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martes, 22 de diciembre de 2015

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


CAPÍTULO 4
Encíclica Humanum genus
del Papa León XIII
sobre la secta de los Masones
(20 de abril de 1884)
León XIII señala toda la perversidad de la Masonería
(CONTINUACIÓN) 

Adueñarse de la educación de la juventud

Sin embargo, todo eso no basta. La Masonería quiere apoderarse también de la educación de la juventud, como dice León XIII:
«La secta de los masones también tiene puesta la mira, con suma conspiración de voluntades, en arrebatar para sí la educación de los jóvenes». 
Después del divorcio, la secta se adueña ahora de la educación de la juventud. Es tan evidente que salta a la vista. Los progresos del laicismo en la enseñanza en los países del mundo entero son manifiestos. Organismos como la UNESCO, creados supuestamente para difundir la enseñanza en el mundo entero y luchar contra al analfabetismo, en realidad son manejados por la Masonería para difundir la educación laica y atea en el mundo entero con el falaz pretexto de permitir a todos los hombres acceder a la cultura. Nosotros lo veíamos muy bien en nuestras misiones. Nuestros mayores problemas eran con los organismos de la UNESCO, porque contaban con mucho dinero y ponían escuelas laicas en todos los lugares donde nosotros teníamos católicas, siendo que había muchos lugares en donde ponerlas y en que no había escuelas católicas. ¡Pues no! Las ponían a propósito cerca de las nuestras para destruir su influencia. Con el dinero que tenían era fácil y pagaban a los maestros mucho mejor de lo que nosotros podíamos hacerlo.

Afortunadamente, muchos africanos, incluso los musulmanes, aún tenían sentido común y preferían poner a sus hijos en nuestras escuelas católicas. Siempre teníamos una buena cantidad de musulmanes en nuestras escuelas, aunque sin sobrepasar el 15%. Los primeros en inscribirse eran los musulmanes y eso a causa de la religión. Los padres sabían que en nuestras escuelas enseñábamos la religión, aunque no para convertirlos o para que se hiciesen católicos. Eso, por desgracia, era imposible. Si un niño musulmán era el primero en catecismo, era imposible que hiciera su primera comunión. Algunas veces el niño lloraba cuando veía a los demás ir a comulgar, siendo que él, el primero en catecismo, no lo podía hacer. No lo entendía. Pero, a causa de sus padres, no se podía hacer nada, pues si se enteraban de que habíamos dado a un niño la primera comunión en secreto, nos habrían quemado la escuela. Era, pues, imposible convertirlos, pero tenían tal sentido de la religión que querían que la enseñáramos a sus hijos.

El Papa denuncia la influencia de la Masonería en la educación de la juventud:
«Ven cuán fácilmente pueden amoldar a su capricho esta edad tierna y flexible, y torcerla hacia donde quieran, y nada más oportuno para lograr que se forme así para la sociedad una generación de ciudadanos tal cual ellos se la forjan. Por tanto, en punto de educación y enseñanza de los niños, nada dejan al magisterio y vigilancia de los ministros de la Iglesia, habiendo llegado ya a conseguir que en varios lugares toda la educación de los jóvenes esté en manos de laicos, de suerte que, al formar sus corazones, nada se les diga de los grandes y santísimos deberes que unen al hombre con Dios».

En países como Italia, hace poco existía todavía la obligación de enseñar la religión católica en las escuelas, pero desde el nuevo Concordato ya no. Aún no ha entrado enteramente en vigor y la nueva legislación, todavía más laica, tolera que los sacerdotes enseñen la religión en las escuelas. Por el momento los padres son libres de procurar que en la escuela se les dé una enseñanza católica a sus hijos y los sacerdotes reciben sueldo del Estado. Pero la intención de los legisladores es suprimir el sueldo a los sacerdotes. Con eso ya no habrá más sacerdotes que impartan enseñanza católica en las escuelas.

Los sacerdotes tendrán que organizar el catecismo fuera de ellas, como por desgracia sucede en Francia. Y en ese caso los masones, que quieren destruir la enseñanza católica, se las arreglarán para establecer los programas de tal manera que, dando aparentemente cierta libertad a los niños para que vayan al catecismo, las clases serán siempre en las horas de recreo o cuando tengan necesidad de distraerse. En esos momentos es cuando se les dará a los niños la posibilidad de ir al catecismo, para hacerles más difícil la clase. Tendrán que hacer un sacrificio para poder conseguir una educación cristiana. ¡Ni pensar en pedir a todos los padres que firmen un papel pidiendo la educación cristiana para sus hijos!

