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viernes, 29 de abril de 2016

"Ite Missa Est"

29 DE ABRIL

SAN PEDRO de verona, MARTIR

Misa – Protexísti

Epístola – Sap; V, 1-5
Evangelio – San Juan; XV, 1-7

El héroe que la Santa Iglesia envía hoy a Jesús resucitado, combatió con tanta valentía que el martirio adornó hasta su nombre. El pueblo cristiano le llama San Pedro Mártir, de suerte que su nombre y su victoria no se separarán jamás. Inmolado por un brazo herético, es el tributo que la cristiandad del siglo XIII ofreció al Redentor. Nunca triunfo alguno fué celebrado con tan solemnes aclamaciones. En el siglo anterior la palma obtenida por Tomás de Cantorbery, fué saludada con alegría por los pueblos que nada amaban tanto como la libertad de la Iglesia; la obtenida por Pedro fué objeto de una ovación semejante. La fiesta se guardaba como las solemnidades antiguas, con la suspensión de trabajo, y los fieles acudían a las iglesias de los Hermanos Predicadores, llevando ramos que presentaban para que los bendijeran en recuerdo del triunfo de Pedro Mártir. Esta costumbre se ha conservado hasta nuestros días en Europa meridional, y los ramos bendecidos por los Dominicos ese día son considerados como una protección para las casas en que se conservan con respeto.

SAN PEDRO Y LA INQUISICIÓN. — ¿Por qué causa se inflamó el celo del pueblo cristiano por la memoria de esta víctima de un odioso atentado? Pedro había caído trabajando en defensa de la fe, y entonces a los pueblos nada les era tan querido como la fe. Pedro tenía la misión de buscar a los herejes maniqueos que desde hacía tiempo infectaban el Milanesado con sus doctrinas perversas y sus costumbres tan odiosas como sus doctrinas. Su firmeza, su integridad en el cumplimiento de tal misión, le hacían el blanco del odio de los Patarinos; y cuando cayó, víctima de su valor, un grito de admiración y reconocimiento se levantó en toda la cristiandad. Nada pues más lejos de la verdad, que las declamaciones de los enemigos de la Iglesia y de sus imprudentes fautores, contra las pesquisas que el derecho público de las naciones católicas había decretado para descubrir y castigar a los enemigos de la fe. En aquellos siglos, no había tribunal más popular que el encargado de proteger las sagradas creencias, y de reprimir a los que las atacaban. Goce, pues, la Orden de Predicadores, a quien particularmente le estaba encargada esta alta magistratura, goce sin orgullo pero también sin debilidad, del honor que tuvo de ejercerla durante tantos años, para bien del pueblo cristiano. ¡Cuántas veces sus miembros han hallado muerte gloriosa en el cumplimiento de su sagrado deber! San Pedro Mártir, es el primero de los mártires que esta Orden ha dado por esta causa; pero los fastos dominicanos cuentan con gran número de herederos de su abnegación y émulos de su corona. La persecución de los herejes no es sino un hecho de la historia; y a nosotros los católicos no nos está permitido juzgar de ella de distinto modo que juzga la Iglesia. Hoy nos manda honrar como mártir a uno de sus santos que halló la muerte saliendo al encuentro de los lobos, que amenazaban a las ovejas del Señor; ¿No seríamos culpables ante nuestra Madre si osáramos enjuiciar de otro modo que ella el mérito de los combates que merecieron a Pedro la corona inmortal? Lejos, pues, de nuestros corazones de católicos la cobardía que no se atreve a aceptar los esfuerzos de nuestros antepasados por conservarnos la herencia más preciosa. Lejos de nosotros esa facilidad pueril en creer las calumnias de los herejes y de los pretendidos filósofos contra una institución a la que ellos no pueden sino detestar. ¡Lejos de nosotros esa deplorable confusión de ideas que coloca en el mismo plano la verdad y el error y que, por lo mismo, que el error no tiene ningún derecho, osa concluir que la verdad nada tiene que reclamar!

VIDA. — Nació San Pedro en Verona en 1206, de padres herejes. Con la ayuda de la gracia, y las enseñanzas de un maestro católico, abrazó la fe católica desde su juventud. Siendo estudiante en Bolonia, lejos de dejar enfriar su fe, entró en la Orden de Predicadores, donde se distinguió en la práctica de las virtudes religiosas. Ordenado sacerdote, ejerció su ministerio en las provincias vecinas, haciendo muchos milagros y numerosas conversiones. En 1232, Gregorio IX le nombró Inquisidor general de la fe. Sus trabajos por extirpar la herejía le atrajeron el odio de los maniqueos. El 6 de abril de 1252, uno de ellos le asesinó cuando iba a Milán. Su cuerpo fué llevado a la iglesia de los Dominicos de Milán, y el año siguiente, Inocencio IV le inscribía en el católogo de los Santos.


PROTECCIÓN CONTRA EL ERROR. — Protector del pueblo cristiano, ¿qué otro móvil sino la caridad dirigió todos tus trabajos? ya sea que tu palabra viva y luminosa reconquiste las almas engañadas por el error, ya sea que caminando contra el enemigo, tu valor les obligue a huir lejos de los pastos que quisieran envenenar, nunca tuviste en vista otro objeto que el de preservar a los fieles de la seducción. ¡Cuántas almas sencillas habrían gozado de las delicias de la verdad divina, que la Santa Iglesia hacía llegar hasta ellas, y que engañados miserablemente por los predicadores del error, sin defensa contra el sofisma y la mentira, pierden el don de la fe, languidecen en la angustia y la depravación! La sociedad católica previno estos males. No podía sufrir que la herencia adquirida con el precio de la sangre de los mártires, fuese presa de enemigos envidiosos que se habían propuesto apoderarse de ella. Sabía que en el fondo del corazón del hombre caído existe cierta inclinación al error, y que la verdad, inmutable en sí, no está en segura posesión de nuestra inteligencia, sino en cuanto es protegida por la ciencia y por la fe: la ciencia, que pertenece al dominio de muy pocos, la fe, contra la cual conspiran constantemente el error, bajo las apariencias de la verdad. En las edades cristianas, se consideraba tan culpable como absurdo, conceder al error una libertad a la que sólo tiene derecho la verdad, los poderes públicos se consideraban en la obligación de velar por la salud de los débiles, apartando de ellos las ocasiones de caer, del mismo modo que un padre cuida de alejar a sus hijos de los peligros que les serían tanto más funestos cuanto su inexperiencia no los preveían.


AMOR DE LA FE. — Alcánzanos, oh Santo Mártir, estima mayor del don precioso de la fe, que nos conserva en el camino del cielo. Procura, solicita su conservación en nosotros y en todos los que nos están confiados. El amor de esta santa fe se ha enfriado en muchos; el trato con los que no creen les ha acostumbrado a concesiones de palabra y de pensamiento que los han debilitado. Tráelos, oh Pedro, a ese celo por la verdad divina que debe ser el distintivo del cristiano. Si en la sociedad en que vive, todo tiende a igualar los derechos del error y de la verdad, que se consideren tanto más obligados a profesar la verdad y a detestar el error. Reaviva en nosotros, oh Santo Mártir, el ardor de la fe, "sin la cual es imposible al hombre agradar'". Haz que seamos delicados en este punto de importancia capital para la salvación, para que, aumentando de día en día nuestra fe, merezcamos ver eternamente en el cielo lo que hayamos creído firmemente en la tierra.