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domingo, 14 de mayo de 2017

DOMINGO IV DESPUES DE PASCUA



LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Hoy domingo IV después de pascua el Evangelio nos trae el relato sobre la venida del Espíritu Santo tercera persona de la trinidad augusta, pero como para el tiempo de Pentecostés hablare ampliamente lo dejare para más adelante y hablaremos sobre la ascensión del Señor.
La ascensión del Señor a los cielos es un artículo de fe, que se lee en las más antiguas formas del Símbolo. Pues a exponerlo se ordena esta cuestión de Santo Tomás, que en seis artículos declara el hecho de la ascensión, su naturaleza y su causalidad.
En el curso de su vida pública, varias veces anunció el Salvador a los discípulos su vuelta al Padre. Después de anunciar el misterio de la Eucaristía, respondiendo a los que de ello se escandalizaban, dijo:
¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué sería si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? Después de la promesa del Espíritu Santo, el evangelista hace esta declaración: Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en El, pues aun no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (Jo. 7,39). Glorificado fue Jesús por la resurrección; pero aquí, sin duda, mira el evangelista a la glorificación de la ascensión. En su último discurso dice el Salvador: Mas ahora voy al que me ha enviado, y nadie de vosotros os me pregunta:
¿Adónde vas? Antes, porque os hablé estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza. Pero os digo la verdad, os conviene que yo me vaya (Jo. I6,5-7). Después de la resurrección dice a la Magdalena, que pensaba haber recobrado al Maestro en el mismo ser de antes: Deja ya de tocarme, porque aun no he subido al: Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Jo. 20,I7).
La ejecución de este anuncio nos lo refiere San Lucas. Primero, en el evangelio en forma compendiosa: Los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante El, y se volvieron a Jerusalén con grande gozo, y estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios (Lc. 26,50-53)
Si atendiéramos al texto, considerado a primera vista, diríamos que esto sucedió el mismo día de la resurrección. Más no podemos olvidar ni los relatos de los otros evangelistas, que nos hablan de varias apariciones en Galilea, ni el relato de los Actos, que pone este misterio cuarenta días después de la resurrección. En efecto, según nos refiere el mismo San Lucas, por espacio de cuarenta días se les aparecía en muchas ocasiones, hablándoles del reino de Dios. Al fin los reunió en Jerusalén, comió con ellos, les ordenó no apartarse de la ciudad hasta ser bautizados en el Espíritu Santo y les trazó el programa de su ministerio, que consistiría en dar testimonio de Él en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra, Diciendo esto y viéndolo ellos, se elevó, y una nube le ocultó a sus ojos. Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en El, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante y les dijeron: Varones galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? Ese Jesús que ha sido rebatado de entre vosotros al cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo. Entonces se volvieron del monte, llamado Olivos, a Jerusalén; que dista de allí el camino de un sábado (Act. 1,3-13). En el final de San Marcos (16,19) se nos ofrece en compendio este relato: El Señor, después de haber hablado con ellos, fue levantado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios.
Hasta aquí no tenemos más que la historia del misterio. Sólo el texto de San Marcos nos indica lo que el relato histórico nos deja entrever y éste será el sentido del misterio. Para entenderlo conviene que volvamos la vista atrás. Según la doctrina católica, Jesús fue desde el principio comprehensor, a la vez que viador. Con la muerte terminó su camino, y su alma toda quedó glorificada. En la resurrección recibió la glorificación del cuerpo, dé que gozaba mientras en la tierra conversaba con los discípulos, instruyéndolos sobre el reino de Dios, La Sagrada Escritura nos habla del cielo como de la morada de Dios. La teología aceptó como interpretación de estos textos la existencia del cielo empíreo, sentencia que Santo Tomás dice se funda en la autoridad de Valefrido Estrabón, de San Beda y también de San Basilio, y que él mismo parece aceptar como lugar conveniente a la manifestación de la gloria de Dios en beneficio de los santos. Pero este cielo empíreo, desapareció ante la nueva ciencia astronómica, y habremos de decir con San Agustín que el cielo está en Dios... y que, si los cuerpos de los santos necesitan un lugar, éste es muy accidental para su gloria, ignorando, por lo demás dónde se halla. Lo que nos interesa es conocer la dignidad que Jesucristo recibe en su resurrección, y esto nos 10 declaran los apóstoles de diversos modos.
En efecto, San Pedro, en las actas de los Apóstoles, nos dice que Jesús, después de resucitado, fue exaltado a la diestra de Dios y, recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, le derramó sobre los que habían creído en El (2,33).
En otro lugar declara que a Jesús, a quien los judíos dieron muerte suspendiéndolo en un madero, lo levanto Dios a su diestra por Príncipe y Salvador; para dar a Israel penitencia y la remisión de los pecados (5,30s). Por esto San Esteban, mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a su diestra en pie, dispuesto para prestarle ayuda en aquel gran momento (7,55): San Pedro nos dice en otra parte que Dios le resucito de entre los muertos y le dio la gloria (Petr. 1,21). En otro lugar declara esta gloria diciendo que, una vez sometidos a Él los ángeles, las potestades y las virtudes, subió al cielo y está sentado a la diestra de Dios (1 Petr. 3,22). San Pablo dice que Cristo subió sobre todos los cielos (d. 4,10); lo que parece ser el resumen de cuanto dijo anteriormente ponderando la grandeza del poder que del Padre ejerció en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado, virtud y dominación Y de todo cuanto tiene nombre, no sólo en este siglo, sino también en el venidero. Y a El sujetó todas las cosas bajo sus pies; y le puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia, que es su cuerpo, la Plenitud del que lo acaba todo en todos (Eph, 1,20-23). La misma idea expone el apóstol escribiendo a los colosenses (Col8; 2,10). Remate de esta doctrina son las palabras de San Pablo a los filipenses al declarar que Dios premió la obediencia de su Hijo exaltándole Y otorgándole un nombre (dignidad) sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble toda rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Días Padre (Phil. ,9-tr).
Tal es la dignidad, la gloria que Jesucristo mereció para sí y que recibió del Padre desde el momento de su resurrección. De manera que, cuando se aparecía a los discípulos, se hallaba ya en la plena posesión de esa gloria, aunque a ellos no se la mostrase, pues no podrían soportarla. De ella gozaba también cuando se apartaba de los discípulos, sin que sepamos dónde se hallaba. La ascensión, que el Señor quiso hacer sensible, en la forma que San Lucas nos describe, consistió pata vosotros en romper las relaciones sensibles con sus fieles, para no tener otras que las de la fe. Para El la ascensión no le trajo ningún aumento de gloria, espiritual o corporal, en cuanto a sus esencia, fuera de la occidentalísima que le pudiera venir del lugar que ocupase su cuerpo.
Todo esto pertenecía a Jesucristo primeramente por razón de la unión hipostática de su naturaleza, humana con la persona divina. La divinidad es la primera causa de la ascensión y exaltación de Jesucristo. La otra causa es el alma glorificada en el grado más elevado, cual correspondía a su gracia y a sus merecimientos.
De la causalidad de la ascensión del Señor sobre nosotros, hemos de de decir lo que dijimos de la resurrección, Como ésta, la ascensión no implica merecimiento alguno, como la pasión. Pero la ley de la semejanza se aplica aquí como en la resurrección. La ascensión nos muestra mejor el fin de nuestra vida y levanta nuestro corazón hacia el Señor, de quien formamos más alta idea al considerarlo sentado a la diestra del Padre.

