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viernes, 24 de noviembre de 2017

Estados Unidos sigue mostrando su incapacidad para admitir la realidad en la ONU

Mientras los presidentes Putin y Trump avanzan sobre el tema sirio, los altos funcionarios estadounidenses en la ONU se empeñan en seguir probando fuerza con Rusia. Negándose a aceptar que se investigue un crimen cuyos culpables ellos designan sin pruebas, los “diplomáticos” estadounidenses ya han provocado no uno sino cuatro vetos en el Consejo de Seguridad. Para Thierry Meyssan, el comportamiento esquizofrénico de Estados Unidos en la escena internacional muestra tanto la división de la administración Trump como la decadencia del imperialismo estadounidense.




 Reeditando la postura de su lejano predecesor en el cargo, Adlai Stevenson, durante la Crisis de los Misiles del Caribe, la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, denuncia el incidente de Khan Cheikhun mostrando imágenes escalofriantes, “pruebas” que el Mecanismo de Investigación ONU-OPAQ se negó a autentificar. En esta foto aparece, junto a la embajadora de Estados Unidos, el halcón estadounidense Jeffrey Feltman, jefe del Departamento de Asuntos Políticos de la ONU.

Es imposible negar que las cosas no han cambiado mucho desde el 11 de septiembre de 2001. Estados Unidos persiste en manipular la opinión pública internacional y los mecanismos de la ONU, por razones diferentes, pero mostrando siempre el mismo desdén por la verdad.
En 2001, los representantes de Estados Unidos y del Reino Unido, John Negroponte y Stewart Eldon, aseguraban que sus dos países acababan de atacar Afganistán en legítima defensa después de los atentados cometidos en Nueva York y Washington [1]. El secretario de Estado Colin Powell prometía, claro está, distribuir al Consejo de Seguridad de la ONU un completo dossier con las pruebas de la responsabilidad de Afganistán. Hoy, 16 años después de aquella promesa, seguimos esperando por esas pruebas.
  

El secretario de Estado Colin Powell miente al Consejo de Seguridad de la ONU. En plena sesión, Powell muestra lo que presenta como una muestra de ántrax capaz de matar a toda la población de Nueva York y acusa a Irak de haber preparado esa terrible arma para atacar Estados Unidos. Ninguna de las administraciones estadounidenses posteriores ha presentado excusas por aquella farsa.

En 2003, el mismo Colin Powell se presentaba ante el Consejo de Seguridad de la ONU para explicar a sus miembros, en una intervención difundida por las televisiones del mundo entero, que Irak también estaba implicado en los atentados del 11 de Septiembre y que ese país estaba preparando una nueva agresión contra Estados Unidos, pero con armas de destrucción masiva [2]. Años después, cuando ya había abandonado sus funciones en el seno de la administración estadounidense, Powell reconoció ante las cámaras de una televisora de su país que las acusaciones que contenía aquel discurso eran todas falsas [3]. Hoy, 14 años después de aquel discurso, seguimos esperando que Estados Unidos se disculpe ante el Consejo de Seguridad.
Todo el mundo ha olvidado las acusaciones de Estados Unidos sobre la responsabilidad del presidente iraquí Saddam Hussein en los atentados del 11 de septiembre (antes, Washington también atribuyó aquellos atentados a Arabia Saudita y ahora los atribuye a Irán, sin haber aportado nunca pruebas contra ninguno de esos 4 países). Pero sí se recuerda el debate, que se prolongó por meses, sobre las famosas armas de destrucción masiva. En aquella época, la Comisión de Control, Verificación e Inspección de Naciones Unidas (UNMOVIC, siglas en inglés) no encontró absolutamente ningún indicio de la existencia de aquellas armas. Se produjo entonces un duro enfrentamiento entre el director de la UNMOVIC, el sueco Hans Blix, y Estados Unidos, al principio, y posteriormente entre la ONU y, en definitiva, todo el mundo occidental. Washington afirmaba que si Hans Blix no encontraba las armas de destrucción masiva era porque hacía mal su trabajo. Pero Hans Blix aseguraba que Irak nunca tuvo la capacidad necesaria para fabricar ese tipo de armas. De todas maneras, Estados Unidos bombardeó Bagdad, invadió Irak, derrocó al presidente Saddam Hussein y lo ahorcó, ocupó su país y lo saqueó.
El método estadounidense posterior al 2001 no tiene nada que ver con lo que Estados Unidos hacía antes. En 1991, el presidente George Bush padre se aseguró de poner el Derecho Internacional de su parte antes de atacar Irak. Lo hizo empujando Bagdad a invadir Kuwait y estimulando a Saddam Hussein a persistir en su error. Así obtuvo Bush padre el respaldo de casi todas las naciones del mundo. En 2003, por el contrario, George Bush hijo se limitó a mentir y a seguir mintiendo una y otra vez. Numerosos Estados se distanciaron entonces de Washington mientras que el mundo asistía a una de las manifestaciones pacifistas más grandes de toda la Historia, de París hasta Sydney y de Pekín a Ciudad México.
En 2012, el Departamento de Asuntos Políticos de la ONU redactó para Siria un proyecto de capitulación total e incondicional [4]. Su director, el estadounidense Jeffrey Feltman, ex secretario de Estado adjunto de la secretaria de Estado Hillary Clinton, utilizó todos los recursos a su disposición para conformar la más amplia coalición internacional de la Historia y acusar a Siria de todo tipo de crímenes, sin que ninguno haya podido probarse.
Si los países que tienen en su poder el documento de Feltman han decidido no publicarlo es para proteger la ONU. Es, en efecto, inaceptable que los recursos de la ONU hayan sido utilizados para promover la guerra, tratándose de una organización creada precisamente para preservar la paz. Como no me atan las obligaciones que tienen los Estados, yo publico en mi libro Sous nos yeux [5] un estudio detallado de ese abyecto documento.
En 2017, el Mecanismo Conjunto de Investigación ONU-OPAQ [6], creado a pedido de la República Árabe Siria para investigar el uso de armas químicas en su territorio fue objeto de la misma oposición que ya había tenido que enfrentar Hans Blix de parte de Washington. Pero esta vez, algunos contendientes habían cambiado de bando: en 2003, la ONU defendía la paz. Ya no es así actualmente. El estadounidense Jeffrey Feltman fue mantenido en sus funciones y sigue siendo el segundo funcionario más poderoso en la jerarquía de la ONU. Ahora es Rusia la que se opone, en nombre de la Carta de las Naciones Unidas, a una serie de funcionarios internacionales pro-estadounidenses.
Los trabajos del Mecanismo de Investigación se analizaron y fueron objeto de debates de manera normal durante su primer periodo, o sea desde septiembre de 2015 hasta mayo de 2017. Pero se hicieron sesgados cuando el guatemalteco Edmond Mulet reemplazó en su dirección a la argentina Virginia Gamba. La nominación de Edmond Mulet fue impulsada por el nuevo secretario general de la ONU, el portugués Antonio Guterres.
El Mecanismo de Investigación reúne en su seno a funcionarios de la ONU y de la OPAQ. Esta última organización internacional recibió en 2013 el Premio Nobel de la Paz, principalmente por su trabajo en la supervisión de la destrucción –por Estados Unidos y Rusia– del arsenal químico sirio. Pero su director, el turco Ahmet Uzumcu, ha cambiado mucho. En junio de 2015, fue invitado a Telfs Buchen (Austria) para asistir a la reunión anual del Grupo de Bilderberg, el restringido club de la OTAN.


En diciembre de 2015, el director de la Organización para la Prohibición de las Armas químicas, Ahmet Uzumcu (a la izquierda) recibe la Legión Honor de manos del ministro de Exteriores de Francia, Laurent Fabius (a la derecha), el ministro francés que decía que el presidente sirio Assad «no debería estar sobre la tierra» y que al-Nusra (al-Qaeda en Siria) «está haciendo un buen trabajo».

