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martes, 22 de agosto de 2017

DEL ORGANISMO ESPIRITUAL.

                                                          
    REGINAL GARRIGOU-LAGRANGE


Nota._ Jamás en la historia de la Iglesia se había llegado a una ignorancia tal como en la que nos encontramos en estos tiempo. Tiempos donde reina la oscuridad mas terrible por la falta de una solida piedad, de una moral integra y de una ética sin precedentes, como que el famoso “siglo de las luces “vino a solidificar sus principios nefastos en nuestro tiempo, y hoy nos encontramos inmersos, en este medio siglo, inmersos en una oscuridad cuyo fin no se vislumbra y el Bien ABSOLUTO parece haber desaparecido de las faz de la tierra. Estas páginas del monje dominico dom Garrigoula Grange sirva para volver a aquella época de piedad que emanaba del verdadero culto a Dios fruto del Concilio de Trento.

Art. I. La vida natural y la vida sobrenatural del alma. — Art. II. Las virtudes teologales. — Art. III. Las virtudes morales. — Art. IV. Los dones del Espíritu Santo. — Art. V. La gracia actual, sus diversas formas y la fidelidad que exige.

La vida interior, que supone el estado de gracia, consiste, lo hemos dicho ya, en una generosa tendencia del alma hacia Dios, mediante la cual, la conversación íntima de cada uno consigo mismo se eleva poco a poco, se transforma, y llega a ser conversación íntima del alma con Dios. Esto es, como queda dicho, la vida eterna iniciada en la oscuridad de la fe, antes de alcanzar su máximo esplendor en la claridad de la visión inamisible.
Para mejor comprender lo que es en nosotros este germen de vida eterna, semen gloria, es preciso considerar que de la gracia santificante descienden a nuestras facultades las virtudes infusas, teologales y morales, y los siete dones del Espíritu Santo; virtudes y dones que son como las funciones subordinadas de un mismo organismo, del organismo espiritual que se ha de ir perfeccionando hasta nuestra entrada en el cielo.
ARTÍCULO PRIMERO
LA VIDA NATURAL Y SOBRENATURAL DEL ALMA
Importa distinguir bien en nuestra alma lo que constituye su propia naturaleza, y lo que es en ella un don absolutamente gratuito de Dios. La misma distinción ha de hacerse en el ángel, que igualmente posee su propia naturaleza, muy inferior, aunque sea espiritual, al don de la gracia.
Si consideramos atentamente al alma humana en su naturaleza, echaremos de ver en ella dos porciones muy diferentes; una de orden sensible, y la otra de orden suprasensible o intelectual. La pena sensitiva del alma es común al hombre y al animal; comprende los sentidos externos, los sentidos internos, la imaginación y la memoria sensible, y la sensibilidad o apetito sensitivo, del cual derivan las diversas pasiones o emociones que llamamos el amor sensitivo y el odio, el deseo y la aversión, la alegría sensitiva y la tristeza, la esperanza y la desesperación, la audacia y el temor, y la cólera. Esta vida sensitiva existe íntegramente en el animal, bien que sus pasiones sean apacibles, como en el cordero y la paloma, o bien violentas, como en el lobo y el león.
Elevada sobre esta parte sensitiva, común al hombre y al animal, existe en nuestra naturaleza una porción intelectual, común al hombre y al ángel, bien que en el ángel sea mucho más vigorosa y más bella. Merced a esta parte intelectual, nuestra alma es superior al cuerpo; por. eso la llamamos espiritual y no depende intrínsecamente del cuerpo, y así ha
de sobrevivir después de la muerte.
De la esencia del alma y de esta porción elevada derivan en nosotros dos facultades superiores, la inteligencia y la voluntad (1). La inteligencia conoce, no solamente las cualidades sensibles, los colores, los sonidos, sino que conoce el ser, lo real inteligible, de las verdades necesarias y universales como ésta: "Nada-sucede sin una causa y, en último término, sin una causa suprema; hay que hacer el bien y evitar el mal; haz lo que debes, pase lo que pase." Jamás podrá llegar el animal al conocimiento de estos principios; aunque su imaginación se perfeccionase indefinidamente, jamás alcanzará, ese .orden intelectual de las verdades necesarias y universales; nunca pasa del orden de las cualidades sensibles, conocidas en su singularidad contingente.
(1) Para conocer y para querer, el alma humana y el ángel tienen necesidad de dos facultades; y en esto difieren de Dios. Dios, que es el mismo Ser, el Pensamiento, la Sabiduría y el amor, ninguna necesidad tiene de ellas para conocer y amar. Por el contrario, el ángel y el alma, como no son el Ser mismo, sólo poseen una naturaleza o esencia capaz de recibir la existencia. Además, en ellos, la existencia limitada que poseen es distinta de los actos de conocimiento y de querer cuyo objeto es ilimitado; por eso la esencia del alma o del ángel, que recibe la existencia que le es propia, es distinta de las facultades o potencias capaces de producir, no el acto permanente de existir, sino los sucesivos de conocimiento y volición. Cf. SANTO TOMÁS, I, q. 54, a. I, 2, 3.
