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lunes, 25 de enero de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


SEGUNDA PARTE: EL LIBERALISMO
Naturalistas y racionalistas, autores del liberalismo. 

Así entramos en la segunda parte de la encíclica consagrada al liberalismo. Viene primero el liberalismo absoluto y sus principios.
«Pero hay ya muchos imitadores de Lucifer, de quien es aquel nefando grito: “No serviré”, que con nombre de libertad defienden cierta licencia tan absoluta como absurda. Son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, que tomando su nombre de la libertad ha dado en llamarse liberalismo». Esta es la definición del liberalismo.
«En realidad, lo que en filosofía pretenden los naturalistas o racionalistas, eso mismo pretenden en la moral y en la política los fautores del liberalismo, los cuales no hacen sino aplicar a las acciones y realidad de la vida los principios puestos por aquéllos».

En las encíclicas sobre la Masonería, hemos visto que los Papas denunciaban estos graves errores:

naturalismo y racionalismo. Los liberales son, pues, sus “partidarios” en el orden civil y moral. ¿Cuál es el gran principio de los racionalistas? La dominación suprema de la razón humana. El hombre, efectivamente, se hace Dios y sólo obedece a su propia razón y persona:
«Ahora bien; el principio capital de todo el racionalismo es la soberanía de la razón humana, que, por negar a la razón divina y eterna la obediencia debida y declararse independiente, se constituye a sí misma en principio primero, fuente y criterio de la verdad. Así también los secuaces del liberalismo, de quienes hablamos, pretenden que en la práctica de la vida no hay ninguna potestad divina a la que se deba obedecer, sino que cada uno es ley para sí».

El deber es anterior al derecho

El Papa dirá más adelante que hay diferentes clases de liberales y que todos no son tan radicales en su modo de pensar, pero que sin embargo ahí está el vicio radical del liberalismo: la negación de la autoridad. Lo mismo sucede con la teoría de los derechos del hombre: hay derechos pero no deberes, porque quien dice deberes dice obligación y, por lo tanto, autoridad y referencia a algo superior a sí mismo.

¿Quién nos da estos deberes? ¿Quién juzgará si los cumplimos? ¿Quién castigará si los descuidamos? Evidentemente, una autoridad superior. Está la autoridad del padre de familia, la del jefe de Estado y la del jefe de la Iglesia, pero ¿a quién se refieren ellas sino a la autoridad de Dios? De modo que desde el momento en que se habla de deberes, se hace referencia a la autoridad de Dios. Por eso, hay que hablar del decálogo y de la ley de Dios. Predicar el deber, es incitar a la virtud y a la responsabilidad. Cuando todo el mundo cumpla con sus deberes, se observarán los derechos de los demás.

El padre de familia tiene la obligación de educar a sus hijos según la religión cristiana. Por el mismo hecho, cumple los derechos que tienen los hijos de ser educados cristianamente, y lo mismo para lo demás… El jefe de una industria, al cumplir con sus deberes, respetará los derechos de sus empleados con un salario justo, pero estos tienen también el deber de cumplir con el trabajo que se les pide justamente. El deber precede al derecho. Es muy importante no olvidar esto. Nacemos con deberes y, para cumplirlos, tenemos derechos. Nacemos con el deber de adorar a Dios y por esto nadie nos lo puede impedir. Lo mismo, el padre de familia tiene el deber de educar a sus hijos, alimentarlos y darles una casa; por eso tiene derechos, como el de tener cierta propiedad privada, y por eso tiene también derecho a esperar de su trabajo un mínimo vital para educar a sus hijos. Entendamos bien, pues, que el deber funda el derecho, y no al revés, como se atreven a decir los racionalistas y los liberales, para quienes el hombre nace con derechos.

