padre y del Hijo anunciaron su poder, y preludiaron con ostentación sus futuras conquistas. Vamos a seguir su camino y sus acciones sobre la tierra que le fué confiada; la sucesión de los días de Octava tan solemne nos permitirá señalar una tras otra sus obras en la Iglesia y en las almas.

ISRAEL Y LA GENTILIDAD. — Jesús es el Rey del mundo; recibió de su Padre las naciones en herencia. El mismo nos declaró que "le ha sido otorgado todo poder en el cielo y en la tierra". Pero subió al cielo antes de establecerse su imperio en este mundo. El pueblo de Israel a quien hizo escuchar su palabra, a cuyos ojos realizó los prodigios que atestiguaban su misión, le despreció y dejó de ser su pueblo. Sólo algunos de sus miembros le recibieron y le recibirán todavía; pero la masa de Israel suscribe la exclamación sacrilega de sus pontífices: "No queremos que reine sobre nosotros"". La gentilidad está también tan alejada de recibir al hijo de Maria por su señor. Desconoce su persona, su doctrina y su misión. Las antiguas tradiciones de la religión primitiva se han borrado gradualmente. El culto de la materia ha invadido tanto al mundo civilizado como al mundo bárbaro, y se ha prodigado adoración a toda criatura. La moral está alterada hasta en sus fuentes más sagradas y más inviolables. La razón se ha oscurecido en esta minoría imperceptible que se gloría del nombre de filósofos; "se desvanecieron sus pensamientos y se oscureció su insensato corazón "Las razas humanas emigradas se han mezclado sucesivamente por la conquista. Tantos transtornos sólo dejaron en los pueblos la idea de la fuerza, y el colosal imperio romano del César cae con todo su peso sobre la tierra. Es el momento que el Padre celestial escogió para enviar a su Hijo a este mundo. No hay lugar para un rey de las inteligencias y de los corazones; con todo eso, es necesario que Jesús reine sobre los hombres y que su reino sea recibido.

EL PRÍNCIPE DE ESTE MUNDO. — Entretanto, se ha presentado otro señor y los pueblos le acogieron. Es Satanás, y su imperio se ha establecido con tanto poder, que Jesús mismo le llama el Príncipe de este mundo. Es menester "echarle fuera" '; se trata de arrojarle de sus templos, de expulsarle de las costumbres, del pensamiento, de la literatura, de las artes, de la política; porque todo lo posee. No es sólo la humanidad depravada quien resiste; es el fuerte armado quien la guarda como su dominio y que no cederá ante una fuerza creada. Todo está, pues, contra el reino de Cristo, y nada a su favor. ¿Qué sirve a la impiedad moderna decir, contra la evidencia de los hechos, que el mundo estaba preparado a una tan completa revolución? ¡Como si todos los vicios y todos los errores fuesen una preparación a todas las virtudes y a todas las verdades!; ¡como si bastase al hombre vicioso sentir la miseria, para comprender que su desgracia viene de que está en el mal y resolverse a ser de repente, y a costa de todos los sacrificios, un héroe de virtud! No, para que Jesús reinase sobre este mundo perverso era necesario un milagro y el mayor de todos, un prodigio que, como dijo Bossuet, no tiene término de comparación más que con el acto creador que hizo salir los seres de la nada. Además, este prodigio, ¿quién lo ha hecho sino el Espíritu Santo? Fué él quien quiso que nosotros, que no vimos a Nuestro Señor Jesucristo, estuviésemos tan seguros de su naturaleza divina y de su misión de Salvador, como si hubiésemos sido testigos de sus milagros y oyentes de sus enseñanzas. Con este fin ha obrado este prodigio de los prodigios, esta conversión del mundo, en la que "Dios escogió lo que era más débil en el mundo para hacerlo fuerte, lo que no es nada para destruir lo que es " En este hecho inmenso y más luminoso que el sol, el Espíritu Santo ha hecho visible su presencia y se ha dado testimonio de sí mismo.

ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES. — Veamos de qué medio se ha servido para asegurar el reino de Jesús sobre el mundo. Volvamos de nuevo al Cenáculo. Considera a estos hombres revestidos ahora de la virtud de lo alto. ¿Qué eran ha poco? Gente sin influencia, de condición baja, sin letras, de una debilidad conocida. ¿No es verdad que el Espíritu Santo hizo de ellos en seguida hombres elocuentes y del más alto valor, hombres a los que el mundo conocerá pronto y que obtendrán sobre él una victoria ante la cual palidecerán de los más gloriosos conquistadores? También es menester que la incredulidad lo confiese, el hecho es demasiado evidente: el mundo se ha transformado, y esta transformación es la obra de estos pobres judíos del Cenáculo. Recibieron el Espíritu Santo el día de Pentecostés y este Espíritu Santo cumplió en ellos lo que tenía que hacer. Les ha dado tres cosas ese día: ta palabra figurada por las lenguas, el ardor del amor representado por el fuego y el don de los milagros que ejercen al punto. La palabra es la espada de que están armados, el amor es el alimento del valor que les hará desafiarlo todo y por el milagro atraerán la atención de los hombres. Tales son los medios ante los cuales el Príncipe del mundo será obligado a capitular, por los que el reino del Emmanuel se establecerá en su dominio, y todos estos medios proceden del Espíritu Santo.