Como la inteligencia conoce el bien de una manera universal, y no solamente el bien deleitable o útil, sino el bien honesto y racional, como por ejemplo: "vale más morir que ser traidor", igualmente, y como una consecuencia, la voluntad puede amar este bien y querer realizarlo. Por ese camino, es inmenso su dominio sobre la sensibilidad y las emociones comunes al hombre y al animal. Por la inteligencia y la voluntad el hombre se asemeja al ángel; aunque nuestra inteligencia, a diferencia de la inteligencia angélica, depende, en esta vida, de los sentidos que le presentan los primeros objetos de su conocimiento.
Las dos facultades superiores, inteligencia y voluntad, pueden desarrollarse grandemente, como sucede en los hombres de genio y en los que se ocupan en actividades superiores, pero podrían esos hombres no llegar nunca a conocer ni amar la vida íntima de Dios, que es de otro orden, de un orden absolutamente sobrenatural, lo mismo en el ángel que en el  hombre. El hombre y el ángel pueden conocer a Dios naturalmente, desde afuera, por el reflejo de sus perfecciones en las-criaturas; pero ninguna inteligencia creada puede, por sus fuerzas naturales, llegar, aun confusa y oscuramente, al objeto propio y formal de la inteligencia divina i1). El pretenderlo sería sostener que esa inteligencia creada es de la misma naturaleza que Dios, ya que sería especificada por idéntico objeto formal (2). Como dice San Pablo (I Cor., n, 11):
"¿Quién entre los hombres conoce lo que pasa en el hombre, si no es el espíritu del hombre que está en él? Asimismo, nadie conoce lo que está en Dios, sino el mismo espíritu de Dios." La razón es por ser de un orden esencialmente sobrenatural.
Ahora bien, la gracia santificante, germen de la gloria, semen gloria, nos introduce en este orden superior de verdad y de vida. Es ella vida esencialmente sobrenatural, participación de la vida íntima de Dios, participación de la naturaleza divina, ya que nos dispone desde ahora a ver un día a Dios como él se ve a sí mismo y a amarle como se ama Él. San Pablo nos lo ha dicho (I Cor. ver, 9): "Hay cosas que ni el ojo vió, ni la oreja oyó, ni han llegado al corazón del hombre; las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. A nosotros las ha revelado Dios por su Espíritu, porque el Espíritu lo penetra todo, aun las profundidades de Dios." La gracia santificante, que comienza a hacernos vivir en este orden superior, supra angélico, de la vida íntima de Dios, es como un injerto divino recibido en la esencia misma de nuestra alma, con el fin de sobre elevar su vitalidad y permitirle dar, no solamente frutos naturales, sino los sobrenaturales, acciones dignas de la vida eterna.
Este injerto divino.de la gracia santificante es pues en nosotros algo que está muy sobre la vida natural de nuestra alma espiritual e inmortal, una vida esencialmente sobrenatural, muy superior a los milagros sensibles (x).
Desde este momento, esta vida de la gracia se desarrolla i en nosotros en forma de virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo. Así como en el orden natural, de la esencia misma de nuestra alma derivan nuestras facultades intelectuales y sensitivas, del mismo modo, en el orden sobrenatural, de la gracia santificante, recibida en la esencia del alma, derivan, en nuestras facultades superiores e inferiores, las virtudes infusas y los dones, que constituyen, con la raíz de donde proceden, nuestro organismo espiritual o sobrenatural (2). Este organismo espiritual nos fue dado en el bautismo, y se nos vuelve a dar por la absolución, cuando hemos tenido la desgracia de perderlo.
El organismo espiritual lo podemos sintetizar en este cuadro de las virtudes y los dones:
Cf. Santo Tomás, II-II. Tratado de cada una de las virtudes, en donde se habla del don correspondiente. El don de temor corresponde a la vez a la templanza y a la esperanza (*), pero esta última virtud es también sostenida por el don de ciencia, que nos enseña el vacío de las cosas creadas, moviéndonos así a desear a Dios y confiar en Él (2).
(1) Así el hombre indocto, que sólo confusamente comprende lo '"cal inteligible, que es el objeto de la filosofía, posee, no obstante, una inteligencia de la misma naturaleza que la del filósofo; pero ninguno de los dos son capaces, por sus solas fuerzas naturales, de comprender
(2) El milagro sensible de la resurrección de un cuerpo, devuélvele sobrenaturalmente la vida natural. Mientras que la gracia santificante, que resucita al alma, es vida esencialmente sobrenatural. El milagroso efecto de la resurrección corporal no es en sí sobrenatural, sino sólo en el modo, "non quoad essentiam, sed quoad modum productionis suae". Por eso el milagro, aunque sobrenatural por su causa, es naturalmente cognoscible, mientras que la vida esencialmente sobrenatural de la gracia no puede ser conocida naturalmente. Para señalar esta diferencia, se dice con frecuencia que el milagro es más bien preternatural que sobrenatural, y este último término queda reservado para designar la vida sobrenatural.

( 3 ) Cf. SANTO TOMÁS, I, II, q. 63, a. 3. Resp.1  II, II, q. 141, a. i, 3: "Temperantiae etiam respondet aliquod donum, scilicet timoris, quo aliquis refraenatur a delectationibus carais, sec. illud Ps. CXVIII: Conftge timóte tuo carnes meas... Corresponder etiam virtuti spei."