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martes, 9 de febrero de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"

CUARTA PARTE: LOS GRADOS DEL LIBERALISMO

Terminada la tercera parte, el Papa recapitula:
«Resumimos, pues, con sus corolarios todo Nuestro discurso. El hombre, por necesidad de su naturaleza se encuentra en una verdadera dependencia de Dios, así en su ser como en su obrar; por lo tanto, no puede concebirse la libertad humana, sino entendiéndola dependiente de Dios y de su divina voluntad. Negar a Dios este dominio o no querer sufrirlo no es propio del hombre libre, sino del que abusa de la libertad para rebelarse; precisamente en tal disposición de ánimo consiste el vicio capital del Liberalismo». Aquí el Papa pone el dedo en la llaga: el mal es que ya no se reconoce la soberanía de Dios y de sus leyes. Ya no quieren que Dios intervenga en los asuntos de los hombres, aunque El lo ha hecho por medio de Nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo hay que someterse a esta intervención de Nuestro Señor Jesucristo y a su reino. Este es el principio fundamental que nos recuerda el Papa León XIII.

El vicio capital del liberalismo

En esta cuarta y última parte de la encíclica, el Papa, en primer lugar, precisa aún más, qué es “el vicio capital del liberalismo”. Es —dice— esa «disposición de ánimo» que conduce a «negar a Dios su dominio y no querer sufrirlo». Esa es, en efecto, la esencia del liberalismo. Al echar una mirada sobre sus consecuencias morales y sociales, hay de qué espantarse. Recordemos que después de las persecuciones, durante doce siglos por lo menos fue servido y reconocido en la gran mayoría de los Estados de Europa; y que con la conversión de las Indias y de Hispanoamérica, hasta hubo una esperanza de ver al mundo someterse a Nuestro Señor y a la verdad, y vivir, por consiguiente, en un espíritu sobrenatural como Dios quiere.

La ruptura se produjo en tiempos del protestantismo, pero ya antes, con el Renacimiento, y con el culto de la civilización pagana, había aparecido el culto del hombre. En ese momento todo esto se desarrolló como un cáncer en el organismo, y pronto sucedió la rebelión organizada y a veces sangrienta, pues ¡cuántos católicos fueron víctimas suyas! Luego fue la rebelión contra los príncipes católicos y entonces la sociedad se volvió laica, sin Dios y, por consiguiente, secularizada y contra Dios. ¿Cómo entender la palabra “secularización” sino como la pérdida de la fe? En una sociedad totalmente profanada desaparece la dimensión de la fe e igualmente todo lo que manda la fe, de modo que lógica y necesariamente este espíritu debía penetrar al interior de la Iglesia, que también se seculariza sobre todo después del Concilio: los sacerdotes pierden la fe en la Iglesia, en la gracia y en los sacramentos; y desaparece el sentido profundo detrás de unos ritos puramente formales y exteriores. ¿Quién ayudó a la difusión de esos errores? Precisamente los católicos liberales, fascinados con esas ideas de libertad… ¡Libertad contra la autoridad de Dios! Hoy asistimos a la destrucción de la autoridad civil, de la familia y de la Iglesia. Es importante que busquemos la causa. Es el error pro-fundo del liberalismo que, en el fondo, es el error de los protestantes, y que se ha desarrollado con la ayuda de la masonería. El liberalismo, como toda enfermedad, puede tener diversos grados, pero siempre es una enfermedad grave. Cuando se empieza a poner en duda la autoridad de Dios sobre los hombres y la sociedad, ya no hay manera de detenerse. Si se priva a Nuestro Señor de su poder en cierta esfera, no pasará mucho tiempo sin que se le disputen las demás…
Primer grado:
El liberalismo absoluto

El Papa León XIII vuelve a hablar con precisión sobre los diversos grados del liberalismo: «…la voluntad puede, en grado y modos muy diversos, sustraerse a la dependencia de Dios… El rechazar, así en la vida pública como en la privada, absolutamente, el sumo señorío de Dios, si ciertamente es la perversión total de la libertad, es también la peor forma de un liberalismo reprobable: y a ella precisamente se aplica todo cuanto hasta aquí dijimos del liberalismo en general». Este es el liberalismo doctrinal como el de los masones, y cuya aplicación completa está en el socialismo y en el comunismo.


Segundo grado:
La Iglesia expoliada y reducida a una simple asociación


«Muy cerca de ella están quienes confiesan que conviene someterse a Dios, Creador y Señor del mundo, y por cuya voluntad se gobierna toda la naturaleza; pero audazmente rechazan las leyes que excedan a la naturaleza, comunicadas por el mismo Dios».

Estos aceptan, pues, una religión natural pero no la sobrenatural. Rechazan la Revelación y con ella la Iglesia, que representa precisamente la Revelación, el depósito de la fe y la transmisión de es-te depósito. Eso significa el rechazo de Nuestro Señor, que ha instituido la Iglesia, y la separación de la Iglesia y del Estado. Contra la influencia de la Iglesia en la sociedad civil, el Papa distingue dos clases de actitudes: -Están los que no quieren absolutamente reconocer que la Iglesia es una sociedad y que tiene que ejercer una influencia en la sociedad civil, y para ellos:

«Muchos pretenden que (…) no se mire a la Iglesia más que si no existiese; tolerando a lo sumo a los ciudadanos el tener religión, si les place, privadamente».

En resumidas cuentas, es el desprecio total de la Iglesia y de la Revelación, cuya aplicación es la expoliación de la Iglesia y la supresión de sus instituciones.-Están también los que están de acuerdo en considerar a la Iglesia como una sociedad pero no como diferente de las demás, sino como una asociación religiosa cualquiera sin ámbito exclusivo, y privada de su carácter de sociedad perfecta y de sus derechos de poseer, administrar y enseñar libremente:

«…hasta tal punto que la Iglesia de Dios debe quedar sometida al imperio y jurisdicción del Estado, como cualquier otra asociación voluntaria de ciudadanos».

De hecho, eso es lo que tiene que hacer la Iglesia en bastantes países. En Francia, por ejemplo, el Estado no reconoce a la Iglesia como sociedad con facultades para poseer; sólo acepta que haya sociedades de culto, que son las que poseen los bienes en cada diócesis. La misma Fraternidad San Pío X ha tenido que crear sociedades de culto para poder tener sus propiedades. Esto les parece normal a los liberales, como también hay sociedades de adventistas, de testigos de Jehová… En los Estados en donde hay un concordato, como en Alemania o en Italia, se reconoce a la Iglesia como sociedad que posee las propiedades de las diócesis, pero no como a la única sociedad religiosa fundada por Nuestro Señor. Ahora ya no existe ningún Estado cuya constitución diga que sólo se reconoce públicamente, de modo oficial y por el Estado, a la religión católica. El último país que suprimió ese artículo fue Irlanda.


Tercer grado:
Los católicos liberales

Aún queda otra categoría de liberales, la de los católicos liberales. Son católicos practicantes, que creen actuar bien diciendo que la Iglesia tiene que amoldarse a su época. Todos no aprueban la separación de la Iglesia y del Estado pero creen que hay que llevar a la Iglesia: «…juzgan que la Iglesia, consecuente con los tiempos, debe amoldarse y prestarse a mayores concesiones, según las exigencias de la moderna política en el gobierno de los pueblos».

El Papa cree que hay que juzgar así esta opinión:
«Opinión no desacertada, si se refieren a condescendencias razonables, conciliables con la verdad y la justicia: es decir, que la Iglesia, con la probada esperanza de algún gran bien, se muestre indulgente y conceda a los tiempos lo que, salva siempre la santidad de su oficio, pueda concederles. Pe-ro muy de otra manera sería si se trata de cosas y doctrinas introducidas contra la justicia por la corrupción de las costumbres y por falsas doctrinas. Ningún tiempo hay que pueda estar sin religión, sin verdad, sin justicia, y como estas cosas supremas y santísimas han sido encomendadas por Dios a la tutela de la Iglesia, nada tan absurdo como el pretender de ella que, disimulando, tolere lo falso o lo injusto, y hasta lo que dañe a la religión misma». Ellos hacen de la excepción una regla y por el mismo hecho destruyen la regla. La Iglesia lo concede temporalmente cuando no puede obrar de otro modo y no puede ir contra el Estado. En ese caso acepta un concordato y tiene relaciones con el Estado incluso si éste no la considera como la úni-ca religión reconocida. Pero apenas pueda, tiene que procurar los medios para estar en una situación de acuerdo con la verdad. Sólo tolera provisionalmente que se la ponga en igualdad de condiciones con las demás. Los católicos liberales, por su parte, encuentran normal esta situación, y dicen: “No se puede pre-tender volver a una situación como la de la Edad Media. Hoy es perfectamente aceptable que la sociedad sea laica”… Aquí volvemos a encontrar la teoría de Maritain: “La sociedad tiene que evolucionar. Antes era religiosa, pero con el tiempo, el progreso y el desarrollo de las mentalidades, es normal que el Estado no tenga religión”… Así es como se abandona todo el combate, siendo que hay que seguir afirmando el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, fuera del cual no puede haber paz, ni libertad, ni salvación para las almas. Así son las cosas. No podemos tergiversar nada.

Sin la gracia de Nuestro Señor no puede haber una sociedad normal.

No olvidemos que sin la gracia no podemos obrar de modo perfecto y santo. Ni siquiera guardaríamos durante mucho tiempo la honestidad natural, porque el pecado original ha puesto el desorden en nuestra naturaleza. Decir que no es necesario que Nuestro Señor reine en la sociedad es abandonar a los hombres a sí mismos para que poco a poco caigan en malas costumbres y en pecado. Por eso, y para que una sociedad sea realmente cristiana, se necesita la gracia. Por supuesto que todo no se destruye de un día para otro. Después de la Revolución, la sociedad no cayó de pronto en un estado salvaje. Muchas personas aún eran cristianas y hubo durante mucho tiempo cierta honestidad. Se vivía y movía sin temor de ser asesinado. La inmoralidad no lo había invadido todo. Luego vino la separación de la Iglesia y del Estado. ¿Quiere decir esto que al haber personas honestas —incluso sin el culto oficial dado a Nuestro Señor— se podía dejar de dar este culto y seguir siendo honesto?: después de algún tiempo se empezó a sentir que la fruta se agusana-ba y que todo se echaba a perder. Y ahora estamos viendo casi las últimas consecuencias de la ausencia de religión cristiana en las escuelas, en las universidades y en el Estado. La sociedad está to-talmente corrompida: divorcios, matrimonios destruidos y niños abandonados. Esas son las consecuencias del naturalismo y de la negación de la realeza de Nuestro Señor.

Un día, los periodistas me preguntaron en México: “¿Cómo ve Vd. el progreso de la sociedad? ¿cómo considera Vd. el progreso de la sociedad moderna para alcanzar más justicia y mejor distribución de los bienes?” Yo contesté: “No hay mil soluciones. Es el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo”. Mientras no se lo restablezca ni se observe la ley de Nuestro Señor, y mientras su gracia no penetre en las almas de nada servirá tratar de conseguir la justicia y la paz, ni siquiera tratar de formar sociedades normales. Únicamente la gracia, que regenera las almas, engendra la verdadera virtud, haciendo de los hombres hijos de Dios e infundiéndoles con la caridad las virtudes sociales, sin las cuales lo único que crece es la codicia. Es fácil verlo. Hoy se provoca a la codicia y cada vez se incita más a la gente para que reivindique sus derechos. “Tengo derecho a tener lo mismo que el otro”… Se incita a unos hombres contra otros, ¡todos tienen que tener lo mismo! Ahora bien: la codicia crea odio y el odio engendra las disensiones civiles. Se produce la revolución en las sociedades y se comen unos a otros.

Pero si al contrario, las almas se transforman en Nuestro Señor, los que ejercen responsabilidades en el Estado y los que poseen riquezas, bienes y tierras se mostrarán más justos; estarán animados por la virtud de la justicia y comprenderán que tienen deberes con sus inferiores. Y estos últimos entenderán que tienen que trabajar y aceptar su situación, pues no estamos en este mundo única-mente para hacer fortuna. Sabrán que la vida sobrenatural vale mucho más que los bienes de este mundo.

La sociedad comunista

Los periodistas me decían también: “Así que ¿Vd. no cree que el comunismo sea la solución para el progreso de la sociedad?” Yo contesté: “Id a preguntar a los que están detrás de la cortina de hierro. Id a pasar un tiempo allí. Preguntad los vietnamitas, que han fabricado barcos y puesto en ellos sus familias y bienes, luego se han echado a la mar, y muchos de ellos —decenas y quizás cientos de miles— han perecido por huir del comunismo”. Además, están todos los que han muerto fusila-dos, electrocutados… intentando atravesar la cortina de hierro. ¿Y los polacos? ¿Por qué se levantan los obreros de Polonia si dicen que el comunismo es el libertador de la clase obrera? Se les quita el pan de la boca para dárselo a Rusia, en donde la gente se muere de hambre . ¡Es increíble que se pregunten tales cosas! ¡Van contra el sentido común! Pero los comunistas ¡tienen tanto arte para hacer creer que son los únicos que desean la distribución de los bienes, el progreso y la libertad! La gente se deja enredar mientras no está bajo el régimen comunista. Es cierto que en algunos casos los comunistas han logrado hacer aumentar los salarios, pero esto podría suceder muy bien sin ellos, con organizaciones normales. Basta pensar en Chile: con los comunistas, en el régimen de Allende, para conseguir un poco de azúcar o pan uno tenía que hacer cola horas y horas, y a menudo para oír que finalmente ya no quedaba nada. Ese era el bienestar comunista. Los liberales son gente que se deja engañar por todos los errores modernos. Abandonan a Nuestro Señor y, por consiguiente, ya no pueden trabajar para el bien de la sociedad.

Verdadera libertad y golpes de Estado

El Papa continúa, resumiendo su condenación de las libertades modernas:
«De lo dicho se sigue que no es lícito de ninguna manera pedir, defender ni conceder la libertad de pensamiento, de prensa, de enseñanza, ni tampoco la de cultos, como otros tantos derechos correspondientes al hombre por naturaleza».
Aquí está realmente la conclusión de la encíclica. Con esta frase León XIII condena por adelanta-do la Declaración sobre la libertad religiosa, que pide esas libertades como un derecho conferido por la naturaleza. ¿Quién tiene razón? ¡Es imposible conciliar ambas afirmaciones!
«Porque toda libertad —añade el Papa—, puede reputarse legítima cuando contribuye a facilitar el bien honesto; fuera de este caso, nunca».
Así que, jamás para el error. Siguen unas consideraciones sobre las diferentes formas de gobierno. Prestemos atención a esta afirmación tan categórica: «Cuando tiranice o amenace un Gobierno, que tenga a la nación injustamente oprimida, o arrebate a la Iglesia la debida libertad, no es reprobable trabajar para que prevalezca una forma de gobierno libre: porque entonces no se pretende una libertad inmoderada y viciosa, sino que se busca alivio para el bien común de todos».
Y un poquito más adelante:
«Ni condena tampoco la Iglesia el deseo de que cualquier nación quiera su propia independencia, libre de toda dominación extraña y despótica, con tal que esto pueda hacerse quedando la justicia incólume». Hay que concluir, además, que la Iglesia admite que se puede reconocer la legitimidad de un régimen conseguido lícitamente por la fuerza.

Las formas de gobierno
En lo que se refiere a las diferentes formas de gobierno, no digo que León XIII fuera demócrata pero, con más facilidad que su sucesor San Pío X, concebía la democracia como una forma aceptable de gobierno, condenando sin embargo su ideología.

«Ni tampoco está prohibido el preferir para la república una forma de gobierno moderadamente popular, salva siempre la doctrina católica sobre el origen y ejercicio del poder. La Iglesia no re-prueba ninguna forma de gobierno, con tal que sea apto para la utilidad de los ciudadanos; pero quiere, como también lo ordena la naturaleza, que se establezca sin ofender a nadie en su derecho, y singularmente dejando a salvo los derechos de la Iglesia».

Es un poco lo que sucede en Suiza, que vive en este régimen desde hace siglos y no le va tan mal, aunque poco a poco se va deslizando hacia el socialismo. San Pío X, por su parte, expresó claramente su aprecio por la forma monárquica, que es la más natural y la más conforme a la naturaleza de la sociedad, mientras que la democracia pide a los ciudadanos una mayor honestidad, difícil de conseguir, lo que hace que los gobiernos democráticos se vean más tentados a caer en la anarquía o en el socialismo.
Ahora termina la encíclica:

«Estas cosas, Venerables Hermanos, que dictadas juntamente por la fe y la razón os hemos enseñado según deber de Nuestro ministerio apostólico, confiamos que han de ser de gran fruto para muchos, principalmente al unirse vuestros esfuerzos con los Nuestros. Por Nuestra parte, con humilde corazón alzamos Nuestros ojos a Dios suplicantes, y con todo fervor le pedimos se digne benigno conceder a los hombres la luz de su sabio consejo».


Si los hombres hubiesen escuchado más a los Papas no estaríamos en donde estamos ahora. Sin embargo, ¡Dios sabe que ellos hablaron!