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miércoles, 11 de enero de 2017

LA RELIGIÓN DEMOSTRADA LOS FUNDAMENTOS DE LA FE CATÓLICA ANTE LA RAZÓN Y LA CIENCIA - por P. A. HILLAIRE

FUTILIDAD DE LOS PRETEXTOS ALEGADOS POR LOS
INDIFERENTES PARA DISPENSARSE DE PRACTICAR
LA RELIGIÓN.

1. ¿Qué me importa la religión? Yo puedo pasar sin ella.
R. Es lo mismo que si dijeras: ¿Qué me importan las leyes civiles? Yo puedo pasar sin ellas; quiero seguir mi antojo Si no observas las leyes de tu país, te expones a que te recluyan en una cárcel. Si no observas las leyes de Dios, Él, infaliblemente, te encerrará en una cárcel eterna, de la que no se sale jamás. Puedes pasar sin religión, como puedes pasar sin el cielo. Pero si no vas al cielo, tienes que ir al infierno. No hay término medio: o el cielo o el infierno. Al cielo van los fieles servidores de Dios, y al infierno los que se niegan a servirle. Ahora bien, el servicio de Dios consiste en la práctica de la religión. Puedes protestar cuanto te plazca, pero no lograrás cambiar los eternos decretos de Dios, tu Creador y Señor. Un hombre sin religión es un rebelde y un ingrato para con Dios; un insensato para consigo mismo; un escandaloso para con sus semejantes.

1º Un rebelde. Dios nos ha creado. Nosotros le pertenecemos como la obra pertenece al obrero que la ha hecho. Negarnos a cumplir el fin para el cual nos formaron las manos divinas, es negar la relación incontestable de la criatura al Creador; es la destrucción del orden, la rebelión. Es un rebelde el hijo que desobedece a sus padres, los cuales no son sino los instrumentos de que Dios se ha servido para darle el ser. ¿Cuál será el crimen de aquél que desobedece a Dios, a quien se lo debe todo: su cuerpo, su alma, su corazón y la promesa de una felicidad sin término?...

2º Un ingrato. Un hombre sin religión es un ingrato. Nosotros marcamos con este estigma la frente del hijo que desprecia a su padre, la frente del favorecido que olvida a su bienhechor. Pues bien, Dios es el Padre por excelencia, y todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo nos viene de Dios. Huelga decir que la gratitud es el primero de los deberes. El niño lo sabe: las dos manitas que salen fuera de la cuna dicen: mamá, yo te amo. La voz conmovida del pobre, sus lágrimas cayendo sobre la mano que le ha alimentado o vestido, traducen los sentimientos de su corazón. Y nosotros, hijos de Aquél que nos ha dado todo: nosotros, infelices mendigos, a quienes Dios sacó de la nada, ¿nosotros tendremos el derecho de pasar por el camino de la vida sin decir “gracias” a Aquél a  quien le debemos todo?... No, no es posible. El día que el hombre pueda decir sin mentira: yo no debo nada a Dios, me basto a mi mismo ese día ser independiente, y dispensado de todo deber. Pero ese día no llegará nunca: seremos eternamente las criaturas, los deudores del Altísimo y, por lo tanto, le deberemos el testimonio de nuestra gratitud eterna.

3º Un insensato. Se considera insensato todo el que destruye sus bienes, rompe los enseres de su casa y arroja su dinero a la calle. ¿Y qué debemos pensar de aquél que, deliberadamente, destruye sus bienes espirituales, se cierra el cielo y arroja para siempre su alma al infierno? Tal es el hombre sin religión. Él se pierde completamente, y su pérdida es irreparable, eterna.

4º Un escandaloso. El mayor escándalo que el hombre pueda dar es el mostrarse indiferente para con Dios. Sin duda dirá: Yo no ofendo a nadie. Pregunto: ¿Y no injurias a Dios no glorificándole? ¿No injurias tu alma, que arrojas al fuego eterno? ¿No injurias a tu familia, a tus semejantes con el gran escándalo de tu indiferencia? No les puedes causar mayor perjuicio que el de arrastrarlos con tu ejemplo al desprecio de la religión y a la condenación eterna.

2. ¿Para qué sirve la religión?
R. Esta es una pregunta impertinente, que raya en impiedad. No se trata de saber si la religión no es útil y agradable; basta que su ejercicio sea un deber para nosotros. Hemos probado que la religión es un deber estricto para el hombre; sabemos, por otra parte, que es bueno quien cumple con sus deberes y malo quien no los cumple. Que el deber, pues, nos sea agradable o desagradable, poco importa; hay que cumplirlo. Luego es necesario practicar la religión. Pero no hay nada más dulce que el practicar la religión, puesto que ella responde a las más nobles aspiraciones del alma. ¿Qué es Dios? ¿Qué es el hombre? Dios es la luz, la belleza, la grandeza, el amor y la vida. El hombre, inteligencia y corazón, aspira con todas sus ansias a la luz, a la belleza, a la vida; con sus debilidades, indigencias y dolores llama en su auxilio el poder, la bondad y la paternidad de Dios. Si tal es Dios y tal el hombre, ¿no ves que todo los une? Dios se inclina con sus bondades y sus tesoros, y el hombre se eleva con sus aspiraciones y necesidades: la religión es el templo donde ambos se encuentran y abrazan. Dios, amando al hombre y descendiendo hacia él; el hombre, llevado en las alas de la fe, de la esperanza y del amor, remontándose hacia Dios y descansando su corazón de Padre: he ahí su grandeza, su armonía... La religión sirve a Dios y sirve al hombre; y ahí tienes la razón que explica por qué la religión jamás será destruida. Para ello sería necesario aniquilar a la vez el infinito amor de Dios y el corazón del hombre