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viernes, 11 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DEL MÁS ALLÁ Antonio Royo Marín, O.P."



¿Pero no es Dios infinitamente misericordioso?”

¿Lo preguntas tú? ¿Cuántas veces te ha perdonado Dios? ¿Cinco? ¿Cinco mil? ¿Cincuenta mil? ¿Y todavía preguntas si Dios es infinitamente misericordioso? ¿Pero no sabes que si Dios no fuese infinitamente misericordioso, el mismo día que cometiste el primer pecado mortal se hubiera abierto la tierra y te hubiera tragado al infierno para toda la eternidad? Precisamente porque Dios es infinitamente misericordioso espera con tanta paciencia que se arrepienta el pecador y le perdona en el acto, apenas inicia un movimiento de retorno y de arrepentimiento. Dios no rechaza jamás, jamás, al pecador contrito y humillado. No se cansa jamás de perdonar al pecador arrepentido, porque es infinitamente misericordioso, precisamente por eso. ¡Ah!, pero cuando voluntariamente, obstinadamente, durante su vida y a la hora de la muerte, el pecador rechaza definitivamente a Dios, sería el colmo de la inmoralidad echarle a Dios la culpa de la condenación eterna de ese malvado y perverso pecador.No puede tolerarse tampoco la ridícula objeción que ponen algunos: “Está bien que se castigue al culpable; pero como Dios sabe todo lo que va a ocurrir en el futuro, ¿por qué crea a los que sabe que se han de condenar?”Señores: esta nueva objeción es absurda e intolerable. No es Dios quien condena al pecador. Es el pecador quien rechaza obstinadamente el perdón que Dios le ofrece generosamente. Es doctrina católica, señores, que Dios quiere sinceramente que todos los hombres se salven. A nadie predestina al infierno. Ahí está Cristo crucificado para quitarnos toda duda sobre esto. Ahí está delante del crucifijo la Virgen de los Dolores. Dios quiere que todos los hombres se salven, y lo quiere sinceramente, seriamente, con toda la seriedad que hay en la cara de Cristo Crucificado. Dios quiere que todos los hombres se salven; pero, cuando obstinadamente, con toda sangre fría, a sabiendas, se pisotea la sangre de Cristo y los dolores de María, señores: el colmo del cinismo, el colmo de la inmoralidad sería preguntar por qué Dios ha creado a aquel hombre sabiendo que se iba a condenar. Señores: el colmo de la inmoralidad.Es ridículo, señores, tratar de enmendarle la plana a Dios. Lo ha dispuesto todo con infinita sabiduría, y aunque, en este mundo no podamos comprenderlo, también con infinito amor y entrañable misericordia. Más que entretenernos vanamente en poner objeciones al dogma del infierno –que en nada alterarán su terrible realidad– procuremos evitarlo con todos los medios a nuestro alcance. Por fortuna estamos a tiempo todavía. ¿Nos horroriza el infierno? Pues pongamos los medios para no ir a él.En realidad, como os decía el primer día, éste es el único gran negocio que tenemos planteado en este mundo. Todos los demás no tienen importancia. Son problemitas sin trascendencia alguna.¡Muchacho, estudiante que me escuchas! El suspenso, el quedar en ridículo, el perder las vacaciones..., ¡cosa de risa! No tiene importancia alguna.¡Millonario que te has arruinado, que viniste a menos, que estás sumergido en una miseria vergonzante...!, ¡cosa de risa! Dentro de unos años, se acabó todo.Tú, el que en una catástrofe automovilística has perdido a tu padre, a tu madre, a tu mujer o a tu hijo, permíteme que te diga: ¡cosa de risa! Allá arriba les volverás a encontrar.Y tú, la mujer mártir del marido infiel, o el marido víctima de la mujer infame. Humanamente hablando, eso es tremendo; pero mirado de tejas arriba, ¡cosa de risa! Ya volverá todo a sus cauces, en este mundo o en el otro.La única desgracia terriblemente trágica, la única absolutamente irreparable, es la condenación eterna de nuestra alma.¡Eso sí que es terrible sobre toda ponderación y encarecimiento!¡Que se hunda todo: la salud, los hijos, los padres, la hacienda, la honra, la dignidad, la vida misma! ¡Que se hunda todo, menos el alma! La única cosa tremendamente seria: la salvación del alma.Estamos a tiempo todavía. Cristo nos está esperando con los brazos abiertos.¡Pobre pecador que me escuchas! Aunque lleves cuarenta o cincuenta años alejado de Cristo; aunque te hayas pasado la vida entera blasfemando de Dios y pisoteando sus santos mandamientos, fíjate bien: si quieres hacer las paces con Él no tendrás que emprender una larga caminata; te está esperando con los brazos abiertos. Basta con que caigas de rodillas delante de un Crucifijo, y honradamente, sinceramente, te arranques de lo más íntimo del alma este grito de arrepentimiento: “¡Perdóname, Señor! ¡Ten compasión de mí!” Yo te garantizo, por la sangre de Cristo, que en el fondo de tu corazón oirás, como el buen ladrón, la dulce voz del divino Crucificado, que te dirá: “Hoy mismo, al caer la tarde, al final de esta pobre vida, estarás conmigo en el Paraíso”.Pero para ello Cristo te pone una condición sencillísima, facilísima. Que te presentes a uno de sus legítimos representantes en la tierra, a uno de los sacerdotes que dejó instituido en su Iglesia para que te extienda, en nombre de Dios, el certificado de tu perdón. Basta que hables unos pocos minutos con él. Te escuchará en confesión, te animará, te consolará con inmensa caridad y dulzura. Y en virtud de los poderes augustos que ha recibido del mismo Cristo a través de la ordenación sacerdotal, levantará después su mano y pronunciará la fórmula que será ratificada plenamente en el cielo. “Yo te absuelvo, vete en paz, y en adelante, no vuelvas a pecar”. Así sea.

CONTINUA...