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jueves, 7 de enero de 2016

Itinerario espiritual siguiendo a Santo Tomás de Aquino en su Suma teológica

Capitulo 3
La vida divina

Después de maravillarnos de las grandezas infinitas del Ser divino considerado de manera más bien estática, intentemos abordar la meditación y la contemplación de Dios considerado en su dinamismo, en su vida, en sus operaciones tanto internas como externas. Abordamos un mundo maravilloso, como Moisés al acercarse a la zarza ardiente. Purifiquemos nuestros corazones y nuestras almas para pedir al Espíritu de Dios un rayo de luz, semejante a la luz de la gloria en el Cielo, para descubrir algo de la luz ardiente que es la Luz divina, de la cual San Juan habla con tanta elocuencia y convicción en su Evangelio y en sus Epístolas. “Este es el mensaje que hemos oído de El y que os anunciamos: Dios es Luz, en El no hay tiniebla alguna” (I Jn. 1 5). “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El” (I Jn. 4 8-9).“Deus caritas est: Dios es caridad”. Es sin duda la palabra que ilustra más perfectamente las operaciones divinas, tanto internas como externas. Se puede decir con verdad que Dios es Trinidad porque es Caridad. ¿Cómo sería Caridad si no hubiera más que una persona en Dios? Así, pues, Dios es una hoguera ardiente de Caridad en la que se conocen y se aman eternamente las tres Personas divinas. El Oficio de la Santísima Trinidad corona todo el año litúrgico.

La Santísima Trinidad es, en efecto, el gran misterio por el que se realizan todos los designios de Dios. De la Santísima Trinidad procede todo, y a Ella todo retorna. Nada se explica, nada se comprende, nada subsiste sin la Santísima Trinidad, fuente inagotable y eterna de caridad en la Trinidad misma y fuera de la Trinidad.“Caritas Pater est, gratia Filius, communicatio Spiritus Sanctus, o beata Trinitas” (Antífona de la Santísima Trinidad); “Ex quo omnia, per quem omnia, in quo omnia, ipsi gloria in sæcula” (Antífona de la Santísima Trinidad).“Ahora que el sol enrojecido se aleja, Vos, Luz eterna, unidad en Vuestra Bienaventurada Trinidad, llenad nuestros corazones de caridad” (Himno de Vísperas de la Santísima Trinidad).¡Qué reconfortante y consoladora es esta meditación sobre la Trinidad Caridad y la Caridad Trinidad, fuente asimismo de unidad!

LA CREACIÓN

Si pasamos de la Caridad eterna a la difusión de esta Caridad en las creaturas, descubriremos pronto en todas ellas la marca de la Caridad divina. Siendo Dios Caridad, ¿puede acaso comunicar otra cosa que la caridad? La señal de la caridad en las creaturas se descubre por el principio de finalidad. Cada creatura ha sido hecha en vistas a su fin; su fin está inscrito en la naturaleza y sobre naturaleza de las creaturas espirituales, y en la naturaleza de los seres corporales. En toda creatura está inscrito un “ordo ad finem”. En este orden se encuentra el dinamismo de la caridad, que conduce a cada creatura hacia su fin. Claro está que este dinamismo es plenamente consciente en las creaturas espirituales, e inconsciente en el orden animal, vegetal y mineral. “Homo ad Deum ordinatur”, dice Santo Tomás. La finalidad del hombre, y también la del ángel, es Dios. La Iglesia nos enseña en nuestros catecismos católicos: “¿Para qué ha creado Dios al hombre? Dios ha creado al hombre para que lo conozca, lo ame y lo sirva en esta vida, y mediante esto obtenga la vida eterna”. Esta respuesta no es más que la síntesis de lo que Nuestro Señor nos enseña en el Evangelio: “Hæc est au-tem vita æterna, ut cognoscant te solum Deum verum et quem misisti Iesum Christum: la vida eterna consiste en que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a quien Tú enviaste, Jesucristo” (Jn. 17 3).

Este principio de finalidad, al realizar la difusión de la caridad, será el motor de toda actividad en la creación, y la inteligencia y la voluntad de los espíritus tendrán que concurrir a la obtención del fin, incluso por sus actos libres. También la libertad está sujeta al fin y debe concurrir meritoriamente a alcanzar esta meta. La libertad nos ha sido dada sólo para elegir los diferentes medios que conducen al fin, pero no puede, sin entrar en el desorden, elegir medios que aparten del fin. Estos principios son elementales para la realización del plan divino: extender la caridad, que no es más que la unión con Dios. Toda la Providencia de Dios ha estado y estará siempre orientada en este sentido.

El verdadero sentido de la inteligencia, de la voluntad, de la libertad, se comprende sólo bajo esta luz proveniente de Dios “que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn. 1 29), luz viva y ardiente de la Cari-dad divina. Dios es libre y comunica la libertad en función del primer mandamiento de amor, que contiene toda la ley: “A un solo Dios adorarás y amarás perfectamente”. Toda la creación está en dependencia de este primer mandamiento, y todas las personas y todas las sociedades, creaturas de Dios, deben someterse a El, incluso las sociedades civiles. Todo debe concurrir a este amor y nada debe oponérsele. El reino de Dios que Nuestro Señor vino a restablecer no es otra cosa que este reino de Amor.

