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viernes, 8 de diciembre de 2017

¿ES NECESARIA LA PURIFICACION PASIVA PARA ELIMINAR LOS DEFECTOS MORALES? (continuación)



Aquí lo que en otra parte hemos escrito: si no le fuera posible librarse de ellos, esos defectos ya no serían voluntarios, y por consiguiente no serían impedimento para la perfección."
Responderemos que Santo Tomás evita esa manera simplista y superficial de considerar las cosas, cuando afirma (I, II, q. 68, a. 2) la necesidad de los dones del Espíritu Santo y de sus correspondientes inspiraciones para salvarse y alcanzar la perfección. Y más arriba hemos visto que en forma alguna admite que los dones tengan, aquí en la vida, dos modos específicos distintos, ordinario el uno y el otro extraordinario, como el de las gracias gratis data.
No es posible al alma librarse de ciertos defectos morales, sino mediante la docilidad a las inspiraciones especiales del Espíritu Santo, y sería falso de toda falsedad decir que si el alma no puede librarse de ellos sin estas inspiraciones especiales, "estos defectos ya no serían voluntarios y por consiguiente tampoco serían obstáculo a la perfección".
Los dones del Espíritu Santo son otorgados a todos los justos precisamente para que acepten con docilidad esas inspiraciones especiales, cuya modalidad sobrehumana se manifiesta cada vez más palpable, si el alma es dócil.
Santo Tomás expresa en propios términos (I, II, q. 68, a. 2, ad 3): "Rationi humanae non sunt omnia cognita, ñeque omnia possibilia sive accipiatur ut perfecta perfectione naturali, sive accipiatur ut perfecta. virtutibus theologicis. Unde non potest quantum ad omnia repeliere stultittam et alia hujusmodi de quibus ibi fit mentio. Sed ille cujus scientix et potestad omnia subsunt, sua motione ab omni stultitia, ignorantia, hebetudine, duritia et cceteris hujusmodi nos tutos reddit. Et ideo dona Spiritus Sancti, quae faciunt nos bene seqüentes instinctum ipsius dicuntur contra hujusmodi defectus dari."
Sostenemos pues que las inspiraciones especiales del Espíritu Santo son necesarias para que el alma se vea purificada de tal rudeza, de la insensatez, de la simpleza espiritual, y así de otros defectos que no solamente se oponen a la perfección psicológica, sino a la perfección moral. Sin la docilidad progresiva a estas inspiraciones especiales del Espíritu Santo, el alma no será purificada a fondo del egoísmo más o menos inconsciente que en ella se encuentra, y que se mezcla, en forma de negligencia indirectamente voluntaria, a muchos de nuestros actos y a no pocas omisiones más o menos culpables.
Decir que la purificación pasiva no es necesaria para la perfecta pureza moral, sería negar la necesidad de la purificación pasiva de la voluntad; esa purificación que impide que el interés humano bastardee los actos de esperanza y de caridad C1).
Recordemos aquí lo que escribió Santa Teresa en su Vida, c. xxxi (Obras, t. i, p. 257): "Ven en todos los libros que están escritos de oración y contemplación poner cosas que hemos de hacer para subir a esta dignidad.... un no se nos da nada que digan mal de nosotros, antes tener mayor contento que cuando dicen bien; una poca estima de honra; un desasimiento de sus deudos...; otras cosas de esta manera muchas, que a mi parecer las va de dar Dios, porque me parece son ya bienes sobrenaturales, o contra nuestra natural inclinación."
Sabido es el sentido que la Santa da a estas palabras. Por lo demás, repetidas veces afirma que el progreso en las virtudes acompaña normalmente al de la oración, y que una profunda humildad es de ordinario el fruto de la contemplación infusa de la infinita grandeza de Dios y de nuestra miseria. Y esto no es cosa accidental, sino el desenvolvimiento normal de la vida interior.
En cuanto a San Juan de la Cruz, es evidente que para él la purificación pasiva es necesaria para la purificación perfecta de la voluntad, Basta recordar lo que dice de los defectos que hacen necesaria la purificación pasiva de los sentidos y del espíritu: Noche oscura, 1. I, c. ir al ix y 1. II, c. i y u. En estos últimos capítulos habla de las "fallas o lunares del viejo hombre que quedan todavía en el espíritu, como herrumbre que no desaparece sino bajo la acción de un fuego intenso". Entre los defectos de los adelantados que tienen necesidad de "la fuerte lejía de la noche del espíritu", habla de la rudeza, de la impaciencia, de un secreto orgullo, de un egoísmo inconsciente que hace que muchos usen, con miras un tanto personales, los bienes del espíritu, lo cual los introduce en el camino de las ilusiones. Y eso es una falta de pureza, no sólo psicológica, sino moral.
En fin, es muy cierto que para San Juan de la Cruz esa purificación pasiva (que es de orden místico) y la contemplación infusa de los misterios de la fe, están en el camino normal de la santidad; puesto que dejó escritas estas dos proposiciones que en sus obras son capitales (Noche oscura, 1. I, c. vm): "La noche o purgación sensitiva es común y acaece a muchos, y éstos son los principiantes"; siendo pues pasiva, pertenece no al orden ascético sino al místico. Ibíd., 1. II, c. xiv: "Los adelantados se encuentran en la vía iluminativa; ahí alimenta Dios al alma y la fortalece por la contemplación infusa."
Sin lugar a dudas, San Juan de la Cruz ha querido notar aquí, no una cosa accidental, sino los fenómenos que se producen normalmente, en el camino de la santidad, en un alma verdaderamente dócil al Espíritu Santo, mientras esa alma no se eche atrás en las pruebas.
