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viernes, 23 de octubre de 2015

EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

INTRODUCCION

Yo quisiera, en la medida que Dios melo permita y me dé los medios para hablaros, ¡oh! no con tanta elocuencia como lo hizo san Pablo ni con tanta elocuencia como lo hicieron oradores como san Juan Crisóstomo y los grandes doctores de la Iglesia, intentar someter  vuestra inteligencia,someter vuestro corazón y someter  vuestra alma al Misterio de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, en definitiva,  Nuestro Señor Jesucristo siempre es el centro y el corazón de toda nuestra vida y lo será para la eternidad. Por El y en El podemos vivir de la gracia, podemos vivir dela caridad, y vivir y preparar nuestra  eternidad. No hay otro camino. Cuando consideramos lo que somos, pobres pecadores tentados de favorecer siempre más el  desorden que el orden, por todas las tentaciones y por nuestras debilidades, como ya os he dicho, por las heridas que nos ha hecho el pecado original, tenemos la necesidad de encontrar no sólo a nuestro modelo sino también al que es la causa del orden que tenemos que restablecer en nosotros.Nuestro  Señor Jesucristo no sólo es nuestro modelo sino también la causa de nuestra resurrección, y la causa de nuestra santificación, y en El hallamos realmente todo lo que necesitamos para nuestra santificación. La Iglesia Católica nos presenta a este hombre perfecto en Nuestro Señor Jesucristo. De este modo, cuanto más meditemos sobre la persona de Nuestro Señor Jesucristo más nos acercaremos a Nuestro Señor por todos los medios que Nuestro Señor ha puesto a nuestra disposición: la Santa Iglesia, el santo sacrificio dela Misa, los sacramentos y toda la liturgia, y particularmente la sagrada Eucaristía. Cuanto más usemos de estos medios más penetraremos en este misterio de Nuestro Señor Jesucristo. 
¡Se trata, pues, de un gran misterio! San Pablo lo repite constantemente. Es lo que enseña de un modo particular a todos los que había sido enviado. En su epístola a los Efesios, en el capítulo 3º dice así: «A causa de esto, yo Pablo, el prisionero de Cristo por amor a vosotros los gentiles... puesto que habéis oído la dispensación de la gracia de Dios a mí conferida en beneficio vuestro cuando por una  revelación me fue dado a conocer el misterio que brevemente antes os dejo expuesto. Por su lectura  podéis conocer mi inteligencia en el misterio de Cristo (potestis legentes intelligere prudentiam meam in mysterio Christi), que no fue dado a conocer a otras generaciones, a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: Que son los gentiles coherederos y miembros de un mismo cuerpo, copartícipes de las promesas en Cristo Jesús mediante el Evangelio, cuyo ministro fui hecho yo por don de la gracia de Dios a mí otorgada por la acción de su  poder. A mí, el menor de todos los santos, me fue otorgada esta gracia de anunciar a los gentiles lainsondable riqueza deCristo e iluminar a todos acerca dela dispensación del misterio oculto desde los  siglos en Dios, creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría deDios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme al plan eterno que El ha realizado en Cristo Jesús, Nuestro Señor» (Efes. 3, 1-11). Para San Pablo, como podéis ver, la gran preocupación es la de hacer conocer a los Gentiles el  misterio de Cristo. En efecto, todos sabemos, por supuesto, y lo profesamos en nuestra fe, que Nuestro Señor Jesucristo es hombre y que Nuestro Señor Jesucristo es Dios, es el Hombre Dios. En el misterio de esta unión de Dios con la naturaleza  humana es evidente que hallamos muchas cosas para meditar. Este hombre, pues, que andaba por Palestina, que vivió en Nazaret durante 30 años, este hombre, pues, era Dios. Parece evidentemente extraordinario. Difícilmente podemos imaginar lo que podía ser. Porque en definitiva, ¿cómo puede estar Dios en el cuerpo de un hombre, en una simple alma humana limitada? ¿Es algo evidente que Dios pueda pasarse de la persona humana y asumir directamente por sí  mismo un almay un cuerpo? Se trata, por supuesto, de un misterio, porque nunca llegaremos a comprender con exactitud esta realidad absolutamente asombrosa, la Encarnación de Dios. Sin  embargo es este el misterio en el que se halla contenida nuestra salvación. ¡En este misterio se halla  Incluso contenida toda la razón de ser de la creación! Vamos a procurar, en la medida que se pueda, hablar del misterio de Nuestro Señor Jesucristo.

