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sábado, 27 de febrero de 2016

LA CONTINENCIA - San Agustín

Templanza

CAPÍTULO II
Continencia del corazón o verbo interior.

3. El Señor mostró en el pasaje citado que se refería a la boca interior. En efecto, al decir: coloca, Señor, una guarda a mi boca y una puerta de continencia a mis labios, añadió: para que no dejes que mi corazón se incline a palabras malignas. ¿Qué significa inclinar el corazón sino consentir? Nada dice quien no consiente, quien no rinde el corazón a las sugestiones con que le solicita el ambiente. Pero, si consintió, ya sonó algo en su corazón, aunque nada haya resonado en sus labios. Ni la mano ni miembro alguno del cuerpo se decidió a mover, y ya se da por hecho todo aquello que tiene determinado de hacer. Reo es ante las divinas leyes, aunque no lo descubran los humanos sentidos. Reo es por el fallo que en su corazón pronunció, aunque nada el cuerpo ejecutó. Cierto, no puede moverse un miembro para consumar una acción si no precede el fallo íntimo como principio de la ejecución. Atinadamente se escribió que por el verbo comienza toda obra. Hartas cosas hacen los hombres con la boca cerrada, quieta la lengua, muda la voz. Pero no comienza la corporal ejecución si no lo decreta primero el corazón. Así hay en los pronunciamientos interiores muchos pecados que no se revelan en hechos consumados. Pero ningún pecado hay en las obras exteriores que no tenga su precedente en los pronunciamientos interiores. Por lo tanto, cuando se coloca en los labios interiores la puerta de la continencia, en ambas zonas se guarda la pureza de la inocencia.

Doctrina evangélica sobre continencia

4. Dijo también el Señor por su propia boca: purificad lo que está dentro y quedará purificado lo que está fuera. Refutó las palabras necias de los escribas, que calumniaban a sus discípulos por comer sin lavarse las manos, y añadió: no contamina al hombre lo que entra por la boca; sino lo que sale por la boca, eso contamina al hombre. Tal sentencia es ininteligible si la aplicamos exclusivamente a la boca sensible. A quien no mancha la comida, tampoco le mancha el vómito. Si la comida es lo que entra en la boca, el vómito es lo que sale de ella. A la boca del cuerpo se refiere, sin duda, la primera parte, que dice: no contamina al hombre lo que entra por la boca. Pero se refiere a la boca del corazón la segunda parte, que dice: lo que sale por la boca, eso es lo que contamina al hombre. Cuando el apóstol Pedro pidió a Jesús que explicase esta parábola, Él respondió: ¿también vosotros estáis todavía sin entender? ¿O no veis que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se expulsa al retrete?  Aquí, sin duda alguna, se trata de la boca del cuerpo, ya que entra en ella el alimento. La torpeza de nuestro corazón apenas podría descubrir que se refiere a la boca cordial lo que sigue, si la Verdad misma no se hubiese dignado caminar con los torpes. Dice, pues, a continuación: lo que sale por la boca brota del corazón. Es como si dijera: "Cuando oyes decir por la boca, entiende del corazón. A ambas me refiero, pero explico la una por la otra. El hombre interior tiene su boca interior, y el oído interior la descubre. Lo que procede de esa boca, del corazón sale, y eso es lo que mancilla al hombre". Y, dejando a un lado el término boca, que pudiera aplicarse a la corporal, nos expone con mayor claridad el sentido: porque del corazón salen pensamientos malvados, asesinatos, adulterios, fornicaciones, hurtos, perjurios, blasfemias; esto es lo que contamina al hombre. Tales crímenes pueden perpetrarse también con los miembros del cuerpo, pero ninguno de ellos deja de ir precedido por el pensamiento. Éste mancha al hombre, aunque por interponerse un obstáculo no se siga la actividad criminal y torpe de los miembros. ¿Quedará libre de culpa el corazón del asesino porque sus manos no ejecutaron el asesinato cuando no pudieron? ¿Dejará alguien de ser ladrón en su intención porque no todos los que quieran robar pueden lograrlo? ¿O dejará alguien de ser fornicario cuando fue en busca de la ramera y ella no se encontraba dentro del lupanar? ¿No habrá pronunciado con su boca interior un perjurio el que pretendió dañar a su prójimo con mentira porque le faltó tiempo o lugar para ello? Y el que en su corazón dice no hay Dios , ¿acaso dejará de ser blasfemo porque temió a los hombres y se abstuvo de pronunciar con la lengua su blasfemia? A esos tales los mancilla el mero consentimiento mental, es decir, el fallo maligno de la boca interior. Por eso, el salmista, temiendo que su corazón se rebajase a tales vicios, pide a Dios que ponga una puerta de continencia en la boca íntima, una puerta que contenga al corazón para que no se rebaje a pronunciar fallos malignos. El vocablo contener significa que del pensamiento no se pasa al consentimiento, pues de ese modo, en conformidad con el precepto apostólico, no reina el pecado en nuestro cuerpo mortal, ni exhibimos nuestros miembros como armas de iniquidad en manos del pecado. No cumplen ese precepto los que no movilizan sus miembros para pecar cuando no pueden; los que, cuando pueden, al punto manifiestan con el movimiento de sus miembros, a semejanza de un movimiento de armas, quién es el que reina en su interior. En cuanto de ellos depende, ofrecen al pecado sus miembros como armas de iniquidad, pues pretenden el mal, y si no lo ejecutan es porque no encuentran oportunidad.

Continencia interior y conducta exterior

5. Suele denominarse continencia la castidad que refrena los movimientos sexuales. Pues bien, no podrá violarla ninguna violencia mientras se mantenga en el corazón esa superior continencia de la que venimos hablando. Por eso, al decir el Señor que del corazón salen los malos pensamientos, añadió cuáles son esos malos pensamientos, a saber, asesinatos, adulterios 15, etc. No los mencionó todos; mencionó algunos a modo de ejemplo, y nos invitó a entenderlos todos. Ninguno de ellos puede realizarse si no va precedido por el mal pensamiento, que dentro autoriza lo que fuera se realiza. Al salir el decreto de la boca del corazón, mancilla ya al hombre, aunque no lo ejecuten exteriormente los miembros del cuerpo por falta de poder para ello. Colocada, pues, la puerta de la continencia en la boca del corazón, de la que sale todo lo que mancilla al hombre, nada impuro podrá salir de allí. De ese modo se logra la pureza de que puede gozar la conciencia, si bien no se logra una perfecta continencia que no tenga que luchar con la concupiscencia. Ahora, mientras la carne apetece contra el espíritu y el espíritu apetece contra la carne 16, harto es no consentir con el mal que sentimos. Cuando se otorga el consentimiento, sale de la boca del corazón lo que mancilla al hombre. Mas cuando por obra de la conciencia se deniega el consentimiento, no podrá dañarnos la malicia de la carnal concupiscencia, pues lucha contra ella la continencia espiritual.

