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lunes, 13 de febrero de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL





V. LAS LLAVESLAS LLAVES DEL REINO.

Como si no quisiera dejar duda alguna posible sobre la intención y el alcance de sus palabras relativas a la piedra de la Iglesia, Jesús las completa confiriendo explícitamente el poder de las llaves, la intendencia suprema de su Reino, al poder fundamental de la Iglesia instituido en la persona de Simón Pedro. «Y a ti daré las llaves del Reino de los cielos.» Debemos aquí, ante todo, excluir un contrasentido que nuestros polemistas «ortodoxos» atribuyen a Jesucristo. Para borrar lo más posible la diferencia entre Pedro y los otros apóstoles, se afirma que el poder de las llaves no es más que el poder de atar y desatar.
Después de decir: «Y a ti daré las llaves», Jesús habría repetido la misma promesa en otros términos.
Pero cuando se habla de llaves, debería decirse cerrar y abrir en vez de atar y desatar, así como vemos, en efecto, en el Apocalipsis (para limitarnos sólo al Nuevo Testamento) : «0 ekon tin kleida tou David, o
anoigon kai oudeis kleiei, kai kleiei, kai oudeis anoigei: El que tiene la llave de David, El que abre y ninguno cierra; cierra y ninguno abre.» (Apoc, III, 7.) 
Se puede cerrar y abrir una habitación, una casa, una ciudad, pero sólo se puede atar y desatar los seres y los objetos particulares que se hallan en la habitación, en la casa, en la ciudad. El texto evangélico en cuestión es una metáfora, pero metáfora no significa necesariamente absurdo. La imagen de las llaves del Reino (de la residencia real: beth-ha-melek debe representar por fuerza un poder más vasto y más genera que la imagen, de atar y desatar.
Como el poder especial de atar y desatar fue dado a Pedro en los mismos términos con que luego fue conferido a los otros apóstoles (Math., XVIII, 18), es fácil ver por el contexto de este último capítulo que este poder inferior sólo mira a los casos individuales («si tu hermano pecare contra ti», etc.), lo cual corresponde exactamente al sentido de la metáfora empleada por el Evangelio. Únicamente los casos de conciencia personales y los destinos de las almas individuales caen bajo el poder de atar y desatar dado a los otros apóstoles después de Pedro. En cuanto al poder de las llaves del Reino, conferido a Pedro únicamente (tanto en el sentido preciso de nuestro texto como según la analogía bíblica), no puede referirse más que a la totalidad de la Iglesia, significando un poder supremo social y político: el gobierno general del Reino de Dios sobre la tierra. No se debe separar la vida del alma cristiana de la organización de la Iglesia Universal ni confundirla con esta organización. Son dos órdenes de cosas diferentes, si bien íntimamente ligados.
Así como la doctrina de la Iglesia no es un simple compuesto de creencias personales, tampoco puede reducirse el gobierno de la Iglesia a la dirección de las conciencias individuales y de la vida moral privada.
Basada en la unidad de la fe, la Iglesia Universal, en  cuanto-cuerpo social, real y vivo, debe también manifestar unidad de acción capaz de reaccionar con éxito en cada momento de su existencia histórica contra los esfuerzos reunidos de los poderes enemigos que quieren destruirla dividiéndola. En un cuerpo social vasto y complejo la unidad de acción supone todo un sistema de funciones orgánicas subordinadas a un centro común que pueda moverlas en cada momento dado en la dirección querida. Así como la unidad de la fe ortodoxa está definitivamente garantizada por la autoridad dogmática de uno solo que habla por todos, la unidad de acción eclesiástica está, de igual modo., condicionada necesariamente por el poder dirigente de uno solo que se extiende a toda la Iglesia.
Pero en la Iglesia una y santa, basada en la verdad, no podría el gobierno estar separado de la doctrina y el poder central y supremo no puede pertenecer, en el orden eclesiástico, más que a aquel que, con autoridad divinamente asistida, representa y manifiesta, en el orden religioso, la unidad, la verdadera fe.
Por esto es que las llaves del Reino sólo fueron dadas a aquel que es, por su fe, la Piedra de la Iglesia.

