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miércoles, 18 de noviembre de 2015

ANACLETO GONZÁLEZ FLORES. MÁRTIR CRISTERO. R. P. Alfredo Sáenz, SJ


Introducción

Consideraremos ahora una figura realmente fascinante, la de Anacleto González Flores, uno de los héroes de la Epopeya Cristera. Anacleto nació en Tepatitlán, pequeño pueblo del Estado de Jalisco, cercano a Guadalajara, el 13 de julio de 1888. Sus padres, muy humildes, eran fervientemente católicos. De físico más bien débil, ya desde chico mostró las cualidades propias de un caudillo de barrio, inteligente y noble de sentimientos. Pronto se aficionó a la lectura, y también a la música. Cuando había serenata en el pueblo, trepaba a lo que los mexicanos llaman «el kiosco», tribuna redonda en el centro de la plaza principal. Era un  joven  simpático,  de  buena  presencia,  galanteador  empedernido,  de  rápidas  y  chispeantes  respuestas, cultor de la eutrapelia.

A raíz de la misión que un sacerdote predicó en Tepatitlán, sintió arder en su corazón la llama del apostolado, entendiendo que debía hacer algo precisamente cuando su Patria parecía deslizarse lenta pero firmemente hacia la apostasía. Se decidió entonces a comulgar todos los días, y enseñar el catecismo de R ipalda a los chicos que lo seguían, en razón de lo cual empezaron a llamarlo «el maestro», sin  que por ello se aminorara  un  ápice  su  espíritu  festivo  tan  espontáneo  y  la  amabilidad  de  su  carácter.  Al  cumplir  veinte años, ingresó en el seminario de San Juan de los Lagos, destacándose en los estudios de tal forma que solía suplir las ausencias del profesor, con lo que su antiguo sobrenombre quedó consolidado: sería para siempre «el Maestro».


Luego pasó al seminario de Guadalajara, pero cuando estaba culminando los estudios entendió que su vocación no era el sacerdocio. Salió entonces de ese instituto e  ingresó en la Escuela Libre de Leyes de la misma ciudad, donde se recibió de abogado. Quedó se luego en Guadalajara, iniciando su labor apostólica y patriótica que lo llevaría al martirio. Pero antes de seguir con el relato de su vida, describamos el ambiente histórico en que le tocó vivir.

Beato Anacleto Gonzáles Flores


I. Antecedentes

Para entender lo que pasó en el México de Anacleto, será preciso remontarnos más atrás en la historia  de  dicha  nación.  A  comienzos  del  siglo  pasado,  los  primeros  conatos  de  rebeldía,  protagonizados  por Hidalgo y Morelos, tuvieron una connotación demagógica, de lucha de razas, así como de aborrecimiento a la tradición hispánica. Poco después, apareció una gran personalidad, Agustín de Iturbide, con una visión totalmente diferente. En 1821 proclamó el  llamado Plan de Iguala, con tres garantías: la independencia de España,  pero  evitando  una  ruptura  con  la  madre  patria,  la  unión  de  todos  los  estamentos  sociales  –españoles, criollos e indios), y la Religión Católica, como base espiritual de la nueva Nación. Sobre estas tres bases, Iturbide fue proclamado Emperador de México. Desgraciadamente, tal proyecto no se concretó de manera duradera. Un segundo momento en la historia de esta noble nación es el que se caracteriza por la virulencia del liberalismo. Fue  la época de la «Reforma» de Benito Juárez, plasmada en la Constitución de 1857. Con el nombre de «Reforma» se quiso probablemente aludir a la rebelión protestante contra la Iglesia. Tratóse de un nuevo proyecto, eminentemente anticatólico y anti hispano, que hizo del liberalismo una especie de religión laica, con lo que la Iglesia quedó totalmente excluida de la vida pública mexicana, en la admiración rendida a la mentalidad predominante en los Estados Unidos, y al espíritu de la Ilustración.