[Al nivel de estos principios fundamentales de la Providencia Divina y de su sabiduría infinita se sitúa el error del liberalismo, que tiende a ignorar el principio de finalidad de la libertad, para concederle una extensión que no tiene en el plan divino, en detrimento de la Ley divina y en detrimento de los deberes de las diferentes sociedades, que dejan proliferar los pecados y los escándalos. Este error destruye la moral individual y la moral social. Se opone así al reino de amor de Dios y de Nuestro Señor].

Contemplemos el acto de amor que ha sido la creación, y esforcémonos por realizar en nosotros y a nuestro alrededor este Reino de Dios y de Nuestro Señor, para cuyo restablecimiento Dios aceptó morir en la Cruz, manifestando nuevamente su amor infinito por las creaturas, desordenadas y pecadoras. “O admirabile commercium!...”. Releamos frecuentemente este pasaje admirable de la epístola de San Pablo a los Efesios (3 8ss) que la Liturgia nos presenta el día de la fiesta del Sagrado Corazón. La creación de esta nueva familia humana de los cristianos es en realidad una nueva creación que prepara a los predestinados y a los elegidos de Dios: “Quotquot autem receperunt eum, dedit eis potestatem filios Dei fieri: A todos cuantos lo recibieron, les dio el poder de ser hijos de Dios” (Jn. 1 12); es la creación del Cuerpo místico de Jesús, al que nos adherimos mediante un bautismo válido y fructuoso. “Euntes docete omnes gentes, baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti: Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizando en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28 19). Esta familia, y ella exclusivamente, es la familia católica, porque sólo ella posee una fe íntegra en Jesucristo y en su obra: la Iglesia.

[La voluntad de Vaticano II de querer integrar en la Iglesia a los no católicos sin exigirles conversión, es una voluntad adúltera y escandalosa. El Secretariado para la Unidad de los Cristianos, por medio de concesiones mutuas —diálogo—, conduce a la destrucción de la fe católica, a la destrucción del sacerdocio católico, a la eliminación del poder de Pedro y de los obispos; se elimina el espíritu misionero de los apóstoles, de los mártires, de los santos. Mientras este Secretariado conserve el falso ecumenismo como orientación, y mientras las autoridades romanas y eclesiásticas lo continúen aprobando, se puede decir que siguen en ruptura abierta y oficial con todo el pasado de la Iglesia y con su Magisterio oficial. Por eso todo sacerdote que quiere permanecer católico tiene el estricto deber de separarse de esta Iglesia conciliar, mientras ella no recupere la tradición del Magisterio de la Iglesia y de la fe católica].

Como conclusión de estas breves consideraciones sobre la Sabiduría divina en el plan de la creación, recordemos que la obra de la santificación de las almas en esta vida, y el ejercicio de la caridad que se realiza por el cumplimiento de los mandamientos de amor contra el espíritu de la carne, el espíritu del mundo y del demonio, se atribuyen particularmente al Espíritu Santo, Espíritu de Amor. San Gregorio, en las lecciones de la fiesta de Pentecostés, expresa con elocuencia y energía este vínculo entre el amor de Dios y la observancia de los mandamientos, apoyándose en las palabras mismas de Nuestro Señor: “Si quis diligit me, sermonem meum servabit, et Pater meus diliget eum, et ad eum veniemus, et mansionem apud eum faciemus”; y en las de San Juan en sus Epístolas: “Qui dicit: Diligo Deum, et mandata eius non custodit, mendax est”¡Jesús, María, ayudadnos a cumplir esta petición del “Padrenuestro”: “Hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, para que nuestras almas sean templo de la Santísima Trinidad, hoy y por toda la eternidad!…

¡Ojalá que nosotros, sacerdotes o futuros sacerdotes del Señor, vivamos en esta presencia activa de Dios omnipresente y omnipotente! ¡Ojalá que podamos ver en la Eucaristía al Dios creador y redentor, al Jesús del Pesebre, al Jesús de Nazaret, al Jesús Profeta, Sacerdote y Rey que enseña a sus futuros sacerdotes y ordenándolos antes de subir la Cruz, al Jesús que resucita, sube al Cielo y envía su Espíritu de Amor para fundar su Iglesia, su Esposa, su Cuerpo místico, y atraer sus miembros al Cielo!


¡Ojalá que podamos adquirir un espíritu misionero que transmita este fuego divino a las almas, por el ejemplo de una fe viva que todo lo refiere a Dios y a Jesucristo, que esclarece a las almas sobre la sabiduría infinita de Dios, su bondad, su misericordia, y las acostumbra a la humildad delante de Dios, a adorar su Voluntad, a ponerse en total dependencia de El, asociando a las almas en la conquista del reino de Nuestro Señor, de su Sagrado Corazón, y del Reino del Corazón Inmaculado de María! 

CONTINUA...