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miércoles, 16 de diciembre de 2015

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


CAPÍTULO 3
Encíclica Qui pluribus
del Papa Pío IX
sobre el racionalismo y otros errores modernos
difundidos por los Masones

(9 de noviembre de 1846)



En su encíclica Qui pluribus, del 9 de noviembre de 1846, el Papa Pío IX proporciona aún más detalles que sus predecesores respecto a la acción que ejercen los Masones. Hay que destacar que ésta fue su primera encíclica y es bastante larga, lo que muestra con qué importancia el Papa trató este tema. Al principio, lo mismo que más tarde San Pío X en su primera encíclica, expresa su admiración y sus aprehensiones ante el peso del cargo que acaba de recibir: «…Apenas hemos sido colocados en la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, sin merecerlo, y recibido el encargo, del mismo Príncipe de los Pastores, de hacer las veces de San Pedro, apacentando y guiando, no sólo corderos, es decir, todo el pueblo cristiano, sino también las ovejas, es decir, los Prelados»…El Papa manifiesta enseguida su deseo de dirigirse a los obispos y fieles: «…nada deseamos tan vivamente como hablaros con el afecto íntimo de caridad. No bien tomamos posesión del Sumo Pontificado, según es costumbre de Nuestros predecesores, en Nuestra Basílica Lateranense, en el año os enviamos esta carta»…

El Papa comienza exponiendo la situación de la Iglesia en el momento de asumir el cargo de Sumo Pontífice:
«Sabemos, Venerables Hermanos, que en los tiempos calamitosos que vivimos, hombres unidos en perversa sociedad e imbuidos de malsana doctrina, cerrando sus oídos a la verdad, han desencadenado una guerra cruel y temible contra todo lo católico, han esparcido y diseminado entre el pueblo toda clase de errores, brotados de la falsía y de las tinieblas. Nos horroriza y Nos duele en el alma considerar los monstruosos errores y los artificios varios que inventan para dañar»…

Se ha dicho algunas veces que Pío IX, en los primeros años de su pontificado, se mostró liberal y que después, con la experiencia del ejercicio del pontificado, se volvió muy firme y se mostró como un luchador admirable, sobre todo, por supuesto, en el momento en que publicó su encíclica Quanta cura y el famoso Syllabus, que provocó el horror de todos los progresistas y liberales de esa época. Pero eso no es cierto. Es una especie de leyenda que circuló, pero es falsa. El Papa Pío IX, desde su primera encíclica, se revela como un hombre de fe, luchador y tradicional:«Porque sabéis, Venerables Hermanos, que estos enemigos del hombre cristiano, arrebatados de un ímpetu ciego de alocada impiedad, llegan en su temeridad hasta a enseñar en público, sin sentir vergüenza, con audacia inaudita abriendo su boca y blasfemando contra Dios (Apoc. 3, 6), que son cuentos inventados por los hombres los misterios de nuestra Religión sacrosanta, que la Iglesia va contra el bienestar de la sociedad humana, e incluso se atreven a insultar al mismo Cristo y Señor».El Papa se da cuenta de que las sectas condenadas desde hace más de un siglo por sus predecesores continúan viviendo y a su vez denuncia el mal que siguen perpetrando con sus doctrinas perversas.

El error del racionalismo

«Con torcido y falaz argumento, se esfuerzan en proclamar la fuerza y excelencia de la razón humana, elevándola por encima de la fe de Cristo, y vociferan con audacia que la fe se opone a la razón humana. Nada tan insensato, ni tan impío, ni tan opuesto a la misma razón».

Evidentemente, en el fondo el vicio radical de estos enemigos de la Iglesia es el de proclamar a la razón humana independiente y decir que todo lo que le sobrepasa y no puede comprender, como los misterios, por supuesto, es inadmisible. “La razón humana es preponderante —dicen—; tiene que dominar y no se le puede pedir que se someta a nadie ni a nada que no pueda comprender”.

Por esto, el Papa Pío IX afirma la superioridad de la fe sobre la razón y muestra que no pueden contradecirse entre sí:«Porque aun cuando la fe esté sobre la razón, no hay entre ellas oposición ni desacuerdo alguno, por cuanto ambos proceden de la misma fuente de la Verdad eterna e inmutable, Dios Optimo y Máximo».La fe está por encima de la razón. La razón, con su luz natural, no puede comprender los misterios sobrenaturales que son el objeto de la fe. Sin embargo, la fe no se opone a la razón. Por supuesto, no podemos comprender ni la fe ni nuestros misterios, pero nuestra fe en estos misterios es algo razonable y se funda en motivos válidos: la apologética, y la credibilidad de quienes nos han enseñado lo que sabemos, en particular Nuestro Señor Jesucristo que nos ha enseñado estos misterios.

¿Por qué creemos? Por la autoridad de Dios, autor de la revelación, por supuesto; y a nivel huma-no, también tenemos sólidos motivos para creer. Cuando la Iglesia nos pide que creamos, no nos pide nada contrario a la razón. Nos pide, evidentemente, que hagamos un acto que está por encima de nuestra razón y que asintamos a verdades que no podemos comprender en este mundo: el misterio de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, de la Redención, etc.Si la Iglesia nos pide que creamos en misterios, no lo hace de un modo irracional, sino al contra-rio, basado en motivos de credibilidad, como los milagros de Nuestro Señor y que prueban que El era Dios. Como El lo probó, tenemos que creer en sus palabras que proceden de Dios y no podemos oponernos a El.La fe no sólo no contradice a nuestra ciencia sino que le es un complemento infinitamente más elevado y más grande, pues este conocimiento nos viene de Dios y no simplemente de nuestra razón humana.