VI. EL GOBIERNO DE LA IGLESIA UNIVERSAL, CENTRO
DE UNIDAD.
La Iglesia no es solamente la reunión perfecta de los hombres con Dios en Cristo; es además el orden social que la voluntad suprema ha establecido para cumplir en él y por él esa unión divino-humana.
Basada en ¡a verdad eterna, la Iglesia es perfección de la vida en lo porvenir, como fue en el pasado y es todavía en el presente el camino que conduce a esa perfección ideal. La existencia social de la humanidad en la tierra no puede quedar fuera de la nueva unión de lo divino y de lo humano realizada en Cristo. Si los elementos de nuestra misma vida material son transformados y santificados por los sacramentos, ¿cómo podría ser que el orden social y político, forma esencial de la existencia humana, quede entregado inerme a la lucha de los intereses egoístas, a la contradicción de las pasiones mortíferas, al conflicto de las opiniones falaces? Pues el hombre es necesariamente un ser social, el objeto definitivo de la operación divina en la humanidad es la creación de una sociedad universal perfecta. Más no se trata de una creación ex nihilo.
La materia de la sociedad perfecta está dada: es la sociedad imperfecta, la humanidad tal cual es. Esta no queda excluida ni suprimida por el Reino de Dios; por el contrario, es atraída a la esfera del Reino para ser regenerada, santificada, transfigurada.
Cuando se trata de unir a Cristo el ser individual del hombre, la religión no se contenta con la comunión invisible y puramente espiritual, quiere que el hombre comulgue con su Dios en la totalidad de su existencia hasta con el acto fisiológico de la alimentación.
En esta comunión mística, pero real, la materia del sacramento no queda solamente destruida y aniquilada, sino que es transubstanciada, es decir, que la substancia interior e invisible del pan y del vino es exaltada a la esfera de la corporeidad divinizada de Cristo y absorbida por ella, al paso que la actualidad fenomenal o exterior apariencia de esos objetos permanece sin cambio alguno sensible para poder obrar en las condiciones dadas de nuestra existencia física uniéndola al cuerpo de Dios.
De igual modo, cuando se trata de la vida colectiva y pública de la humanidad, ella debe también ser místicamente transubstanciada sin dejar de conservar las especies o exteriores formas de la sociedad terrestre.
Estas mismas formas, ordenadas y consagradas de cierta manera, deben servir de bases reales y de instrumentos visibles a la acción social de Cristo en su iglesia.
Desde el punto de vista cristiano la obra de Dios en la humanidad no tiene por objeto definitivo la manifestación del poder divino (idea musulmana), sino la unión libre y recíproca de los hombres con Dios.
Y para cumplir tal obra el medio propio no es la acción oculta de la Providencia que conduce a individuos y pueblos por caminos desconocidos hacia fines incomprensibles. Esta acción absoluta y exclusivamente sobrehumana es siempre indispensable, pero no basta por sí sola. 
La humanidad, sobre todo desde la reunión real e histórica de lo divino y lo humano en Cristo, debe tomar también una parte positiva en sus destinos, debe comulgar socialmente con Cristo.
Pero si deben los hombres mortales participar aquí abajo, real y actualmente, al gobierno invisible y sobrenatural de Cristo, es necesario que dicho gobierno esté revestido de las especies sociales visibles y naturales.
Para obrar en la humanidad imperfecta, y junto con ella, la perfección de la gracia y de la verdad divinas en Jesucristo, debe estar representada y servida por una institución social, divina en su origen, objeto y poderes, y humana por sus medios de acción adaptados a todas las exigencias de la vida histórica.
Para dirigir la vida pública de la humanidad entera hacia el amor divino y para determinar la opinión pública en el sentido de la verdad divina, es necesario que haya en la Iglesia un gobierno universal divinamente autorizado. Este debe tener caracteres definidos y manifiestos para que todo el mundo pueda conocerlo y debe ser permanente para que siempre pueda apelarse a él; debe ser divino en su substancia para imponerse definitivamente a la conciencia religiosa de todo hombre bien informado y bien intencionado, y debe ser humano e imperfecto en su manifestación histórica para que sea posible la resistencia moral, para dejar sitio a las dudas, a la lucha, a las tentaciones, a todo aquello que constituye el mérito de la virtud libre y verdaderamente humana.
