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lunes, 29 de febrero de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.

CAPITULO XIV
DE COMO ARREBATARON LA
CORONA A JESUCRISTO

“En el juicio final, Jesucristo acusará a quienes lo expulsaron de la vida pública y, en razón de semejante ultraje, aplicará la más terrible venganza.” Pío XI, Quas Primas Pese al riesgo de repetir lo dicho, vuelvo sobre el tema de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo, ese dogma de fe católica, que nadie puede poner en duda sin ser hereje, sí, ¡perfectamente hereje! ¿Tienen ellos aún la fe?

Juzgad pues, la fe agonizante del Nuncio Apostólico de Berna, Mons. Marchioni, con el que sostuve la siguiente conversación el 31 de marzo de 1976 en Berna:

– Mons. Lefebvre: “Se pueden ver claramente cosas peligrosas en el Concilio (...) En la Declaración sobre la libertad religiosa hay cosas contrarias a la enseñanza de los Papas: ¡se decide que ya no puede haber Estados católicos!”

– El Nuncio: “¡Pero sí, es evidente!”

– Mons. Lefebvre: “¿Cree usted que esta supresión de los Estados católicos va a ser un bien para la Iglesia?”

– El Nuncio: “Ah, pero, usted comprende, si se hace eso, ¡se obtendrá una mayor libertad religiosa entre los soviéticos!”

– Mons. Lefebvre: “Pero, ¿qué pasa con el Reino Social de Nuestro Señor Jesucristo?”

– El Nuncio: “Usted sabe, ahora es imposible; ¿quizás en un futuro lejano?... Actualmente ese reino está en los individuos; hay que abrirse a la masa.”

– Mons. Lefebvre: “Pero, ¿qué hace de la encíclica Quas Primas?”

– El Nuncio: “¡Ah, hoy día el Papa ya no la escribiría!”

– Mons. Lefebvre: “¿Sabe que en Colombia fue la Santa Sede quien pidió la supresión de la constitución cristiana del Estado?”

– El Nuncio: “Sí, aquí también.”

– Mons. Lefebvre: “¿En Valais?”

– El Nuncio: “Sí, en Valais. Y ahora, vea, me invitan a todas las reuniones.”

– Mons. Lefebvre: “Entonces, ¿usted aprueba la carta que Mons. Adam (Obispo de Sion en Valais) escribió a sus diocesanos para explicarles por qué debían votar por la ley de separación de la Iglesia y el Estado?”

– El Nuncio: “Vea usted, el Reino Social de Nuestro Señor, es algo difícil actualmente...”

Consta que ya no creen pues: es un dogma “imposible”, “bastante difícil” o “que no se escribiría más hoy”. ¡Y cuantos piensan así actualmente! Cuantos son incapaces de en-tender que la Redención de Nuestro Señor Jesucristo debe realizarse con la ayuda de la sociedad civil, y que el Estado debe volverse de esta manera, en los límites del orden temporal, el instrumento de la aplicación de la obra de la Redención. Le contestaran: “¡son dos cosas diferentes, están mezclando la política y la religión!”

Y sin embargo, todo ha sido creado para Nuestro Señor Jesucristo, para el cumplimiento de la obra de la Redención. ¡Todo!, ¡Incluida la sociedad civil que también, como ya dije, es una creatura de Dios. La sociedad civil no es una pura creación de la voluntad de los hombres, ella resulta ante todo de la naturaleza social del hombre y de que Dios ha creado a los hombres para que vivan en sociedad; esto está inscrito en la naturaleza por el Creador. Por lo tanto y lo mismo que los individuos, la sociedad civil debe rendir homenaje a Dios, su Autor y su fin, y servir al designio redentor de Jesucristo.

En septiembre de 1977 di una conferencia en Roma, en casa de la Princesa Palaviccini y leí entonces un escrito del Card. Colombo, arzobispo de Milán, en que afirmaba que el Estado no debe tener religión, que debe ser “sin ideología”. Ahora bien, lejos de desmentirme, el cardenal respondió a mi ataque en el Avvenire d'Italia, repitiendo lo mismo, reiterándolo aún con mas fuerza a lo largo de todo su artículo, tanto que éste se titulaba Lo Stato non puo essere altro che laico. ¡El Estado no puede ser más que laico, por lo tanto, sin religión! ¡Un cardenal dice eso! ¿Qué idea se hace de la Redención de Nuestro Señor Jesucristo? ¡Es inaudito! Ved cuanto había penetrado en la Iglesia el liberalismo. Si hubiera dicho

esto veinte años antes, habría sido una bomba en Roma, todo el mundo habría protestado, el Papa Pío XII lo habría refutado y tomado medidas... Pero ahora es normal, la cosa parece normal. Es necesario, pues, que estemos convencidos de esta verdad de fe: todo, incluso la sociedad civil, ha sido concebido para servir directa o indirectamente al plan redentor de Nuestro Señor Jesucristo.  Condena de la separación de la Iglesia y el Estado Señalo ante todo que los Papas han condenado la separación de la Iglesia y el Estado sólo en cuanto doctrina y en su aplicación a las naciones de mayoría católica. Es evidente que no se condena la tolerancia eventual de otros cultos en una ciudad por lo demás católica, y con más razón, tampoco el hecho de que exista una pluralidad de cultos en numerosos países ajenos a lo que no hace mucho se llamaba: la Cristiandad.

