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jueves, 17 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"




CAPITULO XV: 
JESUS, EL VERBO ENVIADO POR EL PADRE 

El Evangelio emplea diversos términos para referirse a la misión que Nuestro Señor Jesucristo vino a cumplir en la tierra. Nuestro Señor dice que El es el enviado de su Padre: «El me ha enviado» (S. Juan 12, 49). Nuestro Señor dice también que El ha salido de su Padre: «Yo he salido y vengo de Dios» (S. Juan 8, 42). Estas palabras: venido, salido y enviado significan la misma misión que, como explica Santo Tomás de Aquino, supone una procesión eterna en Dios. El Verbo puede ser enviado por el Padre porque procede de Él. Su misión temporal está enraizada en su procesión eterna.

Al afirmar su misión y la del Espíritu Santo, Nuestro Señor nos da al mismo tiempo una afirmación de su divinidad y de que es engendrado por su Padre. Admitir la misión de Jesús en sentido pleno es creer en el misterio de su Persona, su filiación divina, su Encarnación y su ministerio salvador. Así comprendemos que Jesús reduzca la fe cristiana a este artículo central.

En cierto modo, Nuestro Señor resume la fe cristiana en esto, cuando dice en san Juan: «Vosotros habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo » (S. Juan 16, 27-28) y: «Conocieron verdaderamente que yo salí de Ti y creyeron que Tú me has enviado» (S. Juan 17, 8). Así pues, el Verbo que procede del Padre desde toda eternidad, ha venido al mundo, ha sido enviado. El mérito principal de los apóstoles es el de haber visto esto, lo cual les asegura que sus oraciones serán escuchadas y que el Padre los guardará. Por último, el Hijo le suplica a su Padre que le conceda a su Iglesia la unidad, signo de su divinidad: «Para que el mundo crea que Tú me has enviado» (S. Juan 17, 21).De este modo, creer en la misión de Nuestro Señor es creer en su divinidad y creer en la Santísima Trinidad, y esto resume, en cierto modo, toda nuestra fe. Así, a partir de la misión de Cristo, entramos más en el misterio de su Persona y comprendemos mejor cómo representa sus relaciones con su Padre.

Referente a esto, hay que señalar, dice el P. Bonsirven, un fenómeno filológico significativo: los verbos que expresan las relaciones del Hijo con su Padre a veces están en presente y a veces en pasado. ¿Por qué? Parece que la regla general es que los verbos en presente indican las relaciones inmanentes del Padre y del Hijo, es decir, su procesión eterna, mientras que los verbos en pasado se refieren al origen de esta inmanencia o evocan la Encarnación y sus efectos. Pero, puesto que para Dios no hay tiempo, parece que Nuestro Señor emplea a veces tiempos en pasado y a veces en presente para significar las relaciones entre El y su Padre, para hacerse comprender mejor por las personas a las que se dirige y que viven en el tiempo. Nos cuesta mucho comprender cómo concuerda este presente con la creación del tiempo y cómo tiene relaciones en el tiempo.

De este modo, leemos en san Juan: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo» (S. Juan 3, 13).  Nadie, pues, puede hablar de Dios si no lo ha visto, lo que supone una ascensión al cielo. Solamente el Hijo del hombre conoce a Dios porque El ha bajado del cielo y continúa estando en el cielo, al formar una sola Persona con el Hijo eterno, que no deja al Padre. Por esto se puede decir: «Jesus Christus heri, et hodie: ipse et in saecula: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Heb.13, 8), porque en efecto, resume todo el tiempo por su Persona, que es divina.

San Juan dice también: «No que alguno haya visto al Padre, sino sólo el que está en Dios, ese ha visto al Padre» (S. Juan 6, 46).

Los judíos comprendieron muy bien la divinidad de Nuestro Señor cuando dijo: «Antes que Abraham naciese, Yo soy» (S. Juan 8, 58).

Son frases que no se pueden inventar, que sólo Dios puede expresar. Y en su Evangelio, san Juan dice que los judíos tomaron piedras para lapidarlo porque se hacía Dios. Los judíos comprendieron en seguida lo que significaba este presente. Moisés preguntó cuál era el nombre de Dios: «A los hijos de Israel que me pregunten cuál es el nombre de Dios, ¿qué voy a responderles? Les dirás: “Yo soy el que soy”» (Ex. 3, 13-14). Dios que existe siempre. Los judíos, como no se atrevían a pronunciar el nombre de Yahvéh, escribían “Jehová” y pronunciaban siempre “Adonai”, porque el nombre de Yahvéh era demasiado santo. El nombre de este ser que es y permanece eternamente les parecía demasiado elevado para poder pronunciarlo. Por este motivo, cuando Nuestro Señor dijo que El mismo era Jehová, que era el que es, tomaron piedras para lapidarlo. Por supuesto, habían comprendido muy bien. La unidad perfecta del Padre y del Hijo es igualmente una realidad actual, que pertenece al presente. San Juan la expresa así: «Yo y el Padre somos una misma cosa» (S. Juan 10, 30). «Ego et Pater unum sumus». Uno, en neutro, que expresa la unidad no de las Personas sino la naturaleza divina indivisible.

Es lo mismo que dice Nuestro Señor en una de sus afirmaciones, en la que se complace, y que ninguna otra alma, aunque gozase de los mayores favores divinos, se atrevería a decir: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (S. Juan 10, 38). Solamente el Hijo, siempre inmanente en el Padre, puede hablar así y decir: «Yo no estoy solo, sino Yo y quien me ha enviado» (S. Juan 16, 32). Todo esto, evidentemente, hace que nos situemos en un inmenso misterio. Cuando más estudiamos a Nuestro Señor y sus atributos, más entramos en las profundidades de un misterio 

CONTINUA...