utfidelesinveniatur

martes, 2 de febrero de 2016

Itinerario espiritual siguiendo a Santo Tomás de Aquino en su Suma teológica

Capítulo 6
Jesucristo, por quien se realiza la vuelta del hombre a Dios.
El misterio de Jesucristo es tan profundo, tan extraordinario, que parecería más natural adorarlo en silencio que hablar de él, pues podemos temer con razón que nuestras palabras, al igual que nuestros pensamientos, sean muy deficientes para expresar todas las riquezas encerradas en este santuario inefable que es Jesucristo.
San Pablo piensa lo mismo:
“Orantes simul et pro nobis ut Deus aperiat nobis ostium sermonis ad loquendum mysterium Christi... ut manifestem illud ita ut oportet me loqui” (Col. 4 34) .

Las descripciones que San Pablo hace de Nuestro Señor son maravillosas, y nos incitan a hacer de Jesucristo nuestra vida —“mihi vivere Christus est”— y a ser cada día más cristianos:

“Qui est imago Dei invisibilis, primogenitus omnis creaturæ, quoniam in ipso condita sunt universa in coelis et in terra, visibilia et invisibilia, sive Throni, sive Dominationes, sive Principatus, sive Potestates. Omnia per Ipsum et in Ipso creata sunt. Ipse est ante omnes, et omnia in Ipso constant” (Col 1 15-17) .

Esta presencia de Dios encarnado en la historia de la humanidad no puede ser sino el centro de esta historia, como su sol, hacia quien todo camina y de quien todo procede. Y si se piensa y cree que este misterio de la Encarnación está ordenado al misterio de la Redención, no hay ni que decir que sin Jesucristo no hay salvación posible. Todo acto, todo pensamiento que no sean cristianos carecen de valor salvífico, de mérito para la salvación. Para tratar de situar este misterio, reproducimos la hermosa página del Padre Pègues en su catecismo de Santo Tomás de Aquino, al abordar la Tertia Pars de la Suma Teológica, que nos pone en contacto con el misterio de Jesucristo o Camino de vuelta del hombre a Dios:

“¿Qué se entiende por el misterio de Jesucristo o del Verbo hecho carne? — Se entiende el hecho, absolutamente incomprensible para nosotros en esta vida, de que la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo o el Hijo único de Dios, que siendo desde toda la eternidad, con su Padre y el Espíritu Santo, el mismo y único verdadero Dios, por quien todas las cosas han sido creadas y a las que gobierna como soberano Maestro, vino en el tiempo a nuestra tierra por su Encarnación en el seno de la Virgen María, de la cual nació, vivió nuestra vida mortal, evangelizó al pueblo judío de Palestina, al cual había sido personalmente enviado por su Padre, fue desconocido por este pueblo, traicionado y entregado al gobernador romano Poncio Pilato, condenado y muerto en una cruz, fue sepultado, descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos al tercer día, subió a los cielos cuarenta días después, está sentado a la diestra de Dios Padre, desde donde gobierna a su Iglesia, establecida por El sobre la tierra, a la cual El envió su Espíritu, que es también el Espíritu del Padre, santificando esta Iglesia por los sacramentos de su gracia y preparándola así para su segunda venida al fin de los tiempos, cuando El juzgará a los vivos y a los muertos, habiendo hecho salir a estos de sus sepulcros para establecer la separación definitiva de los buenos, a los que llevará consigo al Reino de su Padre, donde les asegurará la vida eterna, de los malos, a los que arrojará maldiciéndolos y condenándolos al suplicio del fuego eterno”.

Esta breve ojeada dogmática e histórica del misterio de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo nos ilustra ya algo sobre los dones y privilegios del Dios encarnado, y sobre las consecuencias que de esta Encarnación se derivan para toda la humanidad, para todos los hombres considerados individualmente, ya que la venida de Dios entre ellos les concierne profundamente, y su suerte en la eternidad dependerá en adelante de su relación con Jesucristo, sean conscientes de ello o no, lo quieran o no. Nunca meditaremos bastante sobre las riquezas del tesoro que es Nuestro Señor Jesucristo: “Si scires Donum Dei: Si conocieras el don de Dios”, dice Jesús a la Samaritana. “En medio de vosotros está, dice Juan Bautista, quien vosotros no conocéis..., a quien no soy digno de desatar la correa de su calzado” (Jn. 1 26-27). Dios Padre y Dios Espíritu Santo se manifiestan para descubrimos el misterio de Jesús: “Y al salir del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu Santo descender sobre El en forma de paloma. Y una voz vino de los cielos: Tú eres mi Hijo muy amado, en quien he puesto todas mis complacencias” (Mc. 1 10-11). “He visto al Espíritu Santo que descendía del Cielo como paloma, y se posó sobre El. Y yo no lo conocía, mas el que me envió a bautizar en agua me dijo: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre El, este es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio que este es el Hijo de Dios” (Jn. 1 32-34).

