"En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios" |
De la causalidad de
la ascensión del Señor sobre nosotros.
Hemos de decir lo que
dijimos de la resurrección. Como ésta, la ascensión no implica merecimiento
alguno, como la pasión. Pero la ley de la semejanza se aplica aquí como en la
resurrección. La ascensión nos muestra mejor el fin de nuestra vida y levanta
nuestro corazón hacia el Señor, de quien formamos más alta idea al considerarlo
sentado a la diestra del Padre. La fe, la reverencia,
el amor, el deseo de acompañar al que es nuestra cabeza, sentimientos todos que
el Espíritu Santo infunde en nuestra alma, convierten la ascensión de Cristo en
causa instrumental de la ascensión de nuestra mente al cielo y de la futura
ascensión de nuestro cuerpo glorificado (2 Cor. 4,Lt; 5,1-10; 1 Thes. 5,14;
Ph.il. 3,20; Col. 3,1-4; Eph. 2,6). La exposición hasta
ahora aquí dada nos mueve necesariamente a introducirnos aun mas en este
inefable misterio de nuestra religión católica con el fin, como se dijo más
arriba, de llenar de gozo nuestro corazón y ampliar nuestra fe. El hecho mismo
de la ascensión bastaría para llenar de gozo inefable nuestra alma por eso
convenía que Cristo subiera al cielo y además: “El lugar debe ser proporcionado
al que lo ocupa. Cristo después de la resurrección inauguro por su resurrección
una vida inmortal e incorruptible. Ahora bien, esta tierra que nosotros
habitamos está sometida a la generación y corrupción, mientras que el cielo está
exento de la corrupción. Tal es el motivo por el que no fue conveniente que,
después de su resurrección, Cristo permaneciera en la tierra, sino que convenía
que subiese al cielo” (3 q. 57, art. 1) Con la ascensión Cristo no recibió
ningún aumento en su gloria esencial ya sea en su cuerpo como en su alma, pero
recibió dicho aumento de gloria accidental en virtud del lugar al que subía
cual convenía al privilegio cedido por el Padre. No que su cuerpo recibiese del
cuerpo celeste alguna perfección o conservación, sino solo un lugar, más
propio, cual convenía a su gloria. De esto experimentaba Él un cierto gozo mas
no creamos que esto comenzó cuando subió al cielo porque ya lo tenía, pero de
nuevo se gozo entonces como de cosa acabada. Por esto, sobre esto se dice las
palabras del Salmo: “Los deleites se hallan en su diestra hasta el fin”, dice
la Glosa: “La delectación y la alegría se adueñaran de mi cuando me sentare a
tu lado, lejos de las miradas humanas”
En cuanto al hecho de
la resurrección, Santo Tomas comienza a exponer este misterio con estas
palabras: “El lugar debe ser proporcionado al que lo ocupa. Cristo después de
la resurrección inauguro por su resurrección una vida inmortal e incorruptible.
Ahora bien esta tierra que habitamos está sometida a la generación y
corrupción. Tal es el motivo por el que no fue conveniente que, después de su
resurrección, Cristo permaneciese en la tierra, sino que convenía que subiese
al cielo” Es evidente que empiece por lo más sublime y a la vez incomprensible
en apariencia, pero si lo meditamos detenidamente o lo reflexionamos diríamos
que ya San Juan en su Evangelio nos dice: “En el principio era el Verbo, y el
Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios” Y en esta palabras nos da a
entender el Apóstol el “lugar” que ocupaba Cristo antes de su encarnación y su
venida al mundo como Dios Hombre y el que debe ocupar nuevamente después de su
Ascensión, lugar que le corresponde por herencia y por derecho de conquista
pues no se reputa por derrota su muerte sino por triunfo absoluto. A este
triunfo le sigue su resurrección por la cual inaugura “una vida inmortal e
incorruptible” que, de ninguna manera se adecua a la vida presente que “está
sometida a la generación y a la corrupción”. De aquí que, como dice Santo
Tomas, este sea el motivo esencial por el que deba subir a los cielos. Sin
embargo; “Aunque la presencia corporal de Cristo haya sido quitada a los fieles
por la ascensión, sin embargo, la de su divinidad siempre está presente a los
fieles, según lo que Él mismo dijo: "He aquí que yo estaré con vosotros
todos los días hasta la consumación de los siglos". "Pues el que subió
a los cielos no abandonó a los que ha adoptado", dice San León Papa.
