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domingo, 5 de marzo de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR





El Señor sale hacia el Huerto de los Olivos

El Salvador recogió a sus discípulos, que le esperaban, y acompañado por ellos salió de la casa. Era de noche. Dejó atrás la Ciudad, la ingrata Ciudad que no le había reconocido, y subió camino del Monte de los Olivos (Mt 16, 30), hacia la otra parte del Torrente Cedrón, adonde (Le 22,39) solía ir por la noche para hacer oración. Mientras andaba, y mirándolos a todos, les dijo: «Todos vosotros os avergonzaréis de Mí esta noche, y huiréis, y me dejaréis solo cuando veáis lo que me sucede». El Salvador les hablaba de lo que en aquellos momentos hacía sufrir su corazón; les mostraba de antemano, como verdadero Dios, lo que había de ocurrir a Él y a ellos. Les decía que iba a la muerte por propia voluntad, no a la fuerza ni engañado ni por ignorancia. Para animarles, les decía que volvieran a El después de haberle abandonado; que estuvieran seguros que Él les perdonaría aquella debilidad. Que lo sabía antes de que sucediera, y que por eso se lo decía: A Mí no me va a sorprender que os avergoncéis de Mí y me abandonéis; sé que ha de suceder. Hace ya muchos años que Zacarías (13, 7) lo profetizó: «Heriré al pastor y el ganado se dispersará». Vosotros andaréis como fugitivos, y asustados.
Pero hay dos cosas que os pueden consolar: que Yo resucitaré al tercer día de mi muerte, y que, después de resucitado, os esperaré en Galilea, y allí me veréis, y al verme, os llenaréis de alegría (S. Agustín De consens. evang. 1, 3, c. 2).
Dos veces había reprendido ya el Salvador a Pedro su excesiva impetuosidad; confiaba en sí mismo más que lo que debía; alardeaba delante de todos de que se dejaría encarcelar y hasta sería capaz de morir antes que abandonar al Maestro (Jn 13, 37). Y ahora volvía con la misma suficiencia, armado con una espada por si era necesario defender al Señor. Pedro no había tenido en cuenta que Jesús se refería a todos cuando dijo: «Todos os avergonzaréis de Mí». Pensaba que él era una excepción; no se fijó en que Jesús decía siempre la verdad ni en que él era débil. Por eso protestó y dijo: «Aunque todos se asusten y se avergüencen de Ti, yo no me he de avergonzar». Pedro decía lo que sentía. Ya que él se singularizó así, a él particularmente dijo el Señor que no tenía por qué presumir así ni tener tanta confianza en sí mismo; que olvidaba que El no mentía, y que, por tanto, no debía dudar: su profecía se iba a cumplir. «Esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres» (Me 14, 30). Pero Pedro no acababa de creer que pudiera ser cierto, le parecía que ya era negar al Señor el simple hecho de no manifestar su determinación de seguirle hasta el final. Por eso insistió (Mt 16, 35): «No pienses, Señor, que mi amor es tan corto que me he de asustar al ver que te apresan para llevarte a la muerte; si es necesario morir contigo, moriré; pero no te he de negar»,
Los demás apóstoles decían lo mismo y alardeaban de la misma manera.
Así, hablando, llegaron junto a aquel valle hondo y sombrío que, por serlo tanto, le llamaban Valle de Cedrón (4 Reyes 23, 4). En lo más profundo pasaba un arroyo seco, por eso le llamaban también Torrente de Cedrón (Jer 31, 40). En la otra parte del torrente, a la izquierda, en la falda del Monte de los Olivos, estaba el Huerto de Getsemaní que, por ser un lugar solitario y apartado, lo había elegido el Señor para hacer oración muchas otras veces (Jn 18, 2). Al pasar por el valle y el torrente los discípulos se esforzaban por parecer amistosos, pero es de suponer que estuvieran angustiados y con miedo. El valle era oscuro, y hondo el torrente; los árboles espesos; se alargaban las sombras negras por los riscos y concavidades del monte; la soledad y el silencio eran grandes; la noche cerrada, y muy tarde ya, porque había pasado bastante tiempo desde que Judas salió, y «y ya era de noche»...
Habían hablado de traiciones, de deshonra, de torturas y de muerte. El efecto que todo esto pudo producir, en medio de aquella oscura soledad, en el ánimo de unos hombres débiles e indefensos es evidente.
Llegaron a la entrada del huerto y Jesús mandó a ocho que se quedasen allí; les encargó que velasen y que no se durmieran, que El iba a hacer oración y que ellos hicieran lo mismo para no caer en la tentación (M! 26,36).

