utfidelesinveniatur

jueves, 23 de marzo de 2023

Bula "Quo primum tempore” Del Santo Papa Pío V. Y la supuesta prohibición del rito latino de la Misa.



Con gran indignación hemos visto como el actual “pontífice” volvió a la carga con un odio osado y patente contra la Santa Misa en el venerable rito latino. Desde el “Conciliábulo” Vaticano II hasta este momento los “papas,” de alguna u otra manera, han hecho abuso de su autoridad en muchos puntos de la tradición bimilenaria de la Iglesia de siempre. Pero con especial e inaceptable odio contra este rito venerable como lo es la Santa Misa en rito latino emulando, con esta osadía inaudita, al mismo Lutero y yendo más allá de lo hecho por el heresiarca.

No podemos callar, ni mucho menos apoyar semejante abuso de autoridad, ni mucho menos obedecer una prodición inicua y contraria a la Voluntad Divina a la cual se debe obedecer sobre todo y sobre todos los hombres incluyendo al actual “pontífice”. Cometeríamos un acto de unión a una herejía modernista ya condenada por San Pío X, si conscientemente prestáramos nuestro apoyo incondicional a esta barbaridad que demuestra a las claras el odio de ellos a todo lo SANTO.

Para refutar y dejar bien claro la posición de la Iglesia católica expondremos otro argumento de autoridad emanado de su Santidad San Pío V, su famosa bula QUO PRIMUM TEMPORE, quiera Dios, en su infinita bondad, abrir vuestra inteligencia, meditar y entender el porque la Misa de siempre NO PUEDE SER PORHIBIDA POR NADIE NI MUCHO MENOS SUPRIMIDA, una vez expresada nuestra opinión pasemos a la bula.

-Pío Obispo Siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria

I. Desde el primer instante en que fuimos elevados a la cima del Apostolado, aplicamos con gusto nuestro ánimo y nuestras fuerzas y dirigimos todos nuestros pensamientos hacia aquellas cosas que tendieran a conservar puro el culto de la Iglesia y nos esforzamos por organizarlas y, con la ayuda de Dios mismo, por realizarlas con toda la dedicación debida.

II. Y como, entre otras decisiones del Santo Concilio de Trento, nos incumbiera estatuir sobre la edición y reforma de los libros sagrados – el Catecismo, el Misal y el Breviario – después de haber ya, gracias a Dios, editado el Catecismo para instrucción del pueblo

y corregido completamente el Breviario para que se rindan a Dios las debidas alabanzas, Nos parecía necesario entonces pensar cuanto antes sobre lo que faltaba en este campo:

editar un Misal que correspondiera al Breviario, como es congruente y adecuado (pues resulta de suma conveniencia que en la Iglesia de Dios haya un solo modo de salmodiar, un solo rito para celebrar la Misa).

III. En consecuencia, hemos estimado que tal carga debía ser confiada a sabios escogidos: son ellos, ciertamente, quienes han restaurado tal Misal a la prístina norma y rito de los Santos Padres (3). Dicha tarea la llevaron a cabo después de coleccionar cuidadosamente todos los textos – los antiguos de nuestra Biblioteca Vaticana junto con otros buscados por todas partes, corregidos y sin alteraciones – y luego de consultar asimismo los escritos de los antiguos y de autores reconocidos que nos dejaron testimonios sobre la venerable institución de los ritos.

IV. Revisado ya y corregido el Misal, hemos ordenado tras madura reflexión que fuera impreso cuanto antes en Roma, y, una vez impreso, editado, para que todos recojan el fruto de esta institución y de la tarea emprendida. Y especialmente para que los sacerdotes sepan que oraciones deben emplear en adelante, que ritos o que ceremonias han de mantener en la celebraci6n de las Misas.

V. Pues bien: a fin de que todos abracen y observen en todas partes lo que les ha sido transmitido por la sacrosanta Iglesia Romana, madre y maestra de las demás Iglesias, en adelante y por la perpetuidad de los tiempos futuros prohibimos (4) que se cante o se recite otras fórmulas que aquellas conformes al Misal editado por Nos, y esto en todas las Iglesias Patriarcales, Catedrales, Colegiadas y Parroquiales de las Provincias del orbe cristiano, seculares y regulares de cualquier Orden o Monasterio – tanto de varones como de mujeres e incluso de milicias – y en las Iglesias o Capillas sin cargo de almas, donde se acostumbra o se debe celebrar la Misa Conventual, en voz alta con coro o en voz Baja, según el rito de la Iglesia Romana (7).

Aún si esas mismas Iglesias, por una dispensa cualquiera, hayan estado amparadas en un indulto de la Sede Apostólica, en una costumbre, en un privilegio (incluso juramentado), en una confirmación Apostólica o en cualquier tipo de permiso.

Salvo que (8) en tales Iglesias, a partir precisamente de una institución inicial aprobada por la Sede Apost6lica o a raíz de una costumbre, esta última o la propia institución hayan sido observadas ininterrumpidamente en la celebración de Misas por más de doscientos años. A esas Iglesias, de ninguna manera les suprimimos la celebración

instituida o acostumbrada. De todos modos, si les agradara más este Misal que ahora sale a la luz por Nuestro cuidado, les permitimos que puedan celebrar Misas según el mismo sin que obste ningún impedimento, si lo consintiera el Obispo, el Prelado o la totalidad del Capítulo.

VI. En cambio (9), al quitar a todas las demás Iglesias enumeradas antes (10) el uso de sus Misales propios, al desecharlos total y radicalmente, y al decretar que jamás se agregue, suprima o cambie nada a este Misal Nuestro recién editado, lo estatuimos y ordenamos mediante Nuestra Constitución presente, valedera a perpetuidad, y bajo pena de Nuestra indignación (11).

Así, en conjunto e individualmente a todos los Patriarcas de tales Iglesias, a sus Administradores y a las demás personas que se destacan por alguna dignidad eclesiástica – aún cuando sean Cardenales de la Santa Iglesia Romana o estén revestidos de cualquier grado o preeminencia – les mandamos y preceptuamos estrictamente, en virtud de la Santa obediencia:

- que canten y lean la Misa según el rito, el modo y la norma que ahora transmitimos mediante este Misal, abandonando por entero en adelante y desechando de plano todos los demás procedimientos y ritos observados hasta hoy por costumbre y con origen en otros Misales de diversa antigüedad;

- y que no se atreven a agregar o recitar en la celebración de la Misa ceremonias distintas a las contenidas en el Misal presente.

VII- Además (12), por autoridad Apostólica (13) y a tenor de la presente, damos concesión e indulto (14), también a perpetuidad, de que en el futuro sigan por completo este Misal (15) y de que puedan, con validez (16), usarlo libre y lícitamente en todas las Iglesias sin ningún escrúpulo de conciencia y sin incurrir en castigos, condenas, ni

censuras de ninguna especie (17).

VIII. Del mismo modo, estatuimos y declaramos:

- que no han de estar obligados a celebrar la Misa en forma distinta a la establecida por Nos ni Prelados, ni Administradores, ni Capellanes ni los demás Sacerdotes seculares de cualquier denominación o regulares de cualquier Orden;

- que no pueden ser forzados ni compelidos por nadie a reemplazar este Misal;

- y que la presente Carta jamás puede ser revocada ni modificada en ningún tiempo, sino que se yergue siempre firme y válida en su vigor.