La cuestión resulta extremadamente grave. En 2003 el enfrentamiento era entre Hans Blix y Estados Unidos, que amenazaba con intervenir militarmente contra Irak si la ONU comprobaba que Bagdad tenía armas de destrucción masiva. Pero en 2017, Rusia se opone a Edmond Mulet, quien podría avalar a posteriori la intervención estadounidense contra Siria. Porque el hecho es que Washington ya decidió, sin investigación, que Siria es responsable de un ataque con gas sarín en Khan Cheikhoun, y ya bombardeó por eso la base aérea siria de Sheyrat [7].
Si el Mecanismo de Investigación se apartara de alguna manera del discurso de Washington, eso pondría a Estados Unidos en la obligación de presentar excusas e incluso de indemnizar a Siria. Los funcionarios internacionales pro-estadounidenses consideran por tanto que su misión es determinar que Siria utilizó contra su propia población gas sarín que aún mantendría ilegalmente en la base aérea bombardeada de Sheyrat.
Desde el mes de octubre, el intercambio ha ido subiendo de tono entre ciertos funcionarios de la ONU y Rusia. Pero, la divergencia no tiene nada que ver –como pretende la prensa occidental– con las conclusiones del Mecanismo Investigador sino sólo con sus métodos ya que Moscú dio a conocer que rechaza toda conclusión obtenida mediante métodos que no se ajusten a los principios internacionales establecidos en el marco de la Convención sobre las Armas Químicas y de la OPAQ [8].
El gas sarín es un agente neurotóxico extremadamente letal para el hombre. Existen variantes de ese producto, como el clorosarín y el ciclosarín, y una versión aún más peligrosa: el VX. Todos esos productos se absorben a través de la piel y pasan directamente a la sangre. Luego de su dispersión en el entorno se degradan en semanas o meses, no sin consecuencias para la fauna que puede entrar en contacto con ellos. Cuando el sarín penetra en el suelo, a salvo de contacto con el oxigeno o la luz, puede mantenerse activo durante mucho tiempo.
Basta con ver las fotos divulgadas después del ataque de Khan Cheikhoun, que muestran varias personas recogiendo muestras sólo horas después del ataque –sin ningún tipo de traje de protección para evitar el contacto del sarín con su piel– para saber que si realmente se usó allí algún tipo de agente químico no fue sarín ni ninguno de sus derivados. Para más detalles, vale la pena ver el estudio del profesor Theodore Postol, del Massachusetts Institute of Technology (MIT), que echa abajo uno a uno todos los argumentos de los supuestos expertos de la CIA [9].
Sin embargo, contraviniendo los principios de la Convención sobre las Armas Químicas, el Mecanismo Investigador no fue al lugar para recoger muestras, analizarlas e identificar el gas utilizado, si realmente ocurrió eso.
Al responder a las preguntas de Rusia sobre ese asunto, en mayo y junio de 2017, la OPAQ respondió que estaba estudiando las condiciones de seguridad para viajar al lugar. Pero finalmente concluyó que no era necesario hacerlo porque «la utilización de gas sarín está fuera de duda».
Por su parte, el Mecanismo Investigador estuvo en la base aérea siria de Sheyrat, donde –según Washington– estaba ilegalmente almacenado el gas sarín y donde fue cargado en los aviones que supuestamente lo utilizaron. Pero, a pesar de la insistencia de Rusia, se negó a recoger muestras.
El Mecanismo Investigador también se negó a estudiar las revelaciones de Siria sobre las entregas de gases de combate a los yihadistas por parte de las empresas Federal Laboratories y NonLethal Technologies –de Estados Unidos– y Chemring Defence UK –del Reino Unido [10].
Estados Unidos y sus aliados incluso reconocen en el proyecto de resolución que presentaron el 16 de noviembre que los funcionarios internacionales deberían realizar sus investigaciones de «una manera apropiada para la realización de su mandato» [11].
Rusia rechazó el informe del Mecanismo Investigador debido al amateurismo de sus autores y rechazó en 3 ocasiones la prolongación de su mandato. Utilizó el veto el 24 de octubre [12] y los días 16 [13] y 17 de noviembre, como ya lo había hecho antes, el 12 de abril [14] cuando Estados Unidos y Francia [15] trataron de condenar a Siria por el supuesto ataque con gas sarín. Eran la octava, novena, décima y undécima veces que Rusia utilizaba el veto sobre el tema sirio.
Se ignora por qué razón Washington ha presentado 4 veces la misma alegación al Consejo de Seguridad por vías diferentes. Ese tartamudeo ya se había producido antes, al principio de la guerra contra Siria: el 4 de octubre de 2011, el 4 de febrero de 2012 y el 19 de julio del mismo año, cuando Francia y Estados Unidos trataron de que el Consejo de Seguridad condenara lo que llamaron la represión de la primavera siria. En aquel momento Rusia aseguraba, por el contrario, que no había en Siria ninguna guerra civil sino una agresión externa. Y los occidentales siempre replicaron que iban a «convencer» a su socio ruso.
Es interesante observar que la leyenda que se repite en Occidente afirma que la guerra en Siria comenzó siendo una revolución democrática que se desvió de su rumbo y acabó bajo la dirección de los yihadistas. Pero, contrariamente a lo que se dijo entonces y a lo que aún se dice, no existe ninguna prueba de que se haya producido en Siria la menor manifestación en reclamo de democracia en 2011-2012. Todos los videos que datan de aquella época muestran manifestaciones de apoyo al presidente Assad o contra la República Árabe Siria, pero los manifestantes nunca reclaman democracia. Ninguno de esos videos incluye consignas o pancartas en reclamo de democracia. Todos los videos de supuestas «manifestaciones revolucionarias» que corresponden a aquel periodo fueron grabados los viernes a la salida de mezquitas sunnitas, ninguno se grabó otro día ni en otro lugar que no fuera una mezquita sunnita.
Es cierto que en algunos de esos videos se oyen consignas que incluyen la palabra «libertad». Pero al prestar atención se comprueba que los manifestantes no reclaman «Libertad», en el sentido occidental, sino «la libertad de aplicar la sharia». Si usted, estimado lector, encuentra un documento realmente fidedigno que me contradiga mostrando una manifestación de más de 50 personas, le agradeceré que me lo envíe y me comprometo a publicarlo.


Para no ofrecer a sus opositores la posibilidad de acusarlo de haber ido a recibir órdenes del agente del KGB Vladimir Putin, el presidente Trump no se reunió en privado con su homólogo ruso en Da Nang. (En la foto, Donald Trump y Vladimir Putin en Da Nang, el 11 de noviembre de 2017.)

La obstinación estadounidense en manipular los hechos podría interpretarse como una forma de alineamiento de la administración Trump con la política de los 4 últimos mandatos presidenciales. Pero esa hipótesis está en contradicción con la firma en Amman –el 8 de noviembre– de un Memorándumsecreto entre Jordania [16], Rusia y Estados Unidos, y con la Declaración común de los presidentes Putin y Trump, fechada el 11 de noviembre en Da Nang, y dada a conocer al margen de la Cumbre de la APEC [17].
El primero de estos documentos no se ha publicado, pero varias indiscreciones ya han permitido saber que no tiene en cuenta la exigencia israelí de crear una zona neutral –en territorio sirio– que abarcaría 60 kilómetros más allá no de la frontera israelí sino de la línea de alto al fuego de 1967. El gobierno británico, que no deja pasar la menor ocasión de añadir leña al fuego, reaccionó haciendo publicar a través de la BBC varias fotografías satelitales de la base militar iraní de Al-Kiswah (a 45 kilómetros de la línea de alto al fuego) [18].
Como era de esperar, el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu rechazó de inmediato el acuerdo entre los Dos Grandes y anunció que Israel se reserva el derecho a intervenir militarmente en Siria para preservar su seguridad [19], comentario que constituye una amenaza contra un Estado soberano y, por tanto, viola la Carta de las Naciones Unidas. En todo caso, todos han podido comprobar en los últimos 7 años que el pretexto de las armas destinadas al Hezbollah libanés está más que gastado. Por ejemplo, el 1º de noviembre Israel bombardeó ilegalmente una zona industrial en la región siria de Hassiyé… otra vez con el pretexto de destruir armamento destinado al Hezbollah. En realidad, el blanco del ataque era una fábrica de cobre indispensable en el restablecimiento de la red eléctrica siria [20].
La Declaración de Da Nang incluye avances bien definidos. Por ejemplo, deja establecido por primera vez que todos los sirios podrán participar en la próxima elección presidencial. Hay que recordar que los miembros de la coalición internacional violaron la Convención de Viena impidiendo que los sirios residentes en el exterior votaran en la última elección presidencial. Por su parte, la «Coalición Nacional de Fuerzas de la Oposición y de la Revolución» boicoteaba las elecciones porque estaba bajo control de la Hermandad Musulmana y esta proclama que «El Corán es nuestra ley» y que no hay espacio para elecciones en un régimen islamista.
El contraste entre, por un lado, el avance de las negociación ruso-estadounidense sobre Siria y, por otro lado, el empecinamiento del mismo Estados Unidos en negar los hechos ante el Consejo de Seguridad de la ONU resulta realmente sorprendente.
Es interesante observar el desconcierto de la prensa europea, tanto ante el trabajo de los presidentes Putin y Trump como frente a la terquedad infantil de la delegación de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad. Casi ningún medio de difusión ha mencionado el Memorándum de Amman y todos comentaron la Declaración Común Putin-Trump antes de su publicación, basándose sólo una Nota de la Casa Blanca. En cuanto a las niñerías de la embajadora estadounidense Nikki Haley en el Consejo de Seguridad, los medios europeos se limitaron a señalar unánimemente que los Dos Grandes no pudieron llegar a un acuerdo… pero sin mencionar los argumentos rusos, a pesar de que Moscú los expuso extensa y detalladamente.
Lo que puede verse es que mientras el presidente Trump trata de separarse de la política imperialista de sus predecesores, los funcionarios internacionales pro-estadounidenses de la ONU son incapaces de adaptarse a la realidad. Después de 16 años de mentiras sistemáticas, ya no logran pensar en función de los hechos sino sólo de sus obsesiones. Ya no logran dejar de creer que la realidad corresponde a lo que ellos quieren. Es el comportamiento característico de los imperios en decadencia.


EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY


san Celestino Papa
Y día llegó en que los perseguidores del Santo fueron los más empeñados, según su predicción, impedir el fin del cisma. ¡Hasta tal punto el éxito momentáneo de sus maquinaciones les embarazaba y llenaba su vida de decepciones y de remordimientos!
Tratándose de la santificación individual, Dios sigue los mismos caminos siempre austeros y a veces desconcertantes.
Nuestro Padre San Bernardo ama con pasión su soledad llena por completo de Dios, «su bienaventurada soledad es su única beatitud». Sólo una cosa pide al Señor: la gracia de pasar allí el resto de sus días, pero la voluntad divina le arranca una y otra vez de los piadosos ejercicios del claustro, lánzale en medio de un mundo que aborrece, en el trabajo de mil asuntos ajenos a su perfección, contrarios a sus gustos de reposo en Dios.
No puede ser todo para su Amado, para su alma, para sus hermanos, y por eso, se inquieta. «Mi vida -dice- es monstruosa y mi conciencia está atormentada. Soy la quimera del siglo, ni vivo como clérigo ni como seglar. Aunque monje por el hábito que llevo, hace ya tiempo que no vivo como tal.
¡Ah, Señor! Más valdría morir, pero entre mis hermanos.»
Dios no le escucha, por lo menos en este sentido, y es preciso bendecirle por ello. Porque el santo «aconseja a los Papas, pacifica a los reyes, convierte a los pueblos, pone fin al cisma, abate la herejía, predica la cruzada». Y en medio de tantos prodigios y triunfos se mantiene humilde, sabe hacerse una soledad interior, conserva todas las virtudes de perfecto monje y no vuelve a su claustro sino acompañado de multitud de discípulos. Es, no la quimera, sino la maravilla de su siglo.
Abrumado por el peso de los negocios, San Pedro Celestino suspira por su amada soledad y abdica al Sumo Pontificado para volverla a hallar. Dios se la concede, más en forma del todo contraria a la que él había pensado, pues fue puesto en prisión. «Pedro -decíase a sí mismo entonces-, tienes lo que tanto tiempo deseaste, la soledad, el silencio, la celda, la clausura, las tinieblas en esta estrecha y bienaventurada prisión. Bendice a Dios sin cesar, pues ha satisfecho los deseos de tu alma de una manera más segura y agradable a sus ojos que la que tú proyectabas. Quiere Dios ser servido a su modo, no al tuyo.» El caballero de Loyola, herido ante los muros de Pamplona, podía considerar hundido su porvenir, mas allí le esperaba Dios para conducirle por este accidente mil veces feliz a la maravillosa conversión de la que había de nacer la Compañía de Jesús.
¿No es así como día tras día la mano de Dios nos hiere para salvarnos? La muerte deja claros en nuestras filas y nos arrebata las personas con las que contábamos; relaciones inexplicables desnaturalizan nuestras intenciones y nuestros actos; se nos quita por este medio, al menos en parte, la confianza de nuestros superiores, abundan las penas interiores, desaparece nuestra salud, las dificultades se multiplican por dentro y por fuera la amenaza está siempre suspendida sobre nuestras cabezas. Llamamos al Señor, y hacemos bien. Quizá le pedimos que aparte la prueba; y a semejanza de un padre amante y tierno, pero infinitamente más sabio que nosotros, no tiene la cruel compasión de escuchar nuestras súplicas si las halla en desacuerdo con nuestros verdaderos intereses, prefiriendo mantenernos sobre la cruz y ayudarnos a morir más por completo a nosotros mismos, y a tomar de ella una nueva savia de fe, de amor, de abandono; de verdadera santidad.
En resumen, jamás pongamos en duda el amor de Dios para con nosotros. Creamos sin titubear en la sabiduría, en el poder de nuestro Padre que está en los cielos. Por numerosas que sean las dificultades, por amenazadores que puedan presentarse los acontecimientos, oremos, hagamos lo que la Providencia exige, aceptemos de antemano la prueba si Dios la quiere, abandonémonos confiados a nuestro buen Maestro, y con tal conducta, todo, absolutamente todo, se convertirá en bien de nuestra alma. El obstáculo de los obstáculos, el único que puede hacer fracasar los amorosos designios de Dios sobre nosotros, sería nuestra falta de confianza y de sumisión, porque El no quiere violentar nuestra voluntad. Si nosotros por nuestra resistencia hacemos fracasar sus planes de misericordia, suya será en todo caso la última palabra en el tiempo de su justicia, y finalmente hallará su gloria. En cuanto a nosotros, habremos perdido ese acrecentamiento de bien que El deseaba hacernos.
4. AMOR DE DIOS
Siendo el Santo Abandono la conformidad perfecta, amorosa y filial, no puede ser efecto sino de la caridad; es su fruto natural, de suerte que un alma que ha llegado a vivir del amor, vivirá también del abandono. Propio es del amor, en efecto, unir al hombre estrechamente con Dios, la voluntad humana al beneplácito divino. Por otra parte, esta perfección de conformidad supone una plenitud de desprendimiento, de fe, de confianza, y sólo el Santo Abandono nos eleva a tales alturas y nos lleva a ella como naturalmente.
El amor dispone al abandono por un perfecto desasimiento.
El ejercicio habitual del abandono requiere una verdadera muerte a nosotros mismos. Podrán comenzarlo otras causas, pero no tendrán la delicadeza ni fuerzas necesarias para llevarlo a término; para lo cual será necesario «un amor fuerte como la muerte». Mas el amor lo conseguirá, porque le es propio olvidarlo todo, darse sin reserva, y no admite división: ni quiere ver sino al Amado, no busca sino al Amado, ama todo cuanto agrada al Amado. «El amor de Jesucristo -dice San Alfonso- nos pone en una indiferencia total; lo dulce, lo amargo, todo viene a ser igual; no se quiere nada de lo que agrada a sí mismo, se quiere todo lo que agrada a Dios; empléase con la misma satisfacción en las cosas pequeñas como en las grandes, en lo que es agradable y en lo que no lo es; pues con tal que agrade a Dios, todo es bueno. Tal es la fuerza del amor cuando es perfecto -dice Santa Teresa-; llega a olvidar toda ventaja y todo placer personal, para no pensar sino en satisfacer a Aquel que se ama.» Y San Francisco de Sales añade, con su gracioso lenguaje: «Si es únicamente a mi Salvador a quien amo, ¿por qué no he de amar tanto el