La ulterior invasión de los franceses y la coronación de Maximiliano, hermano del Habsburgo Francisco  José,  como  emperador,  con  el  apoyo  de  los  Austrias  y  de  Napoleón  III,  proyecto  al  que  se  aliaron grandes patriotas mexicanos como Miramón, Márquez y Mejía, trajo una esperanza y una alternativa frente al influjo nefasto de los Estados Unidos. Pero este Imperio duró también muy poco, cerrándose trágicamente con el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía, entre otros. A raíz de la implantación de la Reforma,  tuvo  lugar  la  primera  resistencia  católica,  popular  y  campesina,  sobre  todo  en  Guanajuato  y  Jalisco, inspirada en la condena que Pío IX hizo de aquélla en 1856. Más adelante gobernó Porfirio Díaz, también liberal, pero que se abstuvo de aplicar las leyes antirreligiosas más virulentas de la Reforma.

En 1910 cayó la dictadura porfirista. Podría se decir que a partir de 1914 comienza el tercer período de la historia de México. Fue entonces cuando se reanudó el proyecto liberal del siglo pasado bajo el nombre  de  Revolución  Mexicana,  impulsada  por  los  sucesivos  presidentes  Carranza,  Obregón,  Calles,  Cárdenas…, hasta el día de hoy, siempre con el apoyo de los Estados Unidos. Ante tantos males que herían el alma de México surgió la idea de proclamar solemnemente el Señorío de Cristo sobre la nación herida. Lo primero que hicieron los Obispos fue coronar de manera pública una imagen del Sagrado Corazón, pero luego determinaron hacer más explícito su propósito mediante una consagración a Cristo Rey, donde se ponía bajo su vasallaje la nación, sus campos y ciudades. El pueblo acompañó a los pastores con el grito de « ¡Viva Cristo Rey!», proferido por primera vez en la historia, lo que concitó las iras del Gobierno. Fue el presidente Carranza (1917-1920), quien inspiró la Constitución de Querétaro de 1917, más radical aún que la de 1857. Un alud de decretos cayó sobre México, en un año un centenar. Se impuso la enseñanza laica no sólo en la escuela pública sino también en la privada; se prohibieron los votos y, consiguientemente, las órdenes religiosas; los templos pasaron a ser propiedad estatal; se declaró a la Iglesia incapaz de adquirir bienes, quedando los que tenía en manos del Estado; se declaró el matrimonio como contrato meramente civil; se estableció el divorcio vincular; se fijó un número determinado de sacerdotes para cada lugar, que debían registrarse ante el poder político. Así el catolicismo pasaba a ser un delito en México y los creyentes eran vistos poco menos que como delincuentes.

En Guadalajara, patria pequeña de Anacleto, la promulgación de los decretos se llevó a cabo con elocuencia jacobina. Un diputado local, que pronto llegaría a Gobernador del Estado de Jalisco, tras recordar que «la  humanidad,  desde  sus  más  remotos  tiempos,  ha  estado  dominada  por  las  castas  sacerdotales» evocó de manera encomiástica la Revolución francesa, para concluir: «todos aquellos que están dominados por la sacristía, son sangüijuelas que están subcionando (sic) sin piedad la sangre del pueblo». Para salir al paso de este primer brote anticatólico, el Arzobispo ordenó suspender el culto en la diócesis, ya que la nueva Ley parecía hacerlo imposible. Todo el pueblo se levantó en protesta contra el gobierno. El  intendente  de  Guadalajara,  preocupado,  convocó  a  los  ciudadanos  para  tratar  de  persuadirlos. Los católicos que habían tomado la costumbre de reunirse en las plazas y de convertir en templos algunas casas  particulares,  acudieron  a  la  convocatoria  del  gobernante,  designando  a  Anacleto  para  responderle como correspondía. Comenzó el intendente su discurso increpando duramente a los agitadores clericales, si bien habló con cortesía de las mujeres católicas y disculpó al pueblo allí presente, ya que a su juicio había sido embaucado. Insultó a los reaccionarios y luego, fijando sus ojos en Anacleto, le dijo: «usted acabará fusilado». González Flores no se amilanó sino que contestó con una enardecida arenga.