SOBRE TODOS LOS HOMBRES. — Pero no limita allí su acción. No basta que los hombres oigan resonar la palabra, que admiren el valor, que vean los prodigios. No basta que vean el esplendor de la verdad, que sientan la belleza de la virtud y reconozcan la vergüenza y el crimen de su situación. Para llegar a la conversión del corazón, para reconocer un Dios en este Jesús, que se les va a predicar, para amarle y ofrecerse a él en el bautismo y hasta el mismo martirio, es necesario que el Espíritu Santo intervenga. El solo, como dice el Profeta, puede quitar de su pecho el corazón de piedra y sustituirle por un corazón de carne capaz de experimentar el sentimiento sobrenatural de la fe y del amor. El Espíritu divino acompañará siempre a sus enviados; para ellos la acción visible, para él la acción invisible, y la salvación del hombre resultará de esta colaboración. Será necesario que ambas acciones se ejerzan sobre cada individuo, que la libertad de cada uno acepte y se entregue a la predicación exterior del apóstol y a la moción interior del Espíritu. Ciertamente es una gran obra llevar a la raza humana a confesar a Jesús por su rey y señor; la voluntad perversa se resistirá mucho tiempo; pero, pasados tres siglos, el mundo civilizado se pondrá bajo la cruz del Redentor.

LA CONVERSIÓN DE LOS JUDÍOS. — Era justo que el Espíritu Santo y sus enviados se dirigiesen primero al pueblo de Dios. Este pueblo "había recibido en depósito los oráculos divinos"1. Había suministrado la sangre de la redención, Jesús había declarado que era enviado "a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Pedro, su vicario, debía heredar la gloria de ser el Apóstol del pueblo circuncidado, aunque la gentilidad, en la persona de Cornelio el Centurión, debía ser por él introducida en la Iglesia, y la emancipación de los gentiles bautizados proclamada por él en la asamblea de Jerusalén. Pero el honor se debía en primer lugar a la familia de Abraham, de Isaac y de Jacob; por eso, el primer Pentecostés es judío, porque nuestros primeros antepasados en este día son judíos. El Espíritu Santo reparte primero sus dones a la raza de Israel. Ved partir ahora de Jerusalén a estos judíos que han recibido la palabra, y cuyo bautismo ha hecho verdaderos hijos de Abraham. Terminada la solemnidad, vuelven a las provincias de la gentilidad que habitan, llevando en sus corazones a Jesús, a quien han reconocido por el Mesías rey y salvador. Saludemos estas primicias de la Iglesia, a estos trofeos del Espíritu, a estos portadores de la buena nueva. No tardarán en ver llegar a los hombres del Cenáculo que se volverán hacia los gentiles, después de la inútil intimación hecha a la orgullosa e ingrata Jerusalén. Una débil minoría de la nación judía ha consentido, pues, en reconocer al hijo de David por el heredero del Padre de familia; la masa ha permanecido rebelde y corre obstinadamente a su pérdida. ¿Cómo calificar su crimen? Esteban, el Protomártir, nos lo enseña. Dirigiéndose a estos indignos hijos de Abraham: "Hombres de dura cabeza, les dijo, corazones y oídos incircuncisos, resistís continuamente al Espíritu Santo "Tan culpable negativa de obedecer en la nación privilegiada da la señal de la emigración de los Apóstoles hacia la gentilidad. El Espíritu Santo no les abandona ya, y en adelante, sobre los pueblos sentados en las sombras de la muerte, esparcirá los torrentes de la gracia que Jesús mereció a los hombres por su Sacrificio sobre la cruz.