Calvario como el Tabor, puesto que se halla tan realmente en uno como en otro? Amo al Salvador en Egipto, sin amar el Egipto. ¿Por qué no lo amaré en el convite de Simón el leproso sin amar el convite? Y si le amo entre las blasfemias que lanzaron sobre El, sin amar tales blasfemias, ¿por qué no le amaré perfumado con el ungüento precioso de la Magdalena, sin amar ni el ungüento ni el perfume?» Y como lo decía, así lo practicaba.
El amor dispone al abandono haciendo la fe más viva y la confianza inquebrantable. Ciertamente la fe se esclarece y el corazón se abre a la esperanza, a medida que la niebla de las pasiones se disipa y la virtud crece. Mas cuando llega a la vía unitiva, las convicciones tórnanse más luminosas, las relaciones con Dios se convierten en cordial comunicación llena de confianza e intimidad, sobre todo cuando un alma ha experimentado repetidas veces que es ardientemente amante, y al revés, aún más amada de Dios cuando la ha purificado y afinado en el rudo y saludable crisol de las purificaciones pasivas. Como un niño en brazos de su madre reposa sin inquietud y se abandona con confianza, porque instintivamente siente que su madre le ha dado todo su corazón, así el alma se entrega a la Providencia con entera tranquilidad de espíritu, cuando ha podido llegar a decirse: «Es mi Padre del cielo, es mi Esposo adorado, el Dios de mi corazón que tiene en sus manos mi vida, mi muerte, mi eternidad; no me sucederá sino lo que El quiera, y no quiere sino mi mayor bien para el otro mundo y aun para éste.» Así es como terminando de romper nuestras ligaduras, y dando a nuestra confianza y a nuestra fe su última perfección, el santo amor completa nuestra preparación al abandono. Nos queda por manifestar cómo lo produce directamente. El amor perfecto es el padre del perfecto abandono. « El amor es lazo que une al amante con el amado, y hace de los dos uno, como el odio separa a los que la amistad había unido. La unión que produce el amor, es sobre todo la unión de las voluntades. El amor hace que los que se aman tengan un mismo querer y no querer para todas las cosas que se ofrezcan y no hieran la virtud; lo mismo que el odio llena el corazón de sentimientos diametralmente opuestos a la persona a la que se tiene aversión, de lo cual hemos de concluir que la unión y la conformidad con la voluntad de Dios se miden por el amor; que poco amor da poca conformidad, y un amor mediano una mediana conformidad, finalmente, un amor completo, una completa conformidad.» Por esto, los principiantes generalmente no pasan de la simple resignación, los proficientes se elevan a una conformidad ya superior; no consiguiéndose la perfecta conformidad sin un amor perfecto, con el cual se llega con seguridad a ella. Insistamos más para declarar mejor nuestro pensamiento.
Nadie ignora que el término a donde tiende el amor es la unión; y según San Juan: «El que permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él.» La experiencia nos lo dice al igual que la fe. El movimiento propio del amor es entregarse la criatura a Dios y Dios a la criatura, los lanza el uno hacia el otro; no hay amor de amistad en donde no exista este movimiento de unión. Cuando Dios nos estrecha contra su corazón en amoroso abrazo, nos unimos a Él con todas nuestras fuerzas; se le querría estrechar mil veces más, hasta confundirnos con El y formar un solo ser. Cuando Dios se oculta por amoroso artificio, como pala hacerse buscar con más avidez, la pobre alma, temiendo haberle perdido, va preguntando por El por todas parte con amorosa ansiedad; es una necesidad dolorosa, es un hambre insaciable, una sed inextinguible. Siente el vacío de Dios y no podría pasar sin El; nada le puede consolar en ausencia suya, a no ser el pensar que ella le agrada cumpliendo su adorable voluntad, y la esperanza de volverlo a encontrar más perfectamente. Querría poseerle, por decirlo así, infinitamente en el otro mundo para amarle, para alabarle, para unirse a El en la medida de sus deseos. Entre tanto lo busca aquí abajo sin descanso, aspira a una unión de amor cada vez más estrecha, dada por el sentimiento de una posesión sabrosa si Dios quiere, unión en la que dominará con frecuencia la necesidad y el deseo y el esfuerzo laborioso. En el primer caso, el alma está unida a Dios y en el otro, trata de unirse; en ambos es idéntico el movimiento de amor que nos saca fuera de nosotros para lanzarnos en Dios con ardiente deseo de poseerle. Esta unión de corazones produce la unión de voluntades. Desde que está poseído de un profundo afecto hacia Dios y se ha entregado a El sin reserva ni división, poseyendo nuestro corazón, se adueña también de nuestra voluntad, tanto que nada podríamos negarle.
En el cielo se gusta la unión con Dios en las alegrías del amor beatifico. Aquí abajo se le encuentra más frecuentemente sobre el Calvario que sobre el Tabor; respecto a la unión de gozo, es rara y fugaz, y generalmente el sufrimiento la precede y la sigue. Dios mostró en un éxtasis a Santa Juana de Chantal que «padecer por Él es pasto de su amor en la tierra, como gozar de Él lo es en el cielo».
Concuerdan con las de su fundadora estas expresiones de Santa Margarita María: «Tanto vale el amor cuanto es lo que se atreve a sufrir. No vive a gusto el amor, si no sufre. Querer amar a Dios sin sufrimiento es ilusión.» Ya que el sufrimiento es necesario para purificar, desprender, y adornar las almas y preparar así su unión a Dios. Es también preciso para alimentar esta unión, para impedir que se debilite y hacerla crecer, pues no bastarían los ardores del amor.


