MATER DOLOROSA
Nota. Lamentablemente la devoción a los siete
dolores de la Santísima Virgen María en estos tiempos modernos ha decaído mucho
entre los fieles católicos. La “devosio moderna” es la culpable de esta caída
estrepitosa, muchas almas prefieren la “devoción de la divina voluntad” o de la
“divina misericordia” y otras tantas antes que la de los siete dolores.
Los servitas fue una congregación que se fundó
teniendo como base la contemplación de los siete dolores de la Santísima
Virgen, a ella le siguieron los franciscanos desde san Francisco de Asís, de
aquí nace el septenario que ellos durante mucho tiempo cargaron en sus hábitos
de monjes. Este humilde escrito tiene la intención de aconsejar piadosamente lo
que "impíamente" se nos quiere arrebatar, la devosio a los siete dolores de
nuestra Señora. Ella prometió que, quien abrazara esta devoción, la consolaría
en los dolores y momentos más críticos de nuestra vida durante el camino en
este valle de lágrimas. Al final de este artículo pondré las siete promesas que
Nuestra Madre prometió a quienes quieran seguir esta devosio a sus siete dolores,
espero les sea de utilidad como lo esta haciendo para mí.
Cuando María pronunció el "Fiat" de
la Anunciación, comprendió que esto significaba aceptar un cáliz de amargura y
entrar para siempre en el camino del sacrificio.
"Toda la vida de Jesús fue cruz y
martirio", dice la Imitación; y lo mismo puede afirmarse de la vida de
María, como lo enseñan S. Buenaventura, S. Bernardino y otros santos. La espada
que le profetizó Simeón traspasó su corazón maternal, abriéndole una herida que
no había de cerrarse jamás.
Sin duda los años de Nazaret fueron la dulce
intimidad con Jesús; pero esa alegría inefable coexistió siempre en el alma de
María con la pena profunda de pensar que todos sus desvelos para cuidar a
Jesús, iban encaminados a preparar la víctima para el sacrificio. De esta
manera, la alegría y el dolor se encontraron siempre unidos en Corazón de
María, para que fuera nuestro modelo en los diversos estados de la vida.
Es probable que Dios no le haya dado a conocer
detalladamente lo que serían sus dolores "en el porvenir; pero esa misma
incertidumbre tenía su lado doloroso: todo lo podía temer, porque sus dolores
en perspectiva eran tan ciertos como indeterminados (1).
La palabra que Jesús a los doce años dirige a
sus padres en el Templo, recuerda a María el acto íntimo de desapropiación,
cuando en la Presentación al Templo lo ofreció al Divino Padre, para no
volverlo a recibir después, sino como una víctima destinada a la inmolación.
Sí, María lo sabe y lo acepta en su corazón dolorido: Jesús se debe a su
amadísimo Padre, es su enviado y viene a cumplir todas sus voluntades, hasta la
muerte y muerte de cruz. Y la sombra del Calvario se proyecta de nuevo, más
distinta y negra, sobre el alma de María…
* * *
Después llegaron los tiempos en que Jesús
debía comenzar su vida apostólica: ¡Que separación más cruel para su corazón de
madre! Antes de separarse Jesús debe haberle dado las gracias,-- ¡y qué
corazón!--, por todo lo que había hecho por ÉL; la consolaría como es capaz de
hacerlo el más amante de los hijos le diría que se volverían a ver “antes de
que llegara su hora”…Y María, olvidándose de sí misma, plenamente unida a la
voluntad de Dios, volvería a pronunciar las palabras de la anunciación “Ecce
ancilla…fiat…”
Y luego, sencillamente, sin duda, por primera
vez en su vida—porque su papel de madre terminaba ahí--, María se arrodillo
para pedir la bendición de su hijo Jesús la bendijo, la levanto y estrecho
entre sus brazos, mientras que el sacrificio de aquellos dos corazones tan
íntimamente unidos subía hasta el trono de Dios como perfume riquísimo de
incienso y mirra… Desde esa separación María no volverá a ver a Jesús sino rara
vez y poco muy poco tiempo…en su casita de Nazaret vivirá sola (la tradición de
la Iglesia como bebiendo de la fuente de los evangelios nos habla de tiempos
más prolongados de la visita de la madre a su hijo, incluso hasta de
acompañarlo en algunas veces en su apostolado. El Padre la Puente, místico
español, la asocia al momento de la última cena y San Juan apóstol la también
los junta en los comienzos de su pasión hasta la misma sepultura de su hijo lo
cual es también conforme a la lógica y a su amor materno, quizá el autor del
presente artículo quiso remarcar este momento con matices más acentuados como
para expresar que, desde entonces ya no lo tendría tanto tiempo en Nazaret como
antes de la muerte de San José).