Las Glorias de Maria - San Alfonso Maria de Ligorio

II
María es nuestra vida porque nos consigue la perseverancia
1. María ayuda a alcanzar el don de la perseverancia.


La perseverancia final es una gracia tan grande de Dios que, como declara el Concilio de Trento, es un don del todo gratuito que no se puede merecer. Pero como enseña san Agustín, ciertamente obtienen de Dios la perseverancia los que se la piden. Y según el P. Suárez, la obtienen infaliblemente siempre que sean diligentes en pedirla a Dios hasta el fin de la vida. Escribe Belarmino que esta perseverancia hay que pedirla a diario para conseguirla todos los días. “Pues si es verdad –como lo tengo por cierto según la sentencia hoy común, como lo demostraré en el capítulo V–, si es verdad, digo, que todas las gracias que nos vienen de Dios pasan por las manos de María, podremos nosotros esperar y obtener (de Dios) esta gracia suprema de la perseverancia”. Y ciertamente que la obtendremos si con confianza la pedimos siempre a María. Ella misma promete esta gracia a todos los que la sirven fielmente en esta vida: “Los que se guían por mí, no pecarán; los que me dan a conocer a los demás, obtendrán la vida eterna” (Ecclo 24, 30). Son palabras que la Iglesia pone en sus labios. Para conservarnos en la vida de la gracia es necesaria la fortaleza espiritual para resistir a todos los enemigos de nuestra salvación. Ahora bien, esta fortaleza sólo se obtiene por María: “Mía es la fortaleza, por mí reinan los reyes” (Pr 7, 14). Mía es esta fortaleza, nos dice María; Dios ha puesto en mis manos esta gracia para que la distribuya a mis devotos. “Por mí reinan los reyes”. Por mi medio mis siervos reinan e imperan sobre sus sentidos y pasiones y se hacen dignos de reinar eternamente en el cielo. ¡Qué gran fortaleza tienen los devotos de esta excelsa Señora para vencer todas las tentaciones del infierno! María es aquella torre de la que se dice en los Sagrados cantares: “Tu cuello es como la torre de David, ceñida de baluartes; miles de escudos penden de ella, armas de valientes” (Ct 4, 4). Ella es como una torre ceñida de fuertes defensas a favor de los que la aman y a ella acuden en la batallas; en ella encuentran todos sus devotos todos los escudos y armas que necesitan para defenderse del infierno. Por eso es llamada también la santísima Virgen plátano: “Me alcé como el plátano en las plazas junto a las aguas” (Ecclo 24, 19). Dice el cardenal Hugo glosando este texto, que el plátano tiene las hojas anchas semejantes a los escudos, con lo que se da a entender cómo defiende María a los que en ella se refugian. El beato Amadeo da otra explicación, y dice que ella se llama plátano porque así como el plátano con la sombra de sus hojas protege a los caminantes del calor del sol y de la lluvia, así, bajo el manto de María, los hombres encuentran refugio contra el ardor de las pasiones y la furia de las tentaciones.


2. María es nuestro apoyo para perseverar en el bien



¡Pobres las almas que se alejan de esta defensa y dejan de ser devotas de María y de encomendarse a ella en las tentaciones! Si en el mundo no hubiera sol, dice san Bernardo, ¿qué sería el mundo sino un caos horrible de tinieblas? Pierda un alma la devoción a María y pronto se verá inundada de tinieblas, de aquellas tinieblas de las que dijo el Espíritu Santo: “Ordenaste las tinieblas y se hizo la noche; en ella transitan todas las fieras de la selva” (Sal 103, 20). Desde que en un alma no brilla la luz divina y se hace la oscuridad, se hará madriguera de todos los pecados y de los demonios. Dice san Anselmo: “¡Ay de los que aborrecen este sol!” Infelices los que desprecian la luz de este sol que es la devoción a María. San Francisco de Borja, con razón desconfiaba de la perseverancia de aquellos en los que no encontraba especial devoción a la santísima Virgen. Preguntando a unos novicios a qué santo tenían más devoción, se dio cuenta de que algunos no tenían especial devoción a María. Se lo advirtió al maestro de novicios para que tuviera especial vigilancia sobre aquellos infortunados, y sucedió que todos aquellos perdieron la vocación. Razón tenía san Germán de llamar a la santísima Virgen la respiración de los cristianos, porque así como el cuerpo no puede vivir sin respirar, así el alma no puede vivir sin recurrir a María y encomendarse a ella, por quien conseguimos y conservamos la vida de la divina gracia. “Como la respiración no sólo es señal de vida sino causa de ella, así el nombre de María en labios de los siervos de Dios es la razón de su vida sobrenatural, lo que la causa y la conserva”. El beato Alano, asaltado por una fuerte tentación, estuvo a punto de perderse por no haberse encomendado a María; pero se le apareció la santísima Virgen y para que estuviera más prevenido para otra ocasión, le dio con la mano en la cara y le dijo: “Si te hubieras encomendado a mí, no te habrían encontrado en este peligro”.


