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viernes, 8 de abril de 2016

LOS MARTIRES MEXICANOS


De una madre a otra madre.

Salvador Calderón había nacido en 1903 en el pueblo de San Marcos, del Estado de Michoacán. Aunque de padres católicos forzosamente tuvo que asistir a la escuela laica del gobierno, única en el pueblecito. Y naturalmente aquel niño, formado en esa escuela de perdición, salió de ella con una mala semilla, que bien pronto por cierto, cuando tenía unos quince o dieciséis años, dio sus frutos venenosos. Una decepción amorosa lo desesperó y sin el sólido apoyo de las creencias católicas de sus padres, lo orilló hasta el suicidio.

Una noche funesta el pobre muchacho se hizo dueño de una pistola y en medio de la oscuridad de su recámara, se disparó un tiro. Muchos atribuyeron a la oscuridad misma, el que la pistola se desviase y no lo hiriera, pero yo creo más seguro, que fueron las oraciones de la pobre madre, que como otra Mónica, la madre de San Agustín, no cesaba de orar por él día y noche, angustiada y temerosa, por el mal que le habían causado con enviarle a esa escuela, lo que apartó de sus sienes la bala fatal. Dios nunca desoye las súplicas de una madre por el bien de sus hijos.

Salvador no sólo salió ileso del loco intento contra su vida corporal, sino que, la misma extrañeza de aquel suceso, hizo que allá en el fondo de su alma, se sintiera aturdido y confuso sin saber cómo explicárselo.

Al ruido de la detonación acudió con una luz la pobre señora a la pieza de su hijo, y lo encontró con la pistola en la mano, aún humeante, y él pálido y tembloroso. Una rápida mirada bastó al corazón de la madre para comprender lo que su hijo había intentado. Y lanzándose a él quitó le la pistola y abrazándolo entre sollozos le dijo doliente:

¡Pero hijito! ¿Qué ibas a hacer...? ¡ay! yo siempre te encomiendo a la Virgen Santísima . . . todos los días le pido que te haga bueno para que te salves ...y ¡mira! ¡Mira cómo Ella te ha libertado del infierno al que te ibas derecho si te hubieras matado...! ¡Pobre hijo mío!

Las lágrimas de su madre, el recuerdo de la Virgen Santísima a la que de niño había aprendido a invocar, y la turbación en que se encontraba, dieron lugar a que la gracia de Dios completara la obra. Salvador cayó de rodillas para pedir perdón a su madre de lo que iba a hacer, y a Dios por la ofensa que con tan depravado intento le había hecho.

Madre, madre. . .me voy a confesar y voy a ser bueno. Te lo prometo. Y el muchacho se convirtió de veras.

Pasaron algunos años. Salvador había entrado en la A.C.J.M. y era un jovencito ejemplar para sus compañeros. Con frecuencia se acercaba a recibir el Pan de los fuertes... Y vino la persecución religiosa. Salvador no dudó un momento. Tenía una deuda con Dios, aunque sabía que su pecado le había sido perdonado en el tribunal de la penitencia. Alistó se entonces en la Liga de Defensa Religiosa, y cuando agotados los recursos pacíficos se determinaron los católicos a defender su fe y a su Madre la Iglesia con las armas, Salvador se alistó en el Ejército Libertador.


Por el 20 de febrero de 1927 fue enviado a Morelia con una comisión de parte de los jefes del ejército, pero descubierto en su empresa se le hizo un proceso sumarísimo y se le condenó a muerte. La madre del joven lo supo. Loca de dolor, aunque de otra especie de aquel que tenía cuando su hijo, como oveja perdida, andaba descarriado por los caminos del mal, logró que le permitieran asistir al proceso, y al cumplimiento de la sentencia inicua. La mañana del 22 de febrero, Salvador fue conducido al lugar de la ejecución. Seguía al pelotón de los soldados, como María Santísima a su Divino Hijo por la calle de la Amargura, la dolorida señora. . .Y llegaron por fin. Formó se el cuadro. Salvador miró a su madre detrás de los soldados y alzando su voz gritó con toda su alma: Muero por Dios, mamá... ¡Viva Cristo Rey! Una descarga cerró sus labios para siempre, mientras la señora repetía por milésima vez la jaculatoria que ella misma había reformado en favor del hijo de sus entrañas:

¡Dulce Madre, no te alejes,
Tú vista de él no apartes,
Ven con él a todas partes,
Y nunca solo lo dejes!