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jueves, 11 de mayo de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL



Pero en el orden natural, los modos constitutivos de la existencia completa no se hallan en toda su pureza en los seres creados; ellos son inseparables de ciertos límites y negaciones que alteran profundamente su carácter positivo. Si, en efecto, el ser vivo creado tiene existencia real, ésta no le pertenece nunca como hecho absoluto y primordial, su realidad depende de una causa externa, él no es absolutamente en sí. La acción propia de un ser creado tampoco es manifestación pura, simple y única de su ser interior, sino que está necesariamente determinada por el concurso de las circunstancias y la influencia de los motivos exteriores, o, al menos, se ve complicada por la posibilidad ideal de otra manifestación.
Por último, el sentimiento de sí mismo en el ser creado, como procede de una existencia fortuita y de una actividad determinada exteriormente, no depende del ser mismo en su calidad, en su cantidad ni en su duración.
Y así, el ser finito, que ni existe primordialmente en sí ni obra únicamente por sí, tampoco puede volver completamente a sí mismo y siempre necesita un complemento exterior.
En otros términos, la existencia finita nunca tiene en sí su razón de ser, y para justificar o explicar definitivamente el hecho de esta existencia es menester referirla al ser absoluto o Dios. Al afirmar que Este es, debemos por fuerza atribuirle los tres modos constitutivos del ser completo. Puesto que la existencia real, la acción y el goce, son atributos puramente positivos en sí mismos, no pueden faltar en el ser absoluto. Si éste es, no es como ser de razón, sino como realidad; si es realidad, no es una realidad muerta e inerte, sino un ser que se manifiesta por su acción propia; si, finalmente, obra, no lo hace como fuerza ciega, sino con conciencia de sí mismo, sintiendo su ser, gozando de su manifestación.
Privado de estos atributos, El no sería ya Dios, sino naturaleza inferior, menos que un hombre. Pero, por la misma razón, que Dios es Dios, es decir, el ser absoluto y supremo, no debe atribuírsele los tres modos constitutivos de la existencia completa más que en lo que tienen de esencial y positivo, quitándoles toda noción que no provenga de la idea misma de ser y que solamente dependa de la condición de ser contingente.
De este modo, y puesto que no puede venir de ninguna causa exterior, la existencia real es en Dios un hecho primordial e irreductible. Dios es en Sí y por Sí. La realidad que posee en primer término es puramente interior, es sustancia absoluta. Igualmente la acción propia o manifestación esencial de Dios, que no puede ser determinada ni complicada por ninguna causa extraña, es sólo la reproducción pura y perfecta (absolutamente adecuada) de su propio ser, de su sustancia única. Esta reproducción no puede ser ni nueva creación ni división de la sustancia divina; no puede ser creada, puesto que existe desde toda eternidad y no puede ser dividida, porque no es cosa material, sino actualidad pura. Dios,  que la posee en sí, manifiesta para sí y se reproduce en un acto puramente interior. Con este acto El llega al goce de sí mismo, es decir, de su sustancia absoluta, no sólo en cuanto existente, sino, además, en cuanto manifestada.
La existencia completa de Dios no le hace, pues, salir de sí mismo, no le pone en relación con nada exterior; ella es perfecta en sí misma y no supone la existencia de algo fuera de ella.
En los tres modos constitutivos de su ser, Dios se relaciona únicamente con su propia sustancia. Primero, la posee en sí en el acto primo (hecho absoluto). Segundo, la posee para sí, manifestándola o produciéndola de sí mismo en el acto segundo (acción absoluta). Tercero, la posee en la vuelta a sí, hallando en ella por el acto tercero, la unidad perfecta de su ser y de su manifestación (gozo absoluto). Np puede gozar de ella sin haberla manifestado ni puede manifestarla sin tenerla en sí, Y así, estos tres actos, tres estados o tres relaciones (términos que aquí coinciden), ligados indisolublemente entre sí, son expresiones diferentes pero iguales de la Divinidad entera.
Manifestando su sustancia interior o reproduciéndose por Sí mismo, Dios no usa de intermediario ni sufre acción exterior alguna que pudiera alterar su reproducción o hacerla incompleta; por consiguiente, el producido  es perfectamente igual al productor en todo, excepto en la relación misma que hace de uno el productor y del otro el producto. Y, como toda la Divinidad está contenida en su reproducción, así también está contenida toda en el gozo que de ésta procede. Este gozo, que no depende de ninguna condición exterior, no puede ser un estado accidental inadecuado al ser absoluto de Dios; es resultado directo y completo de la existencia y la acción divinas. Dios, en cuanto sujeto del goce, procede de Sí mismo en cuanto productor y producido, Y como el tercer término (el Procedente) sólo es determinado» por los dos primeros, perfectamente iguales entre sí, no puede dejar de serles igual en todo, excepto en la relación mismo que hace que él proceda de ellos y no viceversa.