La filosofía, al servicio de la teología

Santo Tomás de Aquino ha dicho que la filosofía es la sierva de la teología, pues la ciencia teológica es mucho más elevada que la filosófica. La ciencia filosófica tiene que ponerse al servicio de la teológica para mostrarnos precisamente que la teología no se opone de ningún modo a la razón, aun cuando está por encima de la humana comprensión. Pero el principio básico de todas las filosofías modernas rechaza categóricamente toda verdad re-velada como algo impuesto. Este argumento supone que el entendimiento, únicamente con las luces de la razón natural, puede comprender todas las verdades.

La razón individual no puede demostrarlo todo

Este concepto no solamente es falso cuando se refiere a las verdades de la fe, sino que también lo es cuando se refiere a las verdades que pertenecen a la razón, a la filosofía y a la ciencia humana. En efecto, ¿cuántas cosas tenemos que aceptar sin poderlas comprobar? Aunque se diga: “Sí, pero la razón podría comprobarlas”. De acuerdo. Por ejemplo: se nos enseñan los principios de la filosofía, cuya evidencia no siempre podemos tener; y lo mismo vale para todas las ciencias. No podemos volver a hacer los razonamientos que los hombres han ido desarrollando durante siglos desde que la ciencia empezó a dar sus primeros pasos, pues se ha ido acumulando desde que los hombres existen, y no se puede saber todo ni volver a descubrirlo todo. ¿Cómo se puede imaginar que todos los que nacen dijeran: “Yo no quiero que nadie me enseñe, ni quiero ningún profesor ni maestro; todo lo quiero saber por mí mismo”? Sería imposible. ¿Quién puede conocer todas las ciencias por sí mismo? Nos vemos obligados a tener maestros y a recibir una enseñanza, precisamente para progresar mucho más rápido en la ciencia. Si cada uno tuviera que volver a descubrir todos los razonamientos científicos para hallar el origen y la evolución de todas las leyes, como llegar a definir tal o cual principio filosófico o ley química, nadie lo conseguiría.

Existencia de misterios incluso naturales

Los que dicen: “Yo no creo nada de lo que me dicen; tengo que poderlo probar yo mismo”, son insensatos, porque obrando de este modo no se podría saber nada. También en la naturaleza hay misterios. Inevitablemente se llega a la conclusión de que existe un Dios creador de todas las cosas y que nos ha creado. Por ejemplo: la filosofía demuestra que hay un ser primero, infinitamente activo, inteligente y poderoso, al que se llama Dios, que tiene que ser el autor de todo lo que vemos y somos. Si queremos ahondar un poco en la noción de la creación, nos damos cuenta que es un gran miste-rio. ¿Cómo puede Dios, autor de toda la creación, crear seres que no sean El mismo pero que no estén fuera de El, puesto que nada puede estar fuera de Dios? Es un misterio. ¿Cómo considerar la libertad humana y la omnipotencia de Dios? Dios, en cierto modo, sostiene nuestros actos libres en el ser. No podemos hacer ningún acto libre sin que Dios esté presente. Algunos se inclinan a decir que Dios lo hace todo y, por así decirlo, no somos libres; mientras que otros pretenden que el hom-bre, al ser libre, hace todo y que Dios no interviene para nada. Eso no puede ser, porque sería pre-tender que en algunos actos Dios no está presente, siendo que no existe ningún ser ni se lleva a cabo ninguna acción sin que Dios le dé con qué; de otro modo, nosotros seríamos Dios. Si pudiésemos hacer alguna obra solos, sin la intervención de Dios, seríamos los autores del ser, y en ese caso podríamos hacer a todos los seres; pero no es así, pues no lo podemos hacer. Es algo que no quieren admitir los que no aceptan que hay misterios en la naturaleza. Por una parte vemos, pues, que por la apologética, la razón demuestra los fundamentos naturales de la fe y que a su vez la fe nos ilumina aun respecto a los misterios sencillamente naturales. Como dice el Papa Pío IX, la fe y la razón no sólo no se oponen sino que: «de tal manera se prestan mutua ayuda, que la recta razón demuestra, confirma y defiende las verdades de la fe; y la fe libra de errores a la razón, la ilustra, confirma y perfecciona con el cono-cimiento de las verdades divinas».

Como otros racionalistas apelan al progreso indefinido de la razón humana contra la supremacía de la fe y contra la inmutabilidad de las verdades de fe, el Papa también los condena:«Con no menor atrevimiento y engaño, Venerables Hermanos, estos enemigos de la revelación, exaltan el humano progreso y, temeraria y sacrílegamente, quisieran enfrentarlo con la Religión católica como si la Religión no fuese obra de Dios sino de los hombres o algún invento filosófico que se perfecciona con métodos humanos».El Papa precisa entonces su refutación de lo que, más tarde, se iba a llamar semirracionalismo:«Nuestra santísima Religión no fue inventada por la razón humana, sino clementísimamente manifestada a los hombres por Dios. Se comprende con facilidad que esta Religión ha de sacar su fuerza de la autoridad del mismo Dios, y que, por lo tanto, no puede deducirse de la razón ni perfeccionarse por ella».

La credibilidad de la Revelación
 «Yo no existiría, Dios mío, ni podría existir si Vos no estuvieseis en mí, o más bien, yo no sería si no estuviese en Vos de quien todo procede, por quien todo existe y en quien todo se conoce». San Agustín, Confesiones, Lib. 1, cap. 2. Siguiendo al Papa vamos a desarrollar la cuestión de los motivos de credibilidad de la Revelación y, por lo tanto, de nuestra fe: «La razón humana —dice Pío IX— para que no yerre ni se extravíe en negocio de tanta importancia, debe escrutar con diligencia el hecho de la divina revelación, para que le conste con certeza que Dios ha hablado, y le preste, como dice el Apóstol un razonable obsequio (Rom. 13,1)».

