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lunes, 25 de abril de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"

CAPÍTULO 12
Encíclica Divini Redemptoris
del Papa Pío XI
sobre el comunismo
(19 de marzo de 1937) 
(TERCERA PARTE)


La despersonalización
A continuación, la privación de libertad.

«El comunismo, además, despoja al hombre de su libertad, principio espiritual de su conducta moral, quita toda dignidad a la persona humana y todo freno moral» (§ 10). Ahora se hablaría de despersonalización, porque la situación se ha acentuado desde que el Papa Pío XI escribió su encíclica y se mide aún mejor la verdad de lo que decía: «quita toda dignidad a la persona humana y todo freno moral». Ya no se tiene ni siquiera derecho a gobernar sus propias costumbres. Quieren suprimir toda voluntad, toda personalidad y toda independencia de la persona, porque para ellos: «La personalidad humana (...) es sólo una simple rueda engranada en el sistema». [Por eso], «no reconoce al individuo, frente a la colectividad, ningún derecho natural». Esta despersonalización se ha vuelto el sistema casi clásico de los comunistas. Ponen a todos sus enemigos y a todos los que están en contra suya —y esto seguramente continúa— en campos de concentración. Como necesitan mano de obra, emplean a esos desdichados en minas y bosques, que les hacen explotar en regiones imposibles, como en Siberia, en condiciones increíbles. Algunos autores valientes han contado estas cosas en sus libros, en que han revelado los horrores de los Gulag, los campos de deportación. Son cosas totalmente inauditas y detestables. Y sigue habiendo deportaciones para satisfacer la necesidad de mano de obra. A algunos de sus enemigos, cuyos nombres conoce el mundo entero, ya no se atreven a enviarlos a los campos de concentración, porque haría demasiado ruido en el mundo libre; ya ni siquiera los envían a las prisiones, aunque en la práctica siguen siendo prisioneros. Les inyectan substancias y productos que los despersonalizan. Ya no gozan de la libertad de sus facultades; se vuelven una especie de robots. Este modo de proceder lo empleaban ya en tiempos del cardenal Mindszenty, como escribía el antiguo primado de Hungría en una carta: «A partir de ahora, ya no tengáis en cuenta lo que diga o firme, porque voy a entrar en esa prisión en la que lo ponen a uno en tal estado que se puede firmar o decir cualquier cosa». ¿Hasta dónde va esa destrucción del hombre? Es espantoso. La despersonalización se extiende a todos los ámbitos, de modo que no dejan curso libre a ninguna iniciativa privada: ¡nada! Se apoderan de la propiedad privada. No se puede tener ninguna, ni poseer los propios instrumentos de trabajo, ni casa ni campos. Ya no hay propiedad privada: todo pertenece al Estado. Se recibe alojamiento y alimentación. Se tiene que pensar como el partido. Este condicionamiento es horrible. Tratan al hombre como un auténtico animal de carga que es bueno para trabajar, producir y consumir. ¿Con-sumir? ¡Y ya sería mucho! Como retienen el producto del trabajo para hacer cañones y equipar sus ejércitos con terribles máquinas de destrucción, dejan casi morir de hambre a la gente, como sucede en Polonia.

La destrucción del matrimonio y de la vida familiar

Después, el matrimonio: la destrucción de la vida familiar. Claro que han hecho un poco marcha atrás, porque han medido los inconvenientes de lo que habían emprendido inicialmente. Pero ya no quieren matrimonio y preconizan la unión libre, el concubinato... Los hijos crecen en las organizaciones gubernamentales y sus padres son privados completamente de ellos. ¡Es espantoso! «Esta doctrina —escribe el Papa—, al negar a la vida humana todo carácter sagrado y espiritual, hace del matrimonio y de la familia una institución puramente convencional y civil (...) Niega la existencia de un vínculo matrimonial de naturaleza jurídico-moral que esté por encima del arbitrio de los individuos y de la colectividad, y por consiguiente, niega también su indisolubilidad. En particular, no existe para el comunismo nada que ligue a la mujer con la familia y la casa. Al proclamar el principio de la emancipación de la mujer, la separa de la vida doméstica y del cuidado de los hijos para arrastrarla a la vida pública y a la producción colectiva en la misma medida que al hombre; se dejará a la colectividad el cuidado del hogar y de la prole» (§ 11).  Han llevado esto hasta el límite extremo, lo que ha provocado algunas dificultades, de modo que poco a poco han dejado que el hombre y la mujer vivan juntos y vuelvan un poco a hacerse cargo de sus hijos. Se han dado cuenta de que la situación que habían creado era tan anormal y les creaba tantos problemas (recoger a todos los niños, ponerlos en edificios, que no conocieran a sus padres...) que, finalmente, volvieron sobre su decisión inicial. No podemos ni siquiera imaginar cosas como esas, contrarias a la naturaleza. Esto lo ha hecho también en China de modo detestable. ¡Son cosas increíbles! «Niega, finalmente, a los padres el derecho a la educación, porque éste es considerado como un derecho exclusivo de la comunidad, y sólo en su nombre y por mandato suyo lo pueden ejercer los padres».