3. María garantiza la perseverancia



Por el contrario, dice María: “Bienaventurado el que me oye y vigila constantemente a las puertas de mi casa y observa los umbrales de ella” (Pr 8, 34). Bienaventurado el que oye mi voz y por eso está atento a venir de continuo a las puertas de mi misericordia en busca de luz y socorro. María está muy atenta para obtener luces y fuerzas a éste su devoto para salir de los vicios y caminar por la senda de la virtud. Por lo mismo es llamada por Inocencio III, con bella expresión, “luna en la noche, aurora al amanecer y sol en pleno día”. Luna para iluminar a los que andan a oscuras en la noche del pecado, para ilustrarlos y para que conozcan el miserable estado de condenación en que se encuentran; aurora precursora del sol para el que ya está iluminado, para hacerlo salir del pecado y tornar a la gracia de Dios; sol, en fin, para el que ya está en gracia para que no vuelva a caer en ningún precipicio. Aplican a María los doctores aquellas palabras: “Sus ataduras son lazos saludables” (Ecclo 6, 31). “¿Qué ataduras?”, pregunta san Lorenzo Justiniano, responde: “Las que atan a sus devotos para que no corran por los campos del desenfreno”. San Buenaventura, explicando las palabras que se rezan en el Oficio de la Virgen: “Mi morada fue en la plena reunión de los santos” (Ecclo 24, 16), dice que María no sólo está en la plenitud de los santos, sino que también los conserva para que no vuelvan atrás; conserva su virtud para que no la manchen y refrena a los demonios para que no los dañen. Se dice que los devotos de María están con vestidos dobles: “Todos sus domésticos traen doble vestido” (Pr 31, 21). Cornelio a Lápide explica cuál sea este doble vestido. Doble vestido porque ella adorna a sus fieles siervos tanto con las virtudes de su Hijo como con las suyas, y así revestidos consiguen la santa perseverancia. Por eso san Felipe Neri exhortaba siempre a sus penitentes y les decía: “Hijos, si deseáis perseverar, sed devotos de la Señora”. Decía igualmente san Juan Berchmans: “El que ama a María obtendrá la perseverancia”. Comentando la parábola del hijo pródigo, hace el abad Ruperto una hermosa reflexión. Dice que si el hijo díscolo hubiese tenido viva la madre, jamás se hubiera ido de la casa del padre o se hubiera vuelto antes de lo que lo hizo. Con esto quiere decir que quien se siente hijo de María jamás se aparta de Dios, o si por desgracia se aparta, por medio de María pronto vuelve. Si todos los hombres amasen a esta Señora tan benigna y amable y en las tentaciones acudiesen siempre y pronto a su socorro, ¿quién jamás se perdería? Cae y se pierde el que no acude a María. Aplicando san Lorenzo Justiniano a María aquellas palabras: “Me paseé sobre las olas del mar” (Ecclo 26, 8), le hace decir: Yo camino siempre con mis siervos en medio de las tempestades en que se encuentran para asistirlos y librarlos de hundirse en el pecado. Narra san Bernardino de Bustos que habiendo sido amaestrado un pajarillo para decir “ave María”, un día se le abalanzó un milano para devorarlo, y al decir el pajarillo “ave María”, cayó el milano fulminado. Esto nos viene a mostrar que si un pajarillo, ser irracional, se libró por invocar a María, cuánto más se verá libre de caer en las garras de los demonios el que esté pronto a invocar a María cuando él le asalte. Cuando nos tienten los demonios, dice Santo Tomás de Villanueva, debemos comportarnos como los polluelos cuando sienten cerca el ave de rapiña, que corren a toda prisa a cobijarse bajo las alas de la gallina. Así, al darnos cuenta que viene el asalto de la tentación, en seguida, sin dialogar con la tentación, corramos a refugiarnos bajo el manto de María. Y tú, Señora y Madre nuestra, prosigue diciendo el santo, nos tienes que defender, porque después de Dios no tenemos otro refugio sino tú, que eres nuestra única esperanza y la sola protectora en que confiamos.


4. María y su ayuda resultan imprescindibles




Concluyamos con lo que dice san Bernardo: “Hombre, quien quiera que seas, ya ves que en esta vida más que sobre la tierra vas navegando entre peligros y tempestades. Si no quieres naufragar vuelve los ojos a esta estrella que es María. Mira a la estrella, llama a María. En los peligros de pecar, en las molestias de las tentaciones, en las dudas que debas resolver, piensa que María te puede ayudar; y tú llámala pronto, que ella te socorrerá. Que su poderoso nombre no se aparte jamás de tu corazón lleno de confianza y que no se aparte de tu boca al invocarla. Si sigues a María no equivocarás el camino de la salvación. Nunca desconfiarás si a ella te encomiendas. Si ella te sostiene, no caerás. Si ella te protege, no puedes temer perderte. Si ella te guía, te salvarás sin dificultad. En fin, si María toma a su cargo el defenderte, ciertamente llegarás al reino de los bienaventurados. Haz esto y vivirás”.



EJEMPLO
Conversión de santa María Egipcíaca




Es célebre la historia de santa María Egipcíaca, que se lee en el libro I de las Vidas de los Padres del desierto. A los doce años se fugó de la casa paterna y se fue a Alejandría, donde con su vida infame se convirtió en el escándalo de la ciudad. Después de dieciséis años de pecado se fue vagando hasta Jerusalén, llegando cuando se celebraba la fiesta de la Santa Cruz. Se sintió movida a entrar en la iglesia, más por curiosidad que por devoción. Pero al intentar franquear la puerta, una fuerza invisible le impedía seguir. Lo intentó por segunda vez, y de nuevo se vio rechazada. Una tercera y cuarta vez, y lo mismo. Entonces la infeliz se postró a un lado del atrio y Dios le dio a entender que por su mala vida la rechazaba hasta de la iglesia. Para su fortuna alzó los ojos y vio una imagen de María pintada sobre el atrio. Se volvió hacia ella llorando y le dijo: “Madre de Dios, ten piedad de esta pobre pecadora. Veo que por mis pecados no merezco ni que me mires, pero eres el refugio de los pecadores; por el amor de Jesucristo ayúdame, déjame entrar en la iglesia, que quiero cambiar de vida y hacer penitencia donde me lo indiques”. Y sintió una voz interior como si le respondiera la Virgen: “Pues ya que has recurrido a mí y quieres cambiar de vida, entra en la iglesia, que ya no estará cerrada en adelante para ti”. Entró la pecadora, lloró y adoró la cruz. Vuelve donde la imagen de la Virgen y le dice: “Señora, estoy pronta; ¿dónde quieres que me retire a hacer penitencia?” “Vete –le dice la Virgen– y pasa el Jordán; allí encontrarás el lugar de tu reposo”. Se confesó y comulgó, pasó el Jordán, llegó al desierto y comprendió que allí era el lugar en que debía hacer penitencia. En los primeros diecisiete años de desierto, la santa sintió terribles tentaciones del demonio para hacerla recaer. Ella no hacía más que encomendarse a María, y María le impetró fuerzas para resistir todos aquellos años; después, cesaron los combates. Finalmente, pasados cincuenta y siete años en aquel desierto, teniendo ya ochenta y siete años, por providencia divina la encontró el abad Zoísmo. A él le contó toda su vida y le rogó que viniera al año siguiente y le trajera la comunión. Al volver, san Zoísmo la encontró recién muerta, con el cuerpo circundado de luz. A la cabecera estaba escrito: “Sepultad en este lugar el cuerpo de esta pobre pecadora y rogad a Dios por mí”. La sepultó. Y volviendo al monasterio, contó las maravillas que la divina misericordia había realizado en aquella infeliz penitente.



