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jueves, 9 de mayo de 2019

ACUÉRDATE QUE NO TIENES MAS DE UN ALMA . SANTA TERESA DE JESUS



178.- Y tácitamente se excusa de haberse condenado, echando la culpa a los predicadores que no predican estas penas, diciendo: envía quien las predique; como si dijera: que, si yo hubiera tenido quien me las hubiera predicado, nunca hubiera bajado acá. Tales son aquellos tormentos, y tal es su memoria, que los mismos condenados, ajenos de toda razón, no pueden creer que haya hombres que los crean y se condenen, que sepan las penas que les han de dar, si pecan, y que vayan a ellas.
179.- Por tanto, medítalas despacio; porque no seas tan infeliz que, pudiendo ir al cielo, vayas PARA SIEMPRE AL INFIERNO!!!!! QUE ESTA MEDITACION DE LAS PENAS DEL INFIERNO CONVIENE TAMBIEN A LAS PERSONAS ESPIRITUALES.
180.- Ni por ser persona espiritual o aprovechado Religioso, se tenga por excusado de valerse de este medio, para su aprovechamiento. Lo uno porque nuestra Santa les da a sus hijas, que son de las personas más religiosas y aprovechadas de la Iglesia. Lo otro, porque su conciencia le acusa de pecados, por los cuales merece ir al infierno, y no sabe si le son perdonados; y, como cayó en aquellos, puede caer en otros mucho mayores.
181.- Para lo cual necesita de este freno de la memoria del infierno, y para humillarse, viendo el lugar que merece por sus obras, y ser agradecido, reconociendo la merced que DIOS le ha hecho en no haberle echado allá, y enfervorizarse mucho a servir a tan buen Señor, que tantas mercedes le hace, y tener paciencia en sus trabajos, y humildad en los sucesos, reconociéndose por indigno de cualquiera honra, y por digno de mayores penas, que son las del infierno, y conmuta el Señor en las que les da en esta vida.
182.- Diga con S. Agustín: Señor, cortad aquí, quemad, abrasad, y castigadme en esta vida, porque me perdonéis en la eterna. Solía S. Bernardo aconsejar a sus Monjes que meditasen a menudo en las penas del Infierno, ir especialmente cuando se hallaban con alguna tribulación o trabajo, y que entonces se acordasen que, si estuvieran allá, habían de padecer aquel mismo trabajo con otros muchos vehementísimos. No te engañes, que cuanto acá padeces y puedes padecer es nada respecto de las penas que tú mismo padecieras allá, adonde mereces estar por tus pecados. Acuérdate de esto en tus trabajos y todos se te harán leves.
183.- De Santa Catalina de Siena se refiere que habiéndola llevado su madre a unos baños, para cobrar salud, ella se puso al golpe del agua adonde salía abrasando por los caños de azufre, y se estuvo largo tiempo en ellos, padeciendo un ardor y fuego terrible.
Preguntóla su confesor después ¿cómo había podido sufrir tan vehemente tormento? A quien respondió con alegría:
184.- Estaba yo allí meditando la terribilidad del fuego del infierno, y cotejando con el que padecía la tenía por refrigerio, dando al Señor mil gracias porque me había librado de él, y suplicándole me diese aquí muchas penas en lugar de las eternas.
185.- Del Abad Olimpo escribe Sofronio en el Prado Espiritual que hizo su morada en un risco asperísimo, cerca del río Jordán, donde pasaba sin género de abrigo ni defensa.
186 El frío le traspasaba en el invierno, el sol le abrasaba en el verano; los tábanos y mosquitos laceraban sus carnes. En todos tiempos su comida eran hierbas silvestres, su bebida el agua cruda que se despeñaba de los montes, su cama la dureza de la peña y su techo el cielo.
187.- Preguntáronle ¿cómo podía pasar tan rigurosa penitencia? a que respondió con admirable alegría: ni la siento, ni me parece tan áspera, como vosotros juzgáis, antes todo se me hace fácil de llevar, acordándome de las penas del infierno. Alégrome cuando me veo abrasar del Sol, por escapar de aquel fuego abrasador y eterno. Consuélome viéndome morder de los tábanos, por no padecer el remordimiento de la conciencia y aquel gusano insaciable que atormenta a los condenados, y a este paso no tengo dificultad en la penitencia, con la memoria de lo que allí se padece, y yo merezco padecer por mis pecados.
188.- Medita, pues, tú lo mismo y serás bien seguro; que no eres más espiritual que estos Santos ni has aprovechado hasta ahora la mitad que ellos; y, pues, se valían de este medio, para enfervorizarse en el servicio de DIOS, válete tú también de él y medita muchas veces en las penas del infierno.
189.- S. Francisco de Borja gastaba muchos ratos en la meditación de la cual salía tan compungido y humillado, que no se atrevía; parecer delante de los hombres, e iba por, las calles tan encogido que admiraba, juzgando que todos le veían como diciendo: ¡Al del infierno! ¡Al del infierno!, como si hubiera salido de allá donde se consideraba ardiendo por sus pecados.
190.- Si esta materia meditáramos nosotros y trajéramos este pensamiento, sin duda que aprovecháramos más, y fuéramos más humildes y sufridos en las ocasiones, aquella cizaña, que nació entre el buen trigo, mandó el padre de familias que la cogiesen a su vista y la echasen en el fuego, para que los buenos y escogidos, significados en el trigo, la viesen arder, y con su memoria se mejorasen en su servicio.
191.- No desprecie el espiritual la meditación del infierno y la terribilidad de la última sentencia, que no sabe si le cabra. Mire que otros mejores han caído y están ahora ardiendo en el infierno.
Acuérdese de Luzbel y de sus Ángeles, que no sin causa los nombra CRISTO, cuando hace mención del fuego eterno, que esta aparejado para el demonio y sus ángeles, sino para que escarmienten con su ejemplo los que fueren como Ángeles en la vida, y sepan que pueden caer de la perfección de su estado y padecer las penas del infierno. Hombre eres, y menos que angel; hombre frágil y quebradizo. Si los Ángeles cayeron, tú ¿qué presumes? ¿Cómo no tiemblas y te humillas?
192.- Y si esto se dice a los perfectos, los pecadores ¿qué deben hacer sino meditar de día y de noche en las penas que merecen, y apartarse con esfuerzo de lo que les puede suceder?
193.- Dice S. Agustín que guió DIOS a su pueblo, cuando lo saco de Egipto, por una columna de fuego,  porque arranca a los pecadores del Egipto de sus vicios con la vista y consideración del fuego del infierno, y por ella los guía por el desierto de este mundo a la tierra de Promisión del cielo. No pierdas, pues, tú esta guía de vista, no la dejes, ni la olvides, piensa muchas veces en ella y con su meditación caminarás seguro al cielo.