Pero la misma
ascensión a los cielos, por la que nos privó de su presencia corporal, nos fue
más útil que la presencia corporal misma, Primero, por el aumento de la
fe" que es de las cosas que no vemos, Por eso dice el mismo Señor que el
Espíritu Santo, cuando venga, "argüirá al mundo de justicia": a
saber; "la de aquellos que creen", como dice San Agustín: "La
sola comparación de los fieles con los infieles es condenación de éstos".
Y Luego añade: "Porque voy al Padre, y ya no me veréis más". Sobre
las cuales dice San Agustín: "Pues son bienaventurados los que no ven y
creen. Así que será nuestra justicia de la que será el mundo condenado,
"porque creeréis en mí, a quien no veréis".
Segundo, levanta
nuestra esperanza. Por donde dice El mismo: "Si me fuere y os preparare el
lugar, de nuevo vendré y os tomaré conmigo, para que donde estoy yo estéis
vosotros". Colocando Cristo en el cielo la naturaleza que había tomado,
nos da esperanzas de llegar allá, porque, como Él mismo dice, "donde está
el cuerpo, allí se juntarán las águilas". Y Miqueas: "Sube, abriendo
el camino ante ellos".
Tercero, para levantar
a los bienes celestiales el afecto de la caridad. Por esto dice el Apóstol:
"Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra”. Pues, como dice San
Mateo “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Y porque el Espíritu Santo
es amor, que nos arrebata a las cosas celestiales, por eso dice el Señor a sus
discípulos: “Os conviene que yo me vaya, porque, si no me fuere, el Paráclito
no vendrá a vosotros; pero si me fuere, lo enviare a vosotros”. Lo cual expone
San Agustín diciendo: “No podéis recibir al Espíritu Santo mientras persistáis
en conocer a Cristo en la carne. Pero cuando Cristo se aparto corporalmente,
entonces no solo el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo vinieron
espiritualmente a ellos”.
Continuando con esta
cuestión, la Iglesia aplica esta palabra ASUNCIÓN a la Bienaventurada Virgen
María para manifestarnos su glorioso transito al cielo y cuando Las Sagradas
Escrituras nos hablan del profeta Elías nos dice que fue arrebatado o llevado
al cielo en un carro de fuego por donde se deduce que fue no por si mismos que
subieron al cielo sino por medio de otros. Pero cuando se refiere a Nuestro
Señor Jesucristo la misma Iglesia utiliza la palabra Ascensión por donde se
concluye que esta fue por sí mismo, Santo Tomas hablando sobre esto último nos dice:
En Jesucristo hay dos
naturalezas, la divina y la humana, y según una y otra se puede tomar el poder
propio de Cristo. Según la naturaleza humana, puede considerarse doble virtud
de Cristo. La una, natural, que procede de los principios de la naturaleza. Y
es evidente que con tal virtud no subió Cristo a los cielos. Otra virtud existente
en la naturaleza humana es la virtud de la gloria. Y con esta virtud subió Cristo
al cielo.
La razón de esta
virtud Ia buscan algunos en la naturaleza de una quintaesencia que es luz según
dicen, la cual entraría en la composición del cuerpo humano y concebiría en uno
los elementos contrarios. En el estado de nuestra mortalidad domina la
naturaleza de los elementos en el cuerpo humano, y por eso, según la naturaleza
del elemento predominante, el cuerpo humano naturalmente tiende hacia abajo.
Pero en el estado glorioso predominará la naturaleza celestial, y, en virtud de
su inclinación y poder, el cuerpo de Cristo y los otros cuerpos de los santos tenderán
hacia el cielo. Pero de esta opinión ya tratamos en la Primera Parte y volveremos
a tratar más adelante; de la resurrección general.
Dejada a un Iado esta
sentencia otros señalan Ia razón de esta virtud antedicha de parte del alma glorificada,
de cuya redundancia será glorificado el cuerpo, como dice San Agustín, “Donde
quiera que esté el espíritu allí estará el cuerpo al instante ni querrá nada
que no convenga al espíritu y al cuerpo”. Ahora bien al cuerpo glorioso e
inmortal le conviene estar en el lugar celeste, como ya se dijo, y por eso, con
la virtud del alma que lo quería, subió al cielo el cuerpo de Cristo.
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