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lunes, 17 de abril de 2017

LA RESURRECCIÓN SEGÚN SAN BUENAVENTURA



Y, por último, en cuanto a lo tercero, ha de decir que la resurrección de Cristo debía ser deseada como ejemplar de nuestra resurrección o de la exigencia o necesidad que reclama nuestra resurrección. Cristo, en efecto, siendo como es cabeza y causa ejemplar de nuestra resurrección, hubo de resucitar para comunicar a los que somos miembros suyos la certidumbre acerca de la misma, ya que es monstruosa cosa resucitar la cabeza sin los miembros. Por donde, contra los que negaban la resurrección, argüía el Apóstol, no sin muchísima razón y eficacia, en la primera carta a los Corintios, c.15, con estas palabras: “Si los muertos no resucitan, tampoco resucitó Cristo”. Efectivamente: dado que es necesario que Cristo resucitase, pues que lo que sucedió de hecho no haya sucedido no es posible al presente, síguese por necesidad la resurrección de los muertos. A cuya causa sigue a continuación diciendo el Apóstol: “Porque es preciso que lo corruptible se revista de incorruptibilidad, y que lo mortal se revista de inmortalidad”. En contexto con lo cual, para insertar en los corazones de los fieles, removiendo dudas, desconfianzas y amarguras de desesperación, escribe el Apóstol en la primera carta a los Tesalonicenses: “Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios tomará consigo a los que durmieron en El”. Y aquí damos por conclusión que los que tenemos esperanza firme, como el bienaventurado Job, no debemos entristecernos esta consuelo de la muerte de un buen cristiano como los demás que carecen de esperanza.
Il, El segundo punto que, en lo tocante al tema, a nuestra consideración se ofrece, es la perfecta liberación del hombre cautivo, respecto a lo cual se añade: Sálvame. y de hecho Cristo liberó o salvó al hombre miserable de manera perfecta por salvarle de la ofensa de la culpa total infundiéndole gracia justificante, por salvarle de la obligación al reato de pena padeciendo muerte satisfactoria y; finalmente, porque habrá de liberarle por completo en la resurrección universal de la desgracia de la miseria corporal confiriéndole gloria reformante.
En primer lugar, en efecto, salvó al hombre de la ofensa de la culpa total por la infusión de la gracia justificante, en conformidad con lo cual dice el Apóstol en la carta a los Efesios,: “Pero Dios, siendo rico en misericordia, por causa de su excesiva caridad con que nos amó, aun cuando estábamos muertos por los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo, por cuya gracia habéis sido salvados”.- Y realmente rico y sobreabundante en misericordia fue el Dios Padre cuando, en demostración de su excesiva caridad y dilección para con nosotros, quiso, aun al vernos muertos por el pecado, nos vivifico y nos salvamos de todo género de pecados y de la muerte por ellos causada infundiéndonos, por los méritos de la pasión de su único Hijo, la gracia gratificante, vida del alma. Y doy por cierto que el alma cristiana, si fuese tocada del torrente de tan gran dulcedumbre, nunca podría ser ingrata; antes bien, en fuerza de la devoción extremada, habría de derretirse en lágrimas, ofrendando, movida de entrañable amor, continuo y multiforme tributo de acción; de gracias al Redentor. Y advertimos que a esta misma liberación de toda culpa se refería el ángel cuando dijo en San Mareo, c.1: “El salvará a su pueblo de sus pecados”
En segundo lugar, Cristo salvó al hombre obligado al reato de pena sufriendo la muerte satisfactoria, según lo que se dice en Isaías, c.63: “¿Quién es aquel que avanza de Edom, rojos los vestidos, de Bosra: aquel tan magnífico es su vestido, avanzando en la plenitud de su fuerza?  Yo soy el que habla de justicia, el poderoso para salvar. ¿Cómo pues, esta rojo  vestido, y tus ropas  como las del que pisa en el lagar?  He pisado en el lagar yo solo y no había conmigo nadie de las gentes”  Los espíritus angélicos, en efecto, viendo que Cristo tan magníficamente vestido avanza en toda la grandeza de su fuerza, absortos en admiración, prorrumpen en estas palabras: ¿Quién es éste que viene de Edom? es decir: ¿Quién es éste que llega sanguinolento? Por Edom, en efecto, se entiende sanguinolento. Y se añade que viene con vestiduras teñidas, para significar la aspersión, de su propia sangre, que fluyó en abundancia de los pies y manos en la crucifixión, de la cabeza en la coronación, de todo el cuerpo en la flagelación y del corazón en la apertura del costado. Y para darnos a entender el lugar de angustia y tribulación, se repite la pregunta: ¿Quién es el que llega de Bosra? Y no sin razón, pues Bosra se interpreta angustia. Y he aquí que Jesús, entrando en escena, contesta: Soy yo, el que habla justicia, enseñándola de palabra y cumpliéndola de hecho. Acepté, en efecto, la muerte exigida por el rigor inflexible de la justicia vengadora de la prevaricación primera; Y soy, continúa diciendo, poderoso para salvar a vuestros padres encarcelados en el limbo cumpliendo el decreto o juramento que juró, movido de la misericordia ligada con promesa, el Dios Padre a Abraham, que yo sería dado para él en precio del rescate, a fin de que mi pueblo, liberado del poder de los enemigos, sirva a Dios sin temor en plena libertad.
y por eso es rojo y sanguinolento el vestido de mi cuerpo; y mis ropas, es decir, mis miembros, han sido comprimidas como las de los que pisan racimos en el lagar, como quiera que el lagar es instrumento apto para prensar racimos. Y concluye diciendo: Soy yo solo el que ha pisado el lagar de la angustia y de la muerte a fin de que por mi sangre, exprimida de todo mi cuerpo, quedase pagado el reato de pena debido por el hombre, pobrísimo en extremo. Por donde dice el salmo: “Liberará al pobre del poderoso, al miserable que no tiene amparo; tendrá Piedad del pobre e indigente y salvará la vida de los pobres”. Y Otro salmo añade: “Cristo, rey nuestro antes de los siglos, obró la salvación en medio de la tierra”.
Y, por último, en tercer lugar, Cristo, el día de la resurrección universal, salvará perfectamente al hombre de la desgracia de la miseria corporal confiriéndole gloria reformante; y a esto se refiere, sin duda, lo de la carta a los Filipenses, c.3: “Esperamos al Salvador nuestro Señor Jesucristo, el cual reformará nuestro cuerpo abatido conforme a su cuerpo glorioso”. Pues bien; el que quiere transformar en la patria su cuerpo conformándolo con el cuerpo glorioso de Cristo, ha de ser quebrantado en el destierro con ayunos, abatido con humillaciones y penalidades y someterlo al yugo de la servidumbre. Y la razón es porque nuestro cuerpo tanto más se conformará al cuerpo glorioso de Cristo en el cielo cuanto más se haya humillado por su amor en la tierra.