martes, 7 de mayo de 2019

COMENTARIO DEL CREDO POR SANTO TOMAS DE AQUINO



67. —En segundo lugar, caemos en desgracia respecto a Dios. Porque así como el hombre carnal ama la belleza carnal, así Dios ama la espiritual, que es la belleza del alma. Así es que cuando el alma se mancha por el pecado, Dios se ofende y le tiene odio al pecador.
Sabiduría 14, 9: "Dios odia al impío y su impiedad".
Pero esto lo borra la Pasión de Cristo, el cual satisfizo a Dios Padre por el pecado, por el que no podía satisfacer el propio hombre, porque la caridad y la obediencia de Cristo fueron mayores que el pecado del primer hombre y su desobediencia. Rom 5, 10: "Cuando éramos enemigos (de Dios), fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo".
68. —En tercer lugar, caemos en debilidad. Porque el hombre tan pronto como peca cree poder en seguida preservarse del pecado; pero ocurre todo lo contrario; porque por el primer pecado se debilita y se hace más inclinado al pecado; y así domina más el pecado al hombre, y el hombre, en cuanto de sí depende, se pone en tal situación que sin el poder divino no se puede levantar, como quien se arrojara a un pozo. Por lo cual después de haber pecado el hombre, nuestra naturaleza se debilitó y corrompió, y entonces el hombre se encontró más inclinado a pecar. Pero Cristo disminuyó esta flaqueza y esta debilidad, aunque no la suprimió enteramente.
Sin embargo, de tal manera ha sido confortado el hombre por la Pasión de Cristo, y debilitado el pecado, que ya no estamos tan dominados por él; y puede el hombre, ayudado por la gracia de Dios, que nos confiere con los sacramentos, que tienen eficacia por la Pasión de Cristo, esforzarse de tal manera que puede apartarse de los pecados. Dice el Apóstol en Rom 6, 6: "Nuestro hombre viejo fue crucificado con El, a fin de que fuera destruido el cuerpo de pecado". En efecto, antes de la Pasión de Cristo se halló que eran pocos los hombres que vivieran sin pecado mortal; pero después son muchos los que vivieron y viven sin pecado mortal.
69. —En cuarto lugar, incurrimos en el reato de una pena. Pues la justicia de Dios exige que todo el que peque sea castigado. Y la pena se mide por la culpa.
De modo que como la culpa del pecado mortal es infinita, puesto que es contra el bien infinito, o sea, Dios, cuyos preceptos menosprecia el pecador, la pena debida al pecado mortal es infinita. Pero Cristo por su Pasión nos levantó esa pena, y El mismo la padeció. Pedro 2, 24: "El mismo llevó nuestros pecados (esto es, la pena del pecado) en su cuerpo". Porque la virtud de la Pasión de Cristo fue tan grande que bastó para expiar todos los pecados de todo el mundo, aun cuando fuesen sin cuento. Por eso los bautizados son aliviados de todos sus pecados. Por eso también el sacerdote perdona los pecados. Por eso también el que mejor se conforme a la Pasión de Cristo, mayor perdón obtendrá y más gracia merece.
70. —En quinto lugar, incurrimos en el destierro del reino. Porque quienes ofenden a los reyes son obligados a dejar el reino. Y así el hombre por el pecado es echado del paraíso. Por eso, inmediatamente después de su pecado Adán es arrojado del paraíso, y es cerrada la puerta del paraíso. Pero Cristo por su Pasión abrió esa puerta, y llamó al reino a los desterrados. En efecto, abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso; y derramada su sangre, se limpió la mancha, Dios fue aplacado, suprimida fue la debilidad, fue expiada la pena, los desterrados fueron llamados al reino. Y por eso se le dijo al ladrón inmediatamente (Lc 23, 43): "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Esto no fue dicho en otro tiempo: no se le dijo a nadie, ni a Adán, ni a Abraham, ni a David; sino hoy, o sea, cuando es abierta la puerta, el ladrón pide y obtiene el perdón.
Hebr 10, 19: "Teniendo... la seguridad de entrar en el santuario por la sangre de Cristo".
De esta manera, pues, queda patente la utilidad (de la Pasión de Cristo) en calidad de remedio. Pero no es menor su utilidad en calidad de ejemplo.
71. —En efecto, como dice San Agustín, la Pasión de Cristo basta totalmente como instrucción para nuestra vida. Pues quien anhele vivir de manera perfecta, que no haga otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y que desee lo que Cristo deseó.
72. —Porque ningún ejemplo de virtud falta en la cruz. Pues si buscas un ejemplo de caridad, "nadie tiene mayor caridad que el que da su vida por sus amigos", Jn 15, 13. Y esto fue lo que hizo Cristo en la cruz. Por lo tanto, si El dio su vida por nosotros, no se nos debe hacer pesado soportar por El cualquier mal. Salmo 115, 12: "¿Qué le daré al Señor por todo lo que El me ha dado?".
73. —Si buscas un ejemplo de paciencia, excelentísimo lo encuentras en la cruz. En efecto, de dos grandes maneras se manifiesta la paciencia: o bien padeciendo pacientemente grandes males, o bien padeciendo algo que podría evitarse y que no se evita.
Pues bien, Cristo soportó en la cruz grandes males.
Treno I, 12: "Oh, vosotros todos, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor"; y pacientemente, porque, "al padecer, no amenazaba", I Pedro 2, 23; e Isaías 53, 7: "Como cordero llevado al matadero, y como oveja muda ante los trasquiladores".
Además, Cristo pudo evitarlos, y no los evitó. Mt 26, 53: "¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que me enviaría luego más de doce legiones de ángeles?".
Grande es, pues, la paciencia de Cristo en la cruz.
Hebr 12, 1-2: "Por la paciencia corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia".
74. —Si buscas un ejemplo de humildad, ve el crucifijo: en efecto, Dios quiso ser juzgado bajo Poncio Pilato y morir. Job 36, 17: "Tu causa ha sido juzgada como la de un impío". En verdad como la de un impío: "Condenémosle a una muerte afrentosa", Sabiduría 2, 20. El Señor quiso morir por su siervo, y el que es la vida de los Ángeles por el hombre. Filip 2, 8: "Hecho obediente hasta la muerte y muete de cruz”.
75. —Si buscas un ejemplo de obediencia, síguelo a Él que se hizo obediente al Padre hasta la muerte. Rom 5, 19: "Como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo muchos fueron hechos justos".
76. —Si quieres un ejemplo de desprecio de las cosas terrenas, síguelo a Él, que es el Rey de Reyes y el Señor de los señores, en quien se hallan los tesoros de la sabiduría, y que sin embargo en la cruz estuvo desnudo, objeto de burla, fue escupido, golpeado, coronado de espinas, y abrevado con hiel y vinagre, y murió. Por lo tanto, no os impresionéis por las vestiduras, ni por las riquezas, porque "se repartieron mis vestiduras", Salmo 21, 19; ni por los honores, porque a mí me cubrieron de burlas y de golpes; no por las dignidades, porque tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre mi cabeza; no por las delicias, porque "en mi sed me abrevaron con vinagre", Salmo 68, 22. Sobre Hebr 12, 2: "El cual, en vez del gozo que se le ofrecía, soportó la cruz, despreciando la ignominia", dice San Agustín: "El hombre Jesucristo despreció todos los bienes terrenos para enseñarnos que deben ser despreciados".
Artículo 5
DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, Y AL TERCER DÍA
RESUCITO DE ENTRE LOS MUERTOS
77. —Como ya dijimos, la muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos con el alma.
78. —Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.
La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía. Por ello, después de muertos, todos descendían, aun los santos Padres, antes de la venida de Cristo, a los infiernos. Así es que para los diferentes "lugares" de las almas separadas de sus cuerpos indican una relación del alma con Dios, "según esté el alma más o menos alejada de Él", enseña el mismo Santo Tomás. (S.A.) portar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos. De aquí que diga el Salmo 87, 5-6: "Contado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado, libre entre los muertos". Pues los demás estaban allí como esclavos, pero Cristo como libre.


