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lunes, 20 de marzo de 2017

Nacimiento, grandeza, decadencia y ruina de la NACION MEXICANA


Mons. Orozco y Jiménez uno de los Obispos defensores de los cristeros (Hoy beato)


El siete de abril ordenó el Ilmo. Sr. Obispo suspender el culto público, actitud que poco después sería adoptada por el Comité Episcopal.
A medida que se acercaba el día en el cual debía celebrarse el 816 último acto de culto público, crecía el fervor del pueblo que, llorando, cantando y rezando, llenaba no sólo el recinto de la Catedral y de todos los templos, sino los atrios y las calles adyacentes. Los cánticos ponían de manifiesto el sentido que el pueblo daba a la epopeya que se iniciaba:
"Tú reinarás, este es el grito
que ardiente exhala nuestra fe.
Tú reinaras, oh Rey bendito,
pues tu dijiste: reinaré.
¡Reine Jesús por siempre,
reine su corazón,
en nuestra Patria, en nuestro suelo,
que es de María la nación!"
"Llegó la Comunión. Un Sacerdote bajó la Santa Hostia de la Custodia, pues era necesario consumir la Santa Eucaristía. Luego las lámparas fueron apagadas. Entonces, sí, no hubo manera de contener las lágrimas. La multitud lloraba con gran dolor. Yo vi rendirse en el pavimento, en medio de la consternación general, las banderas de la A. C. J. M. Y demás agrupaciones católicas en los más solemnes instantes: era la protesta muda, pero elocuentísima, nacida como de inspiración en aquellos momentos de fidelidad a Cristo y de que por El se iría aun a la muerte. Yo vi los ojos de aquellos muchachos los futuros mártires de Cristo Rey, preñadas de lágrimas que en silencio corrían una tras otra como gruesas perlas sobre sus viriles rostros.
"Los sentimientos del alma cada de uno de los fieles de aquella multitud los expresaba a voz en cuello: unos lloraban en voz alta. Otros impetraban misericordia y perdón. Se lamentaba la ausencia de Jesús. Se lamentaba la suerte futura: ¿Qué haremos si ti, Jesús? ¿ Qué harán nuestros hijos? ¡Ven, Señor, ven, ten compasión de este pueblo que es tuyo! ¡Tú eres el Rey! ¡Tú el triunfador! ¡Ven y triunfa! ¡Vence a tus enemigos! ¡Ven, Señor, y no te tardes! "Y desde aquel momento, suspendido el culto público, el pueblo fiel "Y desde aquel momento, suspendido el culto público, el pueblo fiel quedó huérfano. El templo sin sus sacerdotes, el altar con sus lámparas apagadas, mudos los campanarios y el Sagrario desnudo y abierto.
"Cuadros semejantes hubo esa mañana del Miércoles de Pascua en todas las parroquias y lugares del Estado. En algunas partes hubo circunstancias singulares. En Comala, municipio al norte de la ciudad de Calima, después de consumido ya el Divino Sacramento el pueblo permaneció en el templo para resguardarlo de las manos eacrilegas. Un grupo de mujeres de mala vida aparece entonces en escena: lloraban a voz en cuello y a gritos confesaban su vida de deshonor y miseria. Somos mujeres malas, decían, pero amamos a Cristo y daremos por El nuestra vida y El nos perdonará.
Sólo muriendo nosotras, podrán los enemigos apoderarse del Templo. Y se apostaron en sus puertas, en defensa del templo y del altar: Era Magdalena, la amante Magdalena que bañada en lágrimas, supo estar al pie de la Cruz.
"La ciudad manifestó, con fe intrépida su dolor y su duelo. De los marcos de las puertas en todo Calima -menos en los hogares de los empleados de Gobierno y los masones-, colgaban moños negros y las puertas estaban entrecerradas. Callaron las músicas y los cantares del pueblo, y principió, con unanimidad preciosa, una vida de piedad, recogimiento, oración y penitencia, como si se tratase de un largo y piadoso viernes Santo de las épocas de más fe de los siglos ya pasados.
"Todos los católicos seguían haciendo penitencia. Una inmensa mayoría ayunaba diariamente y suprimía el uso de la carne, en vigilia no interrumpida. Aun los niños ayunaban y, en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, con los bracitos en cruz y coronas de espinas en sus cabecitas, llevados por la Madre Rosa, religiosa Adoratriz, cantaban diariamente el Salmo Miserere que la Iglesia usa en sus días de dolor para impetrar el perdón de Dios.