Los derechos del hombre
León XIII pasa luego a la tesis que dice que todos los hombres tienen iguales derechos.
«Vienen enseguida los principios de la ciencia política. En este género dogmatizan los naturalistas que todos los hombres tienen iguales derechos y son de igual condición en todo…»
Es el primer artículo de los “derechos del hombre”: todos los hombres son iguales. Como dice después el Papa, por supuesto que todos los hombres, por su naturaleza común, son iguales ante Dios, pero de hecho no son iguales en cuanto a los dones naturales, ni por consiguiente, en cuanto a su función en la sociedad. Siguiendo el análisis de la democracia que quiere la Masonería, el Papa denuncia otro principio falso: la libertad social natural del hombre.
«… y que todos son libres por naturaleza; que ninguno tiene derecho para mandar a otro, y el pretender que los hombres obedezcan a cualquier autoridad que no venga de ellos mismos es pro-piamente hacerles violencia».

La ideología democrática acaba con la autoridad
La soberanía popular es el principio del sistema democrático moderno. Según él, la autoridad reside en todos los hombres y en el pueblo, que le confiere a una persona su propia autoridad, pero nadie tiene derecho de mandar a los demás. Eso también nos lo dice la filosofía tomista, pero con la razón de que es Dios quien nos manda. Nosotros decimos que los que participan a la autoridad de Dios. No es porque se trate de tal o cual persona, sino porque están revestidos de una autoridad que se les confiere a través de circunstancias naturales o, en dado caso, por una elección; pero su autoridad viene de Dios. Eso es lo que dice la Iglesia. No importa el medio con que la hayan recibido. Por ejemplo: la autoridad del padre de familia se la confiere la naturaleza. No son los hijos los que confieren la autoridad a su padre. ¡Aún no se ha llegado a algo tan absurdo. Cuántas cosas pasaron que fueron causa de que algunas familias se convirtiesen en familias Re-ales. Eran personalidades que surgían, diría yo, con el consentimiento tácito de la población, sobre todo cuando había que defender al país contra los enemigos. Había que tener un jefe que mandase, que organizase la sociedad para su bien y que protegiese al pueblo contra los enemigos de afuera. Instintivamente, el pueblo reconocía la autoridad del que había conseguido proteger al pueblo con sus dotes e inteligencia. Se le consideraba rey. Esos dones que Dios concede a los hombres eran, por consiguiente, dotes naturales, y una vez que ellos se convertían en reyes o se les reconocía como príncipes, creaban un linaje, porque, como dice el Papa, es ridículo decir que todos somos iguales. No tenemos las mismas cualidades, ni la misma inteligencia, ni la misma fuerza física. Unos son muy diestros con sus manos y otros no saben hacer nada con ellas. Unos son muy inteligentes y otros menos. Somos todos desiguales y Dios lo ha querido así. Ha querido esa desigualdad y diferencias, precisamente para que nos completemos y nos ayudemos unos a otros, y podamos compartir nuestros dones con los que han recibido menos. Eso es la sociedad. Aunque hay hombres que son patronos, que tienen una fábrica y la dirigen, también ellos necesitan a los demás. Si no hubiera quien trabajase manualmente, ¿qué harían? Existe esa necesidad de completarse. Los obreros necesitan un patrono que piense en toda la organización de la fábrica, en la comercialización de los productos, en la búsqueda de nuevos mercados, etc. Dios ha creado así a los hombres. Ha querido que la sociedad sea organizada, ordenada y orgánica, y no una masa de hombres, como pretenden los masones y liberales; una masa informe de hombres absolutamente idénticos y con los mismos derechos. Ese concepto es absolutamente falso y contrario a la naturaleza.

León XIII critica ese concepto totalmente equivocado y lo describe así:
«Todo está, pues, en manos del pueblo libre; la autoridad existe por mandato o concesión del pueblo; tanto que, mudada la voluntad popular, es lícito destronar a los príncipes aun por la fuerza».
Ahora vemos perfectamente la situación en que se hallan todos los países con la multiplicación de las elecciones. Apenas son elegidos los candidatos, ya piensan en la siguiente elección y se ponen a preparar la siguiente campaña electoral. Los políticos adulan al pueblo diciendo que van a hacer tal o cual cosa para obtener sus votos en la siguiente campaña electoral. Eso es absurdo y conduce a una sociedad totalmente ridícula. El que dispone de más medios y dinero y sabe seducir mejor a los electores, es el que tendrá más influencia y saldrá elegido, y no el que tenga más cualidades para ser jefe de Estado.
León XIII subraya además el carácter no solamente antinatural sino también ateo de la democracia masónica.
«Conviene, además, que el Estado sea ateo; no hay razón para anteponer una a otra entre las varias religiones, pues todas deben ser igualmente consideradas».