El pueblo católico se sintió confortado. Las protestas se multiplicaban, pidiendo la derogación de los decretos. Ahora tuvo que intervenir  el Gobernador. «Que me prueben  –dijo–  que realmente es el pueblo el que está en desacuerdo». El pueblo entero se hizo presente frente a la Casa de Gobierno, encabezado otra vez  por  Anacleto.  El  Gobernador salió  al balcón  y  comenzó  diciendo:  «Habéis sido reunidos  aquí  por  un engaño». Miles de brazos se alzaron y un enérgico «no» resonó en la plaza. «Os dijeron  –siguió el Gobernador–, que yo quería una demostración de que sois católicos». «¡Sí, sí!», gritó la multitud. «Pues bien, ya lo sé,  ya  lo  sabía hace  mucho  tiempo, pero  vuestros  sacerdotes os  engañan,  os han  engañado».  «¡No,  no!», contestaron los católicos. «Ellos no quieren acatar la ley. Pues bien, no tenéis más que dos caminos: acatar el Decreto expedido por el Congreso, o abandonar el Estado como parias».

Resonó entonces una estrepitosa carcajada. El Gobernador volvió la espalda a la multitud, entre insultos y gritos. Al fin no le quedó sino ceder, revocando el Decreto. En el orden nacional sucedió a Carranza como Presidente el General Obregón (1920-1924), quien tuvo la astucia de no aplicar íntegramente la Constitución de 1917. De ello se encargaría Calles (1924 -1928), declarando la guerra al catolicismo mexicano. Fue durante su período  –en 1925–  que Pío XI instituyó la solemnidad litúrgica de Cristo  Rey. Ulteriormente el Papa diría que el motivo que lo decidió a tomar dicha medida había sido el fervor del pueblo mexicano en favor de la Realeza de Cristo. Durante estos últimos años, tan arduos, los católicos habían comenzado a movilizarse. Destaquemos una figura señera, la del P. Bernardo Bergöend, de la Compañía de Jesús, quien en 1918 fundó la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, la ACJM, con el fin de coordinar las fuerzas vivas de la juventud, en orden a la restauración del orden social en México. La piedad, el estudio y la acción fueron los tres medios elegidos para formar dichas falanges, no desdeñando el ejercicio de la acción cívica, en defensa de la religión, la familia y la propiedad. El lema lo decía todo: «Por Dios y por la Patria».El P. Bergöend se había inspirado en el conde Alberto de Mun, creador de la Asociación Católica de la Juventud Francesa. Su idea era formar «un buen contingente de jóvenes estrechamente unidos entre sí que, animados de una fe profunda en la causa de Dios, de la Patria y del alma popular, trabajasen a una por Dios, por la Patria y por el pueblo, amando a Dios hasta el martirio, a la Patria hasta el heroísmo y al pueblo hasta el sacrificio». De la ACJM diría en 1927 el P. Victoriano Félix, jesuita español, que  había «acertado con el más perfecto modo de formar hombres, pues ha sabido forjar mártires».

De la ACJM provinieron los jefes de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, organización encargada de coordinar las distintas agrupaciones católicas  para enfrentar la terrible persecución. La Liga, de carácter cívico, no dependería de la Jerarquía, ni en su organización, ni en su gobierno, ni en su actuación, asumiendo los dirigentes la entera responsabilidad de sus acciones. En 1926, la Liga estaba ya instaurada  en  la  totalidad  de  la  República. Sólo en  la  ciudad  de  México  contaba  con  300.000  miembros activos. Todas las organizaciones católicas existentes se pusieron bajo su conducción. Tal fue el ambiente en que se movió nuestro héroe. Su estampa nos ofrece dos principales facetas, la del docente y la del caudillo. 

CONTINUA...