jueves, 23 de noviembre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS (Y/O LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO) SAN AGUSTIN

LOS LATROCINIOS DEL IMPERIO ROMANO

Capítulo IV. Cuán semejante a los latrocinios son los reinos sin justicia
Sin la virtud de la justicia, ¿qué son los reinos sino unos execrables latrocinios? Y éstos, ¿qué son sino unos reducidos reinos? Estos son ciertamente una junta de hombres gobernada por su príncipe la que está unida entre sí con pacto de sociedad, distribuyendo el botín y las conquistas conforme a las leyes y condiciones que mutuamente establecieron. Esta sociedad, digo, cuando llega a crecer con el concurso de gentes abandonadas, de modo que tenga ya lugares, funde poblaciones fuertes, y magnificas, ocupe ciudades y sojuzgue pueblos, toma otro nombre más ilustre llamándose reino, al cual se le concede ya al descubierto, no la ambición que ha dejado, sino la libertad, sin miedo de las vigorosas leyes que se le han añadido; y por eso con mucha gracia y verdad respondió un corsario, siendo preso, a Alejandro Magno, preguntándole este rey qué le parecía cómo tenía inquieto y turbado el mar, con arrogante libertad le dijo: y ¿qué te parece a ti cómo tienes conmovido y turbado todo el mundo? Mas porque yo ejecuto mis piraterías con un pequeño bajel me llaman ladrón, y a ti, porque las haces con formidables ejércitos, te llaman rey.
LAS BATALLAS DE LOS GLADIADORES CONTRA ROMA
Capítulo V. De los gladiadores fugitivos, cuyo poder vino a ser semejante a la dignidad real
Por lo cual dejo de examinar qué clase de hombres fueron los que juntó Rómulo para la fundación de su nuevo Estado, resultando en beneficio suyo la nueva creación del Imperio; pues que se valió de este medio para que con aquella nueva forma de vida, en la que tomaban parte y participaban de los intereses comunes de la nueva ciudad, dejasen el temor de las personas que merecían por sus demasías, y este temor los impelía a cometer crímenes más detestables, y desde entonces viviesen con más sosiego entre los hombres. Digo que el Imperio romano, siendo ya grande y poderoso con las muchas naciones que había sujetado, terrible su nombre a las demás, experimentó terribles vaivenes de la fortuna, y temió con justa razón, viéndose con gran dificultad para poder escapar de una terrible calamidad, cuando ciertos gladiadores, bien pocos en número, huyéndose a Campania de la escuela donde se ejercitaban, juntaron un formidable ejército que, acaudillado por tres famosos jefes, destruyeron cruelmente gran parte de Italia Dígannos: ¿qué dios ayudó a los rebeldes para que, de un pequeño latrocinio, llegasen a poseer un reino, que puso terror a tantas y tan exorbitantes fuerzas de los romanos? ¿Acaso porque duraron poco tiempo se ha de negar que no les ayudó Dios, como si la vida de cualquier hombre fuese muy prolongada? Luego, bajo este supuesto, a nadie favorecen los dioses para que reine, pues todos se mueren presto, ni se debe tener por beneficio lo que dura poco tiempo en cada hombre, y lo que en todos se desvanece como humo. ¿Qué les importa a los que en tiempo de Rómulo adoraron los dioses, y hace, tantos años que murieron, que después de su fallecimiento haya crecido tanto el Imperio romano, mientras ellos están en los infiernos? Si buenas o malas, sus causas no interesan al asunto que tratamos, y esto se debe entender de todos los que por el mismo Imperio (aunque muriendo unos, y sucediendo en su lugar otros, se extienda y dilate por largos años), en pocos días y con otra vida lo pasaron presurosa y arrebatadamente, cargados y oprimidos con el insoportable peso de sus acciones criminales. Y si, con todo, los beneficios de un breve tiempo se deben atribuir al favor y ayuda de los dioses, no poco ayudaron a los gladiadores, que rompieron las cadenas de su servidumbre y cautiverio, huyeron y se pusieron en salvo, juntaron un ejército numeroso y poderoso, y obedeciendo a los consejos y preceptos de sus caudillos y reyes, causando terror a la formidable Roma, resistiendo con valor y denuedo a algunos generales romanos, tomaron y saquearon muchas poblaciones, gozaron de muchas victorias y de los deleites que quisieron, hicieron todo cuanto les proponía su apetito, eso mismo hicieron, hasta que finalmente fueron vencidos (cuya gloria costó bastante sangre a los romanos), y vivieron reinando con poder y majestad. Pero descendamos a asuntos de mayor momento.
Capítulo VI. De la codicia del rey Nino, que por extender su dominio fue el primero que movió guerra a sus vecinos
Justino, que, siguiendo a Trogo Pompeyo, escribió un compendio, de la Historia griega, o, por mejor decir, universal, comienza su obra de esta manera: <Al principio del mundo el imperio de las naciones le tuvieron los reyes, quienes eran elevados al alto grado de la majestad, no por ambición popular, sino por la buena opinión que los hombres tenían de su conducta. Los pueblos se gobernaban sin leyes, sirviendo de tales los arbitrios y dictámenes de los reyes, los cuales estaban acostumbrados más a defender que a dilatar ambiciosamente los términos de su imperio. El reino que cada uno poseía se incluía dentro de los límites de su patria. Nino, rey de los asirios, fue el primero que con nueva codicia y deseo de dominar, mudó esta antigua costumbre conservada de unos a otros desde sus antepasados. Este monarca fue el primero que movió guerra a sus vecinos, y sujetó, como no sabían aún hacer resistencia, todas las naciones situadas hasta los confines de Libra>; y más adelante añade: <Nino robusteció el poder de su codiciado dominio con un largo reinado. Habiendo, pues, sujetado a sus comarcanos, como con el acrecentamiento de las fuerzas militares pasase con más pujanza contra otras naciones, y siendo la victoria que acababa de conseguir instrumento para la siguiente, sojuzgó las provincias y naciones de todo el Oriente.> Sea lo que fuere el crédito que se debe dar a Justino o a Trogo (porque otras historias más verdaderas manifiestan que mintieron en algunos particulares); con todo, consta también entre los otros escritores que el rey Nino fue el que extendió fuera de los límites regulares el reino de los asirios, durando por tan largos años, que el Imperio romano no ha podido igualársele en el tiempo; pues según escriben los cronologistas, el reino de los asirios, contando desde el primer año en que Nino empezó a reinar hasta que pasó a los medos, duró mil doscientos cuarenta años El mover guerra a sus vecinos, pasar después a invadir a otros, afligir y sujetar los pueblos sin tener para ello causa justa, sólo por ambición de dominar, ¿cómo debe llamarse sino un grande latrocinio?
CIRO REY PERSA

Capítulo VII. Si los dioses han dado o dejado de dar su ayuda a los reinos de la tierra para su esplendor y decadencia

Si el reino de los asirios fue tan opulento y permaneció por tantos siglos sin el favor de los dioses, ¿por qué el de los romanos, que se ha extendido por tan dilatadas regiones y ha durado tantos años, se ha de atribuir su permanencia a la protección de los dioses de los romanos, cuando lo mismo pasa en el uno y en el otro? Y si dijesen que la conservación de aquél debe atribuirse también al auxilio y favor de los dioses, pregunto: De qué dioses? Si las otras naciones que domó y sujetó Nino no adoraban entonces otros dioses, o si tenían los asirios dioses propios que fuesen como artífices más diestros para fundar y conservar Imperios, pregunto: ¿Se murieron, acaso, cuando ellos perdieron igualmente el Imperio? ¿O por qué no les recompensaron sus penosos cuidados, o por qué ofreciéndoles mayor recompensa, quisieron más pasarse a los medos, y de aquí otra vez, convidándolos Ciro y proponiéndolos tal vez partidos más ventajosos, a los persas? Los cuales, en muchas y dilatadas tierras de Oriente, después del reino de Alejandro de Macedonia, que fue grande en las posesiones y brevísimo en su duración, todavía perseveran hasta ahora en su reino. Y si esto es cierto, o son infieles los dioses que, desamparando a los suyos, se pasan a los enemigos (cuya traición no ejecutó Camilo, siendo hombre, cuando habiendo vencido y conquistado para Roma una ciudad, su mayor émula y enemiga, ella le correspondió ingrata, a la cual, a pesar de este desagradecimiento, olvidado después de sus agravios y acordándose del amor de su patria, la volvió a librar segunda vez de la invasión de los galos) o no son tan fuertes y valerosos cómo es natural sean los dioses, pues pueden ser vencidos por industria o por humanas fuerzas; o cuando traen en sí guerra no son los hombres quienes vencen a los dioses, sino que acaso los dioses propios de una ciudad vencen a los otros. Luego también estos falsos númenes se enemistan mutuamente, defendiendo cada uno a los de su partido. Luego no debió Roma adorar más a sus dioses que a los extraños, por quienes eran favorecidos sus adoradores. Finalmente, como quiera que sea este paso, huida o abandono de los dioses en las batallas, con todo, aún no se había predicado en aquellos tiempos y en aquellas tierras el nombre de Jesucristo cuando se perdieron tan poderosos reinos o pasaron a otras manos su poder y majestad con crueles estragos y guerras; porque si al cabo de mil doscientos años y los que van hasta que se arruinó el Imperio de los asirios, predicara ya allí la religión cristiana otro reino eterno, y prohibiera la sacrílega adoración, de los falsos dioses, ¿qué otra cosa dijeran los hombres ilusos de aquella nación, sino que el reino que había existido por tantos años no se pudo perder por otra causa sino por haber desamparado su religión y abrazado la cristiana? En esta alucinación, que pudo suceder, mírense éstos como en un espejo y tengan pudor, si acaso conservan alguno, de quejarse de semejante acaecimientos; aunque la ruina del Imperio romano más ha sido aflicción que mudanza, la que le acaeció igualmente en otros tiempos muy anteriores a la promulgación del nombre de Jesucristo y de su ley evangélica, reponiéndose al fin de aquella aflicción; y por eso no debemos desconfiar en esta época, porque en esto,¿quién sabe la voluntad de Dios?

Dios baja al infierno del crimen. M. Raymond, O. C. S. O.