Mantenemos pues lo que siempre hemos enseñado sobre esta materia.
Es por lo demás lo mismo que han enseñado los teólogos del Carmen. Felipe de la SSma. Trinidad y Antonio del Espíritu Santo dicen expresamente: "Debent omnnes ad supernaturalem contemplationem aspirare.(Todos deben aspirar a la contemplación sobrenatural) Debent omnes, et máxime Deo specialiter consecrate animae, ad actualem fruitivam unionem cum Deo aspirare et tendere: Todos deben aspirar a la contemplación sobrenatural o infusa (estos teólogos dan idéntico sentido a las dos últimas palabras”…
En fin, José del Espíritu Santo ( 3 ) , lo hemos notado ya en diferentes ocasiones, ha escrito; "Si se toma la contemplación infusa en el sentido de rapto, de éxtasis o de favores semejantes, entonces no podemos  entregarnos a ellos, ni pedirlos a Dios, ni desearlos; pero en cuanto a la contemplación infusa en si misma, como acto de contemplación (prescindiendo del éxtasis que accidentalmente le puede acompañar), aunque ciertamente no podamos esforzarnos por alcanzarla por nuestra propia industria o actividad, nos es lícito aspirar a ella, desearla ardientemente y pedirla a Dios con humildad." El mismo autor añade aún ( L ) ; "Eleva Dios ordinariamente —solet elevare— a la contemplación infusa al alma que se ejercita con fervor en la contemplación adquirida. Ésta es la doctrina común, quod omnes docent."
Jamás dijimos nosotros cosa distinta; y ésa es indudablemente la doctrina de San Juan de la Cruz, en absoluto acuerdo con lo que'nos ha legado Santo Tomás sobre los siete dones del Espíritu Santo conexos con la caridad, y que, a título de hábitos infusos, crecen con ella; no se concibe pues sin ellos y sin las inspiraciones especiales a los cuales nos hacen dóciles, la plena perfección de la vida cristiana,
ARTÍCULO QUINTO
LA GRACIA ACTUAL Y SUS DIVERSAS FORMAS
Conviene recordar: 1°, la necesidad de la gracia actual; 2°, sus diversas formas; 3°, en qué consiste la fidelidad a la gracia.
NECESIDAD DE LA GRACIA ACTUAL
Aun en el orden natural, ningún agente creado obra ni opera sin el concurso de Dios, primer motor de los cuerpos y de los espíritus. En este sentido dice San Pablo en su discurso del Areópago: "No está Dios lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, nos movemos y somos" (Act. A p . , XVII, 28).
Con mayor razón, en el orden sobrenatural, para realizar los actos de las virtudes infusas y de los dones tenemos necesidad de una moción divina que se llama la gracia actual.
Es esta una verdad de fe contra los pelagianos y semipelagianos, que, sin esa gracia, no nos es posible ni disponernos positivamente a la conversión, ni perseverar mucho tiempo en el bien, ni, sobre todo, perseverar hasta la muerte.
Sin la gracia actual, no nos es dado realizar el menor acto de virtud ni mucho menos llegar a la perfección. En este sentido dijo Jesús a sus discípulos: "Sin mí no podéis hacer
cosa alguna" (Juan, xv, 5); y San Pablo añade que en el orden de la salvación, "no somos capaces, por nosotros mismos ni de un solo pensamiento", y que "es Dios quien opera en nosotros el querer y el obrar", actualizando nuestra voluntad sin violentarla. Él mismo es el que nos concede el estar dispuestos a la gracia habitual y realizar actos meritorios. Cuando Dios corona nuestros méritos, corona sus propios dones, dice también San Agustín. La Iglesia lo ha repetido muchas veces en los Concilios.
Ésta es la razón por la que hay que orar siempre. La necesidad de la oración se funda en la necesidad de la gracia actual. Fuera de la primera gracia que nos fue concedida sin que orásemos, ya que ella es el principio mismo de la oración, es una verdad cierta que la oración es el medio normal, eficaz y universal, mediante el cual dispone Dios que obtengamos todas las gracias actuales de que tenemos necesidad.
He aquí por qué Nuestro Señor nos inculca, con tanta frecuencia, la necesidad de la oración, para conseguir la gracia: "Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá". Esta necesidad de la oración, para obtener la gracia actual, nos la recuerda, sobre todo, cuando se trata de resistir a la tentación: "Vigilad y orad, para que no entréis en la tentación; el espíritu está alerta, pero la carne es débil". Hemos de reconocer, cuando oramos, que Dios es el autor de todo bien y que, de consiguiente, la confianza que no se apoye en la oración, es presuntuosa y vana.
También el Concilio de Trento nos dice, empleando los mismos términos que San Agustín: "Dios jamás ordena lo imposible, pero al darnos un precepto, nos exige que hagamos lo que está en nuestra mano hacer, y que pidamos aquello que no podemos; y él mismo nos ayuda para que lo podamos"; igualmente nos ayuda con su gracia actual, a rogar. Hay, pues, gracias actuales que sólo podemos obtener mediante la oración.
Nunca se insistirá lo suficiente sobre este punto, porque muchos principiantes, llenos, sin saberlo, de un cierto pragmatismo práctico, como lo estaban los pelagianos y semipelagianos, se imaginan que con voluntad y energía, aun sin la gracia actual, es posible llegar a todo. Pronto les demuestra la experiencia la profunda verdad de las palabras de Nuestro Señor: "Sin mí, no podéis hacer nada", y de las de San Pablo: "Dios es quien opera en nosotros el querer y el obrar"; preciso es pues pedirle la gracia actual, para observar, y observar cada vez mejor, los mandamientos; sobre todo el supremo precepto del amor a Dios y al prójimo.