La Iglesia no nos pide que hagamos un acto contrario a la razón. La fe está por encima de la razón, pero el acto de la fe es rationi consentaneus, es decir, está de acuerdo con la razón.

Hay una cierta semejanza con lo que se llama la fe humana. Cuando los maestros imparten su enseñanza legítimamente, podemos pensar que se les puede creer. Hay suficientes razones que de-muestran que la enseñanza que da el maestro tiene todos los caracteres de credibilidad. Podemos confiar en él porque creemos que conoce realmente la materia que enseña, y porque los libros de dónde saca su ciencia son fuentes legítimas y válidas; por eso creemos lo que dice.Existe, pues, una fe humana. Ya que damos nuestro asentimiento a las ciencias naturales creyendo en la autoridad natural de los maestros que nos las enseñan, no hay motivo para no obrar del mismo modo cuando habla Dios, aunque sólo fuera por los milagros que ha hecho al cumplir todas las profecías que hizo en el transcurso de todos los siglos y que Nuestro Señor realizó punto por punto y palabra por palabra. ¿Por qué no creer que El que nos ha hablado así es Dios? Por consiguiente, ¿cómo no asentir a lo que enseña?

Además hay otras pruebas, puesto que se ha manifestado como dueño de la naturaleza al mandar a las olas, a los vientos y a la vida misma, y al haber resucitado a los muertos. Pero la cosa más extra-ordinaria es el haberse resucitado a Sí mismo. Habiendo probado de este modo que era Dios, tenemos que creer razonablemente en sus palabras.A los que dicen: “¡Sí!, pero nosotros no lo hemos visto ni escuchado”, la Iglesia les da todas las pruebas de su propia credibilidad. La Iglesia es la continuación de Nuestro Señor, que transmite su palabra de generación en generación. La Iglesia tiene en sí todas las pruebas, y sobre todo la mayor e irrefutable: su santidad.

Dios es santo. No podemos imaginar lo contrario. Dios tiene que producir frutos de santidad. Está claro que la Iglesia misma es santa, aunque sólo fuese por todos los santos que le pertenecen, por todos los hijos que ella ha formado y por todas las obras de caridad que ha difundido en el mundo entero. La Iglesia ofrece suficientes pruebas para que estemos seguros de que Dios nos habla por su medio. Por eso es necesaria la santidad de la Iglesia, hasta en sus mismos detalles. Por ejemplo: el sacerdote, el párroco en su parroquia, es quien representa a la Iglesia. Si el sacerdote no cumple con su deber de santidad, eso supone un problema grave para los fieles.

Sin duda ya saben que su párroco no es el único sacerdote de la Iglesia; están suficientemente instruidos para saber que forman parte de una diócesis, que es la que constituye la familia cristiana, y por eso tienen otras pruebas.Pero, con todo, para ellos el sacerdote representa a la Iglesia, realmente es el hombre de Iglesia. Así que si él no manifiesta una cierta santidad, se escandalizan, y a algunos puede hacerles perder la fe. Algunos la han perdido por culpa de los sacerdotes que se han comportado mal o han abandona-do su sacerdocio. Cuando esto se repite una o varias veces, es normal que pase eso. La gente necesita la credibilidad y tener pruebas.El Papa continúa su encíclica denunciando a esos hombres que ya no quieren que se hable de la fe, que la niegan de un modo poco razonable, y que difunden por todas partes los errores de que Nuestro Señor no es Dios, que la Iglesia no es de institución divina y que lo que ella enseña son cuentos.Todo esto está pasando después de tanto tiempo de cristiandad, durante el cual nadie se hubiera atrevido o ni siquiera imaginado decir semejantes cosas. Es un escándalo enorme para la cristiandad que hombres, supuestamente filósofos e inteligentes, difundan por todas partes: en periódicos, revistas y toda clase de libros, esas ideas contrarias a la Iglesia y a la religión católica.

Otros ataques contra la Iglesia

El Papa Pío IX prosigue sus palabras a los obispos, ratificando las condenaciones de sus predecesores:
«De aquí aparece claramente cuán errados están los que, abusando de la razón y tomando como obra humana lo que Dios ha comunicado, se atreven a explicarlo según su arbitrio y a interpretarlo temerariamente, siendo así que Dios mismo ha constituido una autoridad viva para enseñar el verdadero y legítimo sentido de su celestial revelación, para establecerlo sólidamente, y para dirimir toda controversia en cosas de fe y costumbres con juicio infalible, para que los hombres no sean empujados hacia el error por cualquier viento de doctrina».

Dios ha establecido a Pedro para que, al hablar como cabeza de la Iglesia, confirme y precise la definición de la fe con sus juicios infalibles. Qué grave es que los sucesores de Pedro ya no empleen un lenguaje claro y nítido, como lo emplearon la mayor parte de los Papas cuando expresaban la verdad; y que usen palabras nuevas, modernas y ambiguas que, al no ser precisas, desconciertan. Después del Concilio Vaticano II ya no sabemos en qué confiar. Esto genera una inquietud muy profunda en el espíritu de los fieles y es algo muy grave.