Todo confirmará luego el juicio de San Juan Bautista, al igual que, desde la anunciación del Ángel a María, lo habían manifestado todos los acontecimientos que se referían a El. Jesús es realmente el Emmanuel, Dios con nosotros. Si este hombre es Dios, ¡qué abundancia de dones debe llenar su alma y su cuerpo! Esta toma de posesión de esta alma y de este cuerpo por Dios mismo, confiere a este hombre atributos, derechos, dones y privilegios únicos, que superan todo lo que se puede imaginar.  Tratemos de acercamos a este santuario divino para estimarlo mejor y adorarlo más perfecta y profundamente, y consagramos con entusiasmo y sin límites a su servicio. ¿Cómo no sentirnos llamados como los apóstoles, que lo dejaron todo inmediatamente para seguirlo?

Tres gracias particulares adornan el alma y el cuerpo de Jesús desde su concepción en el seno de la Virgen María, y desde la infusión del alma en el cuerpo que le fue preparado.  La primera gracia, que es también la fuente de las otras dos, es única en toda la Creación. Por su decisión eterna de unir a su persona un alma y un cuerpo, Dios Verbo comunicaba a estas creaturas de manera inefable y misteriosa su misma divinidad, en la misma medida en que estas creaturas, por Voluntad divina, eran capaces de recibirla. Es la gracia que llamamos de unión hipostática, que confiere a esta alma y a este cuerpo una dignidad divina. Todos los actos de esta alma y de este cuerpo serán divinos, atribuidos a Dios, que asume la responsabilidad de toda la actividad de esta alma y de este cuerpo.  Esta gracia de unión confiere por naturaleza, y necesariamente, a la persona que vive en esta naturaleza humana, títulos únicos: Mediador, Salvador, Sacerdote y Rey. Toda mediación, todo sacerdocio, toda realeza entre las creaturas no podrán ser más que participaciones de estas propiedades, que son las joyas naturales y propias de Nuestro Señor Jesucristo.

¿Cómo no darnos cuenta entonces de la sublimidad de nuestro sacerdocio, que es una participación de esta gracia de unión, propia de Nuestro Señor? En efecto, Nuestro Señor ejercerá su mediación, su misión de Salvador, por su sacerdocio; y el acto esencial de su sacerdocio será su sacrificio del Calvario, por el cual se nos merecen todas las gracias de salvación. La Cruz aparece ya, por esta gracia de unión, como signo de la inmolación de su divino cuerpo y de la oblación de su santa alma a su Padre, en una oración soberanamente eficaz. Esto será lo esencial de su herencia legada a la Iglesia: su sacrificio eucarístico y propiciatorio, continuado en los altares por elegidos que participen de su único sacerdocio.

¡Ojalá que los seminaristas, los sacerdotes y los obispos encuentren la inteligencia de su sacerdocio en estas verdades fundamentales sobre la gracia de unión en Nuestro Señor, y estimen en su justo valor la sublimidad de la herencia que les ha sido legada, que ha de ser la fuente de su santificación y la fuente de su apostolado: el acto del sacrificio! Siendo este el acto constitutivo del sacramento de la Eucaristía, la vida de Cristo Sacerdote y Víctima, que debe ser su vida interior, es también la de su ministerio: dar Jesús a las almas.

[Esta unión indisoluble del sacrificio y del sacramento, que el Verbo encarnado quiso en su Sabiduría, es precisamente lo que rechazan los protestantes, y lo que los innovadores del Vaticano II han hecho desaparecer prácticamente por ecumenismo].