No obstan (18) los estatutos o costumbres contrarias precedentes de cualquier clase que fueran: constituciones y ordenanzas Apostólicas, constituciones y ordenanzas generales o especiales emanadas de Concilios Provinciales y Sinodales, ni tampoco el uso de las Iglesias enumeradas antes, cuando, a pesar de estar fortalecido por una prescripción muy antigua e inmemorial, no supera los doscientos años.

IX. En cambio, es voluntad Nuestra y decretamos (19) por idéntica autoridad que, luego de editarse esta constitución y el Misal, los sacerdotes presentes en la Curia Romana están obligados a cantar o recitar la Misa según el mismo al cabo de mes; por su parte los que viven de este lado de los Alpes, al cabo de tres meses; y los que habitan más allá de esos montes, al cabo de seis meses o desde que lo hallen a la venta. X (20).

Y para que en todos los lugares de la tierra se conserve sin corrupción y purificado de defectos y errores, también por autoridad bien por autoridad Apostólica y a tenor de la presente prohibimos que se tenga la audacia o el atrevimiento de imprimir, ofrecer o recibir en ninguna forma este Misal sin Nuestra licencia o la licencia especial de un Comisario Apostólico que Nos constituiremos al efecto en cada región: él deberá previamente, dar plena fe a cada impresor de que el ejemplar del Misal que servirá como modelo para los otros, ha sido cotejado con el impreso en Roma según la edición original, y concuerda con este y no discrepa absolutamente en nada.

(Nuestra prohibición se dirige) a todos los impresores que habitan en el dominio sometido directa o indirectamente a Nos y a la Santa Iglesia Romana, bajo pena de confiscación de los libros y de una multa de doscientos ducados de oro pagaderos ipso facto a la Cámara Apostólica; y a los demás establecidos en cualquier parte del orbe, bajo pena de excomunión latæ sententiæ (automática) y de otros castigos a juicio nuestro.

XI. Por cierto, como sería difícil transmitir la presente Carta a todos los lugares del orbe Cristiano y ponerla desde un principio en conocimiento de todos, damos precepto: de que sean publicadas y fijadas, según la costumbre, en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles y de la Cancillería Apostólica y en el extremo del Campo de Flora; y de que a los ejemplares de esta Carta que se muestren o exhiban – incluso a los impresos, suscriptos de propia mano por algún tabelión público y asegurados además con el sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica – se les otorgue en toda nación y lugar la misma fe perfectamente indubitable que se otorgaría a la presente.

XII. Así pues, que absolutamente a ninguno de los hombres le sea licito quebrantar ni ir, por temeraria audacia, contra esta página de Nuestro permiso, estatuto, orden, mandato, precepto, concesión, indulto, declaración, voluntad, decreto y prohibición (21).

Más si alguien se atreviere a atacar esto, sabrá que ha incurrido en la indignación de Dios omnipotente y de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo.

 Dado en Roma, en San Pedro en el año mil quinientos setenta de la Encarnación del Señor, la víspera de los Idus de Julio, en el quinto año de Nuestro Pontificado.

Basados en la presente Bula, se puede, sin temor a errar, concluir lo siguiente:

a) Que la Misa de san Pío V, como se le suele llamar a la Misa en latín, fue canonizada comprometiendo la infalibilidad del sumo Pontífice, la cual la exenta de todo error, doctrinal, teológico y litúrgico. Y la blinda o protege ante todo intento de cambiar o quitar algo de ella.

b) Es muy importante esta cláusula de la Bula:

“Jamás se agregue, suprima o cambie nada a este Misal Nuestro recién editado, lo estatuimos y ordenamos mediante Nuestra Constitución presente, valedera a perpetuidad, y bajo pena de Nuestra indignación” (11). Creo que esta palabra “Jamás” unidas a las; “Suprima o cambie” son palabras dichas cuyo fin no se limite hasta el Pontificado de S. S. Pío XII, sino que van más allá y llegan, a mi forma de ver hasta la parusía misma en donde cesara la vigencia de esta Bula. De “quitar”, que es lo mismo que suprimir, o “cambie” advierte el Santo Pontífice con severas palabras, que hielan la sangre: Sepa que incurre “bajo pena de Nuestra indignación”. Su Santidad San Pío V, al tenor de la severa advertencia, se ve que tenía el espíritu de profecía y advertía que se abstuvieran los Papas, obispos y sacerdotes de quitar, suprimir y cambiar ignorando la advertencia clara y sin concesiones para nadie de ninguna índole.

Pasar por alto estas santas advertencias en definitiva es incurrir en la ira divina por muy “convincentes” que sean nuestros argumentos para hacer lo contrario que manda el Santo Pontífice, a menos que nosotros seamos más santos que él. “Contra facta non fit argumentum”

c) este otro apartado también es muy interesante, contiene tres puntos muy interesantes:

1) - que no han de estar obligados a celebrar la Misa en forma distinta a la establecida por Nos ni Prelados, ni Administradores, ni Capellanes ni los demás Sacerdotes seculares de cualquier denominación o regulares de cualquier Orden;

2) que no pueden ser forzados ni compelidos por nadie a reemplazar este Misal;

3) y que la presente Carta jamás puede ser revocada ni modificada en ningún tiempo, sino que se yergue siempre firme y válida en su vigor.

Desde 1965 o después de Concilio Vaticano II, se estableció la obligación de rezar la misa nueva de forma obligatoria en todo el orbe católico y se quiso suprimir la Misa de San Pío V o Misa en latín, hasta ahora sigue esta pérfida lucha por suprimirla del mundo católico, pero estos intentos fallidos chocan y se hacen polvo ante el muro divino que se encuentra en esta Bula. Nuevamente San Pío V, surge aquí con un gran espíritu de profecía indiscutible y los enemigos de lo Sagrado se vieron en la triste situación de “aceptar su derrota” he inventar un rito nuevo de corte protestante, que muchos desastres ha causado a la Santa Iglesia Instituida por nuestro Señor Jesucristo.

En esta exposición breve de la Bula “Quo Primum Tempore” no me mueve otro espíritu sino el de exponer con veracidad y en apego total al pensamiento del legislador acá en la tierra que no es otro que San Pío V, Dios me conceda la gracia de nunca separarme de las palabras escritas en esta Bula a pesar de los pesares por los que actualmente pasa la Esposa doliente de Nuestro Señor Jesucristo la Santa Iglesia, ruego a la Santísima Virgen María que siempre me mantenga en este espíritu de dicha Bula que no es otro que el de Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 20 de marzo de 2023

FESTA DO GLORIOSO PATRIARCA SÃO JOSÉ, ESPOSO DA SANTA VIRGEM E PATRONO DA IGREJA.



Como o dia 19 de março coincidiu este ano com o quarto domingo da Quaresma, a festa de São José foi transferida para hoje.

A Santa Igreja, ao promover o culto ao Glorioso Patriarca São José, apresenta-o a todos os seus filhos como modelo e protetor.

Sabemos que todos os santos são propostos como modelos de imitação; mas cada um em particular para uma determinada condição.