ORACIÓN DE CONFIANZA EN MARÍA


¡Madre piadosa, Virgen sagrada! Mira a tus pies al infeliz que, pagando con ingratitudes las gracias de Dios recibidas por tu medio, te ha traicionado. Señora, ya sabes que mis miserias, en vez de quitarme la confianza en ti, más bien me la acrecientan. Dame a conocer, María, que eres para mí la misma que para todos los que te invocan: rebosante de generosidad y de misericordia. Me basta con que me mires y de mí te compadezcas. Si tu corazón de mí se apiada, no dejará de protegerme. ¿Y qué puedo temer si tú me amparas? No temo ni a mis pecados, porque tú remediarás el mal causado; no temo a los demonios, porque tú eres más poderosa que todo el infierno; no temo el rostro de tu Hijo, justamente contra mí indignado, porque con una sola palabra tuya se aplaca. Sólo temo que, por mi culpa, deje de encomendarme a ti en las tentaciones y de ese modo me pierda. Pero esto es lo que te prometo, quiero siempre recurrir a ti. Ayúdame a realizarlo. Mira qué ocasión tan propicia para satisfacer tus deseos de salvar a un infeliz como yo. Madre de Dios, en ti pongo toda mi confianza. De ti espero la gracia de llorar como es debido mis pecados y la gracia de no volver a caer. Si estoy enfermo, tú puedes sanarme, médica celestial. Si mis culpas me han debilitado, con tu ayuda me haré vigoroso. María, todo lo espero de ti porque eres la más poderosa ante Dios. Amén. 

"Ite Missa Est"

"Padre, pequé contra el cielo y contra ti: ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo"
SABADO
DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA

La Estación se celebra en la iglesia de los Santos Pedro y Marcelino célebres mártires de Roma, de la persecución de Diocleciano cuyos nombres se hallan inscritos en el Canon de la Misa.

COLECTA
Suplicámoste, Señor, des a nuestros ayunos efecto saludable: para que el castigo de nuestra carne acreciente el vigor vital de nuestras almas. Por el Señor.

EPISTOLA
Lección del libro del Génesis.
En aquellos días dijo Rebeca a su hijo Jacob: Oí a tu padre hablando con tu hermano Esaú, y diciéndole: Tráeme de tu caza, y hazme alimentos, para que coma, y te bendiga delante del Señor antes que muera. Ahora bien, hijo mío, acepta mis consejos: y, yendo al rebaño, tráeme los dos mejores cabritos, para que haga con ellos alimentos a tu padre, que gusta mucho de ellos: para que, después que se los presentes y los coma te bendiga antes que muera. A lo cual respondió él: Sabes que mi hermano Esaú es un hombre velludo, y yo soy lampiño: si me palpare mi padre, y lo advirtiere, temo crea que quise burlarle, y acarree sobre mí su maldición en vez de su bendición. A lo que dijo la madre: Caiga sobre mí esa maldición, hijo mío: escucha solamente mi voa; y, yendo, tráeme lo que te he dicho. Fué y lo trajo, y se lo dió a la madre. Ella preparó los alimentos, conforme sabía los quería su padre. Y le vistió con los mejores vestidos de Esaú que había en casa: y envolvió las manos en las pieles de los cabritos, y cubrió el desnudo del cuello. Y le dió el plato, y le entregó los panes que había cocido. Presentados los cuales, dijo: ¡Padre mío! Y él respondió: ¿Quién eres tú, hijo mío? Y dijo Jacob: Yo soy tu primogénito Esaú: he hecho como me mandaste: levántate, siéntate, y come de mi caza, para que me bendiga tu alma. Y de nuevo Isaac a su hijo: ¿Cómo, dijo, pudiste encontrar tan pronto, hijo mío? El respondió: Ha querido Dios que me saliera pronto al paso lo que buscaba, Y dijo Isaac: Acércate aquí, para que te toque, hijo mío, y pruebe a ver si eres tú mi hijo Esaú, o no. Se acercó él al padre, y, habiéndole palpado, dijo Isaac: La voz, ciertamente, es la voz de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú. Y no le conoció, porque las manos vellosas le asemejaban al mayor. Bendiciéndole, pues, dijo: ¿Eres tú mi hijo Esaú? Respondió: yo soy. Y él: Dame, dijo, el alimento de tu caza, hijo mío, para que te bendiga mi alma. Y, habiéndoselo presentado, después que comió de él, le ofreció también vino. Bebido el cual, le dijo: Acércate a mí, y dame un beso, hijo mío. Se acercó, y le besó. Y, tan pronto como sintió la fragancia de sus vestidos, bendiciéndole, dijo: He aquí el olor de mi hijo, olor como el del campo maduro, bendecido por el Señor. Déte Dios el rocío del cielo y la fertilidad de la tierra, abundancia de pan y vino. Y sirvan te los pueblos, y adoren te las tribus: sé el señor de tus hermanos, y cúrvense ante ti los hijos de tu madre. El que te maldijere, maldito sea: y, el que te bendijere, sea colmado de bendiciones. Apenas había concluido de hablar Isaac y de salir fuera Jacob, vino Esaú, y presentó al padre el plato de la caza cocida, diciendo: Levántate, padre mío, y come de la caza de tu hijo, para que me bendiga tu alma. Y díjole Isaac: Pues, ¿quién eres tú? El respondió: Soy tu hijo primogénito Esaú. Espantó se Isaac con gran estupor, y maravillado más de lo que se puede creer, dijo: ¿Quién fué, pues, el que me trajo hace poco la caza cogida, y comí de todo, antes que tú vinieses? Y le bendije, y será bendito. Cuando oyó Esaú las palabras del padre, rugió con gran clamor, y dijo consternado: Bendíceme también a mí, padre mío. El cual dijo: Vino tu hermano fraudulentamente, y recibió tu bendición. Y él añadió: Con razón le llamaron Jacob: pues me suplantó ya dos veces: primero me quitó mi primogenitura, y ahora, por vez segunda, me ha arrebatado mi bendición. Y de nuevo al padre: ¿Por ventura, dijo, no has reservado también para mí una bendición? Respondió Isaac: Le he constituido a él señor tuyo, y he sometido bajo su servidumbre a todos sus hermanos: le he proveído de pan y de vino; y, después de esto, ¿qué podré hacer por ti, hijo mío? A lo cual Esaú: ¿No tienes, dijo, más que una sola bendición, padre mío? Suplico te me bendigas también a mí. Y, como llorase con grandes gritos, conmovido Isaac, le dijo: En la fertilidad de la tierra, y en el rocío del cielo estará tu bendición.


ESAÚ Y JACOB. — Los dos hijos de Isaac. Nos manifiestan indistintamente la serie de juicios de Dios sobre Israel y la Gentilidad; y la iniciación de los catecúmenos sigue su curso. Se trata de dos hermanos, el mayor y el más joven. Esaú es figura del pueblo judío: posee el derecho de primogenitura y le aguarda el destino principal; Jacob, nacido después, aunque en un mismo alumbramiento, no tiene derecho a contar con la bendición reservada al mayor; éste representa a la gentilidad. Sin embargo se cambian los papeles; Jacob recibe esta bendición y su hermano queda defraudado. ¿Qué ha pasado? Nos lo dice el relato de Moisés. Esaú es un hombre carnal; le dominan sus apetitos. El placer que espera de un plato vulgar le hace perder de vista los bienes espirituales que encierra la bendición de su padre. Por saciar su voracidad cede a Jacob por un plato de lentejas los derechos que le confiere su primogenitura. Acabamos de ver cómo el arte de una madre favoreció los deseos de Jacob y como el anciano padre, instrumento de Dios sin querer lo confirmó y bendijo esta sustitución cuya existencia ignoraba.