lunes, 6 de mayo de 2019

SAN JUAN BOSCO Y EL INFIERNO




San Juan Bosco preguntó al guía: — ¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es esto?
—Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta —me respondió—Y la inscripción te hará comprender dónde estamos. Me di cuenta de que estábamos a las puertas del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. Se veía una puerta de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción diferente. Yo saqué la libreta para anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: — ¡Detente! ¿Qué haces?
—Voy a tomar nota de esas inscripciones.
—No hace falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú has hecho grabar algunas bajo los pórticos. Ante semejante espectáculo habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio. Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos recorrido y delante de la puerta que vimos en primer lugar.
De pronto el guía se volvió hacia atrás con el rostro sombrío, me indicó con la mano que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: — ¡Mira! Tembloroso, miré hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Pude reconocer en él a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle un mayor impulso en la carrera.
—Corramos, detengámoslo, ayudémosle— gritaba yo tendiendo las manos hacia él.
Y el guía: —No; déjalo.
— ¿Y por qué no puedo detenerlo?
— ¿No sabes lo tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees que podrías detener a uno que huye de la ira encendida del Señor?
Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino, como si no hubiese encontrado en su huida otra solución que ir a dar contra aquella puerta de bronce.
— ¿Y por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?, — pregunte yo——Porque la ira de Dios traspasa todas las puertas del infierno e irá a atormentarle aún en medio del fuego. En efecto, como consecuencia de aquel choque, entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de par en par. Y tras ella se abrieron al mismo tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá a lo lejos, muy lejos, como la boca de un horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos de fuego.
Y las puertas volvieron a cerrarse con la misma rapidez con que se habían abierto.
Entonces yo tomé la libreta para apuntar el nombre y el apellido de aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo.
Lo hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la primera puerta. San Juan Bosco al instante conoció a los tres. Y la puerta se abrió y después de ella las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas se cerraron. Vi precipitarse en el infierno a un pobrecillo impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían solos, otros acompañados; otros cogidos del brazo, otros separados, pero próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado. Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse y al cerrarse se hacía un silencio de muerte.
—He aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi guía—: los compañeros, las malas lecturas (y malos programas de televisión e internet e impureza y pornografía y anticonceptivos y fornicación y adulterios y sodomía y asesinatos de aborto y herejías) y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al precipicio.
Al ver caer a tantos de ellos, dije con acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin. ¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas?
Y el guía me contestó: —Este es el estado actual en que se encuentran y si mueren en él vendrán a parar aquí sin remedio. — ¡Oh, déjame anotar los nombres para que yo les pueda avisar y ponerlos en la senda que conduce al Paraíso! — ¿Y crees tú que algunos se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les impresionará; después no harán caso, diciendo: se trata de un sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera espontánea y meritoria, porque no proceden rectamente. Otros se confesarán por un temor pasajero a caer en el infierno, pero seguirán con el corazón apegado al pecado. — ¿Entonces para estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que puedan salvarse.
—Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan; tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante y: —Entra tú también— me dijo el guía.
Yo me eché atrás horrorizado.
Estaba impaciente por regresar al Oratorio para avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para que no siguieran rodando hacia la perdición.
Pero el guía me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una cosa.
Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de su benévola asistencia; a lo que contesté:
— ¿Me he de quedar solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno? Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por el juicio y yo no me he presentado todavía ante el Juez Supremo. Después exclamé resueltamente: — ¡Entremos, pues!


sábado, 4 de mayo de 2019

EJERCICIO DE PERFECCION Y VIRTUDES CRISTIANAS



CAPÍTULO XIII
De dos razones muy buenas para pelear con grande ánimo y confianza en las tentaciones.