«Nos, que por inescrutable juicio de Dios hemos sido colocados en esta Cátedra de la verdad, ex-citamos con vehemencia en el Señor, vuestro celo, Venerables Hermanos, para que exhortéis con solícita asiduidad a los fieles encomendados a vuestro cuidado (…) Conocéis también, Venerables Hermanos, otra clase de errores y engaños monstruosos, con los cuales los hijos de este siglo atacan a la Religión cristiana y a la autoridad divina de la Iglesia con sus leyes, y se esfuerzan en pisotear los derechos del poder sagrado y el civil. Tales son los nefandos conatos contra esta Cátedra Ro-mana de San Pedro, en la que Cristo puso el fundamento inexpugnable de su Iglesia. Tales son las sectas clandestinas salidas de las tinieblas para ruina y destrucción de la Iglesia y del Estado, condenadas por Nuestros antecesores, los Romanos Pontífices».Como sus predecesores, el Papa muestra que, con espíritu racionalista, se están difundiendo otros errores contra la Iglesia y su doctrina, que tienen como objetivo destruirla. Denuncia en particular a las Sociedades Bíblicas, que distribuyen gratuitamente y de modo masivo versiones falsificadas de las Sagradas Escrituras.

El indiferentismo en materia religiosa

Luego señala otro motivo para condenar a las sectas masónicas, que es:

«...el sistema perverso y opuesto a la luz natural de la razón que propugna la indiferencia en materia de religión, con el cual estos inveterados enemigos de la Religión, quitando toda diferencia entre la virtud y el vicio, entre la verdad y el error, entre la honestidad y la vileza, aseguran que en cualquier religión se puede conseguir la salvación eterna…»

Está dicho con toda claridad, y lo podrían meditar los sucesores de Pedro que se han apartado de la sana doctrina. «…como si alguna vez pudieran entrar en consorcio la justicia con la iniquidad, la luz con las ti-nieblas, Cristo con Belial (2 Cor. 6, 15)».

Ataques contra el celibato sacerdotal

Llegando al cuarto objetivo de estas sectas, el Papa Pío IX lo precisa así:«Tal es la vil conspiración contra el sagrado celibato clerical».Los ataques contra el celibato de los sacerdotes no son algo nuevo de nuestra época. El Papa escribía esto en 1846. Por consiguiente, no es ninguna novedad ver que en hoy se ejercen muchas presiones, incluso por parte de los obispos, a favor del matrimonio de los sacerdotes o de la ordenación de sacerdotes casados, que tienden a suprimir así el celibato del clero.

«Conspiración que, ¡oh dolor! algunas personas eclesiásticas apoyan…»

Hay miembros del clero que se unen a de los masones para intentar destruir el celibato eclesiástico, «…olvidadas lamentablemente de su propia dignidad, dejan vencerse y seducirse por los halagos de la sensualidad; tal la enseñanza perversa, sobre todo en materias filosóficas, que engaña y corrompe lamentablemente a la incauta juventud…»

El comunismo, doctrina destructora

Además de los ataques contra el celibato sacerdotal, el Papa denuncia los temibles peligros del comunismo:
«…y le da a beber hiel de dragón (Deut. 32, 33) en el cáliz de Babilonia (Jer. 51, 7), tal la nefanda doctrina del comunismo, contraria al derecho natural…»

Ya en esta época el Papa se alzó contra las sectas que son el origen de la falsa y abominable doctrina del comunismo. Con cien años de antelación describe lo que iba a suceder.
Los Papas lanzaron solemnes advertencias claras, pero nadie los escuchó. Los jefes de Estado permanecieron sordos y nadie se preocupó de sus condenaciones. Los mismos obispos no fueron suficientemente valientes, toda la doctrina perversa se difundió rápidamente, y sucedió lo que había previsto el Papa Pío IX:

«…una vez admitida, echa por tierra los derechos de todos, la propiedad, y la misma sociedad humana».

No podía decirse mejor. ¿Qué queda hoy de los derechos del hombre en los países en que se ha establecido un gobierno comunista? Ya no hay propiedad, pues cede sus derechos en pro del colectivismo, y en lo que se refiere a la sociedad humana, ya no es una sociedad sino una esclavitud. El Papa evoca finalmente los medios que emplean las sectas para lograr sus fines, y principalmente la prensa y la edición de libros:

«la propaganda infame, tan esparcida, de libros y libelos que vuelan por todas partes y que enseñan a pecar a los hombres; escritos que, compuestos con arte, y llenos de engaño y artificio, esparcidos con profusión para ruina del pueblo cristiano… De toda esta combinación de errores y licencias desenfrenadas en el pensar, hablar y escribir, quedan relajadas las costumbres…»

¿Qué diría si viviese ahora? En su tiempo las “costumbres relajadas” que denuncia el Papa, si bien no eran aceptables, distaban mucho de las proporciones que vemos ahora.

«…despreciada la santísima Religión de Cristo, atacada la majestad del culto divino, vejada la potestad de esta Sede Apostólica, combatida y reducida a torpe servidumbre la autoridad de la Iglesia, conculcados los derechos de los Obispos, violada la santidad del matrimonio…»

También sobre este particular, en esa época no se podía ni siquiera imaginar la cantidad de familias que serían destruidas con la introducción de las leyes que permiten el divorcio, violando la santidad y la indisolubilidad del matrimonio. Desde que la ley del divorcio se introdujo en Italia se han registrado decenas de miles. En Francia, hay entre 80 y 100 mil divorcios cada año.Es la destrucción total de la familia. Los hijos no saben con quién irse, si con su padre o con su madre; quedan completamente abandonados. Sin ninguna tutela, los niños se convierten en presa de la delincuencia; luego vienen los crímenes y robos, y después las cárceles para niños. Esos son los frutos del divorcio, producto de nuestra “hermosa” sociedad liberal. «…y todos los demás males que nos vemos obligados a llorar, Venerables Hermanos, con común llanto».