La Masonería prepara el camino al comunismo
El Papa ve hasta dónde van a llegar los principios políticos que profesa la Masonería:
«Con esto dejan expedito el camino a no pocos más audaces que se inclinan a peores opiniones, pues proyectan la igualdad y comunidad de toda la riqueza, borrando así del Estado toda diferencia de clases y fortunas».
Este concepto es de los comunistas, dice el Papa. Así que al profesarlo, los masones preparan el camino al comunismo. Sería un error pensar que los masones no son la causa del comunismo. Qui-zás no quieren ver instauradas todas las consecuencias que supone, pero de hecho sus propios principios lo preparan.

Perversidad de la Masonería
El Papa, después de haber expuesto los principios de los masones y sus consecuencias, indica el juicio que hay que hacer de ellos.
«De lo que sumariamente hemos referido aparece bastante claro qué es y por dónde va la secta de los masones. Sus principales dogmas discrepan tanto y tan claramente de la razón, que nada puede ser más perverso».
Así que se trata de una oposición total a los principios de la razón. Aunque se digan racionalistas y naturalistas, los principios de los masones son absolutamente contrarios a los principios naturales y racionales.

«Querer acabar con la religión y la Iglesia, fundada y conservada perennemente por el mismo Dios, y resucitar después de dieciocho siglos las costumbres y doctrinas gentílicas, es necedad in-signe y muy audaz impiedad. (…) En tan feroz e insensato propósito parece reconocerse el mismo implacable odio o sed de venganza en que arde Satanás contra Jesucristo».

La hora de Satanás
El juicio que formula el Papa es claro y formal. Este plan viene de Satanás. Los planes de los masones son satánicos y están inspirados por el odio contra Nuestro Señor Jesucristo. Hay que ver las cosas precisamente como las describe León XIII para comprender el origen y los motivos de esta guerra llevada con tanta inteligencia y, diría yo, con tanta prudencia, contra las instituciones cristianas y, por consiguiente, para oponerse al reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Han hecho esta guerra desde hace varios siglos en el mundo entero. Por eso no puede ser que el origen de semejante plan y realización sólo sean hombres; su origen no puede ser más que al demonio. Realmente es la ciudad del demonio, que se organiza contra Nuestro Señor Jesucristo y contra la ciudad cristiana.

Evidentemente, Satanás es malvado y notablemente inteligente. Sabe disfrazarse a veces con la violencia, a veces disimulándola con apariencias muy humanitarias, y a veces con doctrinas muy absolutas como la del comunismo y después con el liberalismo, que se compone de un buen número de variantes, de tal modo que uno se pierde. Muchos se dejan atrapar por ese lenguaje ambiguo utilizado para embaucar a la gente sencilla que no reflexiona y se deja arrastrar. Por supuesto que todos los hombres son libres, iguales y hermanos. Pero aquí no se trata de la libertad, igualdad ni fraternidad verdaderas. Hay que tratar de comprender bien los móviles y objetivos de esta lucha realmente satánica. El Papa no tiene ningún empacho y acusa categóricamente a Satanás de ser el origen de todas estas doctrinas masónicas, que deshonran al hombre, a la familia y a la sociedad.

«El empeño de los masones —el de destruir los principales fundamentos de lo justo y con esto, y animar así a los que, a imitación del animal, quisiera fuera lícito cuanto agrada— no es otra cosa que empujar el género humano ignominiosa y vergonzosamente a su extrema ruina. Aumentan el mal y los peligros que amenazan a la sociedad doméstica y civil. Porque, como otras veces lo hemos expuesto, hay en el matrimonio, según el común y casi universal sentir de todos los pueblos y siglos, algo de sagrado y religioso: veda, además, la ley divina que pueda disolverse. Pero si esto se permitiera, si el matrimonio se hace profano, necesariamente ha de seguirse en la familia la discordia y la confusión, cayendo de su dignidad la mujer y quedando incierta la prole, tanto sobre sus bienes como sobre su propia vida».

La delincuencia que engendra la Masonería

Es interesante observar las consecuencias del comportamiento de los masones. Por una parte crean obras laicas para los jóvenes y niños, y al mismo tiempo hacen todo lo necesario para llenar de ellos las cárceles.No dejan a la Iglesia impartir la educación católica, cuya moral rechazan, y difunden la deshonestidad, el vicio, las películas y obras pornográficas, etc. Hacen todo para corromper a la juventud y después ha sido necesario construir prisiones para los niños delincuentes y hospitales psiquiátricos o reformatorios. Es increíble; todo eso antes no se conocía. Los reformatorios solían ser orfanatos, administrados por religiosas o los hermanos de San Juan de Dios. Actualmente, en Francia, están por ejemplo, las hermanas de Poncalec, donde la policía lleva a los niños abandonados por sus padres.

