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viernes, 8 de abril de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

LA REVOLUCIÓN DE LO ETERNO

A las intrépidas señoritas de la “Cruzada Femenina por la Libertad”y a los jóvenes de la A.C.J.M., con el alto respeto y la grande esperanza de “un hermano mayor”.

Nos hallamos en presencia de un inesperado e inmenso erizamiento de conciencias y voluntades. Nunca creímos que el vértigo de las ideas y de las palabras fuera superado en unos cuantos días por el vértigo de los acontecimientos. Nos hallábamos todavía encorvados sobre el surco, fatigados por nuestra alforja de sembradores, con las manos hundidas en la tierra de las almas y mucho antes de que el trabajo de los tiempos empujara –en medio de una incesante germinación–, hacia la luz brotes y tallos, vimos levantarse bajo nuestros pies el recio desquite de los muertos y de los esclavos.

Algunos habíamos empezado a encanecer a lo largo de la trabajosa peregrinación y comenzábamos a resignarnos a ser enterrados en pleno desierto, bajo el silencio de nuestras tiendas oscuras de viajeros del ideal santo de la reconquista. Daniel O’Connell[1] –el osado portaestandarte de la libertad en Irlanda– ya había sido enterrado así: bajo el silencio de su tienda de peregrino del ideal santo del desquite contra los verdugos de la conciencia, y con los ojos grandemente abiertos hacia el lado escueto y mudo de la lejanía del porvenir. Lacordaire,[2] Montalembert y Ozanam[3] –los jóvenes radiantes de ensueño y de gallardía que abrazaron a Cristo ante la Francia sublevada contra la Iglesia– se habían marchado también y habían dejado el surco y el grano bajo el amparo de la esperanza. El mismo Windthorst[4], –caudillo glorioso de los católicos alemanes, aunque ganada la batalla contra Bismarck[5]– dejó al lado de sus resonantes victorias un programa –que fue su testamento– para consumar la reconquista.

Nosotros, quizá más afortunados que todos esos fuertes y recios luchadores, a poco de haber empezado la siembra hemos podido ser testigos de este resurgimiento, que en unos cuantos días ha hecho que todos los gérmenes caídos de nuestras manos fatigadas de sembradores asomen gallardos y ebrios de lozanía después de ser estrujados –como la uva madura bajo el trabajo implacable del lagar– por el puño cerrado de los verdugos y por los rechazos de los pensamientos y de los hechos. ¿Nos encontramos en presencia de un milagro? Como a lo largo de las páginas –siempre pre rejuvenecidas por el beso de Dios– del Evangelio. ¿Lázaro desdobla sus piernas, deja el sudario y queda ante el Maestro en plena ebriedad vital? Porque durante más de medio siglo todo o casi todo se había conjurado contra nuestra fe y contra nuestra historia. Plumas, espadas, estros, togas, escuelas, parlamentos, tribunas y cátedras, bajo la carga de un odio satánico, bajaron hasta la médula de nuestra vida nacional, para buscar ansiosamente a Cristo y repetir letra a letra las páginas del Evangelio –la persecución, el tránsito, al Calvario, el descoyuntamiento, la muerte y el enterramiento del Maestro–, y quedar seguros y tranquilos, por haber podido acabar hasta con el recuerdo de Jesús. Pero el Evangelio se escribe todo entero siempre que se trata de escribirlo. Y aunque todos los perseguidores se empeñen en que no haya más páginas que el encarcelamiento y el martirio, Dios se encarga y se ha encargado de escribir las páginas de la resurrección. Y el Evangelio se repite todo entero. Sin embargo, nunca esperábamos esta visión anticipada de resurgimiento espiritual que es toda una brillante promesa para el porvenir. No esperábamos que tan pronto empezara a escribirse sobre la substancia misma de nuestras almas –páginas en blanco casi todas o escritas sin dirección y sin sentido– las páginas de la resurrección.

Se dirá que ya se siente el temblor de la losa del sepulcro y que ya se siente –sobre el casco ferrado de los guardias de César– el resplandor radiante de la mano vencedora del maestro. Y nosotros decimos que es mucho decir si dijéramos que ya estamos en plena victoria y que no es más que traducir el porvenir, el anunciar la resurrección total y definitiva.

En todo caso, sea cual fuere el sentido de estos acontecimientos y sea cual fuere el significado histórico y providencial de ese erizamiento de brazos y de voluntades, delante de los perseguidores de la Iglesia; nada importa tanto como hacer notar que al lado del trabajo de Dios no ha dejado de aparecer el humilde, el obscuro trabajo del hombre y que a la retaguardia de todas esas banderas desplegadas ha habido un callado y persistente trabajo que se ha hecho sentir principalmente sobre la frente altiva y fuerte de un grupo de juventud selecta y dispuesta a modelarse bajo la mira del Maestro. De aquí que si hoy más que nunca deben escucharse y decirse hacia todos los vientos, decisivas palabras que llamen a todos a entrar bajo la inmensa tienda de campaña que han alzado muchas manos trémulas de combatividad y de esperanza; de una manera especial es preciso llamar a todas las fuerzas directrices del pensamiento y de la acción hacia las rutas por donde ha empezado e inicia todos los días su jornada la juventud, para arrojar a su paso y a la mitad de su corazón el grano fecundo del porvenir. Nunca como ahora se pone –como fresco y despertador aliento de renovación bajado de la montaña- el programa que esboza uno de los personajes de un drama de Ibsen[6] cuando pronuncia estas palabras: “Busquemos ahora abanderados jóvenes y ardientes y en toda la vanguardia coloquemos nuevos jefes”. Estas palabras son y serán siempre un programa decisivo de renovación. Y desde hoy todas las fuerzas directoras deben bajar a los caminos abiertos a la ilusión por donde va la juventud, para soplar sobre su frente radiante de viajero fuerte y osado y para arrojarla hacia la vanguardia. Nuestra juventud o no ha tenido hasta ahora maestros o los que ha tenido y aun ella misma ha consagrado, no lo han sido de verdad. . . Y si no ha tenido maestros es preciso que desde este momento en adelante los tenga. Y que despierte un irresistible afán de hundirse en el corazón tumultuoso de la juventud –en medio de la recia fermentación del porvenir– para poner el pensamiento y el espíritu en contacto con las nuevas y recién emplumadas alas de los pájaros que preparan su viaje y que partirán mañana al amanecer.