São José, porém, é proposto como modelo universal; isto é, como modelo de todas as virtudes e para todos os cristãos, de qualquer estado, idade e condição.

Em São José os pais têm o modelo mais sublime de vigilância e providência paterna; os esposos, exemplo perfeito de amor, concórdia e fé conjugal, e as virgens, modelo e ao mesmo tempo defensoras da integridade virginal.

Os nobres, tendo diante dos olhos a imagem de São José, aprendem a preservar sua dignidade mesmo nas reviravoltas da fortuna; e os ricos entendem quais são os bens que é necessário cobiçar com ardente desejo e acumular com todo esforço.

Por seu lado, os trabalhadores e os pobres devem recorrer a San José por título e direito próprio; e aprender com Ele o que eles devem imitar; pois Ele, embora de linhagem real, uniu-se em casamento com a mais santa e excelente entre as mulheres, e pai legal do Filho de Deus; porém, usava a vida no trabalho, e, com o exercício do ofício, ganhava o necessário para o sustento da família.

Mas, se a Santa Igreja no-lo apresenta como modelo universal, ela no-lo propõe como protector universal; isto é, um ajudante para todas as necessidades, e isso em atenção à vida que levou na terra e, principalmente, ao poder que agora tem no Paraíso.

Todos os santos são nossos protetores; mas cada um costuma ser invocado para uma determinada necessidade.

São José, por outro lado, protege-nos, não em uma, mas em todas as necessidades, sejam espirituais ou temporais, porque qualquer favor que Ele pede a Deus por nós, ele obtém.

Mais ainda, enquanto os outros santos pedem e intercedem por nós, Ele não reza —diz Gersón—, mas manda; porque por uma indicação, por seu desejo, Deus imediatamente concede a graça, não podendo negar nada àquele que foi o guardião fidelíssimo do Verbo Encarnado e de sua Mãe Santíssima.

Por isso a Igreja, na festa do seu Patrocínio, o chama de nosso Protetor universal. São José, depois de Maria Santíssima, é o intercessor mais poderoso diante de Deus em favor dos homens; pois, entre os santos, aquele que é o intercessor mais poderoso obtém mais rapidamente e com maior abundância; ou seja, aquele que está mais próximo de Deus pela dignidade, pela santidade e pelos serviços que prestou, pois Deus é justo distribuidor e remunerador.

A mesma coisa acontece com os monarcas da terra: eles concedem esses maiores favores, de acordo com o grau de dignidade e virtude com que o solicitante é adornado, e de acordo com os maiores serviços que ele prestou ao país com seu braço ou com a mão.talento.

Pois bem; depois de Maria Santíssima, ninguém é maior do que São José em dignidade, tendo tido todos os direitos de Pai sobre Jesus, e exercido com Ele todos os ofícios inerentes ao seu ofício. Jesus foi submisso a Ele, e quis ser chamado seu filho.

Além disso, ninguém, depois de Maria Santíssima, é maior do que São José em santidade, tendo estado tão próximo da fonte mais pura de santidade, Jesus Cristo, com quem teve relações familiares, algo que nunca concedeu a nenhum outro homem; e tendo sido escolhido como Esposo da Rainha de todos os Santos, Maria Imaculada, o que é o mesmo que dizer que ele era muito parecido com Ela.

Finalmente, depois de Maria Santíssima, ninguém prestou serviços mais íntimos e distintos ao Filho de Deus do que São José, porque lhe dava comida, bebida e roupa; Preservou-o do frio, abrigou-o e também salvou-lhe a vida, livrando-o da cólera de Herodes, conduzindo-o são e salvo ao Egito e sustentando-o com seu árduo trabalho de artífice.

Portanto, São José, depois de Maria Santíssima, é o mais poderoso intercessor diante de Deus em favor de seus devotos.

Assim como Jesus no Céu é extremamente grato à sua Mãe Maria Santíssima, também é a São José, que fez o trabalho de Pai com Ele. E por isso, enquanto os outros santos, para obter alguma graça de Jesus, imploram e suplicam como humildes servos, São José não implora, não suplica, mas manda, como já dissemos.

Para aprofundar e ilustrar o que dissemos, convém resumir a Carta Encíclica Quamquam pluries, do Sumo Pontífice Leão XIII, sobre a devoção a São José, de 15 de agosto de 1889.

O Papa começa dizendo que, embora muitas vezes tenha feito orações especiais em todo o mundo, para que as intenções do catolicismo fossem confiadas com insistência a Deus, ninguém estranharia que ele estimasse aquele momento (1889) como oportuno inculcar novamente o mesmo dever.

Ele deu a razão para tal costume:

Durante os períodos de tensão e provação - especialmente quando parece de fato que qualquer ausência de lei é permitida aos poderes das trevas - tem sido costume na Igreja suplicar com especial fervor e perseverança a Deus, seu autor e protetor, recorrendo à intercessão dos Santos —e sobretudo da Bem-Aventurada Virgem Maria, Mãe de Deus— cuja tutela sempre foi muito eficaz.

Os tempos em que vivemos são um pouco menos deploráveis ​​para a religião cristã do que os piores dias, que no passado foram cheios de miséria para a Igreja.

Ele ilustra com alguns exemplos:

Vemos a fé, raiz de todas as virtudes cristãs, diminuir em muitas almas; vemos a caridade esfriar; a geração mais jovem diariamente com costumes e pontos de vista mais depravados; a Igreja de Jesus Cristo aberta ou astuciosamente atacada por todos os lados; uma guerra implacável contra o Soberano Pontífice; e os próprios fundamentos da religião minados com uma ousadia que cresce diariamente em intensidade.

E abreviado expressando que essas coisas são tão notórias que não precisamos nos deter nas profundezas em que a sociedade contemporânea se afundou, nem nos projetos que hoje agitam a mente dos homens.

Daí a necessidade de recorrer a Deus:

Diante de tais circunstâncias infelizes e problemáticas, os remédios humanos são insuficientes, e torna-se necessário, como único recurso, implorar a ajuda do poder divino.

Voltando ao concreto, ele se refere primeiro à intercessão de Maria Santíssima, e diz:  Sabemos que temos ajuda segura na bondade materna da Virgem, e estamos certos de que nunca colocaremos nossa confiança nela em vão. Se, em inúmeras ocasiões, ela mostrou seu poder em ajuda ao mundo cristão, por que deveríamos duvidar que ela agora renovará a assistência de seu poder e favor, se orações humildes e constantes forem oferecidas a ela em todos os lugares? Pelo contrário, cremos que a vossa intervenção será extraordinária, tendo-nos permitido elevar-vos, desde há tanto tempo, as nossas súplicas com tão especiais súplicas.

E aqui vai o apelo ao Glorioso Patriarca São José:

Mas temos outro objetivo em mente, no qual eles avançarão seriamente. Para que Deus seja mais favorável às nossas orações, e para que Ele venha com misericórdia e prontidão em auxílio de Sua Igreja, consideramos profundamente útil para o povo cristão, invocar continuamente com grande misericórdia e confiança, junto com a Virgem Mãe de Deus, sua casta Esposa, a São José; e temos plena certeza de que isso será do maior agrado da própria Virgem.