Había obras como esas, en las que los niños encontraban un ambiente de familia y un afecto de parte de esos hermanos o hermanas que los habían recibido. Sin embargo, esas congregaciones fue-ron perseguidas y sus miembros expulsados. Se ha hecho todo lo posible para hacer desaparecer esas obras y, supuestamente, crear otras obras secularizadas. El resultado ha sido que se han tenido que construir prisiones para niños, que son auténticos campos de concentración y donde reinan todos los vicios, o, como hay demasiados delincuentes, no se les hace nada; no se los puede encerrar a todos. Eso es lo que vemos que pasa ahora en todos los países, es decir: el aumento de la delincuencia, de los robos, de la droga… Suiza no está exenta de estas agitaciones que afectan a la juventud. En Zurich y en Lausana se han visto bandas de jóvenes que roban autos, rompen escaparates de los comercios para robar y se comportan como auténticos bandidos mientras la policía se contenta con mirar, pues no sabe qué hacer. Comprueba los hechos, atrapa a algunos de ellos, los interroga… Van a la cárcel unos días, y luego los dejan libres y las cosas vuelven a empezar. Las autoridades responsables no saben cómo gobernar la sociedad, a la que han arrancado todas sus bases morales. Se ha suprimido todo lo que podía ofrecer a los jóvenes elementos para una vida conveniente y ordenada. En nombre de la libertad, se han suprimido todas las barreras... ¡Es espantoso!

La propagación de la droga es un ejemplo. Es una plaga terrible que se difunde hasta en las escuelas que aún siguen siendo católicas. Nadie consigue decir qué se puede hacer para poner fin a ese mal que se propaga cada vez más. Si hemos llegado a ese punto es porque ya no se quiere imponer la ley moral ni la ley de Dios. El decálogo ya no es la base de las sociedades, ni de la familia ni de la enseñanza.

No hay más que los “derechos del hombre”, derecho a la libertad. ¡La libertad!: ahí vemos los resultados.

La revolución y el deseo de cambio

La doctrina de los masones según la cual los hombres son iguales arruina toda autoridad en la organización política de la sociedad civil. Si ese concepto se aplicara a la Iglesia, quedaría arruinada toda su estructura. Ella es esencialmente jerárquica y la autoridad la confieren las autoridades superiores, salvo la elección del Papa en el cónclave. El Papa designa a los obispos, los obispos llaman a los sacerdotes, etc. La Iglesia es una sociedad enteramente jerárquica, cuya organización se opone a las doctrinas racionalistas de los masones.

Cuando se aplican las doctrinas de los masones —dice el Papa— sus consecuencias conducen a la Revolución.

«De los turbulentos errores, que ya llevamos enumerados, han de temerse los mayores peligros para los Estados. Porque, quitado el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, menospreciada la autoridad de los príncipes, consentida y legitimada la manía de las revoluciones, sueltas con la mayor licencia las pasiones populares, sin otro freno que el castigo, ha de seguirse necesariamente el trastorno y la ruina de todas las cosas. Y aun precisamente esta ruina y trastorno, es lo que a con-ciencia maquinan y expresamente proclaman unidas las masas de comunistas y socialistas, a cuyos designios no podrá decirse ajena la secta de los masones, pues favorece en gran manera sus planes y conviene con ellas en los principales dogmas. (…) masones.¡Ojalá juzgasen todos del árbol por sus frutos y conocieran la semilla y principio de los males que nos oprimen y los peligros que nos amenazan! Tenemos que habérnoslas con un enemigo astu-to y doloso que, halagando los oídos de pueblos y príncipes, ha cautivado a unos y otros con blandura de palabras y adulaciones. Al insinuarse entre los príncipes fingiendo amistad, pusieron la mi-ra los masones en lograrlos como socios y colaboradores poderosos para oprimir a la religión católica (…) No de otro modo engañaron, adulándolos, a los pueblos. Voceando libertad y prosperidad pública, haciendo ver que por culpa de la Iglesia y de los monarcas, no había salido ya la multitud de su inicua servidumbre y de su miseria, engañaron al pueblo, y, despertada en él la sed de novedades, le incitaron a combatir contra ambas potestades».

CONTINUA...