FIGURAS DE LOS JUDÍOS Y DE LOS GENTILES. — De este modo el pueblo Judío dominado por sus bajas ideas perdió su última primogenitura ante los Gentiles. No quiso seguir un Mesías pobre y perseguido; soñaba con triunfos y grandezas humanas y Jesús sólo prometía un reino espiritual. Israel desechó pues a este Mesías; y los gentiles le recibieron y se han hecho con la primogenitura. Y como el pueblo Judío no quiso reconocer este cambio que sin embargo admitió el día en que gritaba: "No queremos que este reine sobre nosotros'"; ahora ve con despecho como todos los favores del Padre celestial son para el pueblo cristiano. Los hijos de Abrahán según la carne han sido desheredados a la vista de todas las naciones mientras que los hijos de Abrahán por la fe, son manifiestamente los hijos de la promesa como lo prometió el Señor a este gran Patriarca: "Multiplicaré grandemente tu descendencia como las estrellas del firmamento y como las arenas de las orillas del mar y serán benditas todas las naciones que de ti nacieren'".

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Lucas.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos y a los escribas esta parábola: Cierto hombre tuvo dos hijos, y dijo al padre el más joven de ellos: Padre, dame la parte de la herencia que me pertenece. Y les repartió la herencia. Y, pocos días después, habiéndolo reunido todo, el hijo más joven partió lejos, a un país muy distante, y allí disipó su herencia, viviendo lujuriosamente. Y, después de malgastarlo todo, sobrevino una gran hambre en aquella región, y él empezó a verse necesitado. Y fué, y se arrimó a uno de los habitantes de aquella región. Y le envió a su granja, para que pastase los puercos. Y deseaba llenar su vientre de las bellotas que comían los puercos: y nadie se las daba. Y, vuelto en sí, dijo: ¡Cuántos criados en la casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo perezco aquí de hambre! Me levantaré, e iré a mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti: ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo: hazme como uno de tus criados. Y, levantándose, se fué a su padre. Y, cuando estaba todavía lejos, le vió su padre, y, movido a compasión, le salió al encuentro, se abrazó a su cuello, y le besó. Y dijóle el hijo: Padre, pequé contra el cielo y contra ti: ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: Traed pronto el primer vestido, y ponédselo, y dadle un anillo para su mano, y calzado para sus pies: y traed un becerro cebado, y matadlo, y comamos y bebamos, porque este hijo mío había muerto, y ha revivido; había perecido, y ha sido encontrado. Y comenzaron a banquetear. Pero el hijo mayor estaba en el campo: y, cuando vino, y se acercó a casa, oyó la sinfonía y el coro: y llamó a uno de los siervos, y le preguntó qué eran aquellas cosas. Y él le dijo: Ha venido tu hermano, y tu padre ha matado un becerro cebado, porque lo ha encontrado sano. Y él se indignó, y no quería entrar. Pero, saliendo su padre, comenzó a rogarle. Mas él, respondiendo, dijo a su padre: Mira, te he servido tantos años, y nunca he quebrantado tus mandatos, y nunca me has dado un cabrito, para comerlo con mis amigos: en cambio, después que este tu hijo, que devoró su hacienda con las meretrices, ha vuelto, has matado un ternero cebado. Y él le dijo: Hijo, tu siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: pero convenía comer y alegrarse, porque este tu hermano había muerto, y ha revivido; había perecido, y ha sido encontrado.

REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO. — Aquí también se encierra el misterio que hace poco acabamos de ver en el relato del Génesis, Se hallan presentes dos hermanos y el mayor se queja de la gran misericordia que el padre ha tenido con el hijo menor. Este se fué a una región lejana; huyó de la casa paterna, con el fin de entregarse más libremente a sus placeres; mas cuando se vió reducido a la más extrema indulgencia, se acordó de su padre y vino a pedir humildemente el último lugar en esta casa que un día debía haber sido la suya. El padre recibió al pródigo con la más viva ternura; no sólo le perdonó, sino que le restituyó todos sus derechos de hijo: Hizo aún mucho más dió un banquete para celebrar este regreso feliz; y esta buena conducta del padre, suscita la envidia del hijo mayor. También es inútil que Israel se indigne contra la conducta del Señor; ha llegado la hora de convocar a todas las naciones y formar el gremio de la Iglesia. Si es verdad que sus errores y pasiones han alejado a los Gentiles, también es verdad que escucharán la voz de los apóstoles. Griegos y Romanos, Escitas y Bárbaros, todos, arrepentidos de sus extravíos, acudirán a pedir se les admita a participar de los favores de Israel. Y no se les dará sólo las migajas que cayeren de la mesa, como las pedía la Cananea; se les admitirá como hijos legítimos y honrados. No se tendrán en cuenta las quejas envidiosas de Israel. Si rehúsa tomar parte en el banquete, no por eso se dejará de celebrar la fiesta. Ahora bien, esta fiesta es la Pascua; estos hijos admitidos pobres y extenuados en la casa paterna, son los Catecúmenos, sobre quienes se apresura el Señor a derramar la gracia adoptiva.

LA INFINITA MISERICORDIA DEL PADRE. — Estos hijos pródigos que vienen a ponerse bajo el amparo de su padre ofendido, son también los penitentes públicos a quienes en estos días preparaba la Iglesia la reconciliación. La Iglesia, que ha mitigado su severa disciplina, propone hoy esta parábola a todos los pecadores que se disponen a reconciliarse con Dios. No conocen aún la infinita misericordia del Señor que han abandonado; que aprendan hoy cómo la misericordia prevalece sobre la justicia en el corazón de Aquel "que ha amado al mundo hasta darle su propio "El hijo único'". Por más distanciado que pueda haber sido su huida, y profunda que haya sido su ingratitud, en la casa paterna, todo está dispuesto para celebrar su retorno. En la puerta les aguarda el padre que han abandonado, dispuesto a adelantarse a su encuentro para abrazarles; les va a devolver su primer vestido, el vestido de la inocencia; el anillo que llevan sólo los hijos de la casa adornará de nuevo la casa purificada. Se les ha preparado la mesa del festín y los Angeles pronto dejarán oír sus celestes melodías. Cantan desde lo más íntimo de su corazón: "Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti; no merezco ya me llamen hijo tuyo; trátame como a uno de tus criados." La vuelta sincera de sus extravíos pasados, la confesión sencilla, firme propósito de ser en adelante fieles, son las únicas y fáciles condiciones que exige el Padre de sus pródigos para hacerlos hijos de su predilección.