Como estos tres actos no son partes separadas de la sustancia absoluta, tampoco pueden ser fases sucesivas de la existencia divina. Si la idea de parte supone el espacio, la idea de fase supone el tiempo. Descartando estas dos formas de la naturaleza creada, debe afirmarse que la sustancia absoluta está contenida en los tres modos de la existencia divina, no solamente sin división, sino también sin sucesión. Ahora bien, esto supone en la unidad absoluta de la sustancia divina tres sujetos relativos o tres hipóstasis.
En efecto, si los tres modos de la existencia absoluta pudieran ser sucesivos, bastaría entonces un solo sujeto; una sola hipóstasis podría hallarse sucesivamente en las tres distintas relaciones con su sustancia. Pero como el ser absoluto no puede cambiar en el tiempo, no es susceptible de evolución sucesiva, y los tres modos constitutivos de su existencia completa deben ser en El simultáneos o coeternos. Por otra parte, es evidente que un solo y mismo sujeto (hipóstasis) no puede afirmarse a la vez como no manifestado, como manifestado y como procedente de su manifestación. Es, pues, necesario admitir que cada uno de los modos de la existencia divina está representado siempre por un sujeto relativo distinto, eternamente hipostasiado y que, por consiguiente, hay en Dios tres hipóstasis coeternas.
Esta necesidad puede ser también representada desde otro punto de vista. Puesto que en el primer modo de su existencia Dios (como no producido y no manifestado, pero reproduciéndose y manifestándose) es necesariamente sujeto verdadero o hipóstasis, y puesto que el segundo modo de la existencia divina (Dios como reproducido o manifestado) es perfectamente igual al primero en todo, excepto en la diferencia específica de su mutua relación, es necesario que siendo hipóstasis el primero, también lo sea el segundo. Porque la única diferencia relativa que los distingue no depende de la noción de hipóstasis, sino de la noción de producir y de ser producido. De modo que si el uno es hipóstasis productora, el otro es hipóstasis producida. Igual razonamiento es plenamente aplicable al tercer modo dé la existencia divina, que procede de los dos primeros, en cuanto Dios, cumplida su manifestación, vuelve a sí en el gozo absoluto de su ser manifestado. Quitando de esta última relación la idea de tiempo y la imagen de todo proceso sucesivo, llegamos a admitir necesariamente una tercera hipóstasis coeterna a las otras dos y procedentes de ambas como su unidad o síntesis definitiva, que cierra el círculo de la vida divina. El gozo en Dios (Dios como sujeto del goce) no puede no ser igual a su acción y a su realidad primordial; si, pues, éstas son hipóstasis distintas, aquélla también lo será.
La trinidad de las hipóstasis o sujetos en la unidad de la sustancia absoluta es una verdad que nos es comunicada por revelación divina y por la doctrina infalible de la Iglesia. Acabamos de ver que esta verdad se impone a la razón y puede ser deducida lógicamente si se admite que Dios es en el sentido positivo y completo de esta palabra. No sólo nos ha enseñado la revelación divina que hay tres hipóstasis en Dios, sino que, además, las ha designado con nombres específicos. Nos bastará completar nuestro precedente argumento para demostrar que estos nombres no son arbitrarios, sino que responden perfectamente a la misma idea trinitaria.

NOTA del traductor: La demostración precedente no se funda en una presunción de las tuerzas de la razón. Presupone una fe activa en Dios Uno y la ilustración consiguiente sobrenatural concedida a un entendimiento que busca, con intención recta. Toda esta prueba de la racionalidad de un misterio como el de la Trinidad, es un esfuerzo no ilegítimo del espíritu post fidem susceptam.
Ya advirtió Solovief (cap. VI, lib. II, último párrafo) que “las verdades de la religión no se imponen a la inteligencia como teoremas geométricos”.
Lo que Solovief explica la Iglesia Católica  lo define de esta manera: “La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro, firmemente cree, profesa y predica a un solo verdadero Dios omnipotente, inmutable y eterno, Padre, Hijo" y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Que el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente Padre, y el Hijo solamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Solo el Padre engendró de su sustancia al Hijo, el Hijo solo del Padre solo fue engendrado, el Espíritu Santo solo procede juntamente del Padre y del Hijo. Estas tres personas son un solo Dios. y no tres dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una eternidad, y todo es uno, donde no obsta la oposición de relación”. (Bula Cantate domino del 4 de febrero de 1441. Dz., 703)