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viernes, 4 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"





CAPITULO XI: 

LA MISION DEL VERBO ENVIADO POR LA CARIDAD DEL PADRE 



Estas consideraciones basadas en el mismo Evangelio y en la simple noción de lo que es la caridad, nos dan a entender que toda la misión que se le da al Hijo y al Espíritu Santo es una misión de caridad. Si Dios es caridad, ¿qué puede hacer sino difundir la caridad que está en El, no sólo ad intra, al interior de sí mismo, sino también en la operación ad extra, al exterior, es decir, en toda la creación y con la creación, en la Encarnación y la Redención? Todo lo que Dios ha dado a sus criaturas no puede ser sino expresión de la caridad. Sería incomprensible que la creación no fuese la obra de la caridad y que las criaturas, y sobre todo las criaturas espirituales que Dios ha creado, no estuviesen también en esta realidad de la caridad. Así pues, si queremos realmente ser semejantes a la Santísima Trinidad, estar más cerca de la Santísima Trinidad, sólo seremos más semejantes a Dios en la medida en la que nosotros mismos seamos caritativos, en que seamos caridad y en que se nos pueda definir como caridad. Es sencillo, pero es todo un programa y por esto nuestra ley fundamental y esencial es una ley de caridad. Es la ley que Dios ha inscrito en nuestros corazones y en nuestra naturaleza; es una ley de caridad que nos ha enseñado Nuestro Señor. Todos los mandamientos se resumen en dos: amar a Dios y amar al prójimo.

Eso es la caridad. En la medida en que cumplamos con esta ley de caridad que se halla en nosotros seremos realmente una imagen de la Santísima Trinidad, que es Dios y que es caridad. Es lo que Nuestro Señor mismo dijo en la oración sacerdotal, que es una plegaria admirable y que tendríamos que leer a menudo. Cuando estuvo solo con sus apóstoles, Nuestro Señor les manifestó su caridad antes de hacerlo de una manera más concreta por su inmolación en la Cruz. La mostró en las palabras que dirigió primero a su Padre: «Padre, llegó la hora; glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique, según el poder que le diste sobre toda carne, para que a todos los que Tú le diste les dé El la vida eterna» (S. Juan 17, 1-2).

Y al final de su oración sacerdotal, dice: «Padre justo, si el mundo no te ha conocido, Yo te conocí y estos (hablando de los apóstoles) conocieron que Tú me has enviado, y Yo les di a conocer tu nombre y se lo haré conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos» (San Juan 17, 25-26). «El amor con que Tú me has amado», es decir, este amor eterno que engendra al Hijo mismo, este amor del Padre que es el principio mismo del Hijo, si se puede hablar así.

«Que esté en ellos y Yo en ellos»

El fin mismo de este amor que Nuestro Señor siente por nosotros es hacernos a nosotros mismos caridad. En la medida en la que guardemos sus mandamientos de amor y de caridad, estaremos en El y El estará en nosotros.

¿Qué quiere decir eso?
Nuestro Señor mismo lo explica cuando promete enviar a su Espíritu Santo, cuando dice: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros» (San Juan 14, 18).En cierto modo, Nuestro Señor se identifica con su Espíritu que vendrá a nosotros, su Espíritu de caridad que nos enviará.

Dada la consustancialidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Nuestro Señor siempre dice: «El Padre y Yo vendremos a vosotros» y luego, hablando del Espíritu Santo: «Vendré a vosotros cuando os envíe mi Espíritu». Luego, esta obra de caridad, que es Dios mismo, opera realmente la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros. Lo único que puede hacer es darnos la caridad.En la medida en que podemos hacernos una idea de conjunto de la Santísima Trinidad, este es el lugar de Nuestro Señor y la misión que se le dará:

«Cuando la teología católica habla de las personas divinas —dice Monseñor Gaume en su “Tratado del Espíritu Santo”—, entiende por misión: el destino eterno de una persona de la Trinidad para cumplir una obra en el tiempo; destino que se le da por la persona de quien procede. Desde toda la eternidad estaba decretado, que el Verbo se hiciera hombre y viniera al mundo para salvarlo: he aquí su misión. Desde toda la eternidad estaba decretado que el Espíritu Santo viniera al mundo para santificarlo: he aquí la misión del Espíritu Santo. De este modo, hay en las Personas divinas tantas misiones como procesiones. El Padre no tiene misión, porque no procede de nadie. El Hijo recibe su misión del Padre solo, porque solamente de El procede. El Espíritu Santo la recibe del Padre y del Hijo, porque procede de ambos».

Estas palabras se hallan en la Sagrada Escritura. Leamos los comentarios que hace san Agustín:

«El Hijo es enviado por el Padre, porque El apareció en carne, no el Padre. Vemos también que el Espíritu Santo ha sido enviado por el Hijo: “Cuando yo me vaya os lo enviaré”; y por el Padre: “El Padre os lo enviará en mi nombre”. Por donde claramente se ve, que ni el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre han enviado al Espíritu Santo; sino que Este ha recibido su misión del uno y del otro. Sólo del Padre no se lee en parte alguna que haya sido enviado». «La razón es que no es engendrado ni procede de nadie». Sin embargo, en la Trinidad la misión no implica ninguna inferioridad en el que la recibe con relación al que se la da. «En el dogma católico, continúa san Agustín, ni el Padre es superior al Hijo ni el Hijo es inferior al Padre».

El Hijo es enviado por quien lo engendra y el Padre envía a quien le comunica el Ser.

«También es fácil comprender que este calificativo de enviado se le da al Hijo no sólo porque el Verbo se encarnó, sino para que se encarnase y cumpliese los oráculos de la Escritura con su presencia corporal. En este sentido, no sólo es enviado como hombre sino que el Verbo mismo es enviado para hacerse hombre».

«Hay dos clases de misión para el Hijo y el Espíritu Santo: una visible y otra invisible. Para el Hijo, la misión visible fue la Encarnación; para el Espíritu Santo, su aparición en el Bautismo de Nuestro Señor, en el Tabor y en el día de Pentecostés. En el Hijo la misión invisible tiene lugar, todas las veces que como Sabiduría infinita y Luz sobrenatural se comunica al alma bien dispuesta, en la cual habita como en su templo. En el Espíritu Santo la misión invisible se renueva siempre que como amor infinito y caridad sobrenatural se comunica al alma bien preparada, en la cual habita como en su santuario. El objeto de estas dos misiones es asimilar el alma a la Persona divina que es enviada»...


«¡Oh hombre! ¡Sí comprendieras el don de Dios! En el entendimiento divino esta misión no es transitoria, sino permanente; lo es, en efecto, en tanto que el hombre no le dé fin por el pecado mortal. Y no solamente lleva al alma las luces del Hijo y los dones del Espíritu Santo; sino que el Hijo y el Espíritu Santo vienen en persona a habitar en ella».