La fe, la reverencia, el amor, el deseo de acompañar al que es nuestra cabeza, sentimientos todos que el Espíritu Santo infunde en nuestra alma, convierten la ascensión de Cristo en causa instrumental de la ascensión de nuestra mente al cielo y de la futura ascensión de nuestro cuerpo glorificado (2 Coro 4,14; 5,l-lO; 1 Thes. 5,l4; Phil. 3,20; Col. 3,l-4; Eph. 2,6). Por donde nuestra esperanza no es vana porque se consumó la ascensión y con ella la alegría nuestra se aviva al considerar y meditar en esta realidad aunque siga siendo un misterio de los más hermosos que nos ofrece la Santa Iglesia. Qué decir de las demás virtudes teologales, son de tal manera enriquecidas con la ascensión que todos nuestros anhelos quedan completos y, es lógico, que con su ascensión nuestra pobre alma llegue al colmo de su gozo y sea arrebatada a los cielos de donde no querríamos regresar, pero los ángeles nos advierten de la realidad cuando dan esa respuesta a los discípulos del Señor: “Varones de Galilea que estáis mirando al cielo…” Más ellos el lugar de entristecerse por la ida del Maestro nos narra la Escritura Sagrada que se regresaron gozosos al cenáculo donde perseveraron en oración junto con la Virgen Maria y las demás mujeres esperando la dichosa venida del Espíritu Santo. Por donde concluimos que el Señor se presenta con sus fabulosos dones ahí donde en verdad le esperan y desean, somos nosotros de esas almas que anhelamos esta dichosa venida? Muy lejos estamos de aquellos primeros cristianos por desgracia, pues somos como aquellos hombres que el Señor llamo a su banquete de nupcias; unos fueron a conocer los terrenos que habían comprado, otros se casan y otros quieren probar las yuntas de bueyes que compraron. No sin sobrada razón el Padre de familia los desecha porque tampoco estuvieron en la ascensión del Señor ni siguieron el consejo de estar en oración con toda razón el Padre de familia hecho de las bodas al hombre que no tenía el vestido nupcial. Quiera Dios en su infinita bondad separarnos de estos tipos de almas y concedernos la gracia de una ferviente oración a fin de que siempre estemos preparados para recibir en nuestra alma al santificador de las mismas el Espíritu Santo.