CAPITULO I: HIJO DE DIOS

El mismo San Pablo dice que le pide a Dios que le inspire las palabras adecuadas para hablar de este misterio, de modo que no cabe duda que vamos a tratar un tema verdaderamente misterioso pero tan real y tan importante que, en definitiva, constituye el corazón de nuestra vida, el tema de nuestras meditaciones y la fuente de nuestra santificación.  Por la fe creemos en La divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y asimismo en su humanidad. Creemos y afirmamos que es Dios y hombre. Así que resulta provechoso leer algunos textos de la  Sagrada Escritura que tratan de este tema de una manera muy explícita para penetrarnos bien de este pensamiento que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente Dios y Hombre. Son textos tan hermosos y conmovedores que merecen ser leídos.  En primer lugar, es Nuestro Señor Jesucristo mismo quien lo afirma. Es cierto que Nuestro Señor no  reveló desde el principio de su vida pública que era el Hijo de Dios, pero no es correcto  decir, como dicen ahora los modernistas, que no tenía conciencia de que era verdadero Hijo de Dios, consustancial  con el Padre y con el Espíritu Santo, sino simplemente de su calidad particular de hijo de Dios y esto sólo al final de su vida pública, por una especie de toma de conciencia de sí mismo. Evidentemente,  esto es totalmente falso .Demos algunos ejemplos en san Mateo, capítulo 26. No cabe duda de que al final de su vida es cuando Nuestro Señor proclamó su divinidad, ante Caifás.  «Los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban falsos testimonios contra Jesús para condenarle a muerte, pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos falsos testigos»  (versículos 59-60). Al fin se presentaron dos, que dijeron: Este ha dicho: Yo puedo destruir el templo de Dios y en três días reedificarlo. Levantándose el Pontífice, le dijo: ¿Nada respondes? ¿Qué dices a lo que estos testifican contra ti?» (versículos 61-62). «Jesús callaba y el pontífice le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que me digas si Tú eres el Mesías, el  Hijo de Dios». (versículo 63). «Jesús le dijo: Tú lo has dicho. Y yo os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la  diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (versículo 64). «Ellos respondieron: Reo es de muerte» (versículo 66).Está claro: cuando  Nuestro  Señor  proclamo públicamente  su  divinidad, el sumo sacerdote juzgó que se trataba de una blasfemia y que este hombre que se hacía Dios merecía la muerte.  Es una afirmación  solemne por parte de Nuestro Señor, que dijo que El es verdaderamente el Hijo de Dios y que un día se le verá venir sobre las nubes del cielo.
En el capítulo 17 hay  otro pasaje, no menos significativo, que es el dela Transfiguración.


 «Seis días después, escribe san Mateo, tomó  Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, su hermano, y los  llevó aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos». Tenemos que pensar y creer que la Transfiguración tendría que haber sido un estado normal para  Nuestro Señor. Lo anormal es que no estuviese transfigurado de manera habitual, ya que Nuestro Señor  tenía la visión beatífica.Tenía la visión beatífica desde el momento de su nacimiento y desde que su  Alma había sido creada. Así que las consecuencias de la visión beatífica tendrían que haberse manifestado en su cuerpo y en su ser, como en los elegidos. Los elegidos son gloriosos en este momento (por lo menos para el cuerpo de la Santísima Virgen: cuando los cuerpos se reúnan a las almas bien aventuradas, serán transfigurados). Estos cuerpos tendrán todas las propiedades de los cuerpos resucitados: serán luminosos y brillarán como el sol. Esta es una de las consecuencias de la  visión beatífica y de la gloria deDios en las almas. Gozando de la visión beatífica, Nuestro Señor normalmente hubiese tenido que tener un cuerpo transfigurado. Pero, por un milagro, Nuestro Señor  quiso vivir como los demás hombres y no tener habitualmente un cuerpo transfigurado. «Se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como La luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús:  Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, uma para Moisés y otra para Elias. ¡Ya san Fulgencio, obispo de Ruspe (468-533) denunciaba esta herejía, en la cual reinciden los modernistas! Así escribía: «Es totalmente imposible y ajeno a la fe decir que el alma de Cristo no tuvo conocimiento pleno de su divinidad,con la cual creemos que no formaba naturalmente más que una  persona» (Carta12, cap.3, nº 26). «Mientras que La divinidad se conocía como tal por ser naturalmente tal, ela La conocía toda La divinidad sin ser Ella misma La divinidad. Así pues, La divinidad naturalmente es su propio conocimiento, mientras que, por el contrario, el alma De Cristo recibió de la divinidad el conocimiento de la divinidad que conoció» (Carta14, cap. 3,nº31). para Elías. Aún estaba él hablando cuando los cubrió uma nube resplandeciente y salió de la nube una  voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle. Al oírla, los discípulos cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor. Jesús se acercó y tocándolos dijo:  Levantaos, no temáis. Alzando ellos los ojos, no vieron a nadie sino sólo a Jesús. Al bajar del monte les  mandó Jesús diciendo: No deis a conocer a nadie esta visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos» (S. Mt. 17, 2-9). Aquí tenemos otra prueba de la divinidad de Nuestro Señor. Es Dios mismo quien afirma la divinidad de Nuestro Señor: Nuestro Señor es su Hijo en quien há puesto todas sus complacencias.  Pero antes de esto, durante la vida pública de Nuestro Señor, también en san Mateo, hallamos este pasaje en el capítulo 8, versículo 28 y siguientes:  «Llegando a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le vinieron al encuentro, saliendo de los  sepulcros, dos endemoniados tan furiosos que nadie podía pasar por aquel  camino. Y le gritaron diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios?». Son los mismos demonios los que afirman La divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, y luego, expresando su temor: «¿Has venido aquí antes de tiempo para atormentarnos?». Los demonios le piden a Jesús: «Si has de echarnos, échanos a la piara de puercos».  Y Jesús se lo concede. Este testimonio de los demonios, ¿significa que creían en su divinidad? Santo Tomás (IIIª,cuest. 44, art. 1) responde en sustancia:«Cristo se dio a conocer a los demonios no por su vida eterna sino por ciertos efectos temporales de su poder. Primero, viendo que Cristo tenía hambre después de su ayuno, creyeron que no era el  Hijo de Dios. Pero luego, al ver sus milagros, por ciertas  conjeturas empezaron a creer que era el Hijo de Dios, aunque sin tener una certeza de ello. Si al final el  demonio excitó a los judíos a que crucificasen a Cristo no fue por desconocer su divinidad sino porque  no pudo prever que por su muerte Cristo le iba a vencer definitivamente». Esto es lo que concierne al testimonio de los demonios. Por supuesto, podríamos multiplicar los ejemplos. Así que, los Evangelios nos proporcionan la mayor prueba de la divinidad de Nuestro Señor  Jesucristo y de su humanidad.

Continua...