Hecha esta precisión, afirmo con los Papas que es una impiedad y un error próximo a la herejía pretender que el Estado debe estar separado de la Iglesia y la Iglesia del Estado. El espíritu de fe de un San Pío X, su profunda teología, su celo pastoral, se levanta con vigor contra la empresa laicizante de la separación entre la Iglesia y el Estado en Francia. He aquí lo que él declara en su encíclica Vehementer Nos del 11 de febrero de 1906, que os invito a meditar:

“Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y un error pernicioso, porque, basada en el principio de que el Estado no debe reconocer culto religioso alguno, es gravemente injuriosa a Dios, fundador y conservador de las sociedades humanas, al cual debemos tributar culto público y social.

“La tesis de que hablamos constituye, además, una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado al logro de la prosperidad pública en esta vida terrena, que es la razón próxima de las sociedades políticas, y no se ocupa en modo alguno de su razón última, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado esta vida tan breve; pero como el orden presente de las cosas, que se desarrolla en el tiempo, se encuentra subordinado a la conquista del bien supremo y absoluto, es obligación del poder civil, no tan sólo apartar los obstáculos que puedan oponerse a que el hombre alcance aquel bien para que fue creado, sino también ayudarle a conseguirlo.

“Esta tesis es contraria igualmente al orden sabiamente establecido por Dios en el mundo, orden que exige una verdadera concordia y armonía entre las dos sociedades; porque la sociedad religiosa y la civil se componen de unos mismos individuos, por más que cada una ejerza, en su esfera propia, su autoridad sobre ellos, resultando de aquí existen materias en las que deben concurrir una y otra, por ser de la incumbencia de ambas. Roto el acuerdo entre el Estado y la Iglesia, surgirán graves diferencias en la apreciación de las materias de que hablamos, se obscurecerá la noción de lo verdadero y la duda y la ansiedad acabarán por enseñorearse de todos los espíritus.

“A los males que van señalados añádase que esta tesis inflige gravísimos daños a la sociedad civil, que no puede prosperar ni vivir mucho tiempo, no concediendo su lugar propio a la Religión, que es la regla suprema que define y señala los derechos y los deberes del hombre.” Notable continuidad de esta doctrina Y el santo Papa se apoya luego sobre la enseñanza de su predecesor León XIII, del cual cita el siguiente texto, mostrando, por la continuidad de esta doctrina, la autoridad que ella reviste: “Por lo cual los Romanos Pontífices no han cesado jamás, según pedían las circunstancias y la ocasión, de refutar y condenar la doctrina de la separación de la Iglesia y el Estado. Nuestro ilustre Predecesor León XIII señala, y repetida y brillantemente tiene declarado, lo que deben ser, conforme a la doctrina católica, las relaciones entre las dos sociedades...” Sigue el texto de Immortale Dei que he citado en el capítulo precedente y también esta cita: “Y añade además: ‘Sin hacerse criminales las sociedades humanas, no pueden pro-ceder como si Dios no existiera, o no cuidase de la Religión, como si fuera cosa para ellas extraña o inútil... Grande y pernicioso error es excluir a la Iglesia, obra de Dios mismo, de la vida social, de las leyes, de la educación de la juventud y de la familia.”

Basta volver a leer aún este pasaje de Immortale Dei para constatar que a su vez León XIII afirma, que no hace sino retomar la doctrina de sus predecesores:

“Estas doctrinas que la razón humana no puede probar y que repercuten poderosísimamente en el orden de la sociedad civil, han sido siempre condenadas por los Romanos Pontífices, Nuestros predecesores, plenamente conscientes de la responsabilidad de su cargo apostólico. Así Gregorio XVI, en su carta encíclica que comienza Mirari Vos, del 15 de agosto de 1832... Acerca de la separación de la Iglesia y el Estado, decía el mismo Pontífice lo siguiente: ‘No podríamos augurar bienes más favorables para la Religión y el Estado, si atendiéramos los deseos de aquellos que ansían separar a la Iglesia del Estado y romper la concordia mutua entre los gobiernos y el clero; pues, manifiesto es cuánto los amantes de una libertad desenfrenada temen esa concordia, dado que ella siempre producía frutos tan venturosos y saludables para la causa eclesiástica y civil.’

De la misma manera, Pío IX, siempre que se le presentó la oportunidad, condenó los errores que mayor influjo comenzaban a ejercer, mandando más tarde reunirlos en un catálogo, a fin de que, en tal diluvio de errores, los católicos supieran a qué atenerse sin peligro de equivocarse.”


Concluyo que una doctrina, que enseña la unión que debe existir entre la Iglesia y el Estado y condena el error opuesto de su separación, por su continuidad perfecta en cuatro Papas sucesivos de 1832 a 1906, y por la declaración solemne hecha por San Pío X en el Consistorio del 21 de febrero de 1906, está revestida de la máxima autoridad, y aún sin duda, de la garantía de la infalibilidad.

¿Cómo llegan pues un Nuncio Marchioni o un Card. Colombo a negar esta doctrina que deriva de la fe y probablemente es infalible? Cómo ha llegado un concilio ecuménico a dejarla de lado, en el museo de las curiosidades arcaicas, es lo que voy a explicar hablando de la penetración del liberalismo en la Iglesia, gracias a un movimiento intelectual deletéreo: el catolicismo liberal.