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martes, 8 de marzo de 2016

El Peregrino Ruso


“Lo que importa es la vida interior y el cuidado de la oración.”

-¡No corras! El sacerdote está muy enfermo dice la liturgia muy despacio. ¡Ganas tienes de estar en pie! Efectivamente, la liturgia duró muchísimo. El Sacerdote, joven, pero pálido y muy demacrado, celebraba lentamente con gran reverencia y devoción. Al final de la liturgia pronunció un bellísimo sermón sobre los medios para alcanzar el amor de Dios. Después de la liturgia me invitó a comer. Estando a la mesa le dije:

-Padre, veo que celebráis lentamente y con mucha reverencia.

-Sí -me respondió-o A mis feligreses no les gusta, pero ¿qué voy a hacer? Recitando una oración me gusta meditarla y saborearla. Sin este goce interior toda palabra pronunciada es inútil para mí y para los demás. Lo que importa es la vida interior y el cuidado de la oración. ¡Y qué pocos se preocupan de esta vida interior!

-¿Qué hay que hacer para alcanzarla? Me parece muy difícil.

-De ninguna manera -me respondió el sacerdote-o Hay un medio muy sencillo para llegar a ser hombres de vida interior. Practica de esta manera la meditación: elige un texto cualquiera de la Sagrada Escritura; léelo despacio y concentra en él toda la atención, en el mayor recogimiento posible. Pronto comenzará a manifestarse su sentido, iluminando tu alma. Haz lo mismo con la oración vocal. Si quieres que sea de verdadero provecho, elige una corta, de pocas palabras, pero cargadas de sentido, repítela con frecuencia y verás cómo comienzas a gustar la oración. La explicación del sacerdote me gustó muchísimo. ¡Qué sencilla era y, al mismo tiempo, qué sabía y profunda! Interiormente di gracias a Dios por haberme hecho conocer a un verdadero pastor de su Iglesia. Terminada la comida, el sacerdote me dijo:

-Puedes dormir la siesta, mientras yo leo la Biblia y preparo el sermón de mañana. Me fui, pues, a la cocina. No había nadie, fuera de una anciana que estaba acurrucada en un rincón, tosiendo. Me senté junto a una ventanilla y saqué mi Filocalía. Mientras estaba tranquilamente leyendo oía a la viejecilla en el rincón susurrar la oración a Jesús. Alegrándome de oír repetir con tanta frecuencia el santísimo nombre de Jesús, le dije:

-¡Qué cosa tan santa hacéis, abuela, repitiendo la oración a Jesús; es la oración más bella y más saludable!

-¡Oh, sí! -respondió Ha sido el único consuelo de mi vida: Jesús mío, ten misericordia de mí.

-¿La recitáis desde hace mucho tiempo?

-Siempre, desde que era muy joven. ¿Cómo podría yo vivir sin esta oración, si ella me ha salvado de todo peligro y de la muerte?

-¿Queréis contarme algo de ello? Redundaría en gloria de Dios y exaltación del poder de la oración a Jesús. Metí de nuevo la Filocalía en la alforja y me puse a escuchar.

-Cuando era joven, mis padres quisieron que me casase; la tarde precedente al matrimonio mi novio vino a buscarme; pero, de repente, cuando estaba una docena de pasos de nuestra casa, le dio un colapso y sin volver en sí, murió. Fue tal el espanto que esto me causó que renuncié para siempre al matrimonio para conservar mi virginidad y dedicarme a la oración. Deseaba ir en peregrinación a los más famosos santuarios, pero no me atrevía a ir sola por temor de que, siendo aún joven, gente sin conciencia pudiera hacerme algún mal. Entonces conocí a una anciana peregrina, que me enseñó a recitar incesantemente la oración a Jesús en todas mis peregrinaciones, asegurándome que si lo hacía no me sucedería nada malo. Fiada en sus palabras, he visitado varias veces las reliquias más lejanas, sin que nunca me haya sucedido algo desagradable. Mis padres me daban el dinero para los viajes. Cuando me hice vieja y achacosa, este sacerdote, con corazón bondadoso, me ofreció comida y alojamiento.  Escuché con espiritual regocijo su relato y no sabía cómo dar gracias a Dios por esta jornada, en que tantas cosas había aprendido a través de edificantes ejemplos de vida espiritual. Luego pedí la bendición del sacerdote y proseguí mi camino.


Para terminar, voy a contar cómo, no hace mucho, atravesando la provincia de Kazán para venir aquí, tuve ocasión de aprender que el poder de la oración a Jesús se revela también a aquellos que la practican sin conocerlo y que su ejercicio asiduo es camino breve y seguro para llegar a la contemplación divina. Una vez tuve que pasar la noche en un pueblo tártaro. Al llegar a él, vi junto a una choza una carroza y un cochero ruso. Los caballos, sueltos los tiros, pacían cerca de la carroza. Contento de encontrarme entre cristianos, me dispuse a dormir al raso. Acercándome al cochero, le pregunté quién era el dueño de la carroza. Me respondió que era de un señor que iba desde Kazán a Crimea. Mientras hablábamos, se corrieron los visillos de la carroza y el señor que iba dentro me miró.

