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viernes, 27 de noviembre de 2020

Estados Unidos: Good Bye Mr. Ex President

 


Las elecciones presidenciales en EE.UU. disiparon las dudas de todos respecto a la caída progresiva que Estados Unidos experimenta en todos los sentidos.

Si a alguien le quedaban dudas respecto a la caída progresiva que Estados Unidos sufre en todas las materias posibles de comparación con otras potencias, la elección presidencial que enfrentó al actual y derrotado presidente Donald Trump y su retador, el veterano ex vicepresidente de Barack Obama, el demócrata Joe Biden, terminó de consolidar esta realidad de un país cuesta abajo en la rodada.

Es lógicamente interesado y es el deseo de todo antiimperialista, ver a Estados Unidos de capa caída sobre todo con la elección presidencial en Estados Unidos, que ha demostrado, sin lugar a duda, el agotamiento del modelo político en ese país. Lo anquilosado de su sistema electoral (1) y sobre todo, evidenciar la profunda división política y social de esta nación, que sufre gravísimas tensiones raciales, una enorme brecha económica entre multimillonarios, la clase más pudiente y el grueso de la población del país y sobre todo, el enorme poder de las grandes corporaciones económicas, el complejo militar industrial y los grupos de presión ejemplificados en el lobby energético, de las armas, el lobby saudí y sobre todo el grupo de presión sionista. Vinculación dinero y política, que terminó de horadar cualquier consideración de democracia en ese país.

Una mirada de estas elecciones, que no puede dejar de tener presente las situaciones de sanciones, embargos, bloqueos, desestabilización y agresiones a números países, que tienen un optimismo muy moderado respecto a que el cambio de mandatario en el Salón Oval, pueda modificar en algo la política exterior agresiva llevada a cabo por el contubernio imperialismo-sionismo que se expresó en cuatro años de gobierno de Donald Trump. Elecciones del presidente estadounidense, que muchos esperamos, en un futuro cercano, no tenga más la influencia que posee, sobre la marcha política y económica del mundo. Nuestras sociedades no merecen tensar su vida por hechos que suceden en una sociedad dividida y que poco interés tiene en las relaciones internacionales fructíferas y positivas, que sean de mutuo beneficio. Otro mundo es posible y ese requiere que Estados unidos tenga un cambio decisivo en política internacional.

Un País pandémico y bananero (2)

Todo lo mencionado marca la política tanto interna como externa de Estados Unidos y lo que ello implica para la suerte de cientos de millones de habitantes del gigante norteamericano, como miles de millones de seres humanos, sometidos a una visión mesiánica, basada en el destino manifiesto (3) que expresan tantos republicanos como demócratas y una conducta hegemónica, que en la línea del unilateralismo, pretende fijar posiciones de dominio sobre el conjunto del planeta. Un eje de acción donde Estados Unidos divide el mundo entre incondicionales y países a los cuales someter a sus presiones. No hay término medio lo que lógicamente despierta el recelo y levanta conceptos y prácticas de soberanía y defensa de los pueblos en aquellos países, que no están dispuestos a seguir en ese formato internacional.

En el aspecto económico las cifras muestran una abismal diferencia. Cuatrocientas personas en la nación norteamericana, que representa el 0,00025 de la población concentran el 3,2% del PIB. Mientras el 13% de este país de 320 millones de habitantes está considerado bajo la línea de la pobreza, es decir, sus ingresos no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas. En Estados Unidos, el ingreso medio en un hogar de cuatro personas ronda los 96 mil dólares. Sin embargo, cuando utilizamos los indicadores y medidas oficiales para medir esos niveles de pobreza basados, fundamentalmente: en los ingresos antes del pago de los impuestos y cubrir las necesidades alimenticias básicas, una familia compuesta por cuatro personas, considerada bajo la línea de la pobreza considera un ingreso mensual equivalente a los 25 mil dólares anuales.