Nuestra juventud ha podido –sin que una mano la haya detenido al borde del abismo– precipitarse y caer en el precipicio de todos los rebajamientos y, si hace su jornada río abajo con el bajel desmantelado y las envergaduras rotas, es porque ha faltado una voz encendida que haga mantener enhiestas las alas y los ojos ávidos de altura y de luz.

El General Brisonnet –en un libro intensamente despertador de Bourget[7]– dice sobre la cabeza obscura de Bernardo Moncour –que no es más que un encuadernador– una fórmula que debemos decir todos los días sobre cada frente que empieza a saludar la juventud. “Cuando impeláis –le dice Brisonnet a Moncour– a vuestros hombres el día en que los alemanes os fastidiaron ¿qué hacíais vos? Voy a decirlo: vivíais por encima de vos mismo, dicha hoy, mañana, todos los días al sentir el roce cálido de las alas nuevas de la juventud, la echará toda entera con todos sus bagajes de roja y ardiente generosidad hacia todas las vanguardias.

El relato emocionante de la jornada de juventud que aparece en las páginas de Los Aguiluchos es solamente un episodio –vivido en un minuto de lumbre y de audacia– que parecía haber quedado destroncado de nuestras luchas y de nuestras vidas. Pero hace apenas unos cuantos días, casi por las mismas calles, casi a las mismas horas y en los mismos calabozos, varias muchachas han alzado su frente gallarda por encima de las puntas de las bayonetas y han dejado oír el grito del día, el grito que ha subido de todos los viejos subterráneos de la conciencia católica y que parece escrito con inmensos caracteres sobre el erizamiento de todas las banderas desdobladas delante de nuestros ojos. Todas esas muchachas han contestado con el consagrado grito: “Viva Cristo Rey” a todas las blasfemias, a todas las ruindades y a todos los atropellos. Y si en el orden moral –como en el orden físico–, nada se pierde ni para el bien ni para el mal, debemos esperar que todos estos gestos se anudarán apretadamente en la corriente de todas nuestras vidas y que apresurarán el día ansiado de la libertad. por esto uno de los puntos más salientes de todo programa de renovación que se formule en estos momentos debe ser éste: bajar hasta las rutas de la juventud parea que el papel del “hermano mayor esbozado por Bourget en el prólogo de El discípulo se realice en su totalidad con todas sus responsabilidades y con todo su alcance despertador.

Tomar con nuestros brazos y con nuestras manos cansadas; alzar con nuestro pensamiento y con nuestra palabra y con nuestro espíritu y con toda nuestra vida a la juventud que canta, crece y se empuja en nuestro derredor y hacerla que se pone por encima de nuestra espalda –como el mancebo radiante y ebrio de ensueño del poema de Longfellow[8]– es mojar y batir el barro nuevo donde saldrán los moldes del porvenir.

“La Revolución de lo eterno, ha dicho en La Edad Media y Nosotros, Pablo Luis Landsberg, es el porvenir y casi la realidad en la hora presente”, y en esa revolución, debemos añadir, las vanguardias deben estar pobladas de banderas tremoladas por la juventud que todavía le reza y le canta al joven carpintero que a los treinta y tres años comenzó la única verdadera revolución, que es la revolución de lo eterno y que ha pasado bajo el aliento de Dios a lo largo de las páginas de la historia y que está soplando en estos instantes, como un huracán, sobre nuestras vidas.
Guadalajara, agosto 31 de 1926.



[1] O’CONNEL, Daniel. (1775-1847). Político irlandés, apodado el Libertador. Mediante la Asociación Católica, obligó al gobierno británico a suprimir las discriminaciones religiosas.
[2] LACORDAIRE, Juan Bautista Enrique Domingo (1802-1861). Religioso dominico, predicador de Notre-Dame de París, fue el más grande orador sagrado del siglo XIX.
[3] OZANAM, Antonio Federico (1813-1853). Creador de las Conferencias de San Vicente de Paúl y apologista eminente, nació en Milán. Fue un brillante apologista católico.
[4] WINDTHORST, Ludwig (1812-1891). Abogado católico, consejero del Tribunal Supremo en Celle. Siendo diputado prusiano, encabezó y dio gran fuerza al Partido Católico, al grado de enfrentar y vencer a Bismarck, el Canciller de Hierro.
[5] BISMARCK, Otón, príncipe de (1815-1898). Primer Canciller del moderno Imperio alemán, emprendió mediante la Kulturkamf, una dura campaña anticatólica.
[6] IBSEN, Enrique (1828-1906). Dramaturgo noruego, fustiga las enfermedades morales de su pueblo. Combina en su obra sus tendencias filosóficas y sociales. Su influencia fue inmensa.
[7] BOURGET, Paul (1852-1935). Escritor francés, un “moralista de la decadencia, un monomaníaco de la psicología y un amante apasionado del análisis”, según sus palabras.
[8] LONGFELOW, Henry (1807-1882). Poeta norteamericano de inspiración romántica, su vida fue la de un perfecto y bondadoso caballero.