A respeito desta devoção, sabemos sem dúvida que não só o povo se inclina para ela, mas que de fato ela já está estabelecida, e que está avançando para o seu pleno desenvolvimento.

E como é de grande importância que a devoção a São José seja introduzida na prática religiosa cotidiana dos católicos, queremos exortar o povo cristão a fazê-lo por meio de nossas palavras e de nossa autoridade.

E segue justificando o que propõe:

As razões pelas quais o Beato José deve ser considerado um especial Patrono da Igreja, e por que, por sua vez, a Igreja espera muito de sua tutela e patrocínio, decorrem principalmente do fato de ele ser o Esposo de Maria e Pai Putativo de Jesus.

Dessas fontes fluiu sua dignidade, sua santidade, sua glória.

É verdade que a dignidade da Mãe de Deus atinge tão alto que nada pode existir mais sublime; mais, porque entre a Santíssima Virgem e José se fortaleceu um vínculo conjugal, não há dúvida de que, àquela altíssima dignidade, pela qual a Mãe de Deus supera em muito todas as criaturas, Ele chegou mais perto do que qualquer outro.

Sendo o matrimônio o maior consórcio e amizade —ao qual está intrinsecamente ligada a comunhão de bens— segue-se que, se Deus deu José como esposo à Virgem, não o deu apenas como companheiro de vida, testemunha de virgindade e guardião de honestidade, mas também de participar, pelo pacto conjugal, de sua sublime grandeza.

Prevalece entre todos por sua augusta dignidade, pois por disposição divina foi o guardião e, na crença dos homens, o Pai do Filho de Deus. Daí resultou que o Verbo de Deus se submeteu a José, obedeceu-lhe e deu-lhe aquela honra e aquela reverência que os filhos devem aos seus próprios pais.

Desta dupla dignidade decorreu a obrigação que a natureza impõe aos chefes de família, de modo que José, na época, era o legítimo e natural guardião, chefe e defensor da Sagrada Família.

E durante todo o curso de sua vida Ele cumpriu plenamente esses encargos e essas responsabilidades. Dedicou-se com grande amor e solicitude diária a proteger sua Esposa e o Divino Menino; Regularmente, com seu trabalho, obtinha o necessário para alimentação e vestuário para ambos; cuidou do Menino desde a morte quando foi ameaçado pelo ciúme de um monarca, e encontrou para ele um refúgio; Nas misérias da viagem e nas amarguras do exílio, ela foi sempre a companhia, a ajuda e o amparo da Virgem e de Jesus.

E o pedido chega à Santa Igreja:

Ora, o lar divino que José dirigia com autoridade de pai continha em si a nascente Igreja. Pelo próprio fato de que a Santíssima Virgem é a Mãe de Jesus Cristo, Ela é a Mãe de todos os cristãos que deu à luz no Monte Calvário em meio às dores supremas da Redenção; Jesus Cristo é, de certo modo, o primogênito dos cristãos, que por adoção e redenção são seus irmãos.

E por estas razões o Santo Patriarca contempla a multidão de cristãos que compõem a Igreja como confiada especialmente aos seus cuidados, a esta família ilimitada, estendida por toda a terra, na qual, sendo ele o esposo de Maria e o pai de Jesus Cristo, mantém uma certa autoridade paterna.

É, portanto, conveniente e altamente digno do Beato José que, assim como ele costumava proteger a família de Nazaré de maneira santa em todos os tempos, agora ele protege e defende a Igreja de Cristo com seu patrocínio celestial.

Por fim, apresenta a comparação com o Patriarca José do Antigo Testamento:

Vós bem compreendeis que estas considerações são confirmadas pela opinião de um grande número de Padres, e que a Sagrada Liturgia reafirma, que o José dos tempos antigos, filho do patriarca Jacó, era um tipo de São José, e por seu a glória prenunciava a grandeza do futuro guardião da Sagrada Família.

As semelhanças que existem entre eles são bem conhecidas:

– principalmente, que o primeiro Joseph ganhou o favor e a benevolência especial de seu professor e que, graças à administração de Joseph, sua família alcançou prosperidade e riqueza,

– que – ainda mais importante – ele presidiu o reino com grande poder, – e que, numa época em que as colheitas falhavam, ele supriu todas as necessidades dos egípcios com tal sabedoria que o Rei decretou para ele o título de “ Salvador do mundo".

É por isso que podemos prefigurar o novo no velho Patriarca. E assim como o primeiro foi a causa da prosperidade dos interesses domésticos de seu senhor e ao mesmo tempo prestou grandes serviços a todo o reino, assim também o segundo, destinado a ser o guardião da religião cristã, deve ser considerado o protetor e o defensor da Igreja, que é verdadeiramente a casa do Senhor e o reino de Deus na terra.

E conclui:

Estas são as razões pelas quais homens de todos os tipos e nações devem se aproximar da confiança e proteção do Bem-aventurado José.

É por isso que providenciamos que, durante todo o mês de outubro, durante a recitação do Rosário, seja acrescentada uma oração a São José.

A quem recitar esta oração, concedemos a cada vez uma indulgência de sete anos e sete quarentenas; e 300 dias de indulgência uma vez ao dia, em qualquer outra época do ano.

Nas terras onde o dia 19 de março —festa de São José— não é uma festividade obrigatória, exortamos os fiéis a santificá-lo tanto quanto possível através de práticas particulares de piedade, em honra de seu padroeiro celeste, como se fosse um dia de dever.

R. P. CERIANI.

  

PARTY OF THE GLORIOUS PATRIARCH SAINT JOSEPH HUSBAND OF THE HOLY VIRGIN AND PATRON OF THE CHURCH.


Because March 19 coincided this year with the Fourth Sunday of Lent, the Feast of Saint Joseph was moved to today.

The Holy Church, by promoting the worship of the Glorious Patriarch Saint Joseph, presents him to all his children as a model and protector.

We know that all the Saints are proposed as imitation models; but each one in particular for a certain condition.

Saint Joseph, however, is proposed as a universal model; that is to say, as a model of all virtues and for all Christians, of any state, age and condition.

In San José the parents have the most sublime model of paternal vigilance and providence; the spouses, a perfect example of love, concord and conjugal faith, and the virgins, a model and at the same time defender of virginal integrity.

The nobles, having before their eyes the image of Saint Joseph, learn to preserve their dignity even in reversals of fortune; and the rich understand what are the goods that it is necessary to covet with ardent longing, and to hoard with all effort.

For their part, the workers and the poor must resort to San José by title and own right; and learn from Him what they have to imitate; for He, although of royal lineage, united in marriage with the holiest and most excellent among women, and legal father of the Son of God; however, he used his life at work, and, with the exercise of his trade, he earned what was necessary for the maintenance of his family.

But, if the Holy Church presents him to us as a universal model, she proposes him to us as a universal protector; that is, helper for all needs, and this in attention to the life that he led on earth and, especially, for the power that he now has in Paradise.

All Saints are our protectors; but each one is usually invoked for a certain need. Saint Joseph, on the other hand, protects us, not in one, but in all needs, be they spiritual or temporal, because any favor that He asks God for us, he obtains.