Un espionaje permanente

Eso sigue siendo aún así en las escuelas. Sólo pueden enseñar ellos. Es muy difícil dar instrucción religiosa a los niños. No sé cómo es en Polonia, pero en países como Checoslovaquia y Hungría, todos los niños que van al catecismo están fichados y anotados. Les ponen trabas a sus padres, los echan de su trabajo, los persiguen y les disminuyen el salario. Se hace todo lo posible para que los padres quiten a sus hijos del catecismo. Donde no hay más que algunos niños, dejan un poco más libres a los catequistas, porque los padres están tan perseguidos que terminan rindiéndose. Los dejan únicamente para hacer creer que hay libertad religiosa. Todo eso es falso. Lo hacen para la propaganda destinada al Occidente, para hacer creer que en los países comunistas hay libertad religiosa y que se imparte educación religiosa. Hay que ver los ecos de los sacerdotes —de los que son realmente católicos y no de los sacerdotes de la Paz— que nos cuentan las dificultades que experimentan para tener a los niños en el catecismo, e incluso las dificultades que sufren para ejercer su ministerio. Siempre hay agentes del partido que están ahí para escuchar el sermón. En todas las ceremonias religiosas, está siempre el partido para captar cualquier crítica al gobierno, al sistema económico o a cualquier otra cosa. Entonces se comunica inmediatamente al centro del partido, se convoca a los sacerdotes, y se les interroga, reprende y amenaza. ¡Es increíble!


Una persecución maquiavélica

Si salen a visitar a los enfermos o a llevar los sacramentos, siempre tienen que pedir permiso. Les autorizan, pero siempre los siguen. Saben a qué casa van y por qué motivo. Nos resulta difícil imaginar una persecución tan maquiavélica. Os doy un ejemplo que ilustra bien el condicionamiento de las personas que emplean los comunistas, y eso que no sucedió en un país comunista o que por lo menos no lo era desde hacía mucho tiempo. Me acuerdo de haber recibido en Dakar al arzobispo de Konakry, Mons. de Milleville, que además fue expulsado después por los comunistas, pero que en ese momento aún era arzobispo de Konakry y apenas hacía un año que el comunismo se acababa de implantar. Me vino a ver y se hospedó conmigo. Cuando yo le hacía preguntas —estábamos solos los dos— y le decía: “¿Cómo van las cosas?”, dudaba en responderme. Algunos días después me dijo: “¿Sabe usted? ¡Es increíble! Estamos tan vigilados ahí, y tenemos tanto la idea de que siempre hay alguien que escucha nuestras palabras y que sabrá lo que hemos dicho, que al final no nos atrevemos a decir nada. Al llegar aquí y cuando usted me preguntaba esas cosas, tenía la impresión de que aún me vigilaban. Tengo la impresión de que estoy rodeado y de que no soy libre”.

Un miedo continúo

Ese miedo y angustia que se apodera de uno para siempre, es algo increíble. Los hijos no se atreven a hablar a sus padres, los padres se cuidan de no decir ningún comentario contra el partido frente a sus hijos, etc., porque luego preguntarán a los niños. Los niños pueden decir por distracción: “Papá ha dicho tal cosa; mamá ha dicho tal otra”, e inmediatamente se lo cuentan al partido: interrogatorios, diligencias, etc... ¡es increíble! Ya no son realmente libres para pensar; se vuelve una coacción continua. No se puede imaginar que se frustre así a los hombres de toda iniciativa y pensamiento personal. Es monstruoso. «Sería una colectividad —escribe el Papa— sin más jerarquía que la del sistema económico. Tendría como única misión la de producir bienes por medio del trabajo colectivo, y como único fin, disfrutar de los bienes de la tierra». Al contrario de lo que pretenden los comunistas, ¡aún hay que esperar!, porque los pueblos que viven bajo su yugo están muy lejos de obtener el gozo de los bienes terrenos. ¡Y se atreven a pretender eso! Al emprender la destrucción de la familia, la sociedad dispone de un derecho sin límite. Tiene todos los derechos. Puede forzar a los hombres a trabajar.