La ideología democrática y el positivismo moral

Si ya no hay reconocimiento de la autoridad, se sufren las consecuencias. Ya no puede haber moral, o habrá sólo una moral “independiente”
«De ahí —dice León XIII— nace esa moral que llaman independiente, que apartando a la voluntad, bajo pretexto de libertad, de la observancia de los preceptos divinos, suele conceder al hombre una licencia sin límites».
Es lo que se llama hoy moral permisiva: hacer lo que se quiera… Aquí está el origen de ese laxismo: como la autoridad no viene ya de Dios, reside en los individuos y en el pueblo; es la ley del número, la democracia, la ideología que quiere que el número otorgue la autoridad. Por supuesto que las personas pueden designar al sujeto de la autoridad, pero no se puede decir que den la autoridad. Sin embargo, la ideología democrática —prosigue el Papa— pretende que:
«…la potestad pública tiene su primer origen en la multitud y que, además, como en cada uno la propia razón es único guía y norma de las acciones privadas, debe serlo también de todos en lo tocante a las cosas públicas. Por todo esto, el poder es proporcional al número, y la mayoría del pueblo es la autora de todo derecho y obligación».
Así es como se reemplaza a Dios, supremo legislador. Ya no es El quien crea el deber o el derecho, sino el pueblo o sus representantes; se pueden de este modo hacer cualquier cosa, ya que son la única fuente de derechos y deberes.
«Muy claramente resulta de lo dicho cuánto repugne todo esto a la razón: repugna, en efecto, sobremanera no sólo a la naturaleza del hombre, sino a la de todas las cosas creadas, querer que no intervenga vínculo alguno entre el hombre o la sociedad civil y Dios, Creador y, por lo tanto, Legislador Supremo y Universal».
León XIII señala a continuación algunas consecuencias de estos principios abominables con que los hombres forjan su propia sociedad:
«Esta doctrina es perniciosísima, no menos a las naciones que a los particulares. En efecto, dejando el juicio de lo bueno y verdadero a la razón humana sola y única, desaparece la distinción propia del bien y del mal; lo torpe y lo honesto no se diferenciarán en la realidad, sino según la opinión y juicio de cada uno; será lícito cuanto agrade, y (…) quedará, naturalmente, abierta la puerta a toda corrupción. En cuanto a la cosa pública, la facultad de mandar se separa del verdadero y natural principio, de donde toma toda su virtud para realizar el bien común, y la ley que establece lo que se ha de hacer y omitir se deja al arbitrio de la multitud más numerosa, lo cual es una pendiente que conduce a la tiranía. Rechazado el señorío de Dios en el hombre y en la sociedad, es consiguiente que no hay públicamente religión alguna, y se seguirá el mayor desprecio a todo cuanto se refiera a la Religión».
Moral permisiva, moral independiente, positivismo moral, predominancia del número… todo esto viene de la ideología democrática, y acaba con una sociedad laica y atea, que describe León XIII: «Asimismo, armada la multitud con la creencia de su propia soberanía, se precipitará fácilmente a promover turbulencias y sediciones; y, quitados los frenos del deber y de la conciencia, sólo quedará la fuerza, que nunca es bastante para refrenar por sí sola las pasiones populares…»

La autodestrucción de la sociedad

En ese punto, quizás se tendrá que dar a cada persona dos policías: uno para impedir que la maten y otro para impedirle que mate… Hoy tienen que aumentar el número de policías, porque la gente ya no se deja guiar por la ley moral. Como ya no hay disciplina interior, hay que impedirle exteriormente que haga cualquier cosa. La situación se vuelve intolerable y vemos como surgen Estados “policías”… puesto que —dice el Papa— la fuerza “por sí sola” es muy débil.
«…de lo cual es suficiente testimonio la casi diaria lucha contra los socialistas y otras turbas de sediciosos, que tan porfiadamente maquinan por conmover las naciones hasta en sus cimientos. Vean, pues, y decidan los que bien juzgan si tales doctrinas sirven de provecho a la libertad verdadera y digna del hombre, o sólo sirven para pervertirla y corromperla del todo».
León XIII veía cómo se perfilaba el comunismo, con sus métodos para esclavizar a las masas. La sedición y la guerra social lo preparan. La gente está ahora acostumbrada a esta clase de desorden. Cuando un día la situación vuelva a ser normal, las generaciones futuras descubrirán qué ridícula era nuestra época… Tomemos como ejemplo las vacaciones. Hace algunos años, todo el mundo se precipitaba hacia España. Hubo bombas y luego la gente prefirió ir a Italia. Pero ahí hubo robos de coches y de lo que había dentro, y la gente se fue a Portugal, pero ese país se hizo socialista y nada iba bien. Ahora parece que la gente se queda en Francia, que está más o menos tranquila, quizás porque la pena de muerte hace que la gente vacile en cometer crímenes… Vemos, pues, que la gente tiene miedo de ir a tal o cual lugar, aunque nadie busca la causa, y es muy sencilla: hace falta volver a una moral.