ORACION
Humillad vuestras cabezas a Dios.

Suplicámoste, Señor, guardes a tu Familia con tu continua piedad: para que, pues que sólo se apoya en la esperanza de la gracia celestial, sea defendida también con tu celeste protección. Por el Señor.

viernes, 26 de febrero de 2016

LA CONTINENCIA - San Agustín

LA CONTINENCIA
San Agustín

CAPÍTULO I
Exordio: la continencia sexual, virtud interior y don de Dios

San Agustin

1. Difícil tarea es analizar esa virtud que llamamos continencia en una forma de dignidad y conveniencia. Pero Aquel de quien es don generoso tal virtud sostendrá mi poquedad bajo tanta carga. El mismo que otorga la virtud a sus servidores cuando por ella pelean es quien otorga la palabra a sus ministros cuando de ella hablan. Resuelto, pues, a tratar tema de tan gran monta como Dios me dé a entender, comienzo diciendo y demostrando que la continencia es un don de Dios. En el libro de la Sabiduría leemos que nadie puede ser continente si Dios no le otorga la dádiva. Y, hablando de la continencia más perfecta y gloriosa, que renuncia al mismo vínculo conyugal, dijo Cristo: no todos entienden esa palabra, sino a quienes fue concedido . No guarda la castidad conyugal sino quien renuncia atodo prohibido comercio carnal. Ahora bien, al hablar de ambos estados, virginal y conyugal, nos enseñó el Apóstol que en ambos casos se trata de un don de Dios, diciendo: desearía que todos fuesen como yo; pero cada uno recibe de Dios su carisma; unos, de un modo; otros, de otro .

2. Para que nadie piense que tan solo es necesario esperar de Dios la continencia sexual, canta el salmo: coloca, Señor, una guarda en mi boca y una puerta de continencia a mis labios. Si en este testimonio de la palabra divina damos al término boca la máxima extensión, aparecerá como don de Dios la continencia de que allí se hace mención. De poco sirve apretar los dientes para que no broten de ellos palabras inconvenientes. Dentro se abre la boca del corazón, y para ella pide a Dios guardas y puertas el salmista al formular su petición y al consignarla para que la repitamos en nuestra oración. Hartas cosas hay que con la boca del cuerpo las callamos y con el corazón las gritamos. En cambio, no brotará palabra alguna de la boca de quien mantiene el corazón en silencio. Lo que dentro no suena, fuera no resuena. Lo que brota dentro, cuando es malo, mancha la conciencia, aunque no remueva la lengua. Allí hay que poner la continencia, donde incluso los mudos hacen hablar a la conciencia. En suma, la puerta de la continencia es la que impide que brote del interior algo que contamine la vida de la mente aunque estén sellados los labios de la carne.

"Ite Missa Est"

VIERNES
DE LA SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA
La Estación se celebra hoy en la iglesia de
San Vidal Mártir, consagrada por Inocencio I
(401-471).

COLECTA
Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, purificados con el santo ayuno, lleguemos a las futuras fiestas con corazones sinceros. Por el Señor.

LECCION
Lección del libro del Génesis.
En aquellos días dijo José a sus hermanos: Oíd el sueño que yo vi: Parecíame que atábamos gavillas en el campo: y que mi gavilla se levantaba, y se tenía derecha, y vuestras gavillas estaban en torno de ella, como adorándola. Respondieron sus hermanos: ¿Serás acaso nuestro rey? ¿O nos someteremos a tu dominio? Esta cuestión de los sueños y de las conversaciones fomentó entre ellos la envidia y el odio. Vió también otro sueño, que contó a sus hermanos, diciendo: Vi en sueños al sol, y a la luna, y a once estrellas como adorándome. Habiendo referido esto a su padre y a sus hermanos, le reprendió su padre, y dijo: ¿Qué significa ese sueño que has visto? ¿Acaso yo y tu madre y tus hermanos te hemos de adorar sobre la tierra? Le envidiaban, pues, sus hermanos: pero el padre meditaba el asunto en silencio. Y, estando sus hermanos en Siquén, apacentando los ganados de su padre, le dijo Israel: Tus hermanos apacientan las ovejas en Siquén: ven, te enviaré a ellos. Respondiendo él: Presto estoy, le dijo: Vete, y ve si están bien tus hermanos y los ganados: y dime, lo que hacen. Enviado desde el valle Hebrón, vino a Siquén: y le encontró un hombre vagando por el campo, y le preguntó qué buscaba. Y él respondió: Busco a mis hermanos: dime dónde apacientan el ganado. Y le dijo el hombre: Marcharon de este lugar: pero les oí decir: Vayamos a Dothaín. Continuó, pues, José en busca de sus hermanos, y los encontró en Dothaín. Ellos, cuando le vieron a lo lejos, antes que se acercase a ellos, pensaron matarle, y decían entre sí: allí viene el soñador: venid, matémosle, y arrojémosle en una cisterna vieja, y diremos: Le devoró una ñera salvaje: y entonces se verá de qué le aprovecharon sus sueños. Pero al oír esto Rubén, procuraba librarle de sus manos, y decía: No matéis su alma, ni derraméis su sangre: sino arrojadle en esta cisterna, que hay en el desierto, y conservad limpias vuestras manos: pero esto lo decía, queriendo arrancarlo de sus manos y devolverlo a su padre.