"En los templos solitarios, sin Eucaristía y sin Sacerdote, en torno de la Cruz se reunía diariamente el pueblo a gemir su orfandad y entonar cánticos de penitencia. El pavimento quedaba, día a día, regado con las lágrimas de los fieles. Se veían llegar grandes grupos de madres de familia que cotidianamente recitaban el Santo Vía Crucis. ¡Cómo lloraban a lágrima viva y cómo gemían en alta voz la ausencia de su Dios, la suerte propia y la de sus hijos!
"También en los pueblos perseveró el entusiasmo por defender su fe Perseguida...
"Muchas veces quisieron los servidores del tirano llevarse preso al Párroco de San Jerónimo don Ignacio Ramos. El pueblo nunca lo permitió.
Siempre los pueblos estaban alerta: una o dos campanadas de contraseña significaban que había peligro, que algo malo ocurría y todos dejaban sus trabajos, las casas se cerraban y se corría a la defensa de su Sacerdote.
"En cierta ocasión un grueso piquete de soldados se presentó a las puertas de la casa parroquial en busca del Párroco. El pueblo en masa se amotinó al momento, aun niños de cuatro años llevaban sus sombreros llenos de piedras para luchar contra los perseguidores en caso de que quisieran llevarse a su Pastor. El capitán, jefe de la escolta, optó entonces por la paz y regresó a la Capital del Estado sin atreverse a ejecutar la comisión que llevaba.
"En otra ocasión, por esta su misma actitud gallarda, fueron a dar a la cárcel muchas señoritas de las principales familias de allí. En la prisión no hicieron otra cosa que cantar y rezar. Ya cantaban sus canciones populares del boicot, ya alabanzas, ya rezaban todas unidas y en voz alta el santo Rosario con la letanía cantada, o lanzaban el intrépido grito de i Viva Cristo Rey!. Los enemigos ardían de rabia que desahogaban con insultos y palabras tabernarias. Ellas perseveraban en su misma actitud."
En San Luis Potosí se redujo a diez el número de sacerdotes para la Capital, y a uno o dos para las parroquias de los municipios, con inscripción obligatoria. El Obispo decretó la suspensión del culto público, y la policía cerró siete templos de la Capital. Entonces el Obispo ordenó retirar el Santísimo Sacramento y cerrar todos los demás. El pueblo se amotinó en apoyo de su prelado y en contra de la tiranía. Saturnino Cedillo, cacique de San Luis Potosí, amenazó al Obispo con hacer ametrallar a la multitud si no se dispersaba y se reanudaba el culto público. Lejos de dispersarse, la multitud crecía y la tropa cargó contra ella entablándose un sangriento combate. La ciudad se declaró en estado de sitio y el Ejército patrullaba las calles.
El Obispo y el cacique negociaron y se llegó a un acuerdo para reanudar el culto público, acuerdo que pronto después se incumplió y continuó la persecución.
En Michoacán se produjo una situación semejante. Limitación arbitraria del número de sacerdotes e inscripción obligatoria. El Arzobispo ordenó la suspensión del culto público. Las manifestaciones y motines de protesta del pueblo fueron aplastados por la fuerza con resultado de muertos y heridos. También se llegó a un acuerdo con los caciques locales y se reanudó el culto público.
Por la rápida y valiente respuesta del pueblo que no vacilaba en enfrentarse bravamente a las fuerzas armadas, los caciques locales de San Luis Potosí, Michoacán y otros lugares, se habían visto obligados a ceder parcial y temporalmente. Pero continuaba el acoso general contra la Iglesia, y el pueblo comenzaba a desempeñar el principal papel en la escena. Esos acuerdos locales y parciales, acomodos de circunstancias que sin derogar las leyes dejaban en pie la permanente amenaza, resultaron perjudiciales, porque abrieron un 819 boquete o brecha en el frente común, impidiendo o debilitando la acción conjunta, firme y decidida.
El 1 21 de abril de 1926 suscribió el Comité Episcopal la siguiente Carta Pastoral Colectiva. "Mas volvamos los ojos a la condición legal y al estado presente de la Iglesia Católica en Méjico, y veremos cómo las condiciones actuales son ya insostenibles, y con cuánta razón hemos creído que ha llegado el momento de decir: ¡Non possumus, No podemos! ... Debemos declarar que la reforma de la Constitución es urgente e inaplazable.