El bienaventurado San Basilio dice (2) que la rabia y enemistad que el demonio tiene con nosotros, no sólo es envidia del hombre, sino odio que tiene contra Dios nuestro Señor, y como no puede hacer fuerte en Dios, ni satisfacer en él su rabioso enojo, viendo que el hombre había sido criado a su imagen y semejanza, convierte toda su rabia y enojo contra el hombre por ser imagen y semejanza de Dios, a quien él tanto aborrece, y procura vengarse en él, haciéndole todo el mal y daño que puede; como si uno estuviese muy airado con el rey y descargase el enojo en su imagen, porque no puede llegar al rey. y como el loro, dice San Basilio, que viéndose agarrochado del hombre, arremete con su estatua y figura, que en el coso le han puesto, y en ella descarga su furia y rabia, haciéndola pedazos, vengándose en ella del hombre.
De aquí sacan los Santos dos razones muy buenas para animamos a pelear varonilmente en las tentaciones, y para que tengamos grande confianza que saldremos de ellas con victoria. La primera es, porque no nos va en ello nuestra honra sola sino la de Dios, a quien el demonio quiere injuriar y ofender en nosotros. Lo cual nos ha de animar a dar la vida, antes que faltar, porque el demonio no salga con la suya de haber tomado aquella venganza contra Dios en nosotros, como en imagen suya, y que él tanto ama y estima. De manera, que ya, no sólo defendemos nuestro partido, sino volvemos por el partido y causa de Dios, y así habernos de morir en la demanda, antes que consentir que se menoscabe la honra de Dios.
Lo segundo, pues el demonio, por respeto de Dios, y por el odio que a su divina Majestad tiene, nos hace guerra, podemos confiadamente esperar que el Señor saldrá a la causa, y tomará este negocio por suyo, y volverá por nosotros, para que no seamos vencidos, ni sobrepujados de él, sino que salgamos con victoria y triunfo. Porque aún acá vemos, que si un príncipe o señor poderoso ve a otro puesto en algún trabajo o aprieto por su causa y respeto, luego sale a la demanda y toma el negocio por suyo. En el libro de Ester cuenta la Sagrada Escritura que por causa de Mardoqueo, había Aman puesto punto de muerte  todo el pueblo de los judíos, y tornó Mardoqueo por su causa de tal manera, que puso a Aman y a los suyos donde él quería ponerlos. Mucho mejor hará esto el Señor. Y así osadamente podemos decir a Dios: Levantaos, Señor, y volved por vuestra causa. Tomad Señor, armas y escudo, y levantaos en mi ayuda (2)
CAPÍTULO XIV
Que Dios no permite que nadie sea tentado más de lo que puede llevar, y que no debamos desmayar cuando crece ó dura la tentación.

Fidelis autem Deus est, qui non patietur vos tentari supra id quod potestis, sed faciet etiam cum tentatione proventum ut possitis sustinere (1): Fiel es Dios, dice el Apóstol San Pablo, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis; y si creciere la tentación, crecerá también el socorro y favor para vencer y triunfar de vuestros enemigos, y quedar con ganancia de la tentación. Esta es una cosa de grandísimo consuelo y que pone grande ánimo en las tentaciones: por una parte sabemos que el demonio no puede más de lo que Dios le diere licencia, ni nos podrá tentar un punto más. Por otra parte estamos ciertos que Dios no le dará licencia para que nos tiente más de lo que pudiéremos llevar, como dice aquí el Apóstol.
¿Quién con esto no se consolará y animara? No hay médico que con tanto cuidado mida y tase las onzas de acíbar que ha de dar al enfermo, conforme a la disposición del sujeto, como aquel físico celestial mide y tasa el acíbar de la tentación y tribulación que ha de dar o permitir a sus siervos, conforme a la virtud y fuerzas de cada uno. Dice muy bien el santo abad Efrén (2): Si el ollero que hace vasos de barro, y los pone en el horno, sabe bien el tiempo que conviene tenerlos en el fuego para que salgan bien sazonados y templados, y sean provechosos para el uso de los hombres, y no los tiene más tiempo de que es menester, porque no se quemen y se quiebren, ni detiene menos tiempo del necesario, porque no salgan tan tiernos, que luego se deshagan entre las manos; ¿cuánto más hará esto Dios con nosotros, que es de infinita sabiduría y bondad, y es grande el amor paternal que nos tiene? San Ambrosio, sobre aquello de San Mateo: "Entrando Jesús en una barca, le siguieron sus discípulos: y al punto se levantó en el mar tan recia tempestad, que las ondas cubrían la barca; mas él dormía (1),* dice (2): Notad que también los escogidos del Señor, y que andan en su compañía, son combatidos de tentaciones, y algunas veces hace Dios del que duerme , escondiendo, como buen padre, el amor que tiene a sus hijos, para que acudan más a él: pero no duerme Dios ni se ha olvidado de vos. Dice el profeta Habacuc: Si os pareciere que tarda el Señor, esperadle, y estad, muy cierto que vendrá y no tardará (3). Pareceos a vos que tarda, mas en realidad de verdad no tarda.
Al enfermo parécele larga la noche y que se alarga el día; más no es así, no se tarda, que a su tiempo viene.
Así Dios no se tarda, aunque a vos como a enfermo os parezca que sí. El sabe muy bien la ocasión y la coyuntura, y acudirá al tiempo de la necesidad.
San Agustín trae a este propósito aquello que respondió Cristo nuestro Redentor a las hermanas de Lazaro, Marta y María: Esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella (4). Habíanle enviado a decir que estaba enfermo su amigo Lázaro, y detúvose dos días, que no quiso ir allá, para que el milagro fuese más señalado. Así, dice (1), hace Dios muchas veces con sus siervos; déjales por algún tiempo en las tentaciones y trabajos, que parece se ha olvidado de ellos; pero no se ha olvidado, sino hácelo para sacarlos después de ellos con mayor triunfo y gloria. Como a José, que le dejó estar mucho tiempo en la cárcel, para sacarle después de allí, como le sacó, con grande honra y gloria, haciéndole gobernador de toda la tierra de Egipto. Así, dice, habéis de entender que si el Señor se detiene y permite que dure la tentación y el trabajo, es para sacaros después de él con mayor aprovechamiento y acrecentamiento vuestro. San Crisóstomo nota también esto sobre aquellas palabras: *Ensálzasme de las puertas de la muerte (2). Advertid, dice, que no dijo el profeta: librárteme, Señor, de las puertas de la muerte; sino ensálzasme.
Porque el Señor, no solamente libra a sus siervos de las tentaciones, sino pasa adelante haciéndoles con esto más aventajados y señalados. Así, por muy apretado que os veáis, aunque os parezca que llegáis hasta las puertas del infierno, habéis de tener confianza, que de ahí os sacará Dios: El es el que mortifica y vivifica, y el que deja llegar hasta las puertas de la muerte, y el que saca y libra de ellas, cuando ya pensabas perecer (3). Y así decía el santo Job: Aunque me mate, en él esperaré (4).
San Jerónimo pondera aquí muy bien aquello del profeta Jonás, que cuando pensó que ya era perdido y que no había remedio, sino que dan con él en la mar; ahí le tenía el Señor a punto una ballena que le recibiese, no para despedazarle, sino  para salvarle y echarle á tierra como en un navío muy seguro (1).
Advertid y considerad, dice (2), que lo que los hombres pensaban que era su muerte, eso fue su guarda y su vida. Pues así, dice, nos acontece a nosotros, que lo que pensamos muchas veces que es pérdida, es ganancia; y lo que pensamos que es muerte, es vida.