CAPÍTULO II
DIOS REÚNE SUS INSTRUMENTOS (continuación)
Penney jadeaba intensamente al recordar el episodio; pero al fin se quedó tranquilo, diciendo para sí:
«¡Gracias a Dios que los policías encontraron una bala en el suelo!»
Se incorporó, pensando:
«¿No podía mi abogado apoyar en esto mi defensa? Cierto que yo estaba allí. Cierto que participé en el robo. Cierto que la pistola del 38 era mía. Todo ello es innegable. Pero también es evidente que yo no cometí el asesinato. La única bala de mi pistola, la única bala del 38 que se encontró, estaba en el suelo, y no en uno de los cuerpos.»
Con los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, se asombraba de que Bob Anderson no quisiera comprenderlo. Los peritos del Servicio de Investigación Criminal habían dictaminado que los proyectiles encontrados en los cuerpos y en el lecho de la señora Miley pertenecían a la pistola del
32 de Bob. Y, a pesar de ello, Anderson insistía en su inocencia, y negaba su participación en el crimen.
¡Ese mamarracho es un iceberg o un chalado! —susurró Penney ferozmente, pisoteando la ceniza gris en el suelo—. Yo le acusé. Baxter le acusó. Las pistolas le acusan, y, finalmente, le acusan las balas. ¡Ya puede negar cuanto le dé la gana! No sé qué espera conseguir con ello. ¡Como no sea gastar dinero y palabras, lo que es otra cosa!...»
Se echó otra vez sobre el camastro, preguntándose si realmente no había traicionado a su compinche. Apretó los dientes, pensando en lo ocurrido. Una señal luminosa de tráfico... Una señal fatídica, iba a costar tres vidas probablemente...
Fue en Fort Worth, Texas. Había estado el coche viajando durante diez días por todo el Sur sin que ocurriera nada de particular. Estuvo en Florida, volvió a través de Georgia y Alabama, cruzó Misisipi y Arkansas sin el menor obstáculo. Telegrafió una tarde a Anderson pidiéndole más dinero, y lo recibió al cabo de unas horas. Y en seguida, allá abajo, en Texas, una señal luminosa se volvió contra él... Aquella luz podía significar nada menos que la silla eléctrica.
Pero bruscamente se levantó como movido por un resorte. Entornó sus ojos, de un gris azulado, y un reflejo tan frío como el acero brilló en ellos.
«¿Traición?—pensó—. ¿No fue Anderson quien me traicionó a mí al difundir que le habíamos robado su coche después de dejármelo para que me escabullera? De no ser por eso, aquellos «polis» de Fort Worth nunca me habrían atrapado. ¡Como vuelva a echarle la vista encima a ese pájaro...! »
Los tres días y dos noches de incesante interrogatorio de los policías de Fort Worth no lograron abatirle. Las comisuras de sus labios se fruncían ahora despectivas al recordar cuánto le molestaron, le amenazaron y le golpearon en infructuosos esfuerzos para arrancarle una confesión. Si sólo se hubiera enfrentado con ellos, todavía estaría en libertad. Pero el inspector Price llegó a Texas desde Kentucky..., y las cosas cambiaron.
Tom Penney se volvió a sentar pensativo como si se enfrentara con un rompecabezas. Sabía que odiaba a Price con todas las fuerzas de su alma;
pero por grande que fuera su odio, no podía por menos de reconocer que era todo un caballero. Le había hablado como se habla a un ser humano; le había tratado como se debe tratar a un hombre. Más de cuatro horas permanecieron juntos aquel domingo sin que el inspector alzara la voz.
Tranquilamente, con toda consideración y suavidad, formulaba pregunta tras pregunta, anotando sus respuestas con idéntica serenidad. Recordando la escena, Penney oía la voz pausada de Price, que le decía:
—Se está usted contradiciendo, Tom.
Y asimismo oía con la misma claridad su propia voz —no tan
tranquila, sino más bien ronca y falsamente fanfarrona— tratando de aparentar confianza:
— ¿Cree usted que voy a confesarme autor de un doble asesinato?
Al percibirla ahora como un eco lejano con su experto oído de reo, Tom se estremeció.
«¡Allí fue donde me equivoqué! —se dijo—. Si me hubiera callado en lugar de preguntar...»
Se encogió de hombros, consolándose con pensar que, de todas maneras, el final habría sido el mismo, pues no había hombre capaz de resistir el tormento de las preguntas del inspector Price sin caer en sus redes.
Arrojó al suelo la colilla y la aplastó con el pie, mientras llegaba a la conclusión de que no había traicionado a Bob, pero sí caído en una trampa.
Claro que, como el hecho de su detención era culpa de Anderson, éste no podía echarle en cara estar comiendo también el rancho de la cárcel. ¡Si no se hubiese chivado en lo del coche!...
Tom Penney se levantó y se estiró, diciéndose que tanto pensar no era bueno. Era como gritar porque se ha vertido la leche, cuando lo mejor es dejar que el gato venga a lamerla.
Ya de noche, y cuando se iba a acostar, Penney oyó que le llamaban.
Se levantó, y vio a los detectives Harrigan y Gravitt a la puerta de su celda.
— ¡Basta de interrogatorios!—exclamó— ¡Ya les he dicho todo lo que sé! ¡Ya he dicho todo cuanto tenía que decir!
No se ponga así, Penney. Esta vez se trata de una visita amistosa.
— ¡Amistosa!—dijo Penney, sarcástico—. ¡El oficial Harrigan quiere hablarme con cariñosa amistad!... ¡Siempre empiezan ustedes lo mismo!
—No, no, Tom —replicó Gravitt—. Esta vez se equivoca.
— ¿Que me equivoco?... ¡Conozco sus tretas desde que era niño!
—Bueno... Si no quiere aceptar nuestras palabras, acepte, al menos, nuestros cigarrillos.
El preso miró primero al paquete alargado que el detective le ofrecía, y luego, recelosamente, a los dos hombres.
—Son suyos, Tom—aseguró Gravitt—. Joe y yo los hemos visto en el torno cuando entrábamos, y hemos venido a traérselos. ¿Qué tal ha pasado el día?
Penney tomó el cartón que le tendía Harrigan, leyó el remite puesto en el ángulo superior izquierdo, sonrió y lo arrojó sobre la cama, mientras contestaba a la pregunta de Gravitt:
— ¡Psch! No del todo mal. He comido bien. He dormido bien. He leído los periódicos de la mañana y de la noche, y hasta he tenido algunas visitas. Un día perfecto, si ustedes no vienen a freírme a preguntas esta noche.
Joe Harrigan encendió el cigarro.
—No hay preguntas esta noche. El jefe ha ordenado que se le deje solo y tranquilo. Al parecer, le tiene afecto, Penney. Me alegro que haya pasado un buen día, y le deseo también una buena noche. ¡Hasta la vista!
Tom sonrió mientras los dos hombres se alejaban por la galería. Cogió el cartón de cigarrillos y volvió a leer el remite. Sacó un lápiz del bolsillo, y en una hoja de papel trazó unas líneas agradeciendo a sus primos el obsequio. Cinco minutos después cerraba el sobre, lo ponía entre los barrotes de la reja, y tomando otra hoja de papel, escribía: «Lexington, Ky., 22 de octubre de 1941.