"Desgraciadamente, a pesar de nuestra actitud conciliadora y de la conducta paciente hasta el heroísmo de nuestro clero y de nuestro pueblo, la persecución religiosa, en vez de calmarse, se ha exacerbado. Las declaraciones públicas y los hechos recientes hacen ver que esa Constitución, quiere aplicarse, extremarse, y aun deformarse en contra nuestra, y que a nuestra paciencia se quiere responder con un ataque sistemático, con cariz de legal y definitivo.
"En esas circunstancias, puesto que a los católicos mejicanos, quiere imponérsenos con toda urgencia y definitivamente una Constitución contraria a nuestros deberes más sagrados de conciencia y a nuestros derechos más indiscutibles, es lógico inferir que es nuestro deber y nuestro derecho procurar sin dilación alguna, y por todos los medios lícitos, que esa Constitución sea reformada para satisfacer las legitimas aspiraciones del pueblo que desea gozar de plena libertad. Esta conducta no es rebelión porque la misma Constitución establece su reformabilidad y abre el camino para sus reformas, y porque es un justo acatamiento a mandatos superiores a toda ley humana y justa defensa de legítimos derechos.
"En todos tiempos, y mayormente al presente, la Iglesia toma posiciones definidas y evita extremos. Contemporiza por amor a la paz en conflictos de menor cuantía. No busca la lucha, pero si se la obliga, o a renunciar a su libertad y desaparecer de hecho, o a defenderse legal pero virilmente. Jamás traiciona su causa, que es la de Dios y la de la Patria."
Aunque en este documento firmado por todos los Prelados que declaraba rotundamente "que la reforma de la Constitución era urgente e inaplazable", como "contraria a nuestros deberes más sagrados de conciencia y a nuestros derechos más indiscutibles", la actitud que entonces observaron respecto a la reglamentación del culto y determinación del número de sacerdotes fue diversa: una minoría estaba dispuesta a acatar la ley advirtiendo que se sometía obligada por la fuerza. Algunos se acogían a ciertos acomodos, expedientes, arbitrios o pretextos para soslayar la dificultad. Otros se proponían permanecer en sus puestos haciendo caso omiso de la misma, afrontando las consecuencias hasta el martirio. Otros, por último, considerando diversos factores, se inclinaban a la suspensión del culto público que requiriese la intervención del sacerdote.
El dos de julio se publicaron las ya aprobadas leyes reglamentarias de los Artículos 3° y 130 de la Constitución, las cuales debían entrar en vigor el día 31 del mismo mes.
Si se acataban dichas leyes para evitar las sanciones del Código Penal, la Iglesia quedaba sometida al Estado, y por tanto, independiente de Roma. Se convertía en una Iglesia cismática. Si no las acataba se extremarían las medidas de rigor, brutales, para someterla o destruirla. El dilema era pues claro: era necesario optar por la claudicación o por la persecución. La Iglesia Católica de Méjico optó heroicamente por lo último, con todas sus consecuencias.
El egregio Obispo de Huejutla, entre otras cosas, decía en su segunda Carta Pastoral:
"Nadie que conozca un poco de la Filosofía de la Historia podrá extrañarse de los últimos acontecimientos del sectarismo mejicano en contra de la Iglesia Católica. El alevoso ataque al templo de La Soledad en plena capital de la república, el apoyo decisivo del elemento oficial a los iniciadores del cisma, la persecución en masa de católicos indefensos, sólo porque vitorean al Papa y traducen con ardor sus sentimientos religiosos, la exclaustración de tantas inocentes religiosas sólo por el crimen de serlo, la clausura de tantos seminarios, escuelas, casas de beneficencia y demás instituciones católicas sólo porque allí se adora y se ama a Jesucristo, la injusta detención de sacerdotes del culto católico, los conatos por reducir el número de los sacerdotes mejicanos de varios Obispados del país y por implantar a toda costa ya todo trance las leyes inicuas de la Constitución, no vienen a ser otra cosa que las legítimas e irrefragables consecuencias de las impías e insanas doctrinas sembradas en su oportunidad ...
"Creemos y firmísimamente sostenemos que la Iglesia es una sociedad perfecta por todos conceptos, independientemente de la sociedad civil y superior a ella; bien que confesamos que la sociedad temporal es una sociedad perfecta en su género e independiente de la sociedad espiritual.