LA CONVERSIÓN DE LOS PAGANOS. — Estos portadores de la palabra de vida se llegan a las regiones paganas. Todo se aúna contra ellos, pero triunfan de todo. El Espíritu que les anima fecundiza en ellos sus dones. Obra al mismo tiempo sobre las almas de sus oyentes, la fe en Jesús se extiende con rapidez y pronto Antioquía, luego Roma y Alejandría, ven levantarse en su seno una población cristiana. La lengua de fuego recorre el mundo; no se detiene ni en los límites del imperio romano, predestinado, según los Profetas, a servir de base al imperio de Cristo. La India, China, Etiopía y cien pueblos lejanos oyen la voz de los Evangelistas de la paz. Pero no les basta dar testimonio por la palabra a la dignidad real de un Señor, también le deben el testimonio de la sangre. No serán tardos. El fuego que les abrasó en el Cenáculo les consume en el holocausto del martirio. Admiremos aquí el poder y la fecundidad del Espíritu divino. A estos primeros enviados sucede una generación nueva. Los nombres están cambiados, pero la acción continúa y continuará hasta el fin de los tiempos, porque es menester que Jesús sea reconocido por salvador y señor de la humanidad, y que el Espíritu Santo ha sido enviado para operar este reconocimiento sobre la tierra.

LA DERROTA DE SATANÁS. — El Príncipe de este mundo, "la vieja serpiente” se agita con violencia para impedir las conquistas de los enviados del Espíritu. Crucificó a Pedro, cortó la cabeza a Pablo e inmoló a sus compañeros; mas cuando los jefes desaparecieron, su orgullo fue sometido a una prueba más dura todavía. El misterio de Pentecostés produjo un pueblo entero; la semilla apostólica germinó en proporciones gigantescas. La persecución de Nerón pudo derribar los jefes judíos del Nuevo Testamento; pero ved ahí a la gentilidad establecida en la Iglesia. Como cantábamos ayer "el Espíritu del Señor llenó toda la tierra". Vemos, desde fines del primer siglo, la espada de Domiciano cebarse aun en los miembros de la familia imperial. Pronto los Trajanos, los Adrianos, los Antoninos, los Marco Aurelios, espantados del competidor Jesús Nazareno, se lanzan sobre su rebaño; pero en vano. El Príncipe del mundo les había armado con la política y con la filosofía; el Espíritu Santo deshace estos falsos prestigios, y la verdad se extiende sobre la faz del mundo. A estos sabios suceden tiranos furiosos, un Severo, un Decio, un Gallo, un Valeriano, un Aureliano, un Maximiano; la carnicería se extiende por todo el imperio, porque hay cristianos por todas partes. En fin, el esfuerzo supremo del Príncipe del mundo está en la horrorosa persecución decretada por Diocleciano y los feroces Césares que comparten con él el poder. Habían decretado el exterminio del cristianismo, y ellos son los que, después de derramar torrentes de sangre, se hunden en la desesperación y en la ignominia. ¡Qué magníficos son tus triunfos, divino Espíritu! ¡Qué sobrehumano es el imperio del Hijo de Dios, cuando lo estableces así contra todas las resistencias de la debilidad y de la malignidad humanas, ante Satanás, cuyo reino parecía! consolidado para siempre en la tierra! Pero jamas el futuro rebaño del Redentor y extiendes en millones de almas el atractivo por una verdad que exige tan tremendos sacrificios. Derribaste los pretextos de una vana razón con i prodigios innumerables, y caldeando luego por el amor estos corazones arrancados de la concupiscencia y del orgullo, les envías llenos de un entusiasmo tranquilo a la muerte y a las torturas.


LA VICTORIA DE LOS MÁRTIRES. — La promesa de Jesús se cumplió cuando sus fieles comparecían ante los ministros del Príncipe del mundo. ! Había dicho: "No os preocupéis por lo que habéis de hablar o decir. Entonces se os dará lo que tengáis que decir; porque no hablaréis vosotros, sino el Espíritu de vuestro Padre será quien hable por vosotros" Podemos juzgar aún de ello leyendo las Actas de nuestros mártires, siguiendo estos interrogatorios y estas respuestas sencillas y sublimes que se escapan de en medio de los tormentos. La voz del Espíritu es quien lucha y quien triunfa. Los asistentes decían: "¡Grande es el Dios de los cristianos!", y más de una vez se vió que los verdugos seducidos por una elocuencia tan elevada, se declaraban discípulos de Dios tan poderoso, y se colocaban de súbito entre las víctimas que desgarraban poco ha. Sabemos, por los monumentos contemporáneos, que la arena del martirio fué la tribuna de la fe, y que la sangre de los mártires, unida a la belleza de su palabra, fue la semilla de los cristianos. Tres siglos después de estas maravillas del divino Espíritu, la victoria fué completa, Jesús era declarado Rey y Salvador del mundo, doctor y redentor de los hombres. Satanás era expulsado del dominio que había usurpado, el politeísmo, cuyo autor fué, era reemplazado por la fe en un solo Dios, y el culto bajo de la materia era objeto de vergüenza y de desprecio. Así, tal victoria, que tuvo por primer teatro el imperio romano, y que no ha dejado de extenderse de siglo en siglo a tantas naciones infieles, es la obra del Espíritu Santo. La manera milagrosa con que se cumplió contra todas las previsiones humanas es uno de los principales argumentos sobre los que descansa la fe. No hemos visto, no hemos oído al Señor Jesús; pero le confesamos por Dios nuestro, a causa del testimonio que de él ha dado tan visiblemente el Espíritu Santo que nos ha enviado. ¡Gloria sea por siempre a este divino Espíritu, reconocimiento y amor de toda criatura!, porque nos ha puesto en posesión de la salvación que el Emmanuel nos habia traído.