Even more, while the other Saints ask and intercede for us, He does not pray —says Gersón—, but commands; because at an indication, at his desire, God immediately grants grace, not being able to deny anything to the one who was the most faithful Custodian of the Incarnate Word and of his Most Holy Mother.

For this reason, the Church on the feast of his Patronage calls him our universal Protector. Saint Joseph, after Holy Mary, is the most powerful intercessor before God in favor of men; for, among the Saints, he obtains more quickly and with greater abundance the one who is the most powerful intercessor; that is, the one who is closest to God for dignity, for holiness and for the services that he has rendered him, since God is a fair distributor and remunerator.

The same thing happens before the monarchs of the earth: they grant these greater favors, according to the degree of dignity and virtue with which the person requesting is adorned, and according to the greater services that he has rendered to the country with his arm or with his hand. talent.

Well then; after Mary Most Holy, no one is greater than Saint Joseph in dignity, having had all the rights of a Father over Jesus, and exercised for Him all the offices inherent to his charge. Jesus was submitted to Him, and wanted to be called his son.

In addition, no one, after Mary Most Holy, is greater than Saint Joseph in holiness, having been so close to the purest source of holiness, Jesus Christ, with whom he had familiar relations, something never granted to any other man; and having been chosen as Husband of the Queen of all Saints, Mary Immaculate, which is the same as saying that he was very similar to Her.

Finally, after Mary Most Holy, no one rendered more intimate and distinguished services to the Son of God than Saint Joseph, since he gave him food, drink and clothing; he preserved him from the cold, sheltered him, and furthermore saved his life, freeing him from Herod's wrath, leading him safely to Egypt, and sustaining him with the hard work of his craftsman.

Therefore, Saint Joseph, after Holy Mary, is the most powerful intercessor before God in favor of his devotees. As Jesus in Heaven is extremely grateful to his Mother Mary Most Holy, so he is also to Saint Joseph, who did the job of Father with Him. And for this reason, while the other Saints, to obtain some grace from Jesus, beg and plead as humble servants, Saint Joseph does not beg, does not plead, but commands, as we have said before.

To deepen and illustrate what we have said, it is convenient to summarize the Encyclical Letter Quamquam pluries, of the Supreme Pontiff Leo XIII, on devotion to Saint Joseph, of August 15, 1889.

The Pope begins by saying that, although many times he arranged for special prayers to be offered throughout the world, so that the intentions of Catholicism could be insistently entrusted to God, no one would consider it surprising that he estimated that moment (1889) as opportune to inculcate again the same duty.

He gave the reason for such custom:

During periods of stress and trial —especially when it seems in fact that any absence of law is allowed to the powers of darkness— it has been the custom in the Church to plead with special fervor and perseverance to God, its author and protector, resorting to to the intercession of the Saints —and above all of the Blessed Virgin Mary, Mother of God— whose guardianship has always been very effective.

The times in which we live are little less deplorable for the Christian religion than the worst days, which in the past were full of misery for the Church.

He illustrates it with some examples:

We see faith, the root of all Christian virtues, diminish in many souls; we see charity grow cold; the younger generation daily with more depraved customs and views; the Church of Jesus Christ openly or cunningly attacked from all sides; an implacable war against the Sovereign Pontiff; and the very foundations of religion undermined with a boldness that grows daily in intensity.

And he abbreviated by expressing that these things are so notorious that we do not need to dwell on the depths into which contemporary society has sunk, or on the projects that today agitate the minds of men.

Hence the need to resort to God:

Faced with such unfortunate and problematic circumstances, human remedies are insufficient, and it becomes necessary, as the only recourse, to plead for the assistance of divine power.

Turning to the concrete, he first refers to the intercession of Mary Most Holy, and says:  We know that we have sure help in the maternal goodness of the Virgin, and we are sure that we will never place our trust in Her in vain. If, on innumerable occasions, she has shown her power to the aid of the Christian world, why should we doubt that she now renews the assistance of her power and her favor, if everywhere they are offered to her? ¿humble and constant prayers? We, on the contrary, believe that her intervention will be most extraordinary, having allowed us to raise our prayers to her, for such a long time, with such special pleas.

And here comes the appeal to the Glorious Patriarch Saint Joseph:

But we have another object in mind, in which they will advance earnestly. So that God may be more favorable to our prayers, and so that He comes with mercy and promptness to the aid of His Church, we deem it profoundly useful for the Christian people, to continually invoke with great mercy and confidence, together with the Virgin Mother of God, his chaste Wife, to Saint Joseph; and we are fully sure that this will be to the greatest liking of the Virgin herself.

With respect to this devotion, we know without a doubt that not only are the people inclined towards it, but that in fact it is already established, and that it is advancing towards its full development.

And since it is of great importance that the devotion to Saint Joseph be introduced into the daily piety practices of Catholics, we wish to exhort the Christian people to do so through our words and our authority.

And he goes on to justify what he proposes:

The reasons why Blessed Joseph should be considered a special Patron of the Church, and why, in turn, the Church expects a great deal from his tutelage and patronage, arise mainly from the fact that he is the Spouse of Mary and Father Putative of Jesus.

From these sources has flowed his dignity, his holiness, his glory.

It is true that the dignity of Mother of God reaches so high that nothing can exist more sublime; more, because between the Blessed Virgin and Joseph a conjugal bond was strengthened, there is no doubt that, to that highest dignity, for which the Mother of God far surpasses all creatures, He came closer than any other.

Since marriage is the greatest consortium and friendship —to which the communion of goods is inherently linked— it follows that, if God has given Joseph as Husband to the Virgin, he has given him not only as a life partner, witness of virginity and guardian of honesty, but also to participate, through the conjugal pact, in her sublime greatness.

He prevails among all because of his august dignity, since by divine disposition he was the custodian and, in the belief of men, the Father of the Son of God. From which it followed that the Word of God submitted to Joseph, obeyed him and gave him that honor and that reverence that children owe to their own parents.

From this double dignity followed the obligation that nature places on the heads of families, so that Joseph, at the time, was the legitimate and natural custodian, head and defender of the Holy Family.

And during the entire course of his life He fully fulfilled those charges and those responsibilities. He dedicated himself with great love and daily care to protect his Wife and the Divine Child; Regularly through his work he obtained what was necessary for food and clothing for both of them; he nursed the Child from death when he was threatened by the jealousy of a monarch, and found him a refuge; in the miseries of the trip and in the bitterness of exile he was always the company, the help and the support of the Virgin and of Jesus.

And the application comes to the Holy Church:

Now, the divine home that Joseph directed with the authority of a father, contained within itself the newly nascent Church. By the very fact that the Most Holy Virgin is the Mother of Jesus Christ, She is the Mother of all the Christians to whom she gave birth on Mount Calvary in the midst of the supreme pains of Redemption; Jesus Christ is, in a way, the firstborn of Christians, who by adoption and Redemption are his brothers.

And for these reasons the Holy Patriarch contemplates the multitude of Christians who make up the Church as entrusted especially to his care, to this unlimited family, extended throughout the earth, on which, since he is the Spouse of Mary and the Father of Jesus Christ, retains a certain paternal authority.