La gracia de unión confiere al alma y al cuerpo de Nuestro Señor una gracia santificante igualmente única en el mundo. Será tan abundante que se convertirá en la fuente de todas las gracias santificantes, que no son más que la comunicación del Espíritu Santo, del Espíritu de caridad de Nuestro Señor, “de Quo omnes nos accepi-mus: de quien todos nosotros recibimos” (Jn. 1 16). Esta gracia santificante produce en el alma y en el cuerpo de Nuestro Señor efectos maravillosos. Esta alma, desde el primer instante de su existencia, recibió la visión beatífica, de que Nuestro Señor disfrutó durante toda su existencia, incluso en la Cruz. ¡Gran misterio, ciertamente, el de esta alma inundada de la felicidad más perfecta, al mismo tiempo que abrumada por el dolor y la tristeza! Este es el motivo por el que Nuestro Señor sólo podía tener la virtud teologal de la caridad, ya que tenía en su alma la visión beatífica, y con la visión beatífica desaparecen la fe y la esperanza. Es difícil apreciar en su justo valor la profundidad y la riqueza de la caridad del alma de Jesús. Es evidente que esta gracia creada, aunque de una perfección inefable, no puede compararse con la fuente infinita de caridad de la que provenía, que no es otra que la Vida divina de Jesús en el seno de la Trinidad.

Esta gracia santificante, única en su riqueza, colmó el alma de Jesús con las virtudes, los dones, las bienaventuranzas y los frutos del Espíritu Santo. A esta gracia “gratum faciens”, fuente de la santidad del alma y del cuerpo de Jesús, se agregaban además todas las gracias “gratis datæ”, de las que fue dotado Jesús para desempeñar su papel único de Salvador, de Santificador, de Glorificador: gracias de curaciones, de milagros, de prodigios, de diversidad de lenguas, de interpretación de discursos, y sobre todo de profecía, ya que Jesús, por su naturaleza divina y humana, era el Profeta. Después de Jesús ya no habrá profetas, sino apóstoles, que serán los instrumentos del Profeta y constituirán, por la Tradición y la Escritura, el depósito de la fe, que quedará cerrado a la muerte del último de los apóstoles. Los sucesores de los apóstoles tendrán que limitarse a transmitir fiel y exactamente las verdades contenidas en ese depósito. Al período profético sucederá el período dogmático, durante el cual los Papas y los obispos tendrán la misión de conservar y transmitir el depósito sin alteración, “in eodem sensu et eadem sententia”, hasta el fin de los tiempos. Así, pues, es capital tener una justa noción de Jesús Profeta. El cuerpo de Jesús poseía también dones maravillosos de milagro: hubiera tenido que ser glorioso, como fruto de la visión beatífica. Por un milagro más Jesús no manifestó la gloria de su Cuerpo, salvo el día de su Transfiguración y de su Resurrección. Todo el Evangelio manifiesta el poder del cuerpo de Jesús. Incluso duran-te su sepultura el cuerpo de Jesús incorruptible permaneció unido al Verbo, que le devolvió su alma y lo resucitó.

La gracia santificante de Jesús es fuente tan abundante y única de salvación, que con razón lleva un nombre que es propio de Nuestro Señor: “Gratia Capitis”, la gracia de la cabeza, significando así que todo se refiere y todo vuelve, en última instancia, a Jesucristo solo o al Hijo de Dios encarnado, en la acción salvífica o en la acción que se refiere al bien sobrenatural. “Non est in alio aliquo salus”: no hay salvación fuera de Nuestro Señor. Y por eso, sobre este principio de la gracia capital de Nuestro Señor se funda la acción de todos los que trabajan por la salvación de las almas. Todo lo que se haga sin ninguna relación, directa o indirecta, con Nuestro Señor, es inútil y no sirve para nada en orden a la salvación.