En este panorama, las familias negras que están en la categoría de pobres representan el doble que las familias blancas. Las familias latinas representan el 19% del total y las mujeres, con un 14% tienen más probabilidades de estar en la pobreza que los hombres que representan el 11%. En el caso de los menores de edad, según cifras del Centro de Datos Kinds Count – cuyos números son extraídos del censo estadounidense - el 11% de los niños blancos en Estados Unidos viven en la pobreza. Tasa que en el caso de los niños negros se triplica y llega a un 26% para los niños latinos. Estados Unidos posee un índice Gino que ha aumentado en los últimos años pasando de un 0,482 a un 0,485 (4)

¿Cómo es posible que la nación más rica de la tierra tenga estos indicadores de pobreza? En general los estudiosos del tema señalan una causa principal: Estados Unidos carece de una red que sea potente y amplia de protección social. Lo acontecido bajo la pandemia del Covid 19, con referencia a la decisión de Trump de otorgar apoyos económicos, no ha sido parte de una estrategia global de combate a la pobreza, sino más bien bonos específicos y que no se hacen parte de una red general, que vaya en apoyo a las familias más desposeídas. Los cupones de alimentos o seguros de desempleos son paliativos, no la solución. Sin ese apoyo el índice de pobreza habría sobrepasado el 17%. Cifras a las cuales hay que sumar una crisis económica, alto desempleo, cierre de miles de pequeñas y medianas empresas a causa de la pandemia por el Covid 19. Una pandemia que se ha ensañado con Estados Unidos y donde el negacionismo de la presidencia ante la gravedad de la enfermedad, un sistema público de salud deficiente y una sociedad, que no ha cumplido a cabalidad los consejos sanitarios de lucha contra la enfermedad, han dado como resultado que el país cuente con el mayor número de contagios (10 millones) y de muertes (250 mil) de todo el mundo por el Covid 19.

"Estados Unidos es uno de los países más ricos, poderosos y tecnológicamente innovadores del mundo; pero ni su riqueza ni su poder ni su tecnología se están aprovechando para abordar la situación en la que 40 millones de personas continúan viviendo en la pobreza. Tiene la mayor mortalidad infantil en el mundo desarrollado. la expectativa de vida de sus ciudadanos es menor y menos saludable que en otras democracias ricas y su pobreza y desigualdad están entre las peores del club de países ricos OCDE, y su tasa de encarcelamiento entre las mayores del mundo particularmente en un país rico como EE.UU., la persistencia de la pobreza extrema es una elección política hecha por aquellos en el poder" sostuvo en su oportunidad hace un par de años el entonces relator especial de la ONU para extrema pobreza y derechos humanos, Philip Alston.

La desigualdad salarial, producto de la pérdida de ingresos reales es otra de las variantes, que explican los altos niveles de pobreza. Los expertos se inclinan a un factor económico específico “el deterioro del mercado laboral de los Estados Unidos, para los trabajadores de menores salarios, que son cerca de 40% del total y han sufrido pérdidas en sus ingresos reales en las últimas décadas. Esto es atribuido a diversos motivos, desde la desindustrialización y el debilitamiento de los sindicatos, hasta las transformaciones tecnológicas. Christopher Wimer, codirector del Centro sobre Pobreza y Política Social en la Universidad de Columbia, sostiene que, en Estados Unidos, las oportunidades en el mercado laboral tienden a ir a personas con títulos universitarios y que se han beneficiado del crecimiento económico".

Es en este marco, donde se concretó la polémica elección del nuevo presidente Joseph Robinette Biden Jr. experimentado político de 77 años, nacido en Scranton, en el Estado de Pennsylvania, ex senador por Delaware, entre los años 1973 al año 2009 y ex vicepresidente bajo los dos mandatos de Barack Obama, entre los años 2009 al 2017. Biden, obtuvo en la elección del pasado 3 de noviembre, una histórica votación de 74 millones de votos contra setenta millones de su rival Donald Trump, en la elección más reñida y con la mayor cantidad de votantes porcentualmente hablando en los últimos 100 años.