It is, therefore, convenient and highly worthy of Blessed Joseph that, just as then he used to protect the family of Nazareth in a holy way at all times, so he now protects and defends the Church of Christ with his heavenly patronage.

Finally, he presents the comparison with the Patriarch Joseph of the Old Testament:

You well understand that these considerations are confirmed by the opinion held by a large number of the Fathers, and that the Sacred Liturgy reaffirms, that the Joseph of ancient times, son of the patriarch Jacob, was a type of Saint Joseph, and by his glory foreshadowed the greatness of the future custodian of the Holy Family.

The similarities that exist between them are well known:

– mainly, that the first Joseph earned the favor and special benevolence of his teacher, and that thanks to the administration of Joseph his family achieved prosperity and wealth,

– that – even more important – he presided over the kingdom with great power, – and that, at a time when the crops failed, he provided for all the needs of the Egyptians with such wisdom that the King decreed for him the title of “Savior of the world".

This is why we can prefigure the new in the old Patriarch. And just as the former was the cause of the prosperity of his master's domestic interests and at the same time rendered great services to the entire kingdom, so also the latter, destined to be the custodian of the Christian religion, must be regarded as the protector and the defender of the Church, which is truly the house of the Lord and the kingdom of God on earth.

And concludes:

These are the reasons why men of all types and nations have to approach the trust and protection of Blessed Joseph.

This is why we provide that, throughout the month of October, during the recitation of the Rosary, a prayer to Saint Joseph be added.

To those who recite this prayer, we grant each time an indulgence of seven years and seven quarantines; and 300 days of indulgence once a day, at any other time of the year.

In those lands where March 19 —the feast of Saint Joseph— is not an obligatory festivity, We exhort the faithful to sanctify it as much as possible through private practices of piety, in honor of their heavenly patron, as if it were a duty day.

R. P. CERIANI.

 

 

FIESTA DEL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN Y PATRONO DE LA IGLESIA.


 

Debido a que el 19 de marzo coincidió este año con el Cuarto Domingo de Cuaresma, la Fiesta de San José fue trasladada para el día de hoy.

La Santa Iglesia, al promover el culto del Glorioso Patriarca San José, lo presenta a todos sus hijos como modelo y protector.

Sabemos que todos los Santos son propuestos como modelos de imitación; pero cada uno en particular para determinada condición.

San José, empero, es propuesto como modelo universal; vale decir, como dechado de todas las virtudes y para todos los cristianos, de cualquier estado, edad y condición.

En San José tienen los padres de familia el más sublime modelo de paternal vigilancia y providencia; los cónyuges, un perfecto ejemplar de amor, de concordia y de fe conyugal, y los vírgenes, un dechado y a la vez defensor de la virginal integridad.

Los nobles, teniendo ante los ojos la imagen de San José, aprenden a conservar también su dignidad en los reveses de fortuna; y los ricos entienden cuáles son los bienes que es necesario apetecer con ardiente anhelo, y atesorar con todo empeño.

Por su parte, los obreros y los pobres deben recurrir a San José por título y derecho propio; y aprender de Él lo que tienen que imitar; pues Él, si bien de regia estirpe, unido en matrimonio con la más santa y excelsa entre las mujeres, y padre legal del Hijo de Dios; sin embargo, empleó su vida en el trabajo, y, con el ejercicio de su oficio, ganó lo necesario para el mantenimiento de los suyos.

Pero, si la Santa Iglesia nos lo presenta como modelo universal, nos lo propone como protector universal; esto es, auxiliador para todas las necesidades, y esto en atención a la vida que llevó sobre la tierra y, especialmente, por el poder que tiene ahora en el Paraíso.

Todos los Santos son nuestros protectores; pero cada uno suele ser invocado para una determinada necesidad.

San José, en cambio, nos protege, no en una, sino en todas las necesidades, sean espirituales o temporales, pues cualquier favor que Él pide a Dios por nosotros, lo obtiene.

Aún más, mientras los otros Santos piden e interceden por nosotros, Él no ruega —dice Gersón—, sino que manda; porque a una indicación, a un deseo suyo, Dios enseguida concede la gracia, no pudiendo negar nada al que fuera el fidelísimo Custodio del Verbo Encarnado y de su Madre Santísima.

Por esto, la Iglesia en la fiesta de su Patrocinio lo llama nuestro Protector universal.

San José, después de María Santísima, es el más poderoso intercesor ante Dios en favor de los hombres; pues, entre los Santos, obtiene más prontamente y con mayor abundancia el que es intercesor más poderoso; esto es, el que está más cerca de Dios por dignidad, por santidad y por los servicios que le ha prestado, puesto que Dios es justo distribuidor y remunerador.

Lo mismo sucede ante los monarcas de la tierra: conceden estos mayores favores, según el grado de dignidad y virtud de que está adornada la persona que pide, y según mayores sean los servicios que ella ha prestado a la patria con su brazo o con su talento.

Pues bien; después de María Santísima, nadie es mayor que San José en dignidad, habiendo tenido sobre Jesús todos los derechos de Padre, y ejercido para con Él todos los oficios inherentes a su cargo. Jesús estuvo a Él sometido, y quiso ser llamado hijo suyo.

Además, nadie, después de María Santísima, es mayor que San José en santidad, habiendo estado tan próximo a la fuente más pura de la santidad, Jesucristo, con quien tuvo trato familiar, cosa no concedida nunca a ningún otro hombre; y habiendo sido elegido como Esposo de la Reina de todos los Santos, María Inmaculada, que es lo mismo decir que fue muy semejante a Ella.

Finalmente, después de María Santísima, ninguno prestó servicios más íntimos y señalados al Hijo de Dios que San José, puesto que le dio de comer, de beber y de vestir; lo preservó del frío, lo albergó, y además le salvó la vida, librándolo de la ira de Herodes, conduciéndolo salvo a Egipto, y sustentándolo con su duro trabajo de artesano.

Por lo tanto, San José, después de María Santísima, es el más poderoso intercesor ante Dios en favor de sus devotos.

Como Jesús en el Cielo está sumamente agradecido a su Madre María Santísima, así lo está también a San José, que hizo con Él oficio de Padre. Y por esto, mientras los otros Santos, para obtener alguna gracia de Jesús, ruegan y suplican como humildes siervos, San José no ruega, no suplica, sino que manda, como hemos dicho anteriormente.

Para profundizar e ilustrar lo que llevamos dicho, es conveniente resumir la Carta Encíclica Quamquam pluries, del Sumo Pontífice León XIII, sobre la devoción a San José, del 15 de agosto de 1889.

Comienza el Papa diciendo que, aunque muchas veces dispuso que se ofrecieran oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo pudiesen ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie consideraría motivo de sorpresa que estimase aquel momento (1889) como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber.

Daba la razón de tal costumbre:

Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los Santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz.

Los tiempos en los que vivimos, son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia.

Lo ilustra con algunos ejemplos:

Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad.

Y abreviaba expresando que estas cosas son tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres.

De allí la necesidad del recurso a Dios:

Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

Pasando a lo concreto, primero hace referencia a la intercesión de María Santísima, y dice: Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en Ella. Si, en innumerables ocasiones, Ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? Nos, por el contrario, creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales.