El Señor busca el consuelo de sus amigos

Se fue más adentro del huerto con los otros tres: con Juan, Santiago y Pedro; pero también de estos tres  se apartó «como un tiro de piedra» Lc 22,41). El Salvador empezó a sentir un terrible miedo y una angustia tan honda que le llenaban de tristeza. Necesito decírselo a los tres discípulos más queridos: «Mi alma esta triste hasta la muerte», es una tristeza que me mata.
Los evangelistas hablan de esta «tristeza» (Mt. 2, 37) con diferentes nombres. La tristeza es un sentimiento que nace ante el dolor que uno está sufriendo. Le llaman «pavor o miedo» (Mc 14, 33), que nace del daño que uno espera sufrir. Ambas cosas, la tristeza con el miedo y el miedo con la tristeza, como SI fueran dos pesadas losas, apretaron el corazón del Señor hasta hacerle sentir «angustia» (v. 33): «Comenzó a sentir miedo y angustia».
Tenía el Salvador muchos motivos de angustia y tristeza encerrados en su corazón, y los había sufrido durante toda su vida; pero en aquel momento su dolor fue aún más fuerte. Es verdad que Jesucristo veían a Dios con infinita claridad, y lo ordinario es que quien ve a Dios así no pueda sufrir ninguna pena, que su cuerpo y su alma gocen de una felicidad sin límites.
Pero Dios quiso que Jesucristo sufriera para que pudiéramos ser redimidos: sufrió el dolor en su cuerpo, y sufrió tristeza y angustia en su alma. Demostró que era un verdadero hombre al sufrir, y al sentir y al conmoverse. No fue menos Salvador al padecer hambre, sed, cansancio y fatiga en su cuerpo: tampoco fue menos Salvador al padecer tristeza, miedo y angustia en su alma. Padecía porque quería, y hubiera podido, con sólo quererlo, dejar de sufrir; y este poder, n~ usad~, no le quitaba su verdadera hombría, al contrario: su libre voluntad de no usar este poder, pudiendo, fue sin duda una singular e inexpresable tortura. Si es hombre tiene un terrible dolor físico y tiene también a su alcance una medicina eficaz que, con sólo tomarla, le quita inmediatamente el dolor, y no toma esa medicina, decimos que si este hombre sufre es porque quiere. Podemos decir también que, puesto que tiene dolor, es como los demás: débil y sujeto a sufrimiento.
Igualmente el Señor: podía quitar inmediatamente el dolor de su cuerpo y de su alma; pero no tomó esa medicina de su poder divino, por tanto, es cierto que sufrió porque quiso. Y si tenía y sufría dolor, es que era como los demás hombres: débil y sujeto al sufrimiento. Padeció porque quiso, pudiendo impedir sus sufrimientos; demostró ser un verdadero hombre, porque sufrió como sufren todos los hombres. Y éste, quizá, fue el desamparo del que se quejó en la cruz (Mt 27 46): «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».
Una de las razones por las que Jesucristo quiso sufrir dolor en su cuerpo y en su alma fue para demostrarnos que era un verdadero hombre, con nuestra misma naturaleza, que sentía como nosotros la tortura y los insultos, que no era «de bronce y de piedra», como dice Job (6, 13).
Esto también puede aprovechar y consolar a los amigos de Dios: cuando sientan la fuerza de sus bajas pasiones, no deben desanimarse y pensar que han perdido la gracia de Dios. Estos sentimientos no son pecado, sino manifestaciones de la natural debilidad del hombre. Esta debilidad quiso el Señor cargar sobre sí mismo, haciéndose igual que nosotros excepto en el pecado-, para que nosotros nos hiciésemos iguales a Él en fortaleza y en la obediencia de la Voluntad de Dios. Sin duda alguna no hay mayor fortaleza donde el esfuerzo es mayor, sino donde el sufrimiento por ese esfuerzo es mayor. Lo dice también San Ambrosio: «No deben ser considerados valientes los que más heridas reciben, sino los que más sufren por ellas». Quiso el Salvador participar como nosotros de los dolores del cuerpo y también de las tristezas del alma porque cuanto más participase de nuestros males, más partícipes nos haría de sus bienes. «Tomó mi tristeza -dice San Ambrosio- para darme su alegría; con mis pasos bajó a la muerte, para que con sus pasos yo subiese a la vida».
Tomó el Señor nuestras enfermedades para que nosotros nos curásemos de ellas; se castigó a sí mismo por 'nuestros pecados, para que se nos perdonaran a nosotros. Curó nuestra soberbia con sus humillaciones; nuestra gula, tomando hiel y vinagre; nuestra sensualidad, con su dolor y su tristeza.
Por todas estas razones, y otras muchas que no alcanzo a entender, nuestro misericordioso y amoroso Señor no sólo quiso ser azotado en la espalda, abofeteado, clavado de espinas en la cabeza, y clavos en las manos y los pies, sino que también quiso sufrir tristeza y angustia en el corazón. Permitió que los enviados de las tinieblas le atormentaran; permitió a la tristeza que se adueñara de su corazón, porque había motivos suficientes para sentir tristeza.