Directivas pontificias: en primer lugar, defender la fe

Ante este cuadro siniestro de lo que han logrado las sociedades secretas, el Papa se pregunta qué hay que hacer.

«En tal vicisitud de la Religión y contingencia de tiempo y de hechos…»
Se dirige a los obispos:«Sabéis muy bien que, en primer lugar, os incumbe a vosotros defender y proteger la fe católica».Es lo mismo que más tarde San Pío X pidió respeto a la enseñanza religiosa: frente a la ignorancia religiosa y los ataques contra la fe, hay que defender la fe católica.

«Esforzaos, pues, en defender y conservar con diligencia pastoral esa fe, y no dejéis de instruir en ella a todos, de confirmar a los dudosos, rebatir a los que contradicen; robustecer a los enfermos en la fe, no disimulando nunca nada, ni permitiendo que se viole en lo más mínimo la pureza de esa misma fe».

Nos hace bien que nos recuerden lo que tenemos que hacer. Todos, cada uno en su lugar, tenemos que defender la fe católica, que está atacada por todas partes y más ahora que nunca. Ahora el clero y los obispos la atacan cuando dan catecismos que no están de acuerdo con ella. El catecismo holandés y los que le han seguido ya no enseñan la fe católica. Es horrible ver que los obispos, cuya misión es la de ser defensores de la fe, son los que la corrompen. San Pío X decía que la liturgia es la “muralla de nuestra fe”. Ahora han destruido esta muralla. ¿Cómo extrañarse, pues, de que desaparezca la fe y de que ahora la gente ya no cree ni conoce sus rudimentos? Es inevitable y una consecuencia lógica. Volvamos a esos buenos Papas, que realmente eran defensores atentos de la fe, y que luchaban para preservarla y propagarla.

Ya hemos escuchado el lenguaje de Pío IX, de León XIII y de San Pío X, y escucharemos el de los Papas Pío XI y Pío XII. Todos ellos no dejaron de exhortar siempre a los obispos en el mismo sentido: defender la fe y mantenerla en su pureza. Ahora nos vemos obligados a comprobar que, a pesar de las advertencias que los Papas no dejaron de dar («a pesar de nuestra vigilancia, los errores han seguido progresando»), sigue el mal. Hoy podemos decir que a pesar de los esfuerzos que emplearon los últimos Papas hasta Pío XII —entre los cuales, por desgracia, no podemos incluir al Papa Pablo VI— nadie escuchó su voz, y hoy estamos en la más completa oscuridad. Después de haber pedido que se proteja la fe, el Papa exige que se denuncie a las sectas y sus astucias:«Y como es gran piedad exponer a la luz del día los escondrijos de los impíos y vencer en ellos al mismo diablo a quien sirven…».

Como decía el Papa León XIII, hay que desenmascarar a la Masonería para mostrar lo que es. Hay que descubrir sus errores, sus secretos y sus talleres de crimen:

«…os rogamos que con todo empeño pongáis de manifiesto sus insidias, errores, engaños, y maquinaciones ante el pueblo fiel; le impidáis leer libros perniciosos y le exhortéis con asiduidad a que, huyendo de la compañía de los impíos y sus sectas como de la vista de la serpiente, evite con sumo cuidado todo aquello que vaya contra la fe, la Religión y la integridad de costumbres».Ruega con firmeza a los obispos que denuncien los errores y que impidan que los “libros perniciosos” caigan en manos de los fieles. De ahí la necesidad del Índice.Pero lo primero que pidieron los modernistas al Concilio fue la supresión del Índice. Algunos de ellos decían: “¡Basta que un libro sea puesto en el Indice para que todo el mundo lo lea! Así, cuando se dice que tal película es pornográfica, todo el mundo va a verla”.En primer lugar, eso no es cierto. Además, no hay que dejar de denunciar el mal con pretexto de que, si se denuncia, habrá gente que lo va a hacer a propósito. En ese caso, ya no habría que denunciar ni siquiera el veneno, con el peligro que supone que todo el mundo se envenene. Cuando se ponía un libro en el Indice había muchas personas que no lo leían, y en los seminarios, universidades y escuelas católicos esos libros estaban prohibidos, y no se podían encontrar en las librerías católicas. Así que era algo importante.

“¡Ah, no! —dicen los modernistas—. ¡Es contrario a la libertad de expresión y de investigación!”. Y el resultado es que el veneno se ha difundido. La gente lee cualquier cosa. Ya no hay límites. Todo el mundo se puede envenenar como quiere. ¿Qué importa?A continuación el Papa da otro consejo que resumo así: “Procurad con todo empeño que los fieles amen la caridad, hagan que la paz reine entre sí y que no haya divisiones en el interior de la Iglesia; que todos tengan el mismo gusto en Nuestro Señor Jesucristo; el gusto de la verdad y de la misma palabra en Nuestro Señor Jesucristo”.


Los sacerdotes: llamados a una vida ejemplar

Pío IX habla luego de los sacerdotes y recuerda a los obispos, como lo han hecho todos los Papas, que la primera condición para transmitir la fe a los fieles de modo eficaz y ejemplar es la buena formación de los sacerdotes.«Mas como no haya nada tan eficaz para mover a otros a la piedad y culto de Dios como la vida y el ejemplo de los que se dedican al divino ministerio, y cuales sean los sacerdotes tal será de ordinario el pueblo»…Los fieles serán como sean sus sacerdotes. Hay un adagio en la Iglesia que, de algún modo con-firma este juicio: “Si el párroco es santo, los fieles serán fervorosos; si es fervoroso, los fieles serán mediocres; si es mediocre, los fieles serán malos; y si es malo… no queda nada”. ¡Siempre un grado menos!«…bien veis, Venerables Hermanos, que habéis de trabajar con sumo cuidado y diligencia para que brille en el Clero la gravedad de costumbres, la integridad de vida, la santidad y la doctrina…»

Para tener un buen clero, hay que pensar necesariamente en su formación, es decir: tener buenos seminarios. Es algo evidente, porque es sencillamente de sentido común:«(…) No se os oculta, Venerables Hermanos, que los ministros aptos de la Iglesia no pueden salir sino de clérigos bien formados, y que esta recta formación de los mismos tiene una gran fuerza en el restante curso de la vida. Esforzaos con todo vuestro celo episcopal en procurar que los clérigos adolescentes, ya desde los primeros años se formen dignamente tanto en la piedad y sólida virtud como en las letras y serias disciplinas, sobre todo sagradas».