Esto ha de ser también un principio director de nuestra pastoral, esforzándonos por sobrenaturalizarlo todo, por la oración, por la caridad, evitando hacer entrar en nuestras actividades demasiados participantes que manifiesten su oposición a todo gesto religioso y cristiano. Otra cosa distinta es aceptar a los que tienen buenas disposiciones, pero son ignorantes, y pueden convertirse a Nuestro Señor. Como todo el plan de Dios está ordenado a la salvación de las almas por Jesucristo, y por El solo, alentaremos en todos los ámbitos, social, político, económico, familiar, a quienes se esfuerzan por unir su acción a la Ley de Nuestro Señor, tanto natural como sobrenatural. Pues Nuestro Señor lo domina todo: su Ley debe ser la de todas las naciones y de todos los hombres sin excepción. En el tiempo como en la eternidad, el reino de Satanás se opone al reino de Nuestro Señor. Satanás no es la cabeza de los malvados, en el sentido de que pueda comunicar interiormente el mal, así como Jesucristo comunica el bien, pero sí lo es en el sentido de que, en el orden del gobierno exterior, tiende a apartar a los hombres de Dios, así como Jesucristo tiende a ordenarlos a El, y de que todos los que pecan imitan la rebelión de Satanás y su orgullo, así como los buenos imitan la sumisión y la obediencia de Jesucristo (IIIa, 8, 7).

No se tendrá jamás la última palabra de la lucha de los buenos y de los malvados a través de los acontecimientos de la historia, mientras no se la refiera a la lucha personal e irreductible, por siempre jamás, entre Satanás y Jesucristo. ¿Qué deber se impone a todo hombre en presencia de esta lucha fundamental e irreductible entre los dos jefes opuestos de la humanidad? El de no pactar jamás, sea en lo que sea, con lo que proviene de Satanás y de sus satélites, y ponerse bajo el estandarte de Jesucristo, para permanecer siempre en él, y en él combatir valientemente .Puesto que los beneficios de la gracia santificante nos llegan por las manos de los sacerdotes y de la Iglesia católica, tengamos cuidado de no olvidar que toda gracia y todo aumento de gracia nos viene de la fuente inagotable de gracia de Jesús, y no puede venir sino de El, nuestro único Salvador.

Esta realidad de la Vida divina de Jesús que vive en nuestras almas y nuestros cuerpos debe ser para nosotros un motivo de acciones de gracias incesantes y también una fuente de vigilancia activa para no dejar que nuestras lámparas se vacíen, como las vírgenes necias. ¡Meditemos y contemplemos el Corazón traspasado de Jesús, del que brotan las fuentes de la vida eterna! La ornamentación de este santuario que es Jesús no se limita a estas tres gracias de que hemos hablado, sino que la unión de la persona del Verbo con el alma humana de Jesús le confiere el privilegio único de la visión beatífica desde el instante de su creación.

Cierto es que Jesús Dios no tiene ninguna necesidad de esta ciencia, ya que su ciencia divina supera infinitamente la ciencia de la visión beatífica; pero, sin embargo, el Creador de todas las cosas, habiendo querido asumir personalmente un alma y un cuerpo humano, asumía sus facultades de saber y de conocer, y las llevaba a la mayor perfección posible. Así, el alma de Jesús poseyó la visión beatífica, la ciencia infusa de los ángeles y la ciencia experimental de los hombres, y eso en el grado más perfecto que pueda concederse a la creatura angélica y a la creatura humana.

“Así, desde su primer instante, el Hijo de Dios encarnado pudo verlo absolutamente todo por su naturaleza humana, en el Verbo Divino que era El mismo; de manera que no hay nada que exista en el presente, o haya existido en el pasado, o deba existir en el futuro, ya sean acciones, palabras o pensamientos, ya se refieran a cualquier materia o a cualquier tiempo, que el Hijo de Dios encarnado no haya conocido desde el primer instante de su Encarnación, por la naturaleza humana que se había unido hipostáticamente, en el Verbo divino que era El mismo” (cf. IIIa, 10, 2 ad 4).

Estas realidades divinas realizadas en Jesucristo ilustran las relaciones íntimas y personales de Jesús con to-dos los espíritus creados en el Cielo y sobre la tierra. Incluso en su alma humana Jesús nos conoce a todos y en to-dos los detalles de nuestras vidas; nada se le escapa, ni como Creador, ni como Salvador. Y este conocimiento engendra un amor sin límites por las almas que se orientan hacia El, que se dan a El, que cumplen su voluntad. Su alma desea ardientemente comunicarles su gloria. Por eso Jesús será el juez de todas las almas. Seamos conscientes de estas realidades, de esta necesidad absoluta de ofrecernos a Jesús, como lo dicen las oraciones del Ofertorio de la Misa, y de vivir esta ofrenda sin cesar. Formemos parte de este “quotquot autem receperunt eum”, a fin de convertirnos en sus hijos: “dedit eis potestatem filios Dei fieri” . Estas pocas pala-bras pesan mucho en la historia de las almas. Son eficientes eternamente y separarán a los justos de los injustos. Jesús no es optativo. “Qui non est mecum, contra me est”. Este es el error fundamental de la libertad reli-giosa, del ecumenismo.