-Paso aquí la noche -dijo-o Entre los tártaros hay mucha suciedad y prefiero dormir aquí. Como el atardecer era magnífico, quiso bajar a tomar el fresco y nos pusimos a charlar. Entre otras cosas, me contó lo siguiente:

-Hasta los setenta años fui capitán de primera en la flota. Al ir haciéndome viejo comenzó a atacarme la gota, enfermedad incurable. Presenté la dimisión y me establecí en Crimea, donde mi mujer tenía unas posesiones y casa de campo. Mi mujer era excéntrica, casquivana y enviciada en el juego de naipes. Se cansó pronto de estar siempre junto a un enfermo y me abandonó para ir a vivir con una hija casada, que está en Kazán. Se llevó todo lo que pudo, y además, a toda la servidumbre, dejándome solo con un muchacho de ocho años, ahijado mío. Viví así durante tres años.

El rapaz era muy despierto y me servía muy bien en todos los oficios domésticos: me hacía la cama, encendía la estufa, preparaba la comida y el samovar, pero era un picaruelo inquieto y rumoroso: corría, saltaba, jugaba, estaba siempre haciendo ruido. Me tenía aburrido. Inmovilizado por la enfermedad, me gustaba leer libros piadosos y tenía, entre otros, el de Gregorio Palamas sobre la oración a Jesús. Viendo que el rapazuelo me impedía leer y que ninguna amenaza o castigo conseguía hacerle dejar sus granujadas, excogité un medio para hacerle estar quieto. Hice que se sentase en mi habitación y repitiese sin cesar la oración a Jesús. Al principio esto le aburría e intentaba marcharse o estaba allí, pero callado. Entonces cogí una vara y la coloqué junto a mí. Mientras él recitaba la oración a Jesús, yo leía tranquilamente o le escuchaba; cuando se callaba, le mostraba la vara, y él, asustado, comenzaba de nuevo a rezar. Yo estaba encantado de haber dado con el medio de restablecer la paz en la casa. Pasado algún tiempo me di cuenta de que ya no necesitaba la vara; el muchacho hacía lo que yo le mandaba con mejor voluntad y más celo que antes. Poco a poco se había obrado un gran cambio en su carácter: de impulsivo que era se hizo tranquilo y callado y hacía cada vez mejor sus deberes domésticos. Me alegré mucho con este cambio y le concedí mayor libertad. Lo más sorprendente vino luego: sin que nadie se lo impusiera seguía repitiendo la oración en medio de sus ocupaciones. Cuando le pregunté el porqué, me respondió que sentía un deseo incontenible de recitar continuamente esta oración.

-¿Qué experimentas cuando la rezas?
-Nada; simplemente, me gusta recitarla.
-Entonces, ¿te sientes feliz?
-Sí, me siento feliz.

Tenía ya doce años cuando estalló la guerra de Crimea. Me fui a vivir a Kazán con mi hija y lo llevé conmigo. Le pusimos en la cocina con otros criados. Lo sintió mucho y venía continuamente a quejárseme de que sus compañeros, queriendo hacerle intervenir en sus charlas, le impedían orar. A los tres meses se me presentó declarando serenamente: -Me voy; no puedo aguantar más este ruido que me importuna.

-¿Cómo vas a hacer tú solo, y además en invierno, un viaje tan largo? Espera a que me vaya yo y te llevaré conmigo. Al día siguiente el muchacho había desaparecido. Se le buscó por todas partes sin resultado.

Finalmente llegó una carta de Crimea. Los encargados de nuestra casa escribían que el muchacho en cuestión había sido hallado muerto, en mi casa deshabitada, el 4 de abril, segundo día de Pascua. Estaba tendido en mi habitación, mirando al cielo, con los brazos piadosamente cruzados sobre el pecho, el gorro colocado bajo la cabeza y vestido con el pequeño gabán que llevaba siempre en casa. Lo enterraron en mi jardín.

No salía de mi asombro pensando cómo había podido realizar un viaje tan largo en tan poco tiempo. Nos había dejado el 24 de febrero y fue hallado muerto el 4 de abril. ¡Había recorrido tres mil kilómetros en un mes! Esto no era posible más que con caballos de postas. Suponiendo que alguien, compadecido, le haya dado una plaza en su coche, ¿no es éste un favor especial de la Providencia? y terminó el relato:

-He aquí cómo un jovencito gustó el fruto de la oración. Y yo, viejo ya, aún no he llegado tan alto...Más tarde dije a este señor:

-Conozco el libro de Gregorio Palamas, de que me habéis hablado; es muy bello, pero insiste sobre todo en la oración vocal. Leed la Filocalía y en ella encontraréis una doctrina perfecta y completa que os enseñará a practicar la oración espiritual y a gustar sus regalados frutos. Me prometió adquirir el libro. «Dios mío -pensé entre mí-, qué maravillosas manifestaciones de la potencia divina se encierran en esta oración! ¡Y qué aleccionador a resulta la historia de este jovencito! ¡Una vara le enseñó a rezar y se convirtió en instrumento de consolación! ¿Acaso los sufrimientos y las penalidades no son la vara divina que nos acompaña en el camino de la oración? Pues ¿por qué la tememos tanto cuando nos la muestra la blanda mano del Padre celestial? El nos ama con amor infinito y estas varas nos enseñan a rezar y nos guían a consuelos inefables.» Terminados estos relatos, dije a mi padre espiritual:

-¡Perdonadme, padre, en nombre de Dios! He hablado demasiado y los Santos Padres llaman cháchara s aun a las conversaciones más espirituales cuando se prolongan demasiado. Ya es tiempo de ir a buscar a mi compañero para emprender el viaje a Jerusalén. Pedid por mí, pobre pecador; pedid a Dios que en su misericordia haga que este viaje sea provechoso para mi alma.

-¡Lo deseo de todo corazón, mi querido hijo en Cristo! Que la gracia divina ilumine tu camino y te acompañe, como el arcángel Rafael acompañó a Tobías.