En estas palabras el Papa se refiere a los seminarios menores. Es una institución que existía más o menos en todas partes, aunque no siempre del mismo modo. Por ejemplo: en Italia, la gran mayoría de las vocaciones en los seminarios mayores —un 95%— venían de los seminarios menores. Había colegios o seminarios menores, a donde los párrocos enviaban a los niños que, según su parecer, tenían aptitudes para el sacerdocio. Pero a la edad de 10 ó 12 años es muy difícil discernir ya si un niño tiene la semilla de la vocación. Los párrocos los enviaban de todos modos al seminario menor, donde prácticamente hacían toda su preparación para el seminario mayor. Algunos de ellos dejaban el seminario, pero no hay que creer que tantos. Allí estaba el semillero de vocaciones para los seminarios mayores. Eran muy pocos los seminaristas que venían de colegios o universidades. En Francia, podemos decir que el 50% de las vocaciones para el sacerdocio venían de los seminarios menores. Los Papas exhortaron siempre a los obispos a crear y mantenerlos. Se propagaron sobre todo en los países latinos: en América del Sur, en España, en Portugal… Se puede decir que algunos colegios eran en realidad casi seminarios menores, porque esos lugares eran auténticos colegios católicos que dependían enteramente de la diócesis y cuyos profesores, en gran parte, eran sacerdotes. Esto ayudaba a los jóvenes a la reflexión y a preguntarse si no iban a seguir su ejemplo.

Cuando yo fui alumno del colegio del Sagrado Corazón en Lille, cada año la mitad de los alumnos de filosofía —es decir, unos 15— entraban en la congregación de los Padres del Espíritu Santo o en los seminarios. Era un colegio que valía tanto como un seminario menor. Pero cabe decir que en ese tiempo teníamos a 35 sacerdotes como profesores, y eso que nosotros éramos 500 alumnos. Por su-puesto, era algo considerable, pero así los sacerdotes podían ver a cada joven en particular, seguir-los, hablar con ellos, confesarlos y dirigirlos. Así es como salían tantas vocaciones de este colegio.Ahora los colegios se han vuelto mixtos, como ocurrió con el que acabo de mencionar, donde ¡incluso se suprimió la Capilla! De vez en cuando tiene lugar una gran ceremonia en el gimnasio… En la actualidad, hay cuatro o cinco sacerdotes, pero todos los demás son seglares. El resultado es que ya no hay vocaciones. Nosotros quisiéramos hacer algo parecido en nuestros colegios, como en Saint Mary’s (Kansas, Estados Unidos) y en otros lugares. Nos gustaría que fueran buenos colegios católicos, que no estén reservados sólo para los jóvenes que puedan tener vocación, pero no cabe duda que la mayor parte de las vocaciones nos vendrán gracias a ellos.

Ya hemos tenido resultados positivos con nuestra escuela de Saint-Michel, cerca de Chateauroux, y en la de L’Etoile du Matin; e igualmente con la escuela de las hermanas dominicas de Fanjeaux.No cabe duda que las escuelas nos darán vocaciones. Es lo que pedían los Papas. Sin abrir seminarios menores, tendremos escuelas que cumplirán la misma función.

El magisterio de ayer y el de hoy

Las cartas que recibimos de Roma y de los que nos atacan, nos acusan de que no aceptamos el magisterio de la Iglesia. Sin embargo, yo no creo que haya otro seminario en todo el mundo como el de Ecône, donde se estudian los documentos de los Papas para conocer el magisterio de la Iglesia y someterle nuestra inteligencia.Somos objeto de acusaciones y de persecuciones precisamente porque sentimos una gran veneración hacia este magisterio, y sentimos mucho respeto por los documentos pontificios que lo constituyen. No podemos imaginar el estar de acuerdo con lo que contradice a lo que los Papas han dicho siempre. Este es todo nuestro problema desde el Concilio Vaticano II.

¿Se puede adherir al modernismo, al liberalismo, al laicismo y al indiferentismo por todos los cultos, cuando los Papas no cesaron de denunciar sus efectos perversos y condenarlos? Nosotros, por obediencia a todo lo que los Papas han enseñado, rechazamos un magisterio que se opone al de la Iglesia de siempre. ¿Qué nos pueden reprochar? No sólo nos oponemos a este reciente magisterio —que se ha dejado influenciar por el modernismo y el liberalismo— sino también a un nuevo concepto que ha penetrado en la Iglesia.Veamos un ejemplo muy sencillo, leyendo la declaración Dignitatis humanae, sobre la “libertad religiosa”. Leamos el escrito que hizo un seglar —el profesor Salet, con el seudónimo de Michel Martin, en Le Courrier de Rome—.

En este escrito se hace una comparación entre los documentos del magisterio de los Papas Pío IX y Gregorio XVI, confrontándolos con la declaración sobre la libertad religiosa, para mostrar clara-mente la contradicción formal y flagrante entre esos documentos.