Y aquí viene el recurso al Glorioso Patriarca San José:

Pero tenemos en mente otro objeto, en el cual avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de su Iglesia, juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma.

Con respecto a esta devoción, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo.

Y puesto que es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

Y pasa a justificar lo que propone:

Las razones por las que el Bienaventurado José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia, y por las que, a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que Él es el Esposo de María y Padre Putativo de Jesús.

De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria.

Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; más, porque entre la Santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que, a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, Él se acercó más que ningún otro.

Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como Esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella.

Él se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, Padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propios padres.

De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia.

Y durante el curso entero de su vida Él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. Él se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su Esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús.

Y viene la aplicación a la Santa Iglesia:

Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, Ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos.

Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el Esposo de María y el Padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad.

Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del Bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.

Por último, presenta la comparación con el Patriarca José del Antiguo Testamento:

Ustedes comprenden bien que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la Sagrada Liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia.

Son bien conocidas las semejanzas que existen entre ellos:

– principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza,

– que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, – y que, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de “Salvador del mundo”.

Por esto es que podemos prefigurar al nuevo en el antiguo Patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra.

Y concluye:

Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del Bienaventurado José.

Es por esto que disponemos que, durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, se añada una oración a San José.

A quienes reciten esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete años y siete cuarentenas; y 300 días de indulgencia una vez al día, en cualquier otro tiempo del año.

En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.

R.P.CERIANI.

martes, 14 de marzo de 2023

SERMÃO DE MONS. MARCEL LEFEBVRE 26 DE MAIO DE 1985.



Eu recomendo fortemente que você leia este artigo e todos os artigos deste blog em um Tablet ou laptop e não em um laptop, pois os artigos são muito longos no celular, obrigado.

Nota de E. Neste sermão, o Bispo Lefebvre aborda três temas: o carisma e o pentecostalismo, os sacramentos instruídos por Nosso Senhor Jesus Cristo, entre os quais destaca o sacramento da confirmação e, por fim, tira uma conclusão sobre a forma como o pentecostalismo e o carisma quer nos transmitir o Espírito Santo. Este sermão é doutrinário, daí sua importância em lê-lo para ter uma ideia mais clara dos erros modernistas. 

Mia, queridos amigos, meus queridos irmãos, hoje se fala muito em carisma e pentecostalismo, e, de fato, muitos católicos hoje se esforçam para receber o Espírito Santo de uma forma nova, de uma forma que nos conduz ao protestantismo. Porque o pentecostalismo nasceu protestante e se espalhou para a Igreja, não faz muito tempo.

Mas hoje esse pentecostalismo na Igreja se tornou carismático. E somos obrigados a admitir que essas manifestações se difundem cada vez mais com a aprovação das autoridades eclesiásticas. Pudemos ver e ouvir esses eventos na reunião Katholinkentag em Munique, Alemanha, em novembro passado. Todos os bispos e cardeais alemães se reuniram em Munique no meio de 80.000 fiéis. E esses eventos ocorreram antes da recepção do sacramento da Eucaristia.

Demonstrações que realmente têm algo estranho. Alguém pode, de fato, se perguntar se eles são inspirados pelo verdadeiro Espírito de Deus. Ou por outro espírito. e quase ao mesmo tempo, Gratz Áustria também houve manifestações carismáticas sob a direção do bispo desta cidade e este bispo explicou que essas manifestações foram introduzidas na Igreja como um meio de atrair os jovens e, assim, as igrejas não ser visto vazio. E talvez para isso fosse uma forma de reavivar a vida cristã destes jovens. Ao mesmo tempo, em Paray-le Monial, eventos desse tipo aconteciam com frequência. Eventos, aliás, que também têm aspectos bastante tradicionais.

Em Paray-le Monial, em particular, notamos que há jovens que passam a noite inteira adorando o Santíssimo Sacramento, que rezam o rosário e que realmente demonstram espírito de oração. Há então um aspecto estranho que combina a Igreja e as manifestações mais estranhas à Igreja. ¿O que devemos pensar sobre isso? ¿Acreditamos realmente que este é um novo caminho que foi aberto por ocasião do Concílio Vaticano II, alguns anos antes, para receber o Espírito Santo? Parece que essas novas manifestações não estão de acordo com a tradição da Igreja. ¿De onde vem o Espírito Santo? Quem é o Espírito Santo? O Espírito é Deus, Espírito é Deus São João nos diz: "Deus é Espírito" e Deus quer ser adorado em espírito e em verdade.

Portanto, é mais uma manifestação espiritual que deve manifestar nosso apego ao Espírito do que manifestações externas e sensíveis. E, então, é o próprio Nosso Senhor Jesus Cristo que nos diz no Evangelho, que anuncia aos apóstolos que eles receberão o Espírito que ele lhes enviará. Ele vos enviará o Espírito que recebeu, o Espírito da verdade, o espírito da caridade: quia de meo accipiet (Jn 16,14) Eu vo-los enviarei: “Mittan eum ad vos” (Jn 16,7) . Nós o dizemos no Credo: "Credo in in Spiritum Sanctum qui ex Patre filioque procedit" que procede do Pai e do Filho. ESTA É A FÉ CATÓLICA. Cremos que o Espírito Santo vem do Pai e do Filho e que Nosso Senhor Jesus Cristo veio à terra precisamente para nos devolver o seu Espírito; para devolver-nos a sua vida espiritual, a sua vida divina. ¿E que meios Ele tomou? Eu tomo esses meios, essas manifestações que vemos no pentecostalismo e carismatismo? Para nada. Eu tomo os meios dos sacramentos.

Eu instituo os sacramentos para nos comunicar seu Espírito. E, em particular, devemos insistir nesta verdade da tradição. Nosso Senhor comunica seu Espírito a nós por meio do batismo. Ele diz a Nicodemos em sua conversa noturna que teve com ele, ele lhe disse: "Quem não nascer da água e do Espírito Santo não entrará no reino dos céus". Portanto, devemos renascer da água e do Espírito Santo, e foi assim que Nosso Senhor comunicou seu Espírito aos apóstolos. Os apóstolos primeiro receberam o batismo de João e depois, no Pentecostes, receberam o batismo do Espírito. ¿E o que eles fizeram imediatamente depois de terem recebido o Espírito Santo? Eles batizavam e comunicavam o Espírito Santo a todos os que tinham fé; a todos os que creram em Nosso Senhor Jesus Cristo. Desta forma, a Igreja

Parece-me que deveríamos estar mais interessados ​​em meditar mais sobre a grande realidade do nosso batismo. É uma transformação total que se realizou em nossa alma, por ocasião da recepção deste sacramento. E depois vieram os outros sacramentos para completar esta efusão do Espírito Santo que recebemos no Baptismo, o Sacramento da Confirmação, que esta tarde terei a alegria de dar a muitas crianças. A Confirmação também nos comunica com grande efusão todos os dons do Espírito Santo, porque precisamos deles para alimentar a nossa vida espiritual, para fortalecer a nossa vida espiritual, a nossa vida cristã. E isso não é tudo. Nosso Senhor quis dois sacramentos em particular para nos comunicar frequentemente o seu Espírito, a fim de manter a efusão do seu Espírito sobre nós.