Una elección que la población sintió como histórica y que reflejó datos muy interesantes según un trabajo entregado por el diario The New York Times que señaló que: el 47 de los votantes fue masculino donde el 495 de ellos votó por Trump y el 48% por Biden. El 53% d elas que acudieron a votar fueron mujeres d elas cuales el 43% voto por Trump y el 56% por Biden. Los blancos fueron el 65% d ellos votantes donde el 57% votó por Donald Trump y el 42% por el candidato demócrata. Los negros, que fueron el 12% de la masa de votantes, el 12% votó por Trump y el 87% por Biden. En el caso de los latinos estos representaron un 13 % del universo total de electores, donde el 32% votó por Trump y un 66% por el veterano ex vicepresidente. Cuando la referencia fue el mundo de estadounidense de origen asiático estos, que significan el 3% votaron en un 31% por Trump y una 63% por Joe Biden En el apartado Otros el 40% entregó sus votos a Trump y un 60% a Biden.

En materia de edad los datos son interesantísimos. En el tramo entre 18 a 29 años (17% de los votantes) el 35% votó por Trump y un 62% por Joe Biden. Entre los 30 a los 44 años (24% del padrón) el 45% dio su preferencia al actual presidente y el 52% a Biden. Cuando el tramo fue entre los 45 a los 64 años (38% del total de votantes) las cifras se acortaron y dieron un 49% a Trump y un 50% para el electo presidente. En la cifra etárea entre los 65 años y más (con un 22% de la masa electoral) el 51% se inclinó por Trump y el 48% por Joe Biden. En graduados universitarios, con un 44% de los votantes encuestados el 42% dio su preferencia a Trump y el 55% a Biden. En los no graduados con el 56% del total igualaron con un 49% cada candidato.

Con un presidente Trump que hasta el cierre de este artículo seguía sosteniendo que los demócratas habían cometido fraude y corrupción que hicieron que gran cantidad de cadenas televisivas interrumpieran sus declaraciones señalando que el presidente Trump mentía, un hecho inusual en la política estadounidense. Twitter, en más de una oportunidad, impidió que se siguiera publicando una serie de mensajes de Trump hablando de e fraude y corrupción bajo el rótulo “probablemente engañosos”. Por su parte, Facebook cerró algunas páginas de adherentes a Trump, entre ellos la página steap the steal, que, con 350 mil adherentes a Trump, llamaban a no reconocer la elección presidencial. A pesar de esto y las críticas al interior de su propio partido, Trump insiste en acudir a la justicia impugnando los comicios, pero sin aportar prueba alguna.

Cifras y hechos que dan muestra de un país dividido, con partidarios de Trump armados, con intenciones de ingresar a los locales donde se contabilizaban aún votos de esta contienda electoral y que se supone favorecen a Biden, exigiendo que cesara ese conteo. En cambio, en aquellos lugares donde los votos que se contaban eran de zonas donde favorecían a Trump exigían que siguiera el conteo. Un ambiente crítico y que además una vez que Biden asuma su mandato, tendrá los poderes de la Cámara de representantes en manos de los demócratas y el Senado en manos de los republicanos. Esto obligará a fijar acuerdos y políticas de consenso, donde esos 70 millones de votos de ciudadanos norteamericanos, que se inclinaron por la candidatura de Trump, en un país, que se ufanaba de ser un faro democrático para el resto del mundo y sin embargo ha demostrado algo más pedestre: una nación que, en la lucha encarnizada por el poder, su comportamiento es propio de lo que siempre criticó “es un país bananero”.