Para formar la primera base de reunión entre la conciencia social de la humanidad y el gobierno providencial de Dios, para participar de la Majestad divina y estar, al mismo tiempo, adaptado a la actualidad humana, el poder supremo de la Iglesia, admitiendo las diversas formas de gobierno que varían según los tiempos y lugares, debe siempre conservar, como centro de unidad, su carácter puramente monárquico.
Si la Iglesia Universal tuviera un gobierno exclusivamente colectivo, si su poder supremo sólo estuviera representado por un concilio, la unidad de su acción humana (que la vincula a la unidad absoluta de la verdad divina) sólo podría tener dos bases: o el acuerdo unánime y perfecto de todos sus miembros o la mayoría de votos, como en las asambleas laicas.
Esta última suposición es incompatible con la majestad de Dios, que estaría obligada a acomodar en todo momento su voluntad y su verdad a la agrupación fortuita de las opiniones y al juego de las pasiones humanas.
En cuanto a la unanimidad y la concordia completa y permanente, tal estado de la conciencia social podría, sin duda, gracias a su intrínseca excelencia moral, corresponder a la perfección divina y manifestar infaliblemente la acción de Dios en la humanidad.
Pero, sí el principio político de la mayoría de votos está por bajo de la dignidad divina, el principio ideal de la unanimidad inmediata, espontanea y constante queda por desgracia demasiado por encima de la actual condición humana.
La unidad perfecta que Jesucristo, en su oración Pontifical, nos presentó como objeto definitivo de su obra, no puede ser supuesta como base real y manifiesta de ésta. El medio más seguro de no alcanzar nunca la perfección deseada es imaginar que ya ha sido alcanzada. La unanimidad y solidaridad consciente, el amor fraternal, y la concordia libre, forman el ideal de la Iglesia, ideal que todo el mundo acepta. 
Pero la diferencia entre una quimera y el divino  ideal de la unidad es que éste tiene un punto de apoyo real (el dos moi pou stó de la mecánica social) para ganar terreno poco a poco aquí abajo y triunfar gradual y sucesivamente de todas las potencias de discordia.
Es absolutamente necesario un principio de unidad real e indivisible para resistir a las tendencias profundas y vivaces de división en el mundo y en la Iglesia misma. Mientras la unidad religiosa —unidad de la gracia y la verdad— llega a ser en cada creyente la esencia misma de su vida y el lazo perfecto e indisoluble que le une a todo prójimo, necesita que el principio de esta unidad universal exista objetivamente v obre sobre todo el mundo bajo las «especies» de un poder social visible y determinado.
La Iglesia una y universal es perfecta por la concordia y unanimidad de todos sus miembros ; pero para que pueda ser en medio de la actual discordia, le hace falta un poder de unificación y de conciliación, poder inaccesible a esa discordia y en continua reacción contra ella, que se mantenga superior a todas las divisiones, que agrupe en torno suyo a todos los hombres de buena voluntad., que denuncie y condene todo cuanto es contrario al Reino de Dios sobre la tierra. Cuando se quiere el Reino, debe quererse también al único camino que puede conducir a él a la humanidad colectiva.
Entre la actualidad odiosa de la discordia que reina en este mundo y la deseable unidad del amor perfecto en que Dios reina, está el camino necesario de la unidad legal y autoritaria que vincula el hecho humano al derecho divino. 
El círculo perfecto de la Iglesia Universal necesita de un centro único, no para ser perfecto, sino para ser. La Iglesia terrestre llamada a contener en sí  muchedumbre de las naciones, para continuar siendo  una sociedad real debía oponer a todas las divisiones nacionales un poder universal determinado. La Iglesia terrestre que debía ingresar en el curso de la historia y sufrir, en sus circunstancias y relaciones externas, cambios y variaciones incesantes, necesitaba, para regular su identidad, de un poder esencialmente conservador y con todo activo, inalterable en el fondo y dúctil en las formas. Por último, la Iglesia terrestre destinada a obrar y a sostenerse contra todas las potestades del mal en medio de una humanidad inválida, debía contar con un punto de apoyo absolutamente firme e irrefragable, más fuerte que las puertas del infierno.