viernes, 3 de mayo de 2019

CONFESIONES. SAN AGUSTÍN


Santa Mónica madre de San Agustín

                                                  https://www.youtube.com/watch?v=HP1Zp0tsVW0

LIBRO OCTAVO
1, 1. ¡Dios mío!, que yo te recuerde en acción de gracias y confiese tus misericordias sobre mí. Que mis huesos se empapen de tu amor y digan: Señor: ¿quién semejante a ti? Rompiste mis ataduras; te sacrificaré yo un sacrificio de alabanza. Contaré cómo las rompiste, y todos los que te adoran dirán cuando lo oigan: Bendito sea el Señor, en el cielo y en la tierra, grande y admirable es el nombre suyo.
Tus palabras, Señor, se habían pegado a mis entrañas y por todas partes me veía cercado por ti. Cierto estaba de tu vida eterna, aunque no la viera más que en enigma y como en espejo, y así no tenía ya la menor duda sobre la sustancia incorruptible, por proceder de ella toda sustancia; ni lo que deseaba era estar más cierto de ti, sino más estable en ti.
En cuanto a mi vida temporal, todo eran vacilaciones, y debía purificar mi corazón de la vieja levadura, y hasta me agradaba el camino el Salvador mismo, pero tenía pereza de caminar por sus estrecheces.
Tú me inspiraste entonces la idea - que me pareció excelente – de dirigirme a Simpliciano, que aparecía a mis ojos como un buen siervo tuyo y en el que brillaba tu gracia. Había, oído también de él que desde su juventud vivía devotísimamente y como entonces era ya anciano, parecíame que en edad tan larga, empleada en el estudio de tu vida estaría muy experimentado y muy instruido en muchas cosas, y verdaderamente, así era. Por eso quería yo conferir con él mis inquietudes, para que me indicase qué método de vida sería el más a propósito en aquel estado de ánimo en que yo me encontraba para caminar por tu senda.
2. Porque veía yo llena a tu Iglesia y que uno iba por un camino y otro por otro. En cuanto a mí, disgustábame lo que hacía en el siglo y me era ya carga pesadísima, no encendiéndome ya, como solían, los apetitos carnales, con la esperanza de honores y riquezas, a soportar servidumbre tan pesada; porque ninguna de estas cosas me deleitaba ya en comparación de tu dulzura y de la hermosura de tu casa, que ya amaba, mas sentíame todavía fuertemente ligado a la mujer; y como el Apóstol no me prohibía casarme, bien que me exhortara a seguir lo mejor al desear vivísimamente que todos los hombres fueran como él, yo, como más flaco, escogía el partido más fácil, y por esta causa me volvía tardo en las demás cosas y me consumía con agotadores cuidados por verme obligado a reconocer en aquellas cosas que yo no quería padecer algo inherente a la vida conyugal, a la cual entregado me sentía ligado.
Había oído de boca de la Verdad que hay eunucos que se han mutilado a sí mismos por el reino de los cielos, bien que añadió que lo haga quien pueda hacerlo. Vanos son ciertamente todos los hombres en quienes no existe la ciencia de Dios, y que por las cosas que se ven, no pudieron hallar al que es. Pero ya había salido de aquella vanidad y la había traspasado, y por el testimonio de la creación entera te había hallado a ti, Creador nuestro, y a tu Verbo, Dios en ti y contigo un solo Dios, por quien creaste todas las cosas.
Otro género de impíos hay: el de los que, conociendo a Dios, no le glorificaron como a tal o le dieron gracias. También había caído yo en él; mas tu diestra me recibió y me sacó de él y me puso en que pudiera convalecer, porque tú has dicho al hombre: He aquí que la piedad es la sabiduría y No quieras parecer sabio, porque los que se dicen ser sabios son vueltos necios.
Ya había hallado yo, finalmente, la margarita preciosa, que debía comprar con la venta de todo. Pero vacilaba.
II, 3. Me encaminé, pues, a Simpliciano, padre de la colación de la gracia bautismal del entonces obispo Ambrosio, a quien éste amaba verdaderamente como a padre. Contéle los asendereados pasos de mi error; mas cuando le dije haber leído algunos libros de los platónicos, que Victorino, retórico en otro tiempo de la ciudad de Roma - y del cual había oído decir que había muerto cristiano -, había vertido a la lengua latina, me felicitó por no haber dado con las obras de otros filósofos, llenas de falacias y engaños, según los elementos de este mundo, sino con éstos en los cuales se insinúa por mil modos a Dios y su Verbo.
Luego, para exhortarme a la humildad de Cristo, escondida los sabios y revelada a los pequeñuelos, me recordó al mismo Victorino, a quien él había tratado muy familiarmente estando en Roma, y de quien me refirió lo que no quiero pasar en silencio. Porque encierra gran alabanza de tu gracia, que debe serte confesada, el modo como este doctísimo anciano peritísimo en todas las disciplinas liberales y que había leído y juzgado