Hasta en Suiza se producen manifestaciones y disturbios. Se buscan los “motivos profundos” de esos jóvenes y nadie quiere que la policía los trate brutalmente… Se olvida sencillamente que esos jóvenes que se revelan ya no tienen moral, que nadie les ha enseñado el catecismo y que se les ha dejado hacer todo lo que querían. Incluso hay oficinas en donde los niños pueden ir a quejarse contra sus padres y demandarlos. Se invierte la sociedad: ya no puede haber autoridad. Los jóvenes queman coches, rompen los vidrios de los almacenes y los saquean, hieren a los policías o a los transeúntes, otros se suicidan… ¡Es realmente una hermosa sociedad!... una sociedad “liberal”… Me parece que ni los católicos saben qué hacer. Sin embargo es algo muy sencillo: volver a la religión de siempre, a la Tradición, a los mandamientos y dejar de hablar siempre de los derechos.

El liberalismo mitigado
Primera categoría: la negación del orden sobrenatural

Después de haber explicado la doctrina del liberalismo absoluto y sus consecuencias, el Papa expone el liberalismo mitigado y sus diversos grados.
«Cierto es —dice León XIII— que no todos los fautores del liberalismo asienten a estas opiniones, aterradoras por su misma monstruosidad y que abiertamente repugnan a la verdad, y son causa evidente de gravísimos males; antes bien, muchos de ellos, obligados por la fuerza de la verdad, confiesan sin avergonzarse y aun de buen grado afirman que la libertad degenera en vicio y aun en abierta licencia cuando se usa de ella destempladamente, postergando la verdad y la justicia, y que debe ser, por tanto, regida y gobernada por la recta razón y sujeta consiguientemente al derecho natural y a la eterna ley divina. Mas juzgando que no se ha de pasar más adelante, niegan que esta sujeción del hombre libre a las leyes que Dios quiere imponerle haya de hacerse por otra vía que la de la razón natural».
Rechazan, pues, todo lo que no es según la naturaleza: todo lo sobrenatural, toda la Iglesia, todo lo que nos ha podido dar Nuestro Señor… Todo eso para los liberales no existe y, dice el Papa: “En esto, están en total desacuerdo consigo mismos”. Quisieran admitir que hay que someterse a la ley natural y a los mandamientos, pero no a la Iglesia, ni a sus prescripciones, ni a la revelación. Esto es absurdo, pues si se obedece a Dios en cierta medida es que se le puede obedecer en todo.
Prosigamos con el texto:
«Es, pues, necesario que la norma constante y religiosa de nuestra vida se derive no sólo de la ley eterna, sino también de todas y cada una de las demás leyes que, según su beneplácito, ha dado Dios, infinitamente sabio y poderoso (…). Tanto más, cuanto que estas leyes tienen el mismo autor que la eterna».
No se entiende, pues, cómo se hace una distinción entre las cosas a que se obedece y las demás…