III. Y, por último, el tercer punto del tema que a nuestra consideración se ofrece es el justo exterminio al del poder diabólico, como es de notar en las palabras que se añaden: “Tú hieres a todos los que se me oponen sin causa”. Y que tal exterminio sea justo, consta por tres razones: La primera, en efecto, consiste en que el diablo usó de falacia deceptora y fraudulenta al usurpar el dominio sobre el primer hombre; la segunda, en que el diablo incurrió en malignidad presuntuosa e injusta al sugerir que mataran a Cristo inocente, y la tercera, en que debe mantenerse la rectitud de equidad y justicia no tolerando perturbación en todo e! universo. A cuya causa fue de justicia que el poder diabólico quedase exterminado, ya porque el diablo usurpó dolosa y fraudulentamente el dominio sobre el primer hombre, ya porque persuadió maligna e injustamente la muerte de Cristo inocente, ya porque la equidad de la divina justicia no debía sufrir desorden de todo el universo.
Respecto de lo cual consta primero cuán justo fue el exterminio del poder diabólico, por haber recurrido el diablo a dolo, engaño y fraude al usurpar el dominio sobre el primer hombre; y en aclaración de esto puede exponerse aquello de los Números, c.24: “De Jacob nacerá una estrella y de Israel se levantará una vara; y herirá a los caudillos de Moab y destruirá a todos los hijos de Seib, y será la idumea su posesión”.
Por estrella se entiende la Virgen, por su resplandor de virtudes y gracias; y por vara, dotado como de vigor varonil para expugnar y constituirse en ayuda para los miserables, es significado nuestro Señor, quien en virtud de su propia sangre hirió a los caudillos infernales del soberbio Moab, y burlando con el arte de su sabiduría multiforme el fraude del traidor, que es el diablo, precisamente con la trampa de la muerte que éste sugería, le arrebató al hombre cautivo, a quien el diablo poseía, y donde fue el daño causado por el enemigo por dolo, allí se aplicó la medicina de la redención, confeccionada en el leño de la cruz. Y sobre este particular se dice igualmente en el tema que encabeza nuestro discurso: “Levántate, Señor, sálvame. Tú hieres a todos los que se me oponen sin causa”.
Consta, segundo, cuán justo fue el exterminio del poder diabólico, por ser el diablo maligno, presuntuoso e injusto al persuadir que mataran a Cristo inocente. En conformidad con lo cual se dice en Habacuc, c.3: “Heriste la cabeza de la casa del impío; descubriste su cimiento hasta el cuello. Maldijiste sus cetros, a la cabeza de sus guerreros, que venían como torbellino para destrozarme”. Porque el diablo puso mano sobre Cristo, en quien no tenía derecho alguno, al persuadir a sus infernales miembros, que, como torbellino, venían para destrozar al inocente, su crucifixión; por eso fue de justicia que el impío diablo, cabeza de la casa infernal, fuese herido y despojado o privado del poder y dominio que ejercía sobre su propio siervo.

Y, por último, consta, tercero, cuán justo fue el exterminio del poder diabólico por así exigirlo la rectitud de equidad y justicia, que no tolera perturbación o desorden en el universo; por donde se dice en el Éxodo, c.15: “Tu diestra, ¡oh Señor!, hirió al enemigo; y con la multitud de tu gloria has derribado a tus adversarios: enviaste tu ira, que se los tragó como a una paja”.
La equidad de la divina justicia manda que se conserve el orden del universo y prohíbe que se perturbe". Por donde el diablo, a fin de que no reportase utilidad por su malicia y pecado por el que se turbó todo el universo, mereció ser herido, despojado y castigado. Y por eso se dice: “Se estremecerá Asur, herido de la vara”. Por Asur se entiende el diablo, que entonces se estremece cuando es herido de la vara de la divina justicia.