Arrojar a Dios de la tierra

«En una palabra —prosigue el Papa—: se pretende introducir una nueva época y una nueva civilización, fruto exclusivo de una evolución ciega; una humanidad sin Dios». ¡Este es la finalidad de su sociedad! Después viene una sociedad sin clases. A la espera de alcanzar esta finalidad, el Estado es el que tiene todo el poder y está encargado de hacer que se llegue al ideal de una sociedad sin clases (§ 13).«¡Tal es el nuevo evangelio, que el comunismo bolchevique y ateo pretende anunciar a la humanidad como un mensaje de salvación y de redención! Sistema lleno de errores y sofismas; opuesto a la razón y a la revelación divina; subversivo del orden social, porque destruye sus bases fundamentales; desconocedor del verdadero origen, naturaleza y fin del Estado; negador de los derechos de la personalidad humana, de su dignidad y libertad».

Una desfiguración de la verdad

Luego hay unos párrafos que tratan de la difusión de esta doctrina. ¿Cómo han podido conseguir eso? «Pero ¿cómo un tal sistema, anticuado ya hace mucho tiempo en el terreno científico, desmentido por la realidad de los hechos, cómo semejante sistema ha podido difundirse tan rápidamente en todas las partes del mundo?»

Pío XI se plantea la pregunta.

Por supuesto, están las promesas. Engañan a la gente con ellas. Es uno de los medios que emplean: engañan a la gente.«Los más ceden a la tentación, hábilmente presentada bajo las promesas más deslumbradoras. Con el pretexto de no querer sino la mejora de la suerte de las clases trabajadoras, de suprimir los abusos reales causados por la economía liberal y de obtener de los bienes terrenos una más justa distribución (fines sin duda, del todo legítimos), y, aprovechándose de la crisis económica mundial, ha conseguido lograr que su influencia penetre aun en aquellos grupos sociales que, por principio, rechazan todo materialismo y todo terrorismo». Evidentemente, se han aprovechado de las consecuencias de la introducción del liberalismo económico en el mundo, que desde luego ha puesto a los obreros en una situación bastante triste. Han explotado ese estado de cosas para hacer que se les escuche y admita. «Y para comprender —sigue diciendo el Papa— cómo el comunismo ha conseguido que las masas obreras lo hayan aceptado sin discusión, conviene recordar que los trabajadores estaban ya preparados por el abandono religioso y moral en el que los había dejado la economía liberal» (§ 16). A las consecuencias negativas del liberalismo económico se añade el laicismo de los gobiernos y de los Estados. Las consecuencias hacen que los pueblos hayan perdido más o menos la fe: menos práctica religiosa y menos convicciones religiosas, y así el comunismo se ha difundido más fácil-mente en las inteligencias en que ha encontrado menos reacciones, como en un organismo que está enfermo. En efecto, es más fácil introducir una nueva enfermedad en un organismo que ya está enfermo y cuyas reacciones se han debilitado, que en uno sano y resistente. Ahora bien, en nuestros países, la población ya estaba más o menos secularizada y, por consiguiente, tenía menos reflejos religiosos.

El engaño de la propaganda

«Además, esta difusión tan rápida de las ideas comunistas, que se infiltran en todos los países, grandes y pequeños, civilizados o retrasados, de modo que ningún rincón de la tierra se ve libre de ellas, se explica por una propaganda verdaderamente diabólica, tal como jamás conoció el mundo: propaganda dirigida desde un solo centro y hábilmente adaptada a las condiciones de los diversos pueblos; propaganda que dispone de grandes medios económicos, de organizaciones gigantescas, de congresos internacionales y de innumerables fuerzas bien adiestradas; propaganda que se hace en folletos y revistas, en el cine y en el teatro, en la radio, en las escuelas y hasta en las Universidades, y que penetra poco a poco en todas las clases sociales, aun en las más sanas, sin que se aperciban casi del veneno que insensiblemente va infiltrándose cada vez más en todas las mentes y en todos los corazones» (§ 17).