Querido jefe: Nunca podrá imaginarse lo mucho que he agradecido la visita de esta tarde. Antes de ahora no sabía que un oficial de la ley pudiera ser tan humano. ¡Lástima que uno aprenda algunas cosas demasiado tarde y que le cueste tan caro el aprenderlas! No es sólo en mí en quien pienso. Lo
que yo sufro no es nada comparado con lo que sufrirán mi madre, mis hermanas y hermanos y todos mis amigos.
¡Qué pena tan grande pensar lo que podía yo haber sido si hubiera seguido el camino recto en lugar de escoger el del mal! Si yo pudiera hacer el relato de mi vida, estoy seguro de que podría hacer mejores a muchos.
Jefe: honradamente le he dicho todo cuanto sé, y es verdad. La otra noche dije que deseaba manifestar algo a usted, pero me contestaron que estaba usted cansado y que se lo expusiera a ellos. Todos han sido amables y considerados conmigo, y aunque sé que usted, señor Price, nada puede hacer por mí, tengo la seguridad de que lo siente sinceramente, por lo que quiero que sepa que yo no guardo rencor a nadie en el mundo, y que siento el más profundo respeto por usted y sus subordinados. También creo que los
señores Maupin, Harrigan y Gravitt son muy dignos de estimación en este caso. Han trabajado bien y sin desmayo hasta el fin. No les elogio por ganarme sus simpatías, sino porque me sale del corazón. Precisamente para demostrar cuánto aprecio las amabilidades de ustedes, quiero decirle que
estoy arrepentido de las cosas desagradables que haya podido decir o pensar de los agentes de la autoridad. Muy arrepentido, pues ahora lo veo todo de un modo diferente.
Si usted teme... ¡Oh, no sé cómo expresarme!... Si usted teme haberme hecho algún mal descubriendo este caso, deseche ese temor. Yo sé que era su deber.
Señor Price, me gustaría mucho saber los nombres de las monjas que vinieron hoy con usted. Dios las bendiga. Siempre son lo mismo de cariñosas y simpáticas. No sé por qué, siempre he sentido una especie de seguridad en su presencia.
Bueno, jefe; no quiero abusar más de su tiempo. Trate de no pensar demasiado mal de mí, y crea en la absoluta sinceridad de cuanto le he dicho.
Para usted y los suyos desea respetuosamente la mayor salud y buena suerte, Tom Penney.»
El prisionero releyó su carta. Por un momento estuvo tentado de romperla, pues la encontraba algo rastrera. Deseaba dar gracias a Price; pero había algo en aquellas líneas que no iba bien con la gratitud que quería expresar. Primero en Fort Worth y luego en Lexington, había pronunciado feroces invectivas contra Price, Maupin, Harrigan y Gravitt. Debía una
explicación a cada uno y, sobre todo, debía agradecer a Price su actitud.
Pero aquella carta sonaba a falsa... Entonces sus ojos llegaron al párrafo referente a las monjas.
¿Serían aquellas frases la verdadera razón de la extensa carta?... ¿Qué habían dicho ellas?... ¿Que rezaban por él?,.. Y ¿por qué? ¿No era un delincuente contrito y confeso, cuyo historial se había hecho público?... Si se libraba de la silla eléctrica, pasaría en presidio el resto de su vida. ¿Por qué iban a rezar por él las monjas? ¿Por qué?...
Por fin, resolvió sus dudas metiendo el pliego en un sobre y escribiendo en él la dirección del jefe. Si, por lo menos, conseguía saber los nombres de las monjas, les escribiría para averiguar la razón de por qué rezaban por él.
«Seguro que no es por mi vida —se dijo Penney, empezando a desnudarse—. Y yo sé que tampoco van a rezar por mi muerte.»
Pocos momentos después, al meterse en la cama y tirar de las sábanas hasta cubrirse con ellas la barbilla, admitió que posiblemente las monjas rezaban por su muerte. Como no había vivido de buena manera, las hermanas del Hospital de San José podían muy bien rezar para pedir una buena muerte para él.
Esta idea le llenó de inquietud. ¿Qué podría hacer para disiparla? Recordaba bien la ira que se apoderó de él cuando los policías de Fort Worth le reconocieron por la larga cicatriz que cruzaba su rostro y le detuvieron, Estuvo tentado de resistirles, e incluso de sacar la pistola y matar al conductor del coche. Ahora no podría decir por qué contuvo ese impulso que le habría evitado muchas amarguras: los interrogatorios, la publicidad, el largo viaje de regreso, la ignominia de entrar esposado en su ciudad natal, las duras semanas del proceso que le aguardaban... ¿Por qué no lo hizo? Porque había otras personas en el coche: Leo Gaddys y aquella mujer que habían recogido en la calle... Siempre había sido estúpidamente caballeroso con todas las mujeres, sin importarle que fueran o no merecedoras de ello. Mientras se volvía al otro lado de la cama, se dijo que la verdadera razón de no haber obligado a los policías a liarse a tiros con él fue una prostituta flaca y fea.
Al quedar frente al ventanillo, sus ojos vieron brillar una estrella solitaria en el cielo. Tom Penney se extrañó que no hubiera habido entonces algo más que aquella falsa caballerosidad. De pronto se dio cuenta de que en cada una de las cartas que había escrito desde la cárcel del Condado figuraba un Dios le bendiga o te bendiga.
En la última, que acababa de escribir a Price, estampó un Dios las bendiga, refiriéndose a las monjas. Y, sin embargo, días antes, en Fort Worth se había reído en las narices de uno de sus interrogadores que le preguntó si Dios significaba algo para él.
— ¿Dios?—respondió con una risotada—. Para mí, Dios es tan sólo una palabra compuesta de cuatro letras. Y para cualquier efecto práctico, esas cuatro letras tienen el mismo valor que si fuesen w, x, y y z.
Entonces... ¿Por qué había nombrado a Dios, a su madre, a sus primos y ahora mismo al inspector?
Aquella noche, las estrellas caminaban muy despacio a través del cielo de Lexington. Brillaban majestuosamente tranquilas y plácidas, bañando de plata las rejas de la prisión del Condado. Pero Tom Penney dormía bajo ellas con un sueño ligero e inquieto, sin sospechar que la misma mano que regía el curso maravilloso de aquellos astros había estado también reuniendo sus instrumentos susceptibles de atraerle a la órbita trazada por ella para el hombre. El interrogador de Fort Worth, con su pregunta sobre Dios, había sido un pequeño instrumento, lo mismo que la curiosidad de Jackie Regan por ver las celdas y los presos. Pero sólo cuando Penney se durmió profundamente, Dios reunió sus cuatro instrumentos principales: dos monjas en el Hospital de San José y dos hombres que en casa de Austin Price discutían acerca de otro, que pronto estaría convicto y confeso de un asesinato.
—Sé que le condenarán a muerte por este crimen. Por eso deseo que vaya a verle —insistía, tenaz, el señor Price.

