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viernes, 26 de febrero de 2016

El Peregrino Ruso

“¡Dios mío, cómo rezaban puestas de rodillas, y con lágrimas en los ojos!”


Son casos raros -respondió el señorio Casi siempre hemos tenido la suerte de encontrarnos con verdaderos strannik. Además, nosotros tratamos aún con más compasión a aquellos que tienen malas costumbres y procuramos que no se vayan; después de haber pasado algún tiempo con nuestros hermanos en Cristo, los verdaderos mendigos, se corrigen y dejan el asilo convertidos en humildes y dulces hermanos. He aquí un ejemplo: Hace tiempo, un pequeño burgués de nuestra ciudad se había pervertido de tal modo que todos lo arrojaban de la puerta de sus casas, negándole hasta un pedazo de pan. Era un borracho perdido, ladrón y pendenciero. Un día se presentó en nuestra casa y nos pidió pan y aguardiente, que prefería a todo lo demás. Lo recibimos con cortesía y le dijimos: «Quédate; tendrás todo el aguardiente que quieras, pero con una condición: que tienes que ir a acostarte apenas hayas bebido; de lo contrario, a la primera grosería o riña, no sólo serás despedido, sino que te denunciaremos a la policía, pidiéndole que te aleje de aquí como vagabundo peligroso». Aceptó y se quedó. Durante ocho días o poco más, bebió cuanto quiso, y lo hizo en abundancia, pero para no verse privado de su aguardiente iba en seguida a acostarse, unas veces en la habitación y otras, en el jardín. En las horas de lucidez, los demás hermanos del asilo le echaban sus sermones, reprochándole la costumbre y exhortándole a que, poco a poco, fuera dejando la bebida. Al cabo de tres meses se había corregido por completo. Ahora ha buscado un empleo y ya no come su pan a traición. Anteayer vino a darnos las gracias.

-¡Qué sabiduría inspira el amor! , pensé. Y exclamé: ¡Bendito sea Dios que manifiesta su gracia en vuestra casa! Después de esta conversación dormimos una o dos horas. El toque de Maitines nos despertó.Fuimos a la iglesia. Allí encontramos a la señora con los niños. Inmediatamente después de Maitines, empezó la santa Liturgia. El señor, su hijo y yo nos colocamos en el coro; la señora y la niña, vera, junto a la ventana del iconostasio, para poder ver la elevación del Santísimo Sacramento. ¡Dios mío, cómo rezaban puestas de rodillas, y con lágrimas en los ojos! ¡Qué expresión en su rostro transfigurado! Yo lloraba también mirándolas. Después de la liturgia, los señores, el sacerdote, los criados y los mendigos, se juntaron para comer. Había cerca de cuarenta mendigos, lisiados, enfermos; también había niños. Todos se sentaron a la misma mesa. ¡Reinaba una paz, un silencio...! Me atreví a decir al señor en voz baja:

-En los conventos, durante la comida se leen vidas de santos. Tenéis el Menologio. Batyushka

-María, dijo el señor, dirigiéndose a su esposa. ¿Qué te parece si introdujésemos esta costumbre? Sería muy instructivo. En la primera comida leo yo; luego tú, después nuestro y luego, por orden, todos los hermanos que sepan leerlo. El sacerdote, sin dejar de comer, replicó:

-Me gusta escuchar pero en cuanto a la lectura os pido que me dispenséis; no tengo tiempo. Tengo tanto que hacer en casa que me da vueltas la cabeza; cuidar de los chiquillos, del ganado...Todo el día lo tengo ocupado; además he olvidado ya, después de tanto tiempo, lo que aprendí en el seminario. Me estremecí oyendo estas palabras. La señora, que estaba a mi lado, me cogió la mano y me dijo:

-El Padre habla así por humildad. Le gusta humillarse siempre, pero es muy bueno y piadoso. Hace años que se quedó viudo; se ocupa de la educación de sus hijos, pero oficia muy bien. Sin querer, pensé en la sentencia de Nicetas Stezatos, leída en la Filocalía: «La disposición interior del alma determina el juicio sobre las cosas»; es decir, pensamos de nuestro prójimo según lo que somos nosotros mismos. Y sigue: «El que ha llegado a la verdadera oración y al verdadero amor no ve la diferencia que hay entre un justo y un pecador. Ama a todos igualmente y no condena a ninguno, como Dios, que manda la lluvia sobre los justos y los injustos.»

Se restableció el silencio. Frente a mí había un mendigo completamente ciego. El señor se ocupaba de él: le partía el pescado, le echaba la sopa y le sostenía la cuchara. Mirándole atentamente, observé que tenía siempre la boca entreabierta y que su lengua se movía como con un temblor continuo. « ¿No será un secuaz de la oración interior?», pensé. Hacia el final de la comida, una anciana se puso enferma. Los señores la llevaron a su habitación y la acostaron. La señora se quedó con ella para cuidarla; el -sacerdote se fue a buscar los Santos Sacramentos, y el señor mandó un coche para que viniese el médico.