JOSÉ, FIGURA DEL MESÍAS. — La Santa Iglesia nos trae a la memoria el recuerdo de la prevaricación de los Judíos y de sus consecuencias para la vocación de los Gentiles; edifiquemos también nosotros con esta instrucción dirigida a los Catecúmenos. Primero tomemos una figura del Antiguo Testamento, que nos da una idea de la que vamos a ver cumplida en nuestro evangelio. José es el mimado de su padre Jacob, que ve en él al Hijo de Raquel, su esposa predilecta a quien ama por su sencillez. Sueños proféticos han anunciado la futura grandeza de este niño; mas tiene hermanos, y estos hermanos, impulísados por la envidia han resuelto perderle. No han ejecutado totalmente su intención, sólo la han cumplido en parte; José ya no verá más la tierra que le vió nacer. Lo han vendido a unos mercaderes extranjeros y pronto su morada será un calabozo. Sale para legislar; mas no en la tierra de Canaán, que le ha expulsado, sino en el corazón del pagano Egipto. Esta región gentil, entregada al hambre más espantosa recobra la abundancia y paz mediante su persona; y para no perecer también ellos mismos en el país de donde le desterraron, los hermanos de José se ven obligados a bajar a Egipto a implorar la misericordia de aquel que un día fué su víctima. ¿Quién no ve en esta maravillosa historia la figura de nuestro Redentor, blanco de la envidia de su propia nación a pesar de las señales proféticas que en él se realizan, incluso las más insignificantes? Su muerte se desarrolló como la de José; también fué vendido como él. Traspasa las sombras de la muerte para reaparecer después lleno de gloria y de poder. No sólo es a Israel con quien tiene estas diferencias de predilección; vino a los gentiles y, en adelante, se queda con ellos. Al final Israel vendrá a buscarle, cuando ansiosos de saciar el hambre que le devora, le reconozca por el verdadero Mesías a este Jesús de Nazaret, su Rey, a quien ellos crucificaron.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Mateo.
En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos, y a los príncipes de los sacerdotes, esta parábola: Hubo un hombre, padre de familias, que plantó una viña, y la cercó, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la arrendó a unos obreros, y se marchó lejos. Más, cuando se acercó el tiempo de la vendimia, envió sus siervos a los obreros, para recoger los frutos. Y los trabajadores, prendiendo a los siervos, a uno le hirieron, a otro lo mataron, y a otro lo apedrearon. Otra vez envió nuevos siervos, más numerosos que los primeros, e hicieron lo mismo con ellos. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: Respetarán a mi hijo. Mas los trabajadores, al ver al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero, venid, matémosle, y tendremos su herencia. Y, habiéndole prendido, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos trabajadores? Dijéronle: A los malos los hará matar miserablemente: y arrendará su viña a otros obreros, que le paguen la renta a su debido tiempo. Díjoles Jesús: ¿No leísteis nunca en las Escrituras: La piedra, que desecharon los constructores, se convirtió en clave del ángulo? Por el Señor fue hecho esto, y es maravilloso a nuestros ojos. Por eso os digo, que se os quitará a vosotros el reino de Dios, y será dado a la gente que rinda sus frutos. Y, el que cayere sobre esta piedra, se estrellará: y ella hará añicos a aquel sobre quien cayere. Y, cuando oyeron sus parábolas los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, conocieron que lo decía por ellos. Y, queriendo prenderle, temieron a las turbas: porque le tenían por un profeta.

LA SINAGOGA REPROBADA. — Ya  no  son  los hombres y figuras de la antigua alianza, que nos mostraban a nuestro Redentor de lejos y con rasgos indefinidos; estamos frente a la misma realidad. Un poco más de tiempo y la víctima tres veces santa sucumbirá bajo los golpes de sus émulos. ¡Qué terrible y solemne es la palabra de Jesús en estos últimos momentos! Sus enemigos sienten toda la gravedad de su peso; más, obcecados por el orgullo, quieren luchar hasta el fin con aquel que es la sabiduría del Padre, obstinándose en no reconocer en él esta Piedra terrible que hace añicos a aquel que la resiste y aplasta a aquel sobre quien cae. Esta Viña es la Verdad revelada, la norma de fe y costumbres, la esperanza del Mesías Redentor, el compendio de los medios de salvación; es también la familia de los hijos de Dios, su herencia, su Iglesia. Dios había escogido a la Sinagoga para que fuera la depositaría de tal tesoro; quería que su Viña fuese guardada fielmente, que fructificase en las manos de los viñadores, que la reconociesen siempre como su bien, fin de sus complacencias. Mas la Sinagoga de corazón sediento y avaro quiso apropiarse la Viña del Señor. Inútilmente envió en diversas ocasiones a sus Profetas para reivindicar sus derechos: los viñadores infieles los mataron. El mismo Hijo de Dios, el heredero viene en persona. ¿Le recibirán al menos con honor y deferencia? ¿Honrarán siquiera su carácter divino? No; han pensado matarle y después de haberle arrojado como un extranjero sacrilego, lo matarán.

EL NUEVO PUEBLO ELEGIDO. — ¡Daos prisa, Gentiles!, venid a cumplir el castigo del Padre; no dejéis piedra sobre piedra en esta ciudad deicida que un día gritó: "¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos"! Pero no sólo seréis ministros de la justicia celestial sino los predilectos del Señor. La reprobación de este pueblo ingrato os abre las puertas de la salvación. Sed en adelante los custodios de la Viña hasta el ñn de los siglos; alimentaos de sus frutos pues son vuestros. Gentes de Oriente al Occidente, del Mediodía al Aquilón venid a la Pascua, para todos hay lugar. Arrójate a la piscina salvífica, pueblo nuevo formado de todos los pueblos que existen bajo el cielo. Sé la alegría de la Iglesia tu Madre, que no cesa de alimentar hasta que se complete el número de los elegidos; su esposo viene como un juez para condenar "a los que no conocieron el ¡tiempo de la visita!".

ORACION
Humillad vuestras cabezas a Dios.

Suplicámoste, Señor, des a tu pueblo la §alud del alma y del cuerpo: para que, practicando las buenas obras, merezca ser protegido siempre con el amparo de tu poder. Por el Señor.

LA MUERTE DE CRISTO Según Santo Tomás de Aquino

LA MUERTE DE CRISTO  
Según Santo Tomás de Aquino.

En Ias cuestiones precedentes hablaba Santo Tomás de la pasión, que viene a terminar en la muerte; ahora en esta cuestión se propone tratar de la muerte, que es el término de la pasión. Por tanto, Io que antes se dijo (q.46 a.1) de la conveniencia de la pasión de Jesucristo, se debe decir ahora de su muerte. En la cruz pronunció el Salvador una, palabras que han dado lugar a opiniones raras de algunos Padres y escritores eclesiásticos. En medio de su agonía se dejaron oír de los labios de Jesús las primeras palabras del Salmo 22: Dios mío, Dios, ¿por qué me has abandonado? Esta queja fue interpretada como expresión de que la divinidad se hubiera separado en aquel momento de la humanidad. La teología desecha tal interpretación, apoyándose en las palabras de San Pablo: Los dones y la vocación de Dios son irrevocables (Rorn. II,29). Es decir, que Dios no se vuelve atrás de lo que una vez otorgó o prometió, y, siendo la gracia de la unión la mayor gracia que al hombre se ha podido conceder, es claro que Dios no la retiró a Cristo, el haber lo hecho supondría en Jesús una culpa por donde, esto mereciese, y tal culpa no se concibe. Cuanto a la interpretación de la queja del Salvador, conviene ante todo advertir que las palabras son del Salmo, que tan al vivo describe la pasión del justo, y que Jesucristo se apropió en aquellos momentos. Toda la primera parte del salmo (2-22) es declaración de este abandono... Uno de los misterios más grandes de la pasión fue la agonía de Getsernaní, donde lo vemos sudando sangre y pidiendo al Padre le retire aquel cáliz al que poco antes había dicho: Tengo que recibir un bautismo, y ¡cómo me siento constreñido hasta que se cumpla! (Lc. 12,50). Parecía natural que el Salvador sintiese algún alivio al ver acercarse el cumplimiento de tan vehementes deseos.