Estes são os sacramentos da Penitência e da Eucaristia. O sacramento da penitência que fortalece a graça que recebemos no batismo e purifica nossas almas de nossos pecados. Porque não podemos pensar em receber muitas graças do Espírito Santo se nossas almas estão em contradição com o Espírito Santo, através do pecado. O sacramento da penitência, portanto, nos restitui a virtude do Espírito Santo, a virtude da graça. ¿E o sacramento da Eucaristia, ¿que nos é dado pelo Sacrifício da Missa? O sacrifício da redenção continua para que o Sacramento da Eucaristia seja realizado. E esta graça que brota do coração de Nosso Senhor Jesus Cristo, do coração trespassado de Nosso Senhor, o sangue e a água que correm, manifesta ao mesmo tempo manifesta ao mesmo tempo a graça da Redenção pela água que brota de seu Sagrado Coração e seu sangue que corre é sua vida divina comunicada a nós. Então também na Santa Eucaristia recebemos tanto a santificação de nossas almas quanto a eliminação do pecado e do apego a Nosso Senhor Jesus Cristo; como muitas fontes do Espírito.

O sacramento do matrimônio e o sacramento das ordens sacerdotais são sacramentos que santificam a sociedade. A primeira santifica a família e a segunda é dada precisamente para comunicar o Espírito Santo a todas estas famílias cristãs, a todas as almas. Portanto, são ainda novas ocasiões em que Nosso Senhor Jesus Cristo dá realmente o seu Espírito, o seu Espírito de verdade. Seu espírito de amor, seu espírito de caridade. E, finalmente, o sacramento da extrema-unção que nos prepara para receber a verdadeira e definitiva efusão do Espírito Santo, quando recebermos nossa recompensa no céu. Estes são os meios pelos quais Nosso Senhor Jesus Cristo quer comunicar a sua vida espiritual, o seu próprio Espírito. Não temos o direito de escolher outros meios e de querer outros meios além daqueles instituídos por Nosso Senhor Jesus Cristo. Ele se deu ao trabalho de instituir esses meios simples, belos e simbólicos ao mesmo tempo. Não temos o direito de esperar que, por nossas simples manifestações externas, gestos particulares, tenhamos o direito de receber o Espírito Santo. Devemos suspeitar e temer que essas novas manifestações sejam inspiradas pelo Espírito de Nosso Senhor, na verdade não o são, certamente recebem outro espírito.

Portanto, tome cuidado para não ser atraído por essas manifestações ou desejos e poupe nossas próprias famílias que às vezes são atraídas por essas manifestações. Digamos que Nosso Senhor teve muito cuidado em nos dar seu Espírito através dos sacramentos mencionados. ¿E qual é o efeito da descida do Espírito Santo sobre nós? Acima de tudo, é afastar-se do pecado por meio desses dons particulares de força e temor de Deus e, especialmente, do medo filial, não do medo servil. Oh, certamente o medo servil é útil, isto é, o medo do castigo nos é útil para nos manter no caminho da fidelidade a Nosso Senhor Jesus Cristo e aos seus mandamentos. Mas é sobretudo o MEDO filial que deve ser cultivado nas nossas almas e este medo vem diretamente do Espírito Santo porque gera em nós o medo de nos afastarmos daquele que é o nosso tudo, nos afastando de Deus e do Espírito Santo. Esse medo deve ser suficiente e deve ser eficaz para nos afastar de todo pecado. Para manter a nossa vontade unida a Deus e evitar que esta vontade se apegue aos bens deste mundo contrários à vontade de Deus. Este é o primeiro efeito dos dons do Espírito Santo. Também nos inspira a submeter-nos à vontade de Deus, pelo dom do conselho e da sabedoria, que aperfeiçoa a virtude da prudência. No decorrer da nossa existência precisamos saber qual é a vontade de Deus para podermos realizá-la, praticá-la. Às vezes, as decisões são difíceis de tomar e é difícil para nós conhecer a vontade de Deus. Então o Espírito Santo nos ilumina com o dom do conselho e da sabedoria, também nos move à oração, à união com Nosso Senhor Jesus Cristo. O dom da misericórdia é um dom que se manifesta particularmente com a virtude da religião, que eleva as nossas almas a Deus; a virtude da religião que faz parte da virtude da justiça. Porque é justo e digno que adoremos a Deus e essa adoração quer que a prestemos a ele através do sacrifício de Nosso Senhor Jesus Cristo através da Santa Missa. Deus quis e quer que lhe concedamos toda a honra e glória por meio de Nosso Senhor Jesus Cristo, no Santo Sacrifício da Missa, é o que a Igreja nos pede para fazer todos os domingos, unir-nos ao sacrifício de Jesus Cristo,

É por tudo isso que mais uma vez se erra na reforma litúrgica quando se dá tanta ênfase à participação dos fiéis. Eu mesmo ouvi o Bispo Bugnini, o idealizador da reforma litúrgica, nos dizer: "Toda esta reforma foi realizada com o objetivo de fazer com que os fiéis participem mais da liturgia". ¿Mas que participação? Participação externa, participação oral nem sempre são as melhores participações. ¿Por qué participação externa? ¿Porque essas estranhas e raras cerimônias, porque essas canções modernas? ¿Porque essas canções vocais e modernas? Eles dizem (os modernistas) "Para uma união interna, para uma união espiritual, sobrenatural, para unir nossas almas a Deus, é inconcebível que os fiéis que assistem à missa fiquem calados e nem mesmo abram seus livros de missa".

¿O que devo dizer sobre isso? Que este modo de pensar que está em total contradição com a tradição da Igreja é inconcebível. O fiel diante do se durante o Sacrifício da Missa sente-se atraído, conquistado e de alguma forma inspirado pelos sentimentos que o sacerdote manifesta em sua ação sacerdotal por excelência; ouvindo o padre realizar seu ato de confissão (Confiteor Deo Omnipotent...), seu ato de contrição, os fiéis se juntam ao padre e lamentam seus pecados, sentem um chamado de Deus à piedade e misericórdia de Deus quando ouvem o Kirie eleison . Ao ouvir a leitura da Epístola e do Evangelho, manifesta-se o seu espírito de fé, é o ato de fé. Um profundo ato de fé quando, junto com o sacerdote, reza o Credo onde estão contidas as verdades ensinadas pela Igreja. No ofertório a alma do fiel junta-se à hóstia ou sacerdote, na patena oferece o seu dia. Oferece toda a sua vida, oferece a sua família, enfim, oferece tudo o que é seu a Deus, e assim continuam todos os sentimentos através desta verdadeira e magnífica Missa. ESTA É A VERDADEIRA PARTICIPAÇÃO.

Portanto, há um erro, no sentido de que era absolutamente necessário que os fiéis participassem de tal maneira, tão externamente, que se tornasse um obstáculo à oração interior, que se tornasse um obstáculo à união de suas almas. com Deus.

Quantas pessoas dizem: “Não podemos rezar nas missas modernas. Nas novas missas, não podemos mais rezar. Sempre ouvimos algo, ouvimos uma oração pública. Há uma manifestação externa o tempo todo nos distraindo e não podemos mais nos encontrar e nos unir verdadeiramente com Deus”.