¿Qué hacer? Si nos conformamos con el magisterio de hoy, con esta declaración sobre la libertad Monseñor Lefebvre hablaba en 1980. Desde entonces, el número de centros de enseñanza católicos ha crecido considerablemente, sobre todo en Francia, bajo los auspicios de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y de las Hermanas Dominicas docentes de Fanjeaux y de Saint-Pré. religiosa, nos oponemos al magisterio de ayer: el de Gregorio XVI y Pío IX. ¿Cuál de los dos elegimos? Necesariamente estamos obligados a elegir el más antiguo, porque esta es la regla de la Iglesia: lo que ha sido enseñado en otro tiempo, y no lo que se enseña hoy, que no se puede valorar sino en relación con su conformidad con todo el anterior magisterio de la Iglesia. Ahora se rechaza el pasado diciendo: “¡No! !Ya no hay que mirar al pasado! ¡Hay que someterse al magisterio de hoy!”. Si fuese conforme en todo con el magisterio anterior, estaríamos enteramente de acuerdo. Pero está en oposición con él, y por eso no puede ser.Recordemos la advertencia solemne de San Pablo, que ya había previsto ese peligro: «Si yo mismo o un ángel enviado del Cielo os enseñase una doctrina que no sea conforme con lo que fue enseñado primero, no hay que escucharle. Sea anatema» (Gal. 1, 8). Ya en tiempos de San Pablo se había planteado el dilema de tener que elegir entre lo que él mismo había enseñado al principio de su apostolado y que estaba de acuerdo con lo que le había revelado Nuestro Señor, y lo que profesaban aquellos de quienes decía: «No hay que escucharlos. Sean anatemas». La regla, pues, es que sean anatemas los que enseñan cosas que no se habían enseñado antes. Lo mismo decimos nosotros: se nos exige sumisión a algo que no es conforme a lo que se enseñó antes, y así no lo podemos aceptar, como es el caso de la misa.

La nueva misa está impregnada de modernismo

Al estudiar la nueva misa se ve que está impregnada de ideas modernistas. Ha sido elaborada bajo la influencia del espíritu modernista que denunció y condenó el Papa San Pío X en su encíclica Pascendi dominici gregis, donde demostró el error y la nocividad del modernismo como “el conjunto de todas las herejías”. ¿A quién hay que creer? ¿A San Pío X o a los modernistas que actualmente han penetrado en la Iglesia e intentan someternos a su influencia? Hay que elegir. Nosotros ya lo hemos hecho: no podemos someternos a semejante orientación ni aceptar un magisterio en contradicción con la Tradición y que, al estar guiado por el modernismo, fue condenado por el magisterio y ha producido toda esa reforma de la Iglesia, cuyos malos frutos y consecuencias desastrosas vemos con dolor.

La destrucción de la Iglesia, objetivo de los masones 

Por eso es tan importante que los católicos estudien realmente el magisterio de la Iglesia de un modo práctico. ¿Para qué publicaron los Papas tantos documentos y lanzaron tantas advertencias sobre la Masonería? Porque vieron en la Masonería precisamente la fuente envenenada de todos los errores. Los masones son el origen de los errores que nos envenenan: el racionalismo y el naturalismo que destruyen lo sobrenatural, y por lo tanto, todo lo que nos vino a traer Nuestro Señor Jesucristo. Si se destruye lo sobrenatural y la gracia, se destruye la revelación, la Iglesia, los sacramentos y la misa. No queda nada.Los Papas, con su vigilancia, comprendieron que había que denunciar a los masones, y como dicen, “desenmascarar” a esas sectas, porque se disfrazan con una máscara de filantropía, de deseo de hacer progresar a la humanidad en la amistad entre los hombres, etc.Sólo son perspectivas falsas e ilusorias. Con sus encíclicas los Papas mostraron claramente la realidad de la Masonería y le arrancaron la máscara con que se disfrazaba.Casi al final de su encíclica Qui pluribus del 9 de noviembre de 1846, que acabamos de estudiar, el Papa Pío IX exhortaba los obispos a luchar con fuerza y valor contra las sectas, recordándoles que el primer deber de su cargo, es:«Esforzarse en defender y conservar con diligencia pastoral la fe católica».

¿Cómo conseguirlo? Hemos visto que decía el Papa: primeramente, descubrir las maniobras de los impíos; en segundo lugar, predicar el evangelio; luego, inculcar la caridad y, finalmente, velar por la santidad del clero. Por eso daba consejos sobre la elección de los futuros sacerdotes: 

“Tened cuidado al elegir a los futuros sacerdotes”.

Esta es la preocupación de los Papas. Recordemos que desde la primera encíclica de su pontifica-do, San Pío X decía que el gran remedio para los males actuales es la buena formación de los sacerdotes.

La fuerza de la Iglesia es la santidad y la doctrina de los sacerdotes

Se entiende fácilmente. ¿Qué constituye la fuerza de la Iglesia? ¿Quiénes tienen la función de enseñar la fe de la Iglesia, y manifestar con su comportamiento y el ejemplo de su vida qué es y qué enseña? Los sacerdotes. La Iglesia y los fieles serán santos en la medida en que los sacerdotes lo sean. De ahí la importancia capital que los Papas dan a la formación sacerdotal y a la elección de los profesores de los seminarios.

San Pío X dijo: “Hay que expulsar a los profesores que tengan la más leve mancha de modernismo y no quieran permanecer unidos a la doctrina de la Iglesia tal como tiene que enseñarse”.