tantas obras de filósofos, maestro de tantos nobles senadores, que en premio de su preclaro magisterio había merecido y obtenido una estatua en el Foro romano (cosa que los ciudadanos de este mundo tienen por el sumo); venerador hasta aquella edad de los ídolos y partícipe de los sagrados sacrilegios, a los cuales se inclinaba entonces casi toda la hinchada nobleza romana, mirando propicios ya «a los dioses monstruos de todo género y a Anubis el ladrador» , que en otro tiempo «habían estado en armas contra Neptuno y Venus y contra Minerva», y a quienes, vencidos, la misma Roma les dirigía súplicas ya, a los cuales tantos años este mismo anciano Victorino había defendido con voz aterradora, no se avergonzó de ser siervo de tu Cristo e infante de tu fuente, sujetando su cuello al yugo de la humildad y sojuzgando su frente al oprobio de la cruz.
4. ¡Oh Señor, Señor!, que inclinaste los cielos y descendiste, tocaste los montes y humearon, ¿de qué modo te insinuaste en aquel corazón? Leía -al decir de Simpliciano - la Sagrada Escritura e investigaba y escudriñaba curiosísimamente todos los escritos cristianos, y decía a Simpliciano, no en público, sino muy en secreto y familiarmente: «¿Sabes que ya soy cristiano?» A lo cual respondía aquél: «No lo creeré ni te contaré entre los cristianos mientras no te vea, en la Iglesia de Cristo». A lo que éste replicaba burlándose: «Pues qué, ¿son acaso las paredes las que hacen a los cristianos? » Y esto de que «ya era cristiano» lo decía muchas veces, contestándole lo mismo otras tantas Simpliciano, oponiéndole siempre aquél «la burla de las paredes».
Y era que temía ofender a sus amigos, soberbios adoradores de los demonios, juzgando que desde la cima de su babilónica dignidad, como cedros del Líbano aún no quebrantados por el Señor, habían de caer sobre él sus terribles enemistades.
Pero después que, leyendo y suplicando ardientemente, se hizo fuerte y temió ser «negado por Cristo delante de sus ángeles si él temía confesarle delante de los hombres y le pareció que era hacerse reo de un gran crimen avergonzarse de «los sacramentos de humildad» de tu Verbo, no avergonzándose de «los sagrados sacrilegios» de los soberbios demonios, que él, imitador suyo y soberbio, había recibido, se avergonzó de aquella vanidad y se sonrojó ante la verdad, y de pronto e improviso dijo a Simpliciano, según éste mismo contaba: «Vamos a la iglesia; quiero hacerme cristiano.» Este, no cabiendo en sí de alegría, fuese con él, quien, una vez instruido en los primeros sacramentos de la religión, «dio su nombre para ser» - no mucho después - regenerado por el bautismo, con admiración de Roma y alegría de la Iglesia. Veíanle los soberbios y llenábanse de rabia, rechinaban sus dientes y se consumían; mas tu siervo había puesto en el Señor Dios su esperanza y no atendía a las vanidades y locuras engañosas.
5. Por último, cuando llegó la hora de hacer la profesión de fe (que en Roma suele hacerse por los que van a recibir tu gracia en presencia del pueblo fiel con ciertas y determinadas palabras retenidas de memoria y desde un lugar eminente), ofrecieron los sacerdotes a Victorino – decía aquél [Simpliciano]- que la recitase en secreto, como solía concederse a los que juzgaban que habían de tropezar por la vergüenza. Más él prefirió confesar su salud en presencia de la plebe santa. Porque ninguna salud había en la retórica que enseñaba, y, sin embargo, la había profesado públicamente. ¡Cuánto menos, pues, debía temer ante tu mansa grey pronunciar tu palabra, él que no había temido a turbas de locos en sus discursos! Así que, tan pronto como subió para hacer la profesión, todos, unos a otros, cada cual según le iba conociendo, murmuraban su nombre con un murmullo de gratulación - y ¿quién a allí que no le conociera? - y un grito reprimido salió de la boca de todos los que con él se alegraban: «Victorino, Victorino.» Presto gritaron por la alegría de verle, mas presto callaron por el deseo de oírle. Hizo la profesión de la verdadera fe con gran entereza, y todos querían arrebatarle dentro de sus corazones, y realmente le arrebataban amándole y gozándose de él, que éstas eran las manos de los que le arrebataban.
III, 6. ¡Dios bueno!, ¿ qué es lo que pasa en el hombre para que se alegre más de la salud de un alma desahuciada y salvada del mayor peligro que si siempre hubiera ofrecido esperanzas o no hubiera sido tanto el peligro? También tu, Padre misericordioso, te gozas más de un penitente que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia; y nosotros oímos con grande alegría el relato de la oveja descarriada, que es devuelta al redil en los alegres hombros del Buen Pastor ", y el de la dracma, que es repuesta en tus tesoros después de los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló. Y lágrimas arranca de nuestros ojos el júbilo de la solemnidad de tu casa cuando se lee en ella de tu hijo menor que era muerto y revivió, había perecido y fue hallado.
Y es que tú te gozas en nosotros y en tus ángeles, santos por la santa caridad, pues tú  eres siempre el mismo, por conocer del mismo modo y siempre las cosas que no son siempre ni del mismo modo.