— ¡Okey, jefe! Iré. Pero usted pídale a Dios que cuando vaya le diga las cosas que debo decirle —contestó el Padre Jorge Donnelly, sonriendo, al vislumbrar una expresión de alivio en los ojos de su interlocutor.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

LOS SIETE DONES DEL ESPÍRITUSANTO


CONTINUACION...
Santo Tomás añade en la Suma Teológica algo que no había dicho en su Comentario a las Sentencias: que los dones del Espíritu Santo son necesarios para la salvación. El libro de la Sabiduría (VII, 28) nos dice, en efecto: "Dios no ama sino a aquel que habita con la sabiduría"; y en el Eclesiástico (1, 28) se lee: "El que no posee el temor de Dios, no podrá llegar a la justicia." Ahora bien, el más perfecto de los dones es el de sabiduría, y el último, el de temor.
Además, observa Santo Tomás, ibid., aun las virtudes infusas, teologales, y morales, que se acomodan al modo humano de nuestras facultades, nos dejan en estado de inferioridad con respecto a nuestro fin sobrenatural, que sería preciso conocer de una manera más penetrante, más viva y más sabrosa, y hacia el cual deberíamos aspirar con ímpetu más resuelto (a).
La fe permanece esencialmente imperfecta, aun cuando sea virtud muy alta, por tres razones: l9, por la oscuridad de su objeto, que no percibe inmediatamente, sino como en un espejo y de manera enigmática, in speculo et in enigmate (I Cor., XII, 12); 2°, porque no lo alcanza sino mediante múltiples fórmulas dogmáticas, siendo así que Dios es soberanamente simple; 3° porque llega a él de modo abstracto, por medio de proposiciones afirmativas y negativas (componendo et dividendo), cuando la realidad es que el Dios viviente es la luz de la vida, y sería preciso poderlo conocer no de manera abstracta, sino en forma cuasi experimental.
La esperanza participa de esta imperfección de la fe, y aun la misma caridad, ya que es la fe la que le propone su objeto.
Con mayor razón la prudencia, aun la infusa, adolece de idéntica imperfección, por el hecho de verse precisada a recurrir al razonamiento, a las razones de obrar, para dirigir las virtudes morales. Muchas veces queda vacilante, por ejemplo, al tener que responder convenientemente a una pregunta indiscreta, sin descubrir un secreto ni faltar a la verdad. Para salir airosos en casos semejantes nos sería preciso una buena inspiración; lo mismo para resistir eficazmente a ciertas tentaciones sutiles, violentas y prolongadas.
"La razón humana", dice Santo Tomás, "aun cuando se halle perfeccionada por las virtudes teologales, no puede conocer todo lo que le importaría saber, ni preservarse de todo descarrío (stultitia). Sólo el Omnisciente y Todopoderoso puede poner remedio a nuestra ignorancia, a nuestra imbecilidad- espiritual, a la dureza de corazón y a otras fallas de este jaez. Para liberarnos de estos defectos nos han sido otorgados los dones que nos hacen dóciles a las divinas inspiraciones."
En este sentido son necesarios para la salvación, como las velas son necesarias a una barca para que ésta pueda navegar al impulso del viento, aunque en rigor podría hacerlo a fuerza de remos. Dos maneras muy distintas de avanzar, que a veces pueden también ser simultáneas.
"Por las virtudes teologales y morales", dice Santo Tomás, "no queda, el. hombre elevado a tal perfección con relación a la consecución de su último fin, que no tenga, de continuo, necesidad de ser movido por una superior inspiración del Espíritu Santo". Es, por el contrario, en él, una necesidad permanente; y por esta razón, son los dones en nosotros una disposición infusa permanente.
Y hacemos uso de los dones algo así como nos valemos de la virtud de la obediencia para recibir con docilidad una dirección superior y dejarnos guiar por esta dirección; pero no siempre que queremos gozamos de esta superior inspiración. En este sentido, por ellos somos pasivos con relación al Espíritu Santo y obramos bajo su influencia.
Así se comprende mejor que, al igual que la obediencia, sean los dones en el justo una disposición permanente.
Se ve mejor esta gran conveniencia, y aun esta necesidad de los dones, si se considera, como lo indica Santo Tomás (I, II, q. 68, a. 4, y II, II, q. 8, a. 6), la perfección que cada no tenga siempre necesidad de ser inspirado por el maestro interior (semper, non pro semper)-, algo así como cuando decimos: "necesito siempre este sombrero", no queremos decir que tengamos necesidad de ¿1 desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana.
Asimismo un estudiante de medicina no está tan versado en los menesteres de su profesión, que no tenga constante necesidad de la asistencia de su profesor para ciertas operaciones. Es una necesidad no transitoria, sino permanente; de la misma manera los dones han de ser, no inspiraciones transitorias, como la gracia de la profecía, sino disposiciones infusas permanentes.
Es seguro, además, que es posible hacer un acto sobrenatural de fe, con la ayuda de una gracia actual, sin concurso alguno de los dones del Espíritu Santo, sin penetrar ni gustar de los misterios a los cuales uno se adhiere. Tal es el caso del cristiano que está en pecado mortal, y que, al perder la caridad, ha perdido los siete dones.
Por el contrario, admítese generalmente que los dones del Espíritu Santo influyen frecuentemente de modo latente, sin que tengamos conciencia de ello, para dar a nuestros actos meritorios una perfección que sin ellos no tendrían. Como el viento favorable facilita la labor de los remeros.
De modo que, según enseña Santo Tomás, I, II, q. 68, a. 8, los dones son superiores a las virtudes morales infusas. Y si bien son inferiores a las virtudes teologales, dan a éstas una perfección nueva, por ejemplo ía de penetrar y gustar los misterios de la fe uno de ellos da a la inteligencia, a la voluntad y a la sensibilidad.
Claramente se ve que aquellos dones que dirigen a los otros son superiores a ellos; el don de sabiduría es el más elevado de todos, pues que nos proporciona un conocimiento cuasi experimental de Dios, y por lo mismo un juicio acerca de las cosas divinas que es aun superior a la penetración del don de inteligencia (que pertenece, más bien que al juicio,, a la primera aprehensión)…
El don de ciencia corresponde a la esperanza, en el sentido de que nos da a comprender el vacío de las cosas creadas y de las fuerzas .humanas, y, por ende, la necesidad de poner nuestra confianza en Dios, si hemos de llegar a poseerlo. El don de temor perfecciona también la esperanza, librándonos de la presunción, pero pertenece también a la templanza, y nos socorre contra las tentaciones. Y a estos dones corresponden las bienaventuranzas que son sus actos, como muy bien lo enseña Santo Tomás.
Se sigue, en fin, de la necesidad de los dones para la salvación, que están en conexión con la caridad, según las palabras de San Pablo a los Romanos (v,.5): "La caridad de Dios está difundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado."El Espíritu Santo no desciende a nosotros sin sus siete dones que acompañan así a la caridad, y que, en consecuencia, se pierden, cómo ella, por el pecado mortal”.
Pertenecen de esa forma al organismo espiritual de la gracia santificante, que, por esta razón, es llamada "gracia de las virtudes y de los dones,". Y como todas las virtudes crecen a la vez, como los cinco dedos de la mano  otro tanto se ha de decir de los siete dones. No se concibe, pues, que un cristiano tenga muy ferviente caridad, la caridad propia de la perfección, sin poseer al mismo tiempo los dones del Espíritu Santo en la misma proporción; aunque quizás, en él, los dones de inteligencia y de sabiduría se manifiesten no tanto en forma contemplativa, como en algunos, sino más M
ás tarde trataremos de la docilidad al Espíritu Santo y de las condiciones que esa docilidad exige (III P., c. XXXI), pero desde ahora podemos comprender el valor de este organismo espiritual que constituye en nosotros una vida eterna iniciada, más preciosa que la vista, que la vida física y que el uso de la razón, en el sentido de que la pérdida del uso de
la razón, en el justo, no le arrebata ese tesoro que ni.la misma muerte nos podrá arrancar. Esta gracia de las virtudes y de los dones es asimismo más preciosa que el don de milagros, más que el don de lenguas y qué la profecía; porque todas esas gracias, son sólo señales  sobrenaturales en cierto modo exteriores, que pueden, es cierto, señalar el camino que lleva a Dios, pero incapaces, a diferencia de la gracia santificante, de unirnos a Él  para mejor entender cómo se han de ejercitar las diversas funciones de este organismo espiritual, debemos hablar de la gracia actual necesaria al ejercicio- de las virtudes y de los dones.

EL MODO SOBREHUMANO DE LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

Habiendo expuesto detenidamente esta cuestión en otro lugar, bastarán algunas observaciones para recordar el sentido exacto de lo que sobre este punto dijimos, y precisarlo con algunas nuevas aclaraciones.

EN QUÉ SENTIDO PUEDEN LOS DONES REVESTIR DOS MODALIDADES:
LA DE LA TIERRA Y LA DEL CIELO
Muchas veces hemos recordado esta verdad incontestable: que un mismo habitus no puede tener actos cuyo objeto formal sea distinto del objeto del habitus; y hemos concedido que bajo el objeto especificativo del habitus puede haber dos modos de obrar diferentes: por ejemplo para las virtudes infusas y los dones, su modo de obrar aquí en la tierra y su modo en el cielo.
Pero hemos dicho sobre todo que un mismo habitus no puede ser principio de actos que tienen modos distintos, tales como los modos de la tierra y el del cielo, sino a condición de que el primer modo esté ordenado al segundo y caiga así debajo de un mismo objeto formal.
Ahora bien, según un opúsculo recientemente aparecido, escrito en un sentido diametralmente opuesto, los dones del Espíritu Santo tendrían, según Santo Tomás, y ya desde aquí abajo, dos modos específicamente distintos: el uno ordinario, y el otro extraordinario; y este último sería necesario para la contemplación infusa de los misterios de la fe, la que no se hallaría, de ser así, en el» camino normal de la santidad.
Nosotros le replicamos, y esto fue lo esencial de nuestra respuesta, que no podemos pasar en silencio: "Si hubiera, aquí abajo, para los dones del Espíritu Santo, dos modos específicamente distintos, uno ordinario, y el otro, no sólo eminente, sino extraordinario de hecho y por naturaleza, el acto caracterizado por el modo humano no estaría ordenado al acto cuyo modo sería sobrehumano y de por sí extraordinario.
(No estaría en efecto ordenado sino a los actos que suponen las gracias gratis data, como la profecía.) Pero es precisamente todo lo contrario: el acto de los dones ejercido aquí en la tierra está esencialmente ordenado al del cielo; ambos se encuentran (S. Tom., Quest. disp.) "in eadem serie motus", en el mismo orden de operaciones, y la última de ellas debe ser realizada, pues de ño ser así, ninguna de las que preceden conseguiría su fin.