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sábado, 6 de enero de 2024

LA ADORACION DE LOS SANTOS REYES MAGOS.

 

Homilía del bienaventurado San Gregorio Papa, sobre la misma fiesta, en el Evangelio presente: escríbelo San Mateo en el capítulo 2. v. 1. y 2. Dice así: habiendo nacido Jesús en Belem de Judá en los días del Rey Herodes, ved aquí que los Magos vinieron de Oriente a Jerusalén, diciendo: ¿en dónde está el que ha nacido Rey de los judíos? pues hemos visto su estrella en Oriente, y venimos a adorarle, …

Según la lección del Santo Evangelio nos lo ha referido, muy amados hermanos míos, nacido el Rey del cielo, el Rey de la tierra se ha turbado: porque sin duda todo señorío de la tierra es confundido, cuando se muestra la Majestad del cielo. Mas a mi ver es justo que sepamos, cómo naciendo nuestro Redentor, es enviado un Ángel a los pastores en Judea, para que se lo haga saber, y a los Magos no fue Ángel, sino una estrella que los guiase y trajese a donde le habían de adorar. Justa providencia del Señor dispuso, que los judíos que usaban de razón, fuesen avisados por el Ángel que la tiene; y los Gentiles que no sabían usar de ella, viniesen al conocimiento del Señor, no por la predicación, sino por las señales. Porque a la verdad, a los judíos fueron dadas las profecías como a fieles, y a los gentiles fueron dadas las señales como a infieles.

Debéis también notar, que, siendo ya nuestro Redentor de edad perfecta, los mismos Apóstoles fueron a predicársele a los gentiles; y siendo infante, y de tal edad que según ella no podía aun hablar, fue una estrella a notificársele. Todo esto iba conforme a razón, porque estando ya nuestro Redentor en edad que hablaba, era justo que unos predicadores que hablasen nos diesen noticia de él; y siendo de edad en que no hablaba, le predicasen los elementos mudos. Es cosa muy digna de notar, cuán grande fue la dureza en el corazón de algunos judíos, a los que ni las señales maravillosas que se mostraron en el nacimiento del Señor, ni las maravillas que se vieron en su vida y muerte, ni el cumplimiento que veían de las profecías: ninguna cosa bastó para que le conociesen por quién era. Los elementos todos le conocieron por su Criador, y dieron testimonio de su venida; y hablando de ellos como de criaturas humanas, digo, que los cielos conocieron ser éste su Criador, porque luego enviaron la estrella para su servicio. La mar le conoció, porque se dejó hollar por sus pies como si fuera tierra firme. La tierra le conoció, porque al tiempo de su muerte tembló.

El sol le conoció, que en aquel mismo tiempo escondió los rayos de su luz. Conocérosle las peñas y las paredes, pues muriendo él se quebrantaron. Le conoció el infierno, el que por su mandado restituyó los muertos que tenía; y a este Señor así conocido por todas las cosas, los duros corazones de los judíos infieles nunca le quieren conocer por Dios; y mostrándose más duros que las piedras, no quieren quebrantarse con la penitencia: le niegan y no le quieren confesar, aun viendo que, como hemos dicho, los elementos y las cosas insensibles, con todas las señales que han podido, lo han confesado; y para mayor condenación suya, mucho tiempo antes supieron que había de nacer este Señor, que ahora menosprecian viéndole nacido; y no solo sabían que había de nacer, sino también en qué lugar había de nacer; porque siendo preguntados por Herodes, ellos mismos dieron noticia del lugar de su nacimiento, y mostraron saberlo por autoridad de la Sagrada Escritura; y así testificaron con la profecía, que Belem había de ser honrado con el nacimiento del nuevo capitán que allí había de nacer; y para más confusión de su incredulidad y consuelo de nuestra fe, se mostró este conocimiento doble en los judíos. Al tiempo que Isaac dio la bendición a su hijo Jacob, figuró el misterio grande que en estos se había de cumplir. Siendo do viejo Isaac y ciego, al dar la bendición fue Profeta; y no viendo el hijo que tenía delante de sí presente, vio muchas cosas que muy adelante habían de verificarse en su sucesión. Así, pues, el pueblo Judaico lleno de profecías y ciego, no conoció al Señor que tenía: habiendo dicho cosas de las que en él más adelante habían de suceder. Sabido el Nacimiento de nuestro Rey Soberano, Herodes luego acudió a remedios de traidor, y temiendo perder el rey no que tenía, pidió que le diesen aviso en donde había nacido el niño: finge que le quiere adorar, estando determinado a quitarle la vida si lo hallase. Véase por experiencia, cuán poco puede la malicia humana contra el consejo de la divinidad: así nos lo enseña el sabio en los proverbios. Los Magos que venían con otra fe por la estrella que les había aparecido, hallaron al Rey nacido que buscaban; ofrecérosle sus dones, y fueron en sueños avisados de que no volviesen a Herodes; de manera, que Herodes nunca halló al Señor que buscaba.

Por Herodes son entendidos los hipócritas, que nunca merecen hallará Dios, porque le buscan malamente.