Sin embargo, comienza su pasión con tan aflictiva agonía. ¿Cesó totalmente esta agonía al levantarse de su oración? ¿No es más razonable suponer que esta pena se continuó durante la pasión, aumentada con aquellas señales exteriores de que el Padre abandonaba a su Hijo en poder de las potestades tenebrosas y de sus ministros los hombres? (Lc. 22,53). Y ¿qué palabras se podían encontrar más apropiadas que las del salmo 22 para expresar la pena de este abandono? Los artículos siguientes (3-5) tienen en la historia de la teología escolástica y en la vida de Santo Tomás singular significación. Durante los últimos años del Angélico en París (1268-1272) se agitaba allí mucho la cuestión de la multiplicidad de las formas entre los seguidores de Aristóteles y los discípulos de ciertos filósofos árabes. Por entonces dio el Angélico numerosas conferencias sobre la materia (Quaestiones Quodlibetales ), sin que lograra hacer triunfar por entonces su doctrina, que Continuó siendo objeto de acaloradas controversias. Hay en el hombre sobre los elementos constitutivos de su naturaIeza, alma y cuerpo, la persona, el alma y el cuerpo, e quien como a señor el cuerpo  y el alma se atribuyen. Cuando por la muerte el alma se separa del  cuerpo, desaparece el hombre, el compuesto humano, pues ni la forma,  el alma sola, ni solo el cuerpo son el hombre. Sin embargo, en presencia  del cadáver de nuestro padre no dudamos en afirmar que aquel es nuestro padre, aunque muerto, y le mostramos todas las señales de respeto y veneración que nos merece nuestro padre. Es que consideramos el cuerpo con relación al alma, que antes lo informaba, que luego lo informará y que era antes Ia persona de nuestro padre. Cuando el alma abandona al cuerpo que antes informaba, dándole el ser de hombre, el cuerpo queda cadáver. A la forma que antes Ie daba vida, sucede  ahora otra que le hace cadáver, que mantiene su ser orgánico hasta  que del todo se corrompa y quede reducido a polvo. Santo Tomás llama  a esa segunda forma cadavérica, que sucede a la primera, el alma.  Como miramos siempre el cadáver, el cuerpo muerto, como el cuerpo  del padre y sin romper la relación con el padre, mucho más hacemos  esto con el alma. Cuando rogamos a Dios por su eterno descanso, es  por el padre por quien rogamos, y cuando nos encomendamos a un  santo, no es a su alma, sino al santo a quien invocamos, sin atrevernos  a romper el nexo que aquella alma tiene con el cuerpo, ni la vida de  ahora con la terrestre. Esto nos podrá ayudar para entender el misterio  de la muerte de Jesús.

En El distinguimos dos naturalezas, la divina y la humana, unidas ton la única persona divina del Verbo. En virtud de esta unión, el alma  humana es propia del, Verbo, y lo mismo el cuerpo. Lo que decimos del  alma y del cuerpo tenemos que decirlo de sus acciones y pasiones. Con  la muerte" el alma de Jesús se separa del cuerpo y deja de existir el  hombre, el compuesto humano, como no sea por la relación que los  liga. Pero tanto el alma como el cuerpo son el alma y el cuerpo de  Jesús, del Hijo de Dios, de la persona del Verbo. Este no se ha separado  ni del alma ni del cuerpo, que continúan siendo suyos. Santo Tomás  trae en apoyo de su tesis el Símbolo de la fe. Según éste, el Hijo de  Dios, Jesucristo, que nació de Santa María Virgen, ese mismo «padeció  bajo el poder de Poncio Pilato, y ese mismo murió, fue sepultado y  descendió a los infiernos a librar las almas que esperaban su santo advenimiento». Todas estas oraciones encierran otras tantas verdades de  nuestra fe, de cuya realidad no podemos dudar. Por razón de la humanidad que tenía unida, se atribuye la pasión y la muerte al Hijo de  Dios, que en su naturaleza divina es impasible e inmortal. Por esa misma  razón se le puede atribuir que fue sepultado y que descendió a los  infiernos. Ni lo uno ni lo otro le convienen más que por razón de la  unión personal que con el Verbo tienen así el cuerpo como el alma de  Jesucristo.

El artículo 6, acerca de la eficiencia de la muerte de Cristo sobre nuestra salud, nos conduce al asunto planteado en la cuestión 48 sobre  si la pasión de Cristo obra nuestra salud por vía de eficiencia. Esta es  atribuida al alma de Cristo, a su Cuerpo y a las obras de uno y de otro,  por razón de la divinidad, a la que están personalmente unidos. Merece  atenta consideración el principio enunciado por el Angélico en el segundo  apartado sobre la semejanza entre la causa y el efecto, de Ia que los  escritores místicos hacen mucho uso paro declarar los efectos de la  pasión de Jesucristo en nosotros. Les ideas generales de la pasión y  muerte del Redentor y de la salud nuestra no responden a realidades  no responden a realidades simples, pues en la pasión y muerte se comprenden muchos actos, y así mismo en la salud humana. Nada más natural que el hombre trate de penetrar el contenido de estas tres realidades, analizando, analizando las dos cosas y buscando relación entre una y otra, apoyándose en la semejanza de ambas para llegar a una inteligencia perfecta de estos misterios, a que está ligada nuestra salud eterna. A continuación les dejamos los comentarios directos de Santo Tomas sobre lo que estamos tratando, con el fin de contribuir a una mayor comprenciòn de los misterios que todo católico debe manejar para no dejarse engañar por los embaucadores y mentirosos espíritus diabólicos y sus agentes: Sobre el artículo 2: Si a la muerte de Cristo se separo el cuerpo del alma.


RESPUESTA. Como ya se dijo “Que todo cuanto pertenece a la naturaleza humana no se atribuye al Hijo de Dios si no es en virtud de la unión, como arriba se declaro. Pero se atribuye al Hijo de Dios lo que, conviene al cuerpo de Cristo después de la muerte, a saber, que fue sepultado, como consta por el Símbolo, donde se dice que "el Hijo de Dios fue concebido y nació de la Virgen, que padeció, murió y fue sepultado"; luego el cuerpo de Cristo no estuvo separado de la divinidad en la muerte.