Finalmente vinieron los grandes dolores de
María con la pasión de su Hijo y su muerte en la cruz. O intentare
describirlos, porque son “inmensos” como el océano”; me limitare a recordar
brevemente sus principales momentos, para que nuestros lectores amados los
mediten en sus corazones.
La tristeza mortal de las últimas despedidas,
cuando Jesús, después de la cena se separó de su madre para ir con sus
apóstoles a Getsemaní…
La misteriosa participación del corazón de
María en la agonía de Jesús y todas las fases de su pasión…
Lo que sufrió María durante toda esa noche al
saber la traición de J u das, y las reuniese del Sanhedrín en las cuales fue
declarado dos veces reo de muerte...
Cuando oyó los insultos de la multitud, en el
Pretorio, y los clamores de la plebe pidiendo para El la muerte de cruz...
Cuando lo vio, en el momento del "Ecce
homo" coronado de espinas y cubierto de sangre...
Cuando lo encontró en el camino del Calvario
con la cruz a cuestas y se cruzaron sus miradas un instante ¿Qué sentiría al
oír los golpes del martillo clavando los pies y las manos de su Hijo? ¿Qué al
escuchar sus últimas palabras de perdón para sus enemigos, de misericordia para
el buen ladrón, de consuelo para todos los hombres, entregándonos como hijos
suyos, de queja por el abandono en que lo dejaba su divino Padre? ¿Qué sufriría
su Corazón maternal cuando después de haber dicho: "Todo está
consumado" "Padre, en tus manes encomiendo mi espíritu”,
¿expiró...?
¡Qué golpe para su Corazón cuando el soldado
rasgó con la lanza el costado de su Hijo muerto! ¡Qué dolor al recibirlo en sus
brazos, cuando lo descendieron de la cruz, y al ver de cerca las llegas de la
flagelación, las heridas! de 10s clavos y de la lanza ¡Qué triste consuelo al
besar esas llagas benditas!
¡Qué desgarramiento íntimo cuando, envuelto en
una mortaja y puesto en el sepulcro, la pobre Madre cubrió el rostro adorable
de su Hijo con un sudario, y cerrada la entrada del sepulcro, ¡no lo volvió a
ver más! ¡Qué soledad cuando fue preciso alejarse del sepulcro, no para
reunirse con Jesús, sino para encontrar la casa sin El! (3) ... ¡Y qué soledad
más terrible y cruelísima para su (3) ¡Corazón, los largos años que tuvo que
sobrevivir a su Hijo amado después de su Ascensión a los cielos! ¿Hemos
ponderado todo esto mando meditamos los dolores de María? ¿Han sido honrados y
agradecidos esos dolores inefables de nuestra Madre?
Meditemos a menudo los dolores de María: esa
práctica le agrada sobremanera. El mismo Jesucristo reveló a la B. Verónica que
las lágrimas derramadas al considerar su Pasión le son muy agradables; pero
que, por el amor inmenso que profesa a su Madre, prefiere que se mediten los
dolores que Ella padeció al pie de su Cruz.
(1) Baínvel, Le.Salnt Coeur de Marie, p.
227.
(2) Ibidem, p. 222-240.
(3) Anuario de María, T. II, p. 1'71.
Félix de Jesús, M. S.
S.
Siete
gracias que la Santísima Virgen concede a las almas que la honran diariamente
(considerando sus lágrimas y dolores) con siete Avemarías. Santa Brígida.
1º.
Pondré paz en sus familias.
2º.
Serán iluminados en los Divinos Misterios.
3º.
Los consolaré en sus penas y acompañaré en sus trabajos.
4º.
Les daré cuanto me pidan con tal que no se oponga a la voluntad de mi Divino
Hijo y a la santificación de sus almas.
5º.
Los defenderé en los combates espirituales con el enemigo infernal, y los
protegeré en todos los instantes de sus vidas.
6º.
Los asistiré visiblemente en el momento de su muerte: verán el rostro de su
Madre.
7º.
He conseguido de mi Divino Hijo que los que propaguen esta devoción (a mis
lágrimas y dolores) sean trasladados de esta vida terrenal a la felicidad
eterna directamente, pues serán borrados todos sus pecados, y mi Hijo y Yo
seremos “su eterna consolación y alegría”.
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