Desde el punto de vista de lo que Joe Biden tiene como trabajo doméstico esta labor es monumental y se le va a exigir medidas drásticas. Primero, unificar a poderes que se han tensionado fuertemente en estos cuatro años de mandato de Trump; en pos de sacar al país de la crisis. Será un trabajo difícil pues múltiples voces dentro del republicanismo, entre ellos la hija de Trump, la carismática Ivanka Trump y su hijo Donald Trump Jr. Este último ya señalado como posible candidato para las elecciones del año 2024, si su padre no se decide a volver a postular. Los 70 millones de votos obtenidos por Donald Trump, a contrapelo de todas las encuestas y análisis que señalaban a Biden triunfando por amplio margen, son un botín que no se puede despreciar. Tal como sostuvo The New York Times previó a la confirmación del triunfo de Joe Biden “Gane o pierda, Trump seguirá siendo una fuerza poderosa y perturbadora” Así es 70 millones de votos así lo avalan.

¿Trump el pacifista?

Me ha parecido necesario, al final de este artículo, referirme a una opinión que he escuchado y leído profusamente, en esta etapa de disputa electoral en Estados Unidos. Percibo en ella una distorsión de la realidad, tratando de presentar una imagen positiva de Trump, bajo el marco de una verdad indesmentible y que es necesario combatirla. Se afirma con convicción que Trump puede tener mil defectos, pero nunca generó una guerra, como si ello le diera más puntos frente a su rival demócrata o en comparación a otros mandatarios. Mi opinión es clara, no es necesario iniciar una guerra para ser un belicista, un desestabilizador o un golpista. Si bien es cierto Donald Trump no ha iniciado una guerra como las que conocemos de presidentes anteriores, tampoco ha detenido la participación de tropas norteamericanas en diversos frentes bélicos.

Trump y su administración, tampoco ha dejado de vender armas por miles y miles de millones de dólares a sus aliados, que son los que llevan a cabo estos conflictos, con el aval de Washington, el apoyo político, logístico, de sus servicios de inteligencia y de sus aliados. Un Estados Unidos que no ha dejado de desestabilizar a Cuba, Norcorea Nicaragua, Venezuela, Bolivia en su momento. Apoyo a regímenes como el de Brasil, Colombia, Chile que se caracterizan por sus acciones y apoyos a acciones golpistas en Venezuela, por ejemplo, a través del grupo de Lima y la OEA. No ha iniciado guerras en forma directa pero su papel ha sido relevante, como también sus constantes amenazas militares, decisiones económicas y políticas; ya sea enviando su flota naval al Golfo Pérsico, al Mar Meridional de la China, amenazar con un fuego apocalíptico. Imponer sanciones comerciales, congelar activos de los países enemigos o chantajear a gobiernos, para que se vote de acuerdo con sus intereses y sus aliados en el seno del Consejo de Seguridad o de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Un Donald Trump que no ha retirado tropas de ninguna de las zonas que dijo iba a retirar o de algunas de sus bases: Corea del Sur, Siria, Irak, Alemania, entre otras. Incluso más, ha movido tropas para seguir desestabilizando, por ejemplo, en Siria dentro del mismo país. En Irak, fortaleciendo bases más cerca de sus aliados kurdos o en las inmediaciones de la frontera con Siria o en aquellas bases que le permitan presionar a Irán, generar tensiones con la Federación rusa a través de la OTAN. Recordemos, que el primer viaje de Trump cuando fue electo presidente se concretó a dos entidades: Arabia Saudí donde vendió 110 mil millones de dólares en armas a la Casa al Saud, gestionó contratos para el lobby energético por 250 mil millones de dólares y de paso logró contratos en armas por 50 mil millones a los Emiratos Árabes Unidos. La escala siguiente fue al régimen sionista donde comenzó a fraguar el famoso plan criminal que denomino “La Imposición del siglo" destinado a concretar el robo total de Cisjordania.