jueves, 2 de mayo de 2019

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY



7. EL ABANDONO EN LAS VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VIDA

ORDINARIA
PRIVACIÓN DE ALGUNOS SOCORROS ESPIRITUALES

3º.- Algunas observaciones regulares, algunas prácticas personales pueden llegar a sernos imposibles, por un tiempo más o menos largo, a causa de la enfermedad, de la obediencia o de otras causas semejantes. Además hay prácticas que nos hubieran sin duda complacido, y otras que nunca hemos podido abrazar, de donde pueden muy bien originarse, cierto que sin fundamento, turbaciones y disgustos.
Una misma persona no conseguirá imitar todas las virtudes de que Nuestro Señor y los santos nos han dado ejemplo; y por eso, será preciso resignarse al ejercicio de aquellas que nos corresponden en el orden de la Providencia. Nunca, por consiguiente, podremos quejamos de la parte que Ella nos haya asignado, pues es muy dilatado el camino que se nos presenta. Si con perseverante fidelidad nos aplicamos a cumplir los deberes que nos incumben cómo cristiano, los que son propios de nuestra situación y las obligaciones diarias, no sólo en conjunto, sino hasta los últimos detalles, tenemos materia más que suficiente para hacernos grandes santos.
Es cierto que nuestra vocación nos priva de algunos medios de santificación que Dios propone a otros; mas, lo que perdemos por una parte, será fielmente compensado por otra.
De esta manera, sí la pobreza no me permite la limosna corporal, haré la espiritual, y a falta de dinero, daré mis oraciones y sacrificios. La vida contemplativa me prohíbe el apostolado de las obras exteriores; pues yo lo ejercitaré por los trabajos de la vida interior, y en lugar de correr por el mundo tras los pecadores, cerca de Dios será donde trataré su causa. La vida activa no me deja sino una parte muy exigua de las dulzuras y santas ocupaciones de la vida contemplativa; me santificaré, sin embargo, dignificando mis trabajos por la obediencia y abnegación, por una intención pura y el pensamiento habitual de Dios. Si por nuestra parte utilizamos del mejor modo posible los medios que nos ofrece nuestra vocación, bastará para conducirnos a la perfección más encumbrada. ¿No ha habido santos en todas las Órdenes religiosas y en todas las clases sociales? Es cierto que algunas situaciones son más favorables en sí; mas para cada uno de nosotros, sólo es buena aquella en que Dios nos quiere poner.
¿La enfermedad me impide ayunar, guardar la abstinencia, tomar parte en el Oficio Divino?, no importa. Puedo cantar las alabanzas divinas en mi corazón, imponer una severa abstinencia a mi juicio y a mi voluntad, hacer ayunar a mis ojos, a mi lengua, a mi corazón, a todos mis sentidos por una mortificación más exacta. Lo que hubiera ganado cumpliendo mis deberes en la salud, lo compensaré cumpliendo fielmente los que me impone mi enfermedad, como la paciencia, el desprendimiento, la obediencia y el Santo Abandono.
Una obediencia o cualquiera otra causa semejante que me priva de ciertas regularidades comunes, de algunas prácticas privadas, es una pérdida que puedo siempre reparar, cumpliendo por de pronto con gran resolución los deberes de mi nueva situación; después, «aplicándome a redoblar, no mis deseos ni mis ejercicios, sino la perfección de hacerlos, esforzándome así para ganar más con un solo acto (como, sin duda, lo puedo conseguir), que con cien otros que pudiera realizar por mi propia elección y gusto».
Después de todo, el único medio para crecer en virtud, ¿no es dejar nuestra voluntad para seguir la de Dios? Desde el momento que somos celosos por nuestras obligaciones de cristianos, por las observancias regulares y nuestras prácticas privadas, y no abandonamos ni unas ni otras sino por el divino beneplácito y no por falta nuestra, ¿por qué inquietamos? Dios es el que lo hace todo; y para compensar la pérdida hay mil medios, de los que el principal es precisamente nuestro celo en renunciar nuestra voluntad para seguir la suya, hasta en las cosas que nos parecen más justas y más santas.
4º.- Nuestra vida está consagrada a la contemplación por los ejercicios de piedad que son como el alimento de nuestra alma, y he aquí que una obediencia, un aumento de trabajo, la enfermedad sobre todo, vienen a romper la cadena de nuestras prácticas piadosas. Ya no podéis oír Misa ni siquiera el domingo, y estáis privados del alimento sagrado de la Comunión, y pronto quizá, vuestro estado de debilidad os hará incapaz de orar. No os quejéis; que Nuestro Señor os quiere hacer participar de su mismo alimento, que quizá no conocéis.
«Mi alimento, os dirá, es hacer la voluntad de mi Padre a fin de consumar la obra que me ha confiado». Pues bien, esta obra que pretende consumar en nosotros y con nosotros, es nuestra perfección; y para ello es preciso que muramos a nuestra voluntad propia hasta en lo tocante a la piedad, de modo que sola la voluntad de Dios reine en nosotros.
Preguntándose un día el P. Baltasar Álvarez, a causa de un impedimento, si debía celebrar los santos Misterios, diole interiormente Dios esta respuesta: «Esta acción tan santa os puede ser o muy útil o muy dañosa, según que Yo la apruebe o no la apruebe.» En otras circunstancias, díjole Dios: mi gloria no se encuentra ni en esta ni en aquella obra, sino en el cumplimiento de mi voluntad; ahora bien, «¿quién puede saber mejor que Yo lo más conducente para mi gloría?» Es indudable que debemos tener el mayor celo por nuestros ejercicios de piedad, especialmente por la Misa y Sagrada Comunión y jamás abandonarlos ni por el disgusto, ni por la sequedad, ni por consideración alguna de este género; pero aun en esto, es necesario que nuestra piedad se regule según la adorable voluntad de Dios, de otra suerte llega a ser desordenada. «Hay almas -dice San Francisco de Sales- que después de haber cercenado todo el amor que profesaban a las cosas dañosas, no dejan de conservar amores peligrosos y superfluos, aficionándose demasiado a las cosas que Dios quiere que amen.» De ahí que nuestros ejercicios de piedad (que, sin embargo, tanto debemos estimar), pueden ser amados desordenadamente, cuando se les prefiere a la obediencia y al bien común, o se les estima en calidad de último fin, ya que no son sino medios para nuestra filial pretensión, que es el amor divino.
Otro motivo por el que Dios impone privaciones a nuestra piedad, es el mérito del sufrimiento. Una religiosa no había podido durante tres días visitar a Nuestro Señor en el sagrado Tabernáculo, oír Misa, ni comulgar, y exclamaba: «Dios mío, estos tres días me los devolveréis en la eternidad, apareciéndoos ante mi vista más hermoso, más grande, a fin de indemnizarme. Para reemplazar al pan eucarístico, me habéis dado el pan del sufrimiento... Más se da a Dios en el sufrimiento que en la oración.» Además es necesaria la Cruz.
Cierto día, decía Nuestro Señor a la misma religiosa: «Cuando quiero conducir a un alma a la cumbre de la perfección, le doy la Cruz y la Eucaristía; ambos se completan. La Cruz hace amar y desear la Eucaristía, y la Eucaristía hace aceptar la Cruz al principio, amarla después y, por fin, desearla. La Cruz purifica el alma, la dispone, la prepara para el divino banquete; y la Eucaristía la alimenta, fortifica, la ayuda a llevar su Cruz, la sostiene en el camino del Calvario. ¡Cuán preciosos dones son la Cruz y la Eucaristía! Son los dones de los verdaderos amigos de Dios.»
San Alfonso nos ofrece un ejemplo edificante tanto de fidelidad generosa a nuestros ejercicios de piedad, como de resignación no menos perfecta al beneplácito divino. La enfermedad habíale confinado en su pobre celda, y sus transportes extáticos ante el Santísimo Sacramento llegaron a ser tan frecuentes que llamaban la atención general...Finalmente, Villani hubo de prohibirle en absoluto que bajase a la iglesia. Obedeció el Santo; pero, ¡cuánto le costó no poder ir a orar a los pies de Jesús, su único amor en este mundo! ...
Con frecuencia, olvidándose de la prohibición, se arrastraba hasta la escalera atraído por una fuerza irresistible. Trataba en vano de bajar y se retiraba deshecho en lágrimas a su celda; o bien se le representaba la prohibición de Villani, y todo confuso decía: «Es verdad, Jesús mío; es mejor alejarse de Vos por obedecer, que permanecer a vuestros pies desobedeciendo.» Sufría aún más al no poder celebrar el Santo Sacrificio, y recordando las alegrías celestiales que tantas veces había gustado allí, prorrumpía en sollozos.

Consolábase entonces ofreciendo al Señor este acto de resignación: «Oh Jesús, Vos no queréis que celebre la Misa, fiat, que se haga vuestra adorable voluntad.

miércoles, 1 de mayo de 2019

AUDI, FILIA, ET VIDE, ETC. SAN JUAN DE ÁVILA



CAPITULO 12
Que suele Dios castiga a los soberbios con permitir que pierdan la joya de la castidad, para humillarlos; y de cuánto conviene ser humildes para vencer a este enemigo.