Segunda categoría: los partidarios de la separación de la Iglesia y del Estado
Esta es otra clase de liberales mitigados:
«...que dicen que, en efecto, según las leyes divinas se ha de regir la vida y costumbres de los particulares [en la familia, por ejemplo], pero no las del Estado».
De modo que las familias tendrían que someterse a la ley de Dios, pero los Estados no.
«Porque en las cosas públicas está permitido apartarse de los preceptos de Dios y no tenerlos en cuenta al establecer las leyes. De donde, viene aquella perniciosa consecuencia: “Es necesario se-parar la Iglesia del Estado”. No es difícil conocer lo absurdo de todo esto».
Por desgracia esta es una opinión bastante corriente aun entre los católicos: el Estado no tiene que ocuparse de la religión, tiene que dejar a cada uno siga la suya, y que no tiene que ocuparse de las

cosas espirituales, pues su función se extiende únicamente a las cosas temporales. Tal no es la opinión de León XIII.
«La misma naturaleza exige del Estado que proporcione a los ciudadanos medios y oportunidad con qué vivir honestamente, esto es, según las leyes de Dios, ya que es Dios el principio de toda honestidad y justicia, es absolutamente contradictorio que sea lícito al Estado no tener en cuenta di-chas leyes, o el establecer la menor cosa que las contradiga. Además, los que gobiernan los pueblos son deudores a la sociedad, no sólo de procurarle con leyes sabias la prosperidad y bienes exteriores, sino de mirar principalmente por los bienes del alma».
Es también un deber de los gobernantes proteger y sostener la fe de sus súbditos. En otro tiempo perseguían a los herejes porque juzgaban que éstos, al difundirse, sembraban la división y el desorden en la sociedad y en el Estado. Hoy se permite en todas partes la libertad, como por ejemplo, que el protestantismo difunda sus errores con sus sectas, y sufrimos las consecuencias. Está claro que si la Iglesia, con la ayuda de los Estados y gobiernos, hubiese podido ahogar el protestantismo en el siglo XVI antes de que se extendiera, la situación hoy sería muy diferente, pues es el protestantismo el que ha traído el liberalismo y todos esos principios que han corroído a la sociedad y ahora destruyen a la Iglesia. Ya no hay autoridad, y todo el mundo tiene la libertad de hacer y creer lo que quiera…

Para León XIII los Estados tienen también que intervenir para que se dispensen los bienes del alma a sus súbditos:
«Pero lo que más importa y Nos hemos más de una vez advertido es que, aunque la potestad civil no mira próximamente al mismo fin que la religiosa, ni va por las mismas vías, con todo, al ejercer la autoridad, fuerza es que hayan de encontrarse, a veces, una con otra. Ambas tienen los mismos súbditos, y no es raro que una y otra decreten acerca de lo mismo, pero con motivos diversos. Llegado este caso, y pues el conflicto de las dos potestades es absurdo y enteramente opuesto a la voluntad sapientísima de Dios, preciso es algún modo y orden con que, apartadas las causas de porfías y rivalidades, haya un criterio racional de concordia en las cosas que han de hacerse. Con razón se ha comparado esta concordia a la unión del alma con el cuerpo [es decir, la unión entre la Iglesia y el Estado], igualmente provechosa a entrambos, cuya desunión, al contrario, es perniciosa, singularmente al cuerpo, pues por ella pierde la vida».


Vaticano II acaba con los buenos concordatos

Estas palabras de León XIII condenaban de antemano, absolutamente lo que dijo el cardenal Liénart en nombre del Papa Pablo VI el día de la clausura del Concilio Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965, leyendo el “primer mensaje” a los gobernantes:
«En vuestra ciudad terrestre y temporal El [Cristo] construyó su ciudad espiritual y eterna: su Iglesia. ¿Y qué pide ella de vosotros, esa Iglesia, después de casi dos mil años de vicisitudes de todas clases en sus relaciones con vosotros, las potencias de la Tierra, ¿qué os pide hoy? Os lo dice en uno de los textos de mayor importancia de su Concilio [el de la libertad religiosa]: no os pide más que la libertad».
Eso no es lo que pedía León XIII. No, eso no basta. Tiene que haber una concordia y unión ntre ambos poderes. El cardenal seguía también diciendo:
«La libertad de creer y de predicar su fe. La libertad de amar a su Dios y servirlo. La libertad de vivir y de llevar a los hombres su mensaje de vida. No le temáis…»
Eso es falso e insuficiente: el Estado tiene que ayudar. Si no, podría decir: “Como sólo me pides la libertad, ¡arréglatelas solo!”, y entonces se acabó el mantenimiento de las iglesias, con la paga a los sacerdotes… Si de un día para otro el Gobierno dice: “¡Se acabó, ya no os damos nada!”, ¿en qué situación estaría la Iglesia? Algunos dicen: “Más vale estar en una situación de libertad como en Francia, donde los sacerdotes no cobran nada del Gobierno”. Habría que ver la miseria en que viven muchas veces los sacerdotes. En muchos países aún hay exención de impuestos para los bienes del culto; si la Iglesia tuviese que pagar, eso significaría sumas enormes.