Las consecuencias de la unión del Verbo de Dios, de Dios mismo, con un alma y cuerpo humanos, además de lo que acabamos de decir en estas últimas páginas, son tales, que hacen realmente de esta creatura humana un sujeto único en su género, más divino que humano, más espiritual que corporal, como lo prueba toda la vida de Nuestro Señor. Vive más en el Cielo que en la tierra, porque El es el Cielo. Su persona tiene todo poder sobre su alma y su cuerpo, hasta separarlos y reunirlos como El quiera y cuando El quiera. Su gloria, su poder, su santidad, su sabiduría, la permanencia de su misión eterna que viene del Padre, en el cumplimiento exacto de su misión temporal de salvación, todo esto se transparenta en su vida, en sus acciones, en sus palabras. Es lo que Santo Tomás revela con detalle al estudiar todas las etapas de la vida de Jesús y de sus misterios hasta su Ascensión. Esta meditación de la vida de Jesús en todos sus detalles nos sitúa poco a poco en el ambiente de la realidad, y nos saca del ambiente habitual de la ilusión en que vivimos sin darnos cuenta. El pecado, y las consecuencias del pecado, lograron crear un mundo de espejismos, de ilusiones, de errores, hasta el punto de que los hombres acaban por acostumbrarse a este mundo sensibilizado, sensualizado, humanizado, y no consiguen hacerse la idea de que todo esto es vano y efímero con relación a la verdadera vida espiritual y sobrenatural, a la vida eterna. La santa y admirable vida de Jesús nos recuerda constantemente las realidades espirituales y divinas, únicas valederas y estimables, únicas eternas. Todo en Jesús es vuelta a Dios, a lo verdadero, a lo real, a la sabiduría y a la santidad.

¡Ojalá que podamos convencernos cada día más de esta necesidad de seguir a Jesús, como El lo pide a sus discípulos. “Si quis sequitur me non ambulat in tenebris: Quien me sigue no anda en tinieblas”; “Si alguno quiere ser mi discípulo, tome su cruz y sígame”. No hay, pues, otra elección posible: o seguir a Jesús o reunirse con Satanás. No debe sorprendernos que Jesús sufra al ver a los hombres preferir las tinieblas a la Luz ¡Y qué Luz! ¡La que ha creado el mundo y lo sostiene en la existencia, la que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, la que le aporta la Luz de la salvación y de la gloria eterna!… Pero ellos prefieren las tinieblas del mundo, de este mundo que se opone a Nuestro Señor, de este mundo de la carne, del dinero, del egoísmo, del orgullo, antesala del infierno. Antes de dejar la persona de Jesucristo, para dedicarnos a comprender su obra redentora de salvación y meditar sobre los medios que Jesús instituyó para comunicamos de nuevo la gracia de la salvación, esforcémonos por grabar de manera indeleble en nuestros espíritus la imagen real y viva de Jesús, que debe iluminar y orientar toda nuestra vida.

He aquí esta idea aproximada, según el Padre Pègues en su catecismo:

“¡Sí! Cuando se dice Jesucristo, se designa al Hijo único de Dios, que siendo desde toda la eternidad con su Padre y el Espíritu Santo el mismo, solo y único verdadero Dios, por quien todas las cosas han sido creadas y las conserva y las gobierna como soberano Señor, se revistió en el tiempo de nuestra naturaleza humana, por la cual es verdaderamente hombre como nosotros, y sigue siendo con el Padre y el Espíritu Santo el mismo Dios que es desde toda la eternidad; y eso implica en su naturaleza humana, y le asegura en cuanto hombre como nosotros, privilegios de gracia en cierto modo infinitos, entre los cuales brilla primeramente su cualidad de Salvador de los hombres, y lo constituyen, en cuanto hombre, Mediador único de Dios y de los hombres, sumo Sacerdote, Rey supremo, Profeta sin igual y Cabeza de toda la asamblea de los elegidos, ángeles y hombres, que forman su verdadero Cuerpo místico”.