La tristeza de nuestro Salvador

Fueron muchos, sin duda, los motivos de tristeza que tuvo el Salvador; y ya que no quiso impedirlos, actuaron con tanta fuerza en su corazón que El mismo pudo decir que le habían llevado hasta el borde de la muerte.  Jesús estaba cansado de aquel día. Por la mañana fue a pie desde Betania a Jerusalén, donde celebró con sus discípulos la cena del cordero pascual, les lavó los pies, instituyó el Sacramento de la Eucaristía y les dio de comulgar a todos; luego habló largo rato, procurando por todos los medios posibles animarles y consolarles; se olvidó de sí mismo para preocuparse de ellos, ocultándoles su propia pena para no aumentar la suya.
Se deshizo en esta gran tarea de entrañable caridad.
Recordad cómo les hablaba: les llamó «hijitos míos, mis amigos»; les llamó escogidos y compañeros de sus penas deshizo en esta gran tarea de entrañable caridad.
Recordad cómo les hablaba: les llamó «hijitos míos, mis amigos»; les llamó escogidos y compañeros de sus penas y tentaciones; les dijo que debían estar más unidos a El que lo está el sarmiento con la vid. Les decía que el dolor iba a ser breve, y la alegría grande; que iba a enviarles el Consolador, el Espíritu Santo, para que estuviese siempre con, ellos, defendiéndoles y enseñándoles. Que El abría el paso peleando y recibiendo en su cuerpo las heridas, que así, ellos alcanzarían luego la victoria del mundo. Les dijo por último que les dejaba, que volvía a su Padre, y que esto era para Él una felicidad tan grande que, si ellos de verdad le amaban y le querían bien, debían alegrarse con Él. Que se marchaba, pero que iba a prepararles su sitio, y que luego volvería, y que se los llevaría con Él para acomodarles en la casa eterna del cielo.
Había también sufrido por Judas, tan cerca de Él en la cena. Había luchado con la dureza de su corazón, unas veces con leves insinuaciones o con palabras claras y directas, otras con muestras de particular amistad y cariño, y no le pudo vencer. Esto le daría tanta pena como suele dar el que un amigo se convierta en traidor; y eso fue lo que dijo varias veces aquella noche, hasta el punto de no poder ya disimular su tristeza.
Se había despedido de su Madre, y el dolor con que ella se quedaba le desgarró el corazón.