EL DON DE PIEDAD

El don de Temor de Dios está destinado a sanar en nosotros la plaga del orgullo; el don de piedad es derramado en nuestras almas por el Espíritu Santo para combatir el egoísmo, que es una de las malas pasiones del hombre caído, y el segundo obstáculo a su unión con Dios. El corazón del cristiano no debe ser ni frío ni indiferente; es preciso que sea tierno y dócil; de otro modo no podría elevarse en el camino al que Dios, que es amor, se ha dignado llamarle. El Espíritu Santo produce, pues, en el hombre el don de Piedad, inspirándole un retorno filial hacia su Creador. "Habéis recibido el Espíritu de adopción, nos dice el Apóstol, y por este Espíritu llamamos a Dios: ¡Padre! ¡Padre!". Esta disposición hace al alma sensible a todo lo que atañe al honor de Dios. Hace que el hombre nutra en sí mismo la compunción de sus pecados, a la vista de la infinita bondad que se ha dignado soportarle y perdonarle, con el pensamiento de los sufrimientos y de la muerte del Redentor. El alma iniciada en el don de Piedad desea constantemente la gloria de Dios; querría llevar a todos los hombres a sus pies, y los ultrajes que recibe le son particularmente sensibles. Goza viendo los progresos de las almas en el amor y los sacrificios que este amor les inspira para el que es el soberano bien. Llena de una sumisión filial para con este Padre universal que está en los cielos, está presta a cumplir todas sus voluntades. Se resigna de corazón a todas las disposiciones de la Providencia. Su fe es sencilla y viva. Se mantiene amorosamente sometida a la Iglesia, siempre pronta a renunciar a sus ideas más queridas, si se apartan de su enseñanza o de su práctica, teniendo horror instintivo a la novedad y a la independencia. Esta ofrenda a Dios que inspira el don de Piedad al unir el alma a su Creador por el afecto filial, le une con un afecto fraterno a todas las criaturas, porque son la obra del poder de Dios y porque le pertenecen. En primer lugar, en los afectos del cristiano animado del don de Piedad se colocan las criaturas glorificadas, en los que Dios se regocija eternamente, y que ellas se regocijan de él para siempre. Ama con ternura a María, y está celoso de su honor; venera con amor a los santos; admira con efusión a los mártires, y los actos heroicos de virtud cumplidos por los amigos de Dios; ama sus milagros, honra religiosamente las reliquias sagradas. Pero su afecto no es sólo para las criaturas coronadas en el cielo; las que están aún aquí tienen gran acogida en su corazón. El don de Piedad le hace encontrar en ellas a Jesús en persona. Su benevolencia para con sus hermanos es universal. Su corazón está dispuesto al perdón de las injurias, a soportar las imperfecciones de otro, excusando las faltas del prójimo. Es compasivo con el pobre, solícito con el enfermo. Una dulzura afectuosa revela el fondo de su corazón; y en sus relaciones con los hermanos de la tierra se le ve siempre dispuesto a llorar con los que lloran, a regocijarse con los que se regocijan. Tal es, Espíritu divino, la disposición de los que cultivan el don de Piedad que has derramado en sus almas. Por este beneficio inefable neutralizas el triste egoísmo que marchita su corazón, le libras de esta aridez odiosa que hace al hombre indiferente con sus hermanos, y cierras su alma a la envidia y al rencor. Por eso ha tenido necesidad de esta piedad filial para su Creador. Ha enternecido su corazón, y este corazón se ha fundido en un vivo afecto por todo lo que sale de las manos de Dios. Haz que fructifique en nosotros tan precioso don; no permitas que sea sofocado por el amor a nosotros mismos. Jesús nos ha animado diciendo que su Padre celestial "hace salir su sol sobre los buenos y los malos"; no consientas, Paráclito divino, que indulgencia tan paternal sea ejemplo perdido, y dígnate desarrollar en nuestras almas este germen de sacrificio, de benevolencia y de compasión que has colocado allí cuando tomabas posesión de ella por el Bautismo.