Sentí como un hambre de oración, como una necesidad suprema de dar rienda suelta a mis sentimientos, pues hacía ya veinticuatro horas que había dejado el silencio y la soledad. Mi corazón estaba como inundado por una riada, que intentaba abrirse paso para derramarse por todos los miembros. Al reprimirse, sentí en el corazón como un dolor violento, pero un dolor dulcísimo, que pedía el alivio y el consuelo de la oración. Entonces me fue revelado por qué los que de verdad practican la oración interior huyen del trato de los hombres y se refugian en lugares desconocidos. Comprendí también por qué el venerable Hesiquio llama charlatanería a las conversaciones más instructivas, más altas y teológicas, cuando se  prolongan demasiado. San Efrén de Siria dice: Una buena palabra es plata, pero el silencio es oro puro. Ocupado en estos pensamientos, me dirigí al asilo de los pobres; dormían toda la siesta. Subí al granero, reposé y oré. Cuando los mendigos comenzaron a levantarse, busqué al ciego y lo llevé al huerto. Escogimos un lugar solitario y comenzamos a hablar:

-Dime en nombre de Dios -le pregunté-, la oración a Jesús, que tú repites, ¿es saludable a tu alma?

-La repito continuamente desde hace mucho tiempo.

-y ¿qué efecto te causa?

-Que no puedo prescindir de ella ni de día ni de noche.

-¿Cómo te ha sido revelada?

-Mira: yo era sastre y ganaba mi sustento yendo de pueblo en pueblo a hacer vestidos a los labriegos. Una vez me detuve a trabajar en casa de un campesino. Un día de fiesta descubrí en el armario de las imágenes sagradas tres libros, y pregunté: «¿Quién de vosotros sabe leer?» «Ninguno -me respondieron-; estos libros los hemos heredado de un tío... Cogí uno, al azar, lo abrí y leí, aún lo recuerdo bien, las siguientes palabras: «La oración incesante es la invocación continua del nombre de Dios. Cuando se habla, cuando se camina, cuando se está sentado, cuando se come, cualquier cosa que se esté haciendo, siempre y en todo lugar, se debe invocar el nombre de Dios.» Leídas estas palabras, pensé que era un sistema que se adaptaba muy bien a mi trabajo, y comencé a recitar la oración, bisbiseando, mientras cosía. Me gustaba, pero los que habitaban la casa se dieron cuenta y se mofaban de mí: «Pareces un hechicero recitando exorcismos.» Para evitarlo, dejé de mover los labios y rezaba la oración moviendo sólo la lengua. De tal manera me acostumbré, que ya la lengua la recitaba sola, con gran contento mío. Con la edad perdí la vista; es una enfermedad hereditaria en la familia. El Ayuntamiento del pueblo obtuvo para mí una plaza en el asilo de Tobolks, y ya estaba para irme, cuando estos señores que tú conoces me detuvieron aquí, prometiéndome prestarme un carro que me llevase.

-¿Cómo se titulaba el libro que leíste? ¿Quizá la Filocalía?

-No lo sé; no miré el título. Fui a buscar la Filocalía, y en la IV Parte, en el «Tratado de Calixto», encontré las palabras que me había citado de memoria, y se las leí.

-Es eso precisamente. ¡Lee, lee, hermano mío, es interesantísimo! Cuando llegué a las palabras se debe orar con el corazón, me colmó de preguntas.

-¿Qué significa? ¿Cómo se puede alcanzar? Le respondía que toda la doctrina sobre la oración del corazón estaba explicada con todo detalle en la Filocalía. Me suplicó ardientemente que se la leyese. -Vamos a hacer lo siguiente -le respondí ¿Cuándo piensas llegar a Tobolks?

-Lo antes posible.

-Bien; partimos mañana mismo. Iremos juntos. Durante el camino te leeré todo lo referente a la oración interior y te explicaré cómo tienes que hacerla sitio en tu corazón para que pueda entrar en él.

-¿Y el carro? -preguntó.

-¡Deja en paz el carro! ¿Cuánto hay de aquí a Tobolks: ciento cincuenta kilómetros? No vale la pena hablar de ello. Iremos despacio y tendremos ocasión de hablar y de orar los dos en la soledad. Quedamos de acuerdo. Al anochecer vino el señor a buscarnos para la cena. Después de cenar le comunicamos que el ciego renunciaba al carro, porque se iba conmigo para poder leer juntos la Filocalía, durante el viaje.

-También yo aprecio este libro -dijo-, y ya tengo preparada una carta y dinero, que enviaré mañana a San Petersburgo, para que me lo manden. Al día siguiente, muy de mañana y después de haber agradecido sinceramente a los señores su caridad y generosidad, nos pusimos en camino. Los dos nos acompañaron largo trecho, y luego nos dejaron.Hacíamos el viaje en pequeñas jornadas, de diez o quince kilómetros diarios; el resto del tiempo lo pasábamos sentados en algún lugar solitario, leyendo la Filocalía. Le leí lo que se refería a la oración del corazón, según el orden indicado por mi difunto staretz, es decir, comenzando por el libro de San Nicéforo el Monje, luego el de San Gregario Sinaíta, y así sucesivamente. Más que con atención, escuchaba con avidez y con grande alegría. Luego me propuso tales problemas sobre la oración, que mi inteligencia no alcanzaba a resolverlos.

Cuando terminamos de leer en la Filocalía la exposición de toda esta doctrina, me pidió con insistencia que le explicase cómo la mente puede hallar el corazón y cómo se debe introducir en él el nombre divino de Jesucristo y gozar la dulzura interior de la plegaria del corazón. Se lo expliqué