El caso de Alemania es algo particular: los sacerdotes no cobran nada del Gobierno sino de los obispos; sin embargo todos los alemanes pagan al Estado un “impuesto de culto” y tienen que declarar su religión. Esta parte del impuesto se deriva así a los obispos en función del número de personas que se han declarado católicas y con eso los obispos remuneran a los sacerdotes. Por esto en Alemania, como en algunos cantones suizos que tienen el mismo sistema, el clero no es pobre y los despachos de los obispos se parecen a los ministerios de una administración importante. De este modo, la iglesia de Alemania puede ayudar a Hispanoamérica y enviar a todas partes fondos para las misiones.  Sucede entonces que tienen hasta demasiado dinero (salarios importantes, exención de impuestos, donativos, intenciones de misas…). Por supuesto, no está bien que un sacerdote sea demasiado rico. No hay peligro de que esto suceda en Francia, en donde no reciben ninguna ayuda del Estado y el obispo sólo los puede remunerar con el diezmo. En las diócesis pequeñas hay pobreza. Yo me acuerdo de la diócesis de Tulle, en donde la gente no era muy rica y el diezmo no rendía mucho. Sólo se podía dar poca cosa a los sacerdotes, pero ellos sobrellevaban la pobreza con ánimo y mucha virtud. Las mismas colectas daban muy poco y realmente había miseria.


Esto hace que los sacerdotes franceses puedan tener cierta independencia. Los sacerdotes tradicionalistas han podido sacar provecho de esto, pues son únicamente sus fieles quienes los sostienen y no el Estado ni los obispos, mientras que en Alemania y en Suiza, desde el momento en que dejan la casa parroquial, se acaban sus ingresos, ya que los fieles, que pagan el “impuesto del culto”, no están acostumbrados a mantener a sus sacerdotes, y así les dan menos de lo que proporcionalmente les dan los fieles en Francia. Es triste decirlo, pero el tema material tiene siempre un papel en la vi-da y hace falta mucho valor para aceptar vivir pobremente. Algo parecido sucede en Italia, en donde el Estado paga a los sacerdotes: desde el día en que dejan su parroquia para ocuparse de un grupo tradicionalista, saben que a partir de ese día ya no tendrán dinero. Hay, pues, algunos inconvenientes cuando el Estado mantiene a los sacerdotes, aunque a pesar de todo, es la ley normal. Por esto, León XIII expresa la conveniencia de la unión entre la Iglesia y el Estado, que puede regularse con un concordato. Lo que es anormal, es la separación de la Iglesia y del Estado. Es como la unión del alma y del cuerpo, o también como la unión de los esposos. Discuten a menudo, pero ¿habría que pensar por eso que es normal que se separen para ya no discutir? Eso sería caer en el ridículo. Puede ser que haya, frecuentemente, dificultades entre la Iglesia y el Estado, pero eso no es un motivo para pedir la “libertad” como hizo Vaticano II: se suprimieron concordatos excelentes a petición de la misma Iglesia. De ahí seguirán las consecuencias.  Así que, para León XIII los Estados no tienen que ser indiferentes en cuanto al bien espiritual. Tienen que ayudar con medios materiales a que la religión se mantenga y se desarrolle. En cuanto a qué religión, ahora lo va a precisar el Papa.