Es decir, Trump no inició guerras, pero dio el aval para que ellas se desarrollaran con mayor profundidad, se intensificaran y sigan generando daño. No es casual que el presupuesto de armas del año 2020 fue de 800 mil millones de dólares el más alto de la historia de este país. No es casual que las 800 bases militares que tenía el año 2019 se han incrementado y algunas de ellas se han modernizado en Colombia, en la frontera con Venezuela para así intensificar su política de presión contra la nación sudamericana. Trump no inició una guerra, pero asesinó al general iraní Qasem Soleimani en un claro atentado propio de un acto de terrorismo de estado. No inicia guerras, pero permite los asentamientos con colonos terroristas sionistas en Cisjordania. No inicia guerras, pero nada dice del asesinato del periodista Jamal Kashoggi, la agresión a Yemen y el financiamiento de grupos terroristas como Daesh, Fath al Sham, Ahrar al Sham entre otros por parte de la Monarquía saudí a la cual tanto protege Trump, de quien se dice tiene negocios multimillonarios con Mohamad Bin Salman y de los cuales podrá gozar ahora que pasa a la jubilación como ex mandatario.

Un Trump que no inicia guerras, pero apoya a Marruecos en su ocupación del Sahara occidental impidiendo concretar el postergado referéndum de autodeterminación desde el año 1991. En Libia sus empresas energéticas apoyan a uno y otro bando en guerra. No es necesario usar tropas para iniciar guerras o permitir que continúen. Bien sabemos que el lobby energético, el de las armas, el lobby saudí y sionistas marcan la política exterior estadounidense. Sigue bloqueando Cuba, se retiró del acuerdo nuclear, de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la UNESCO, no reconoce a la Corte penal Internacional, se enfrascó en una guerra comercial con China, ha intensificado el número de bases militares contra Venezuela, país al que sigue bloqueando, embargando y robando sus bienes.

Tal vez Joe Biden tenga también la consideración, al final de su mandato, de no haber iniciado una guerra, pero, mientras no cambie cada uno de los puntos señalados será parte de la misma camada de mandatarios estadounidenses al cual considerar como parte de una administración belicista y que tiene como objetivo mantener una hegemonía que si bien está a la baja sigue ocasionando daños y presiones a múltiples países en el mundo. A Biden hay que exigirle como primeras medidas el fin del bloqueo a Cuba y Venezuela, reincorporarse al Plan Integral de Acción Conjunta (JCPO por sus siglas en inglés) que implica terminar con las sanciones contra la República islámica de Irán.  Ser parte del acuerdo climático del cual Trump ha sido un objetor. Firmar el reconocimiento de la Corte Penal internacional. Acercar posiciones con China y la Federación Rusa, para así favorecer la generación de un clima internacional de mayor cordura. Ayudar a terminar la guerra en Libia y cesar el apoyo a gobiernos y regímenes como el sionista y el saudí. Apoyar los esfuerzos de autodeterminación del pueblo palestino. Retirar sus tropas de Irak y Afganistán. Sumarse a acuerdos multilaterales.

¿Peticiones utópicas? Puede ser, pero si no se hace el esfuerzo habrá dado exactamente lo mismo la fuerte disputa con un Donald Trump que hizo del mundo un lugar aún más inseguro, injusto y plagado de ambiciones megalómanas, de una mitomanía expresada en toda su extensión en su propio proceso electoral y un hombre peligroso capaz de incendiar su país en una lucha fratricida porque lo ha declarado: no le gusta perder. No está acostumbrado a eso, como lo ha confesado. Pero, la vida tiene sus lecciones y hoy a ese hombre que no le gusta la derrota y menos cuando estaba seguro que su triunfo era indiscutible, los votos uno a uno iba golpeando su ego y desarmando su blonda cabellera.

Una derrota que marcará a fuego a Trump, pues demuestra que es posible hacer morder el polvo de la derrota a los soberbios, por más dinero y poder que pretendan mostrar.  Pero también y lo más importante, una derrota también de un modelo de democracia que ya no da el ancho, que necesita cambios medulares en una sociedad donde negros, latinos, asiáticos, inmigrantes, anglosajones, requieren un nuevo trato social. Avanzar respecto a cuestiones fundamentales: enmiendas constitucionales como el tema de posesión de armas. Temas valóricos que siguen dividiendo a la sociedad estadounidenses. La inmigración, la relación contra culturas que elimine, por ejemplo, el peligroso camino de la islamofobia.