En la actualidad, ¿es eso lo que se procura hacer en los seminarios? ¿Se preocupan de elegir a los profesores? Algunos dicen que ahora hay más seminaristas que entran en algunos seminarios, como en Alemania, en Argentina o en Italia… Seguramente ellos van con buenas disposiciones, porque eligen seminarios que aún guardan cierto carácter tradicional. Pero, ¿qué les sucederá si los profeso-res encargados de su formación no les enseñan la verdad de la Iglesia ni la filosofía de santo Tomás, de la que ha dicho la Iglesia que es su doctrina y filosofía? En cierto modo, ya no es la filosofía de santo Tomás, pues la Iglesia la ha adoptado y la ha considerado como la verdadera, la que nos enseña qué es el ser de las cosas y qué es la realidad y la verdad. Por lo tanto, esa es la que hay que enseñar, como lo determina la Iglesia Si los profesores no sólo no enseñan esta filosofía sino que la contradicen, los jóvenes se quedan y se forman mal, o se van, porque ven que no se les enseña la verdad. Pierden su vocación. Es lo que sucede ahora. De ahí la importancia que reviste la formación de los sacerdotes, sobre la que insiste el Papa:«Como sabéis que la práctica de los Ejercicios espirituales ayuda extraordinariamente para conservar la dignidad del orden eclesiástico, y fijar y aumentar la santidad, urgid con santo celo tan saludable obra, y no ceséis de exhortar a todos los llamados a servir al Señor a que se retiren con frecuencia a algún sitio a propósito para practicarlos, libres de ocupaciones exteriores…»

Para ayudar a los sacerdotes a perfeccionar su elevación a la santidad, el Papa los exhorta a la práctica de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, y a los obispos les pide que animen a sus sacerdotes a que los hagan:

«…y dándose con más intenso estudio a la meditación de las cosas eternas y divinas, puedan purificarse de las manchas contraídas en el mundo, renovar el espíritu eclesiástico, y con sus actos despojándose del hombre viejo, revestirse del nuevo que fue creado en justicia y santidad».

Luego, Pío IX exhorta a los obispos a ser modelos en el cumplimiento de sus deberes:

«…[para que] cumpliendo como debéis con vuestro oficio pastoral, todas nuestras queridas ovejas redimidas con la sangre preciosísima de Cristo y confiadas a vuestro cuidado, las defendáis de la rabia, el ímpetu y la rapacidad de lobos hambrientos, las separéis de pastos venenosos, y las llevéis a los saludables y, con la palabra, o la obra, o el ejemplo, logréis conducirlas al puerto de la eterna salvación. Tratad varonilmente de procurar la gloria de Dios. (…) Desechados los errores, y arrancados de raíz los vicios, tomen incremento de día en día, y todos los fieles, arrojando de sí las obras de las tinieblas, caminen como hijos de la luz, agradando en todo a Dios y fructificando entodo género de buenas obras».León XIII, encíclica Aeterni Patris del 4 de agosto de 1879; Pío XI, encíclica Studiorum ducem del 29 de junio de 1923 sobre la filosofía y la teología de Santo Tomás de Aquino.

Papel de los jefes de Estado católicos

A continuación el Papa confía también a los príncipes su deseo de conservar los principios de la piedad y de la religión. En esa época aún había príncipes católicos, a pesar de los ataques de la Masonería y de la situación casi desesperada de la Iglesia. Por eso el Papa se dirigía a los príncipes. Hay que decir que, por desgracia, todos ellos se dejaron influenciar por la Masonería. Esto hizo crecer cada vez más la degradación de la política católica y de la sociedad cristiana.

«Abrigamos también la esperanza de que Nuestros amadísimos hijos en Cristo los Príncipes, traigan a la memoria, en su piedad y religión, que la potestad regia se les ha concedido no sólo para el gobierno del mundo, sino principalmente para defensa de la Iglesia , y que Nosotros, cuando defendemos la causa de la Iglesia, defendemos la de su gobierno y salvación, para que gocen con tranquilo derecho de sus provincias».

En tiempos de Pío IX aún había una colaboración entre los príncipes y la Iglesia. Ella apoyaba a los príncipes en su autoridad, y los príncipes cumplían con su deber de sostener a la Iglesia y ayudarla a expandirse.

Actualmente, este pensamiento resulta algo raro para todos, incluso para los católicos. Es algo que ya no pueden admitir. Los estados no tienen nada que ver con la Iglesia, ni tienen que sostenerla de modo alguno. No tienen que sostener a ninguna religión en particular. Tienen que ser indiferentes con todas las religiones y darles a todas la libertad, sin distinguir entre la verdadera y las falsas. Hay que acabar con todo ese pasado y dejar que se introduzca la libertad de cultos.

Pero la libertad de cultos, como hoy se entiende la “libertad religiosa”, es decir, la libertad del ejercicio externo de las religiones, lleva a la libertad del error, y el error triunfa siempre sobre la verdad. Eso no quiere decir que al final no va a triunfar la verdad, sino que el error puede contribuir a la pérdida de muchas almas, pues cuenta con todos los medios humanos; dispone de todo el dinero del mundo y todos los medios de difusión están a su disposición. No cabe duda de que el hombre se siente más tentado por una falsa religión que por la disciplina. El orden siempre cuesta más y atrae menos. La libertad se desenfrena y acaba en licencia. Esto es lo que vemos que pasa ahora, y nadie resiste.


El Papa se encomienda a la Santísima Virgen:
«...a la intercesora para con Dios, la Santísima Madre de Dios, la Inmaculada Virgen María, que es nuestra madre dulcísima, medianera, abogada y esperanza fidelísima, y cuyo patrocinio tiene el mayor valimiento ante Dios».
Y, como es costumbre, Pío IX concluye su encíclica impartiendo la bendición apostólica