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lunes, 13 de marzo de 2017

ANACLETO GONZÁLEZ FLORES ENSAYOS.

LA LITERATURA Y LA CIVILIZACIÓN

   


No carece ciertamente de importancia el tema que tengo que desarrollar en estos momentos, no; la tiene y muy grande; la tiene, e incalculable; la tiene, y trascendentalmente, porque voy a ocuparme de la civilización de los pueblos y principalmente pretendo determinar el influjo más o menos poderoso y más o menos eficaz que ha ejercido y puede ejercer la Literatura en el desenvolvimiento de la Humanidad. Y ya que la importancia de una cuestión se toma de la mayor o menor excelencia de los seres y de las relaciones que en ella se debaten, el asunto presente tiene, a no dudarlo, un interés inmenso; porque yo no voy a estudiar la materia para conocer y fijar sus leyes, su desarrollo y su poder; ni quiero analizar al hombre individual o colectivamente considerado, no: voy a hablar del ideal más noble y más santo entre todos los que existen, a saber: la civilización.
Y no soy yo, ni sois vosotros, ni siquiera las generaciones que nos han precedido, los únicos que creemos que la civilización es y debe ser el anhelo supremo de todos los hombres; es Dios, que ha querido fijar un término a todas las razas y que ese término sea la civilización; es la humanidad entera, que empujada fuertemente por el torrente de los siglos, busca con ansia indescriptible y con afán delirante, una cumbre: la del progreso. Y eso que Dios ama infinitamente y que la humanidad quiere con delirio, no puede menos que revestir una importancia indiscutible.
Y bien: la Literatura es sobremanera importante, cuando menos porque todos los grandes pensadores han convenido en creer y en enseñar que ella es un medio poderosísimo para conocer y fijar la fisonomía material y moral de los pueblos, y siquiera porque tropezamos muy frecuentemente con ella en el camino de la vida.
¡Oh! sí: es la palabra poderosa y vibrante de ese hombre que nos ha hecho detener un instante y permanecer mudos y extáticos; es ese verbo, que al rozar nuestro oído ha llegado a sorprender en los repliegues más ocultos de nuestro espíritu, el dolor callado y la queja honda que no habíamos podido cantar; es ese volumen escapado de las manos de Cervantes, es esa hoja de papel que después de burlar la resistencia del tiempo y del espacio arroja y lleva la luz esplendorosa del pensamiento por todos los puntos cardinales y hace brillar en todas las cumbres los fulgores de la idea. Es, en fin, el instrumento incontrastable de las transformaciones por que han pasado y pasarán todas las razas.
La excelencia, pues, de los seres de que voy a ocuparme, es indiscutible, y la importancia del punto en cuestión, innegable. ¿Y qué? Que vosotros me prestaréis vuestra atención y me favoreceréis con vuestra benevolencia: lo primero, por la trascendencia del asunto; lo segundo, porque sin duda comprendéis las dificultades casi insuperables que tengo que vencer.
Desde luego comenzaré por afirmar que la Literatura es el elemento civilizador más poderoso y eficaz entre los que existen La Literatura puede considerarse bajo dos aspectos: como arte, es decir, como un conjunto de reglas, o como obra de arte, esto es, como el conjunto de las obras literarias producidas en todos los tiempos y lugares o tan sólo en una época o región determinada.
Si no me equivoco, en el instante presente la palabra Literatura debe emplearse para significar no el arte o el conjunto de reglas, sino las obras literarias; porque éstas y no aquéllas son las que han influido e influyen poderosa y eficazmente en el perfeccionamiento del género humano.
¡Oh! sí: ese precepto tantas veces discutido por los retóricos y que ha provocado acaloradísimos debates entre los imitadores de Homero y de Virgilio; esos principios que la experiencia nos ha dado a conocer y que el gusto exquisito de los hombres de genio ha trazado sobre un pergamino, dormirán en las bibliotecas, serán perpetuamente accesibles para unos cuantos, pero no dejarán de ser otros tantos enigmas indescifrables para los demás.
La humanidad, al recorrer la vasta extensión de la tierra, al ir en busca de más luz y de una ruta que le acorte la jomada y le ponga en posesión de la tierra prometida, ha pasado frente a las academias, las ha visto de arriba abajo, se ha encogido de hombros y después ha vuelto a fijar hondamente sus pupilas en las lejanías del porvenir; pero cuando al descender a la llanura ha tropezado con una roca herida por la mano de Fidias y ha oído vibrar en los aires la canción de un poeta y ha visto a lo lejos a un hombre que con su palabra, su ademán y su gesto hace un trazo muy corto y muy hondo, se ha parado para tocar aquel mármol, ha querido escuchar aquel canto, y atrevida y resuelta ha puesto su planta en la vía nuevamente trazada.
Lo que importa, pues, es determinar el influjo de las obras literarias en la civilización. ¡Oh! Esta palabra por no sé qué extraño poder hace brillar en los desiertos de mi alma fulgores de sol en la mitad de los cielos, y veo romperse la sombra, iluminarse la tierra, pasar junto a mí los trofeos de la ciencia, las victorias del arte, las conquistas de la justicia, de la virtud y del derecho; en fin, a la humanidad que ayer se abría paso trabajosamente hacia el porvenir, la veo avanzar derechamente hacia la felicidad.
Este cuadro no pasa por los ojos de todos, pues en los tiempos actuales son muchos los que reducen el problema de la civilización de los pueblos a una cuestión de mejoramiento material; no niegan que hay necesidad de un avance impetuoso en el orden intelectual, pero juzgan que esto debe ser solamente un medio para transformar la materia en un grado en que pueda proporcionar al hombre un bienestar completo. Enseñan también que el elemento moral debe ser llevado a los museos para que reciba el homenaje de las generaciones de ahora, ya que en los tiempos pasados fue un instrumento para intimidar a los cobardes y sólo pudo conquistar el menosprecio de los fuertes; pero a pesar de los adelantos de este siglo, la verdadera civilización ha consistido, consiste y consistirá siempre en el desarrollo Acerca del desarrollo material e intelectual no hay discrepancia, pero sí la hay y muy honda respecto al elemento moral; mas yo sé que esta discrepancia ha sido provocada por los miopes o por los degenerados, o por los miopes y degenerados a un mismo iempo, y que la Historia con sus lecciones inmensamente amargas por lo dolorosamente sangrientas y desastrosas, se ha encargado de enseñar a todas las generaciones que el desenvolvimiento puramente intelectual y material es una civilización trunca, frágil y quebradiza, y que por lo mismo no puede resistir los embates de la catástrofe, y tarde o temprano se verá aniquilada por el cataclismo.
Establecido aunque a grandes rasgos el verdadero concepto de la civilización, pasaré a afirmar que la idea es el elemento civilizador más poderoso y eficaz entre todos los que existen.
Esos adelantos que se han realizado en el orden material, que las razas de hace veinte siglos no pudieron contemplar y que nosotros estamos cansados de admirar, son ciertamente la obra de los tiempos; pero antes que todo y sobre todo son la creación magnífica, soberbia y esplendorosa de la idea.