El gran perdedor de esta elección donde el triunfador formal ha sido Biden, es Estados unidos y su pueblo. Una sociedad que se ha fragmentado, como nunca antes en cuatro años de una presidencia, que claramente no estaba dirigida para gobernar a todos los estadounidenses, sino para el grupo denominado por Trump como “nosotros” a diferencia de “ellos”. Una forma de gobernar, que atacó los fundamentos en que estados unidos creía afirmarse: la honestidad de sus gobernantes, la verdad, la confianza en sus instituciones. Trump el polémico, el megalómano, el twittero obsesivo, el enemigo de la prensa ha dañado hasta la médula a un país que tendrá que hacer un trabajo de terapia, que tendrá enormes dificultades. Empezando por el propio Trump que estará al otro lado de las rejas de la Casa Blanca gritando sus acusaciones hasta el año 2024.

Si algo mostró con nitidez esta elección presidencial 2020 en Estados Unidos, es el ocaso del otrora referente de la democracia occidental, que agonizaba y que con el triunfo de Biden sobre Trump reveló que es necesario enterrar el puñal hasta el fondo del corazón. Una acción que tiene una tremenda incógnita, saber cuáles serán los pasos de un derrotado Donald Trump, que ha señalado que recurrirá a la justicia y a todos los caminos para defender lo que menciona como su triunfo. Podrá recurrir a la justicia, pero todo tiene una fecha límite, el día 20 de enero cuando con camas y petacas ya deba estar fuera de la Casa Blanca acompañada de su esposa la ex modelo Melania Trump. La peor imagen para el país norteamericano es ver un Trump resistiéndose y tensionando al país y a las mentes más afiebradas en este país, donde hay más armas que ciudadanos. Un Trump escoltado el día 20 de enero por un par de fornidos marines camino a la reja de salida de la Casa Blanca.  Good Bye Mr. Ex President

 LA opinión de este artículo no refleja la posición necesariamente la posición del blog, es sólo un artículo informativo


(1) El 2020 debería ser la última elección que votemos así. https://www.nytimes.com/es/2020/11/04/espanol/opinion/elecciones-estados-unidos-votacion.html

(2) País bananero. Concepto peyorativo derivado de la original república bananera, que se sigue usando hoy para describir a un país pobre, inestable, corrupto y poco democrático que se mueve al vaivén de los intereses extranjeros. El término fue acuñado por el escritor estadounidense William Sydney Porter, alias O. Henry, en 1904 en el cuento "El almirante" y refería a los años de vida de este autor en Honduras, productor de banas como recurso principal de exportación. Un concepto que hacía referencia a la influencia de la United Fruit Company norteamericana en estos países productores, para poner y botar gobiernos en base a la corrupción, la debilidad democrática, el poder de las corporaciones económicas y el poder militar servil al poder del dinero.

(3) Destino Manifiesto. Desde los llamados padres fundadores y las trece colonias hasta este año 2020, el Destino Manifiesto ha mantenido la idea, como eje central, que Dios eligió a los Estados Unidos para ser una nación superior en todos los ámbitos, principalmente: político, económico, militar, como estandarte de valores en el campo de la democracia, la vida social, la moral y otros elementos, que pueblan este mito profundamente supremacista y de corte ultranacionalista. https://www.telesurtv.net/bloggers/El-Destino-Manifiesto-Como-Mito-Parte-I-20200820-0003.html

(4) El coeficiente de Gini de un país mide la desigualdad de ingresos, En estados unidos ese índice pasó del 0,482 en 2017 al 0,485 el año pasado, según datos del Estudio de Comunidades Estadounidenses del Censo. El índice es una escala de 0 a 1: una puntuación de “0” indica una igualdad perfecta, mientras que una puntuación de “1” implica una desigualdad perfecta en la que un único hogar tiene todos los ingresos.

 

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