Ofrecieron, pues, los Magos oro, incienso y mirra: el oro le convenía por ser Rey: el incienso se sacrifica a Dios: y con la mirra acostumbran a ungir los cuerpos de los muertos: de modo, que los Magos bienaventurados confiesan, que en este Señor que adoran, creen haber tres cosas, las cuales secretamente señalan con las ofrendas: con el oro ser Rey: con el incienso ser Dios: con la mirra ser hombre mortal. Algunos herejes lo confiesan como Dios, mas no creen que reine en todas partes. Estos ofrécele al Señor incienso, mas no le quieren ofrecer oro: hay otros herejes que bien le conceden ser Rey, mas no el ser Dios. Estos bien le ofrecen oro, mas no incienso: ha habido otros herejes que le confiesan ser Dios, y ser Rey mas no confiesan que haya sido hombre mortal. Estos le ofrecen oro e incienso: mas no le quieren ofrecer la mirra, como a hombre mortal. Nosotros, muy amados hermanos míos, ofrezcamos oro al Señor nacido, confesándole Rey y Señor de todo el mundo: ofrezcámosle incienso, confesando, que este Señor que en tiempo se nos mostró, era Dios sin principio: ofrezcámosle mirra, confesando, que el mismo Señor que en su divinidad fue inmortal e impasible, en nuestra humanidad fue mortal; bien es verdad, que por el oro, incienso y mirra podemos entender otros misterios. Por el oro es entendida la sabiduría, según Salomón lo afirma, diciendo: en la boca del sabio está el tesoro que merece ser deseado: por el incienso, que suele encenderse para Dios, es entendida la virtud de la oración, conforme a lo que el Profeta Real dice: Señor, sea dirigida mi oración como el incienso en tu presencia: por la mirra entendemos la mortificación de nuestra carne.

Confirma esto, la Santa Iglesia, que hablando de los que en su servicio trabajan hasta la muerte, dice: mis manos destilaron mirra: conforme a esta doctrina ofrecemos oro al Rey nacido, si nos mostramos ante el Señor tales, que nuestras obras resplandezcan con la claridad de la soberana sabiduría. Ofrecérnosle incienso, si con los ejercicios santos de la oración quemamos la sensualidad carnal en el ara del corazón, de tal manera, que suba siempre algún deseo nuestro suave delante del Señor; y si mortificamos los vicios de la carne con la abstinencia, ofrecemos mirra, porque con la mirra como ya dijimos se preserva de corrupción la carne muerta; y no es otra cosa corromperse la carne muerta, sino servir con este nuestro cuerpo mortal al vicio de la carne. Hablando el Profeta Joel de estos, dijo: las bestias se pudrieron en su estiércol. Podrirse las bestias en el estiércol, no es otra cosa, sino acabar su vida los hombres sensuales en la hediondez de la lujuria; y así podemos decir, que ofrecemos mirra a Dios, cuando por medio de la continencia guardamos nuestra carne mortal de que se corrompa en la lujuria. El volverse los Magos por otro camino a su región, no carece de gran misterio para nosotros; y en ser amonestados para hacerlo así, se nos da aviso de lo que nosotros debemos hacer. Claro está que nuestra región es el paraíso, y después de haber conocido y adorado al Señor, nos manda que no volvamos por el camino por donde vinimos. Acordémonos de que fuimos echados del paraíso por la soberbia, por la desobediencia, por seguir las cosas visibles, por comer el manjar que nos era vedado; pues para volver a nuestra región, es necesario que tomemos otro camino, que es llorar con penitencia, obedecer a los mandamientos de Dios, tener en poco lo que nuestros ojos ven, y refrenar nuestros apetitos carnales. Podemos decir que volvemos por otro camino a nuestra región, pues habiendo sido echados de ella por los placeres falsos, volvemos con lloros verdaderos; y para esto hermanos míos conviene que siempre estemos con grande temor, y con mucha sospecha y recelo en el corazón, teniendo delante de los ojos de nuestra alma por una parte nuestras culpas, y por otra la cuenta estrecha que nos han de tomar de ellas.

Pensemos cuán justo y estrecho es el Juez que esperamos, y como siempre nos amenaza y está oculto: amenaza a los pecadores, los espera y sufre, difiere su venida por nuestro bien, y por tener menos que condenar.

Nosotros sabiendo esto, adelantémonos a estar prevenidos para su venida, castigando con lágrimas nuestras culpas, y hagamos lo que el gran Profeta nos dice: que con nuestra confesión estemos apercibidos para recibirle. No nos engañen los deleites: no nos derriben los placeres: acordémonos de cuán cerca está el Juez que nos dice: ¡ay de vosotros los que ahora reís, porque después llorareis y romperéis en llantos! el sabio así lo entendió, cuando dijo: la risa será mezclada con dolor, y los extremos del gozo son lloros: dice más: yo tuve la risa por error, y dije al gozo, ¿por qué recibes engaño en vano? y él mismo en otro lugar dice : el corazón de los sabios en donde mora la tristeza, y el corazón de los locos en donde está la alegría.

Pues si queremos con verdad festejar este santo día, es menester que con mucho temor nos guardemos de ofender a Dios; porque es un sacrificio muy agradable delante de Dios, ver al hombre afligido por sus pecados.

Así lo hallamos en la boca del Profeta Real que dice: es un sacrificio acepto a Dios, el espíritu atribulado, y el corazón contrito. Acordémonos de que el Santo Bautismo nos lavó de los pecados, que le habían precedido; y de los que después hemos cometido, ya este no nos puede lavar. Sabiendo, pues, como sabemos, que después del Bautismo hemos ensuciado nuestra alma, procuremos las aguas de la penitencia para lavarla, pues las otras ya no nos pueden valer; y de esta manera los que deseamos volver a nuestra región, pues salimos de ella con la falsa dulzura y vana alegría, volvamos a ella con la verdadera amargura y santa tristeza, ayudándonos la gracia del Señor que vive y reina para siempre jamás. Amen

 

 

 

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