El secreto increíble de la prensa supuestamente libre

También ha habido «...esa verdadera conspiración del silencio en la mayor parte de la prensa mundial no católica...» que, con todo, habría podido contar objetivamente lo que sucede en los países comunistas: las matanzas, los campos de concentración y todos los abusos que se cometen. Pero, ¡no! Ha guardado un silencio total. Como dice Pío XI (§ 18): «Decimos conspiración, porque no se puede explicar de otro modo que una prensa tan ávida de poner de relieve aun los más menudos incidentes cotidianos, haya podido pasar en silencio, tanto tiempo, los horrores cometidos en Rusia, en Méjico y también en gran parte de España». El silencio de la prensa es también uno de los medios que han ayudado a los comunistas en su difusión, porque si se hubiese querido poner en primer plano, por muy poco que fuera, lo que ha sucedido en Rusia, y las matanzas que se han cometido, tanto en Méjico como en una gran parte de España, todo eso hubiera contribuido a impedir que poblaciones enteras se hicieran comunistas (§ 19-20). En la tercera parte, el Papa Pío XI recuerda la doctrina cristiana sobre el hombre, su dignidad y sus derechos (§ 27), sobre la familia (§ 28), sobre las relaciones entre el hombre y la comunidad política (§ 29), y sobre el régimen corporativo (§ 32) y todo el orden social.

Luego una cuarta parte propone los medios de defensa de la civilización cristiana: renovación espiritual (§ 42), práctica de la bienaventuranza de los pobres de espíritu (§ 44-45), la caridad cristiana (§ 46-48), práctica de la justicia (§ 49-50), no sólo conmutativa (entre los hombres) sino también social (hacia el bien común) y distributiva (de la sociedad hacia cada miembro del cuerpo social, para permitirle cumplir con su función social) (§ 51). El Papa recuerda los engaños recientes del comunismo: lemas de paz mundial, infiltración de asociaciones católicas, y colaboración comunitaria y caritativa (§ 57). Así, dirigiéndose a los obispos, condena con palabras rotundas y definitivas —grabadas como le-tras de oro— al comunismo, lo más criminal de todo lo criminal que ha existido:

«Procurad, Venerables Hermanos, con sumo cuidado que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana».

Luego, denunciando un mal que afecta a la mente, el Papa escribe:

«El mal que se ha de combatir es, ante todo, considerado en su primera fuente, un mal de naturaleza espiritual, y de esta fuente es de donde brotan con una lógica infernal todas las monstruosidades e impiedades del comunismo».

El Papa Pío XI, en la quinta parte, da consignas particulares para algunos estados de vida: a los sacerdotes, a los militantes de Acción católica, a todos los fieles de la Iglesia y a los gobernantes de Estado cristianos:

«El Estado tiene que dejar a la Iglesia plena libertad de cumplir su misión divina y espiritual, para contribuir así poderosamente a salvar los pueblos de la terrible tormenta de la hora presente» (§ 77).

Pío XI no tuvo miedo ni temor de advertir no sólo a los fieles sino también al mundo entero contra la perversidad de comunismo y el veneno mortal que difunde. Pero en el concilio Vaticano II, aunque nada había cambiado sino todo contrario, puesto que después de la II Guerra Mundial la URSS había extendido su dominación sobre todos los países de la Europa del Este, el tema se volvió un tabú. De ningún modo quisieron hablar del comunismo y menos aún reiterar la condenación que se había hecho de él con actos solemnes del magisterio. En compañía de Mons. Sigaud, arzobispo de Diamantina, yo mismo llevé a Mons. Felici, secretario del Concilio, un documento firmado por 450 Padres conciliares entre un total de 2.350, para pedir que el Concilio condenara oficialmente el comunismo.

No sólo no se hizo eso, sino que ni siquiera se trató el asunto. ¡No se hizo ninguna alusión a este documento!... Cuando fui a informarme ante Mons. Felici para conocer los motivos, me respondió que este documento firmado por 450 obispos ¡había sido olvidado en un cajón! 

FIN DE LA OBRA