Otros ha habido que han perdido esta joya de la castidad por vía de castigarles Dios con justo juicio, en entregarlos, como dice San Pablo (Rom., 1, 24), en los deseos deshonestos de su corazón como en manos de crueles sayones, castigando en ellos unos pecados con otros pecados; no incitándolos Él a pecar, porque del sumo Bien muy extraño es ser causa que nadie peque; mas apartando su socorro del hombre por pecados del mismo hombre, la cual es obra de justo Juez; y si justo, bueno. Y así dice la Escritura (Prov., 23, 27): Pozo hondo es la mala mujer, y poso estrecho la mujer ajena; aquel caerá en él con quien Dios estuviere enojado (Prov., 22, 14). No se asegure, pues, nadie con que no da enojos a Dios cerca de la castidad, si los da en otras cosas, pues que suele dejar caer en lo que el hombre no caía ni querría, en castigo de caer en otras cosas que no debía.
Y aunque esto sea general en todos los pecados, pues por todos se enoja Dios, y por todos suele castigar, mas particularmente, como dice San Agustín, «suele castigar Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria».
Y así se figura en Nabucodonosor, que en castigo de su soberbia, perdió su reino, y fue alanzado de la conversación de los hombres, y le fue dado corazón de bestia, y conversó entre las bestias (Dan., 4, 22, 29, 30), no porque perdiese la naturaleza de hombre, sino porque le parecía a él que no lo era. Y así estuvo hasta que le dio Dios conocimiento y humildad con que conociese y confesase que la alteza y reino es de Dios, y que lo da Él a quien quiere. Cierto, así pasa, que el hombre que atribuye a la fortaleza de su brazo el edificio de la castidad, lo echa Dios de entre los suyos, y salido de tal compañía, que era como de Ángeles, mora entre bestias, con corazón tan bestial como si no hubiera amado a Dios, ni sabido qué era castidad, ni hubiese infierno, ni gloria, ni razón, ni vergüenza, tanto que ellos mismos se espantan de lo que hacen, y les parece no tener juicio ni fuerzas de hombres, sino del todo rendidos a este vicio bestial, como bestias, hasta que la misericordia del Señor se adolece (se adolece: se compadece) de tanta miseria, y da a conocer al que de esta manera ha caído que por su soberbia cayó, y por medio de humildad se ha de levantar y cobrar. Y entonces confiesa que el reino de la castidad, por el cual reinaba sobre su cuerpo, es dádiva de Dios, que por su gracia la da y por pecados del hombre la quita.
Y este mal de soberbia es tan malo de conocer—y por eso mucho de temer—, que algunas veces lo tiene el hombre metido tan en lo secreto de su corazón que él mismo no lo entiende. Testigo es de esto San Pedro, y otros muchos, que estando agradados y confiados de sí, pensaban que lo estaban de Dios; el cual, con su infinita sabiduría, ve la enfermedad de ellos, y con su misericordia, junta con su justicia, los cura y sana, con darles a entender, aunque a costa suya, que estaban mal agradados y mal confiados de sí mismos, pues se ven tan miserablemente caídos. Y aunque la caída es costosa, no es tan peligrosa como el secreto mal de soberbia en que estaban ; porque no le entendiendo, no le buscaran remedio, y así se perdieran; y entendiendo su mal con la caída, y humillados delante la misericordia de Dios, alcanzan remedio de Él para entrambos males. Y por esto dijo San Agustín que «castiga Dios la secreta soberbia con manifiesta lujuria», porque el segundo mal es manifiesto a quien lo comete, y por allí viene a entender el otro mal que secreto tenía.
Y habéis de saber que estos soberbios unas veces lo son para consigo solos, y otras, despreciando a los prójimos por verlos faltos en la virtud y especialmente en la castidad. Mas, ¡oh Señor, y cuan de verdad mirarás con ojos airados a este delito! ¡Y cuan desgraciadas te son las gracias que el fariseo te daba, diciendo (Lc., 18, 130: No soy malo como los otros hombres, ni adúltero, ni robador, como lo es aquel arrendador que allí está. No lo dejas, Señor, sin castigo; lo castigas, y muy reciamente, con dejar caer al que estaba en pie, en pena de su pecado, y levantas al caído por satisfacerle su agravio.
Sentencia tuya es, y muy bien la guardas (La, 6, 37): No queráis condenar, y no seréis condenados. Y (Mt., 7, 2): Con la misma medida que midiereis seréis medidos; y quien se ensalzare será abajado. Y mandaste decir de tu parte al que desprecia a su prójimo (Isai., 33, 1): ¡Ay de ti que desprecias, porque serás despreciado! ¡Oh, cuántos han visto mis ojos castigados con esta sentencia, que nunca habían entendido cuánto aborrece Dios a este pecado, hasta que se vieron caídos en lo que de otros juzgaron, y aun en cosas peores! «En tres cosas—dijo un viejo de los pasados—juzgué a mis prójimos, y en todas tres he caído.»
Agradezca a Dios el que es casto la merced que le hace, y viva con temor y temblor por no caer él, y ayude a levantar al caído, compadeciéndose de él y no despreciándolo. Piense que él y el caído son de una masa, y que cayendo otro cae él cuanto es de su parte.
Porque, como dice San Agustín: «No hay pecado que haga un hombre, que no lo haría otro hombre, si no lo rige el Hacedor del hombre.» Saque bien del mal ajeno, humillándose con ver al otro caer; saque bien del bien ajeno gozándose del bien del prójimo. No sea como ponzoñosa serpiente, que saque de todo mal; soberbia en las caídas ajenas y envidia en los bienes ajenos. No quedarán estos tales sin castigo de Dios; los dejara caer en lo que otros cayeron y no les dará el bien de que hubieron envidia.
CAPITULO 13

De otras dos peligrosas causas por las cuales suelen perder la castidad los que no las procuran evitar.
Entre las miserables caídas de castidad que en el mundo ha habido, no es razón que se ponga en olvido la del Santo Rey y Profeta David; que por ser ella tan miserable, y la persona tan calificada, pone un escarmiento tan grande a quien la oye, que no hay quien deje de temer su propia flaqueza. La causa de esta caída dice San Basilio que fue un liviano complacimiento que David tomó en sí mismo, una vez que fue visitado de la mano de Dios con abundancia de mucha consolación, y se atrevió a decir: Yo dije en mi abundancia: No seré ya mudado de este estado para siempre. Mas ¡oh cuan al revés le salió! ¡ y cómo después entendió lo que primero no entendía, que (Eccl., 7, 15) en el día de los bienes que tenemos, nos hemos de acordar de los males en que podemos caer! Y que se debe tomar la consolación divinal con peso de humildad, acompañada del santo temor de Dios, para que no pruebe lo que el mismo David luego dijo (Ps., 29, 8): Quitaste tu faz de mí, y fui hecho conturbado.