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lunes, 25 de enero de 2016

LA CONFIANZA EN DIOS

LA CONFIANZA EN DIOS
(R.P. Arturo Vargas Meza)
2º parte

LA VIRTUD DE LA ESPERANZA.

a) Su definición. La virtud de la esperanza es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestras almas en el momento del bautismo por la cual esperamos alcanzar lo que Dios ha prometido. Esta virtud nos es muy necesaria en el plano natural, pero sobre todo y ante todo en el ámbito sobrenatural. Porque la esperanza “natural” o puramente “humana” estrictamente hablando no existe sino fundamentada en la virtud sobrenatural del mismo nombre.

b) Defectos que se deben evitar. Hay dos defectos que debemos evitar cuando tratamos sobre esta virtud de la esperanza: la presunción la cual es de dos maneras; cuando uno confía  demasiado en sus propias fuerzas excluyendo la ayuda de los demás e incluso la de Dios; o bien esperando de los demás o del mismo Dios todo sin hacer nada de nuestra parte como por ejemplo el perdón de Dios sin haber hecho verdadera penitencia. El presuntuoso cuando se ve agobiado por las pruebas y la contradicción cae en el defecto contrario como lo es la desaliento que conduce a la pereza la cual nos aparta de todo esfuerzo y por este camino se podría llegar a la tan temida desesperación que provoca el suicidio o la dejadez total.

c) Cualidades de la Esperanza cristiana:

1) debe ser activa evitando la presunción que sin esforzarse confía en la divina en la divina recompensa.

2) firme e invencible para evitar el desaliento.

Del miedo y del hastío de Ntro. Señor...

El domingo pasado hablamos sobre la agonía de nuestro Señor en el huerto de los olivos o Getsemaní. Nos referimos particularmente a los motivos de su tristeza más que a su misma tristeza. Ahora, aprovechando el inicio de la semana de pasión, hablare sobre su miedo y hastío según lo cuenta san Lucas en su Evangelio.

a) EL Miedo de Ntro. Señor

No solamente agonizaba Jesucristo en Getsemaní agobiado bajo el peso de la tristeza mortal; sino que quiso también sufrir la terrible humillación de sentir el miedo...miseria que solo parece propia de los débiles como mujeres y niños; esa debilidad que es la única cosa de la cual no se jacta jamás el hombre, ni siquiera se atreve a confesarla.

1) definición Es el miedo una especie de turbación que se apodera del animo ante la amenaza de un peligro inminente; es un sobresalto, una angustia que puede llegar hasta el vértigo, hasta la locura; es como una disolución de nuestras fuerzas o por lo menos una especie de anarquía intima: el hombre que se deja llevar por el pierde el control de sus facultades y se pone como fuera de sí. Es la prueba más autentica y radical de la debilidad humana.

2) Primera causa   ¿Y cuál era la causa de este miedo? Nada tan natural al hombre como temer la muerte: ante ella todo nuestro ser se estremece ante la proximidad de nuestro fin. Cuantas veces se ha podido comprobar este sentimiento aún en ánimos esforzados y varoniles. Los mismos santos que, no por cierta especie de romanticismo espiritual, sino por verdadera inspiración de Dios, han deseado la muerte y ofrecido sus vidas, cuando el Señor ha aceptado sus ofrendas y se ha aproximado la muerte, no es raro verlos sufrir terribles crisis de angustia y temor. La razón de esto es que para el justo la muerte tiene la razón de castigo, es el castigo supremo del pecado en esta vida.

En Ntro., Señor la muerte y los tormentos que le habían de causar producían en su corazón la impresión a la vez de lo conocido y de lo desconocido; de lo conocido, porque, como Dios, veía de antemano todas las circunstancias y todos los detalles de los tormentos que le esperaban; de lo desconocido, porque todavía no tenía de ellos conocimiento experimental, de hecho no los había sufrido aún en su carne sacratísima. Y ante la perspectiva de estos sufrimientos ciertos, inevitables agudísimos, todo su ser se estremecía de espanto.

3) Segunda causa...Otra causa de su miedo era la justicia divina, Él la conocía no a la manera como quizá la conocemos nosotros sino a fondo y sabía que es inexorable, inflexible; que cuando no es tiempo de misericordia, Dios es juez severísimo con tales exigencias que escandalizan y desconciertan a la razón humana.

4) Tercera causa   Finalmente la última causa del miedo de Nuestro Señor somos nosotros. Así como una madre tiembla al ver a un hijo suyo en peligro inminente, sobre todo si no puede advertírselo o evitarlo; de la misma manera N. S. J. C., que nos ama tanto, temblaba al ver la facilidad con que podemos pecar y perdernos. Nadie como Él conoce la flaqueza incurable de nuestra voluntad, la fuerza al parecer irresistible de ciertas tentaciones, las seducciones del mundo cada vez más intensas y los mil y un peligros que constantemente nos rodean.

b) El Hastío de Nuestro Señor

A la humillación del miedo le siguió la pena enervante del HASTIO. Según Bossuet: “El hastío sumerge al alma en una pena especial que vuelve la vida insoportable y hace pesados todos sus instantes; el temor conmueve el alma hasta sus fundamentos por la perspectiva de mil tormentos que la amenazan, la tristeza la cubre de denso velo que la hace ver todo negro; en fin, es una lasitud, una languidez que enerva y abate todas las energías” diríamos aun más el hastío, en efecto, agota todas las fuerzas, que apaga todo entusiasmo, que rompe todo resorte; produce una postración completa, una repugnancia para todo, una atonía general de tal manera que el alma siente nausea de la vida...

San Pablo, de ánimo recio y varonil, pero también de corazón tan delicado y de sensibilidad tan exquisita, tuvo que sufrir de propios y extraños que llego a exclamar: “A tal grado es para mí una carga la vida, que de buena gana moriría, porque me causa tedio la vida”

Salomón en la cumbre de su gloria, en la abundancia de las riquezas, en la saciedad de los placeres, dijo otro tanto: “Tengo tedio de la vida” Con las mismas palabras, aunque en circunstancias totalmente diferentes, Job, allá en su estercolero, despojado de todo, abandonado de todos, repetía las mismas palabras: “¡Me he hastiado de la vida!” cansa entonces la vida y se desea la muerte. ¡Cuántos ancianos no hemos no les hemos oído decir que prefieren morir a seguir viviendo porque ya están cansados y hastiados de la vida.

Pues bien, nadie como Jesús lo experimento en la agonía de Getsemaní; porque ¿qué mayor desencanto de la vida que comprobar la inutilidad de su sacrificio para muchas almas, como lo vimos en otro lugar? He aquí brevemente  por que Nuestro Señor agobiado, por una tristeza, un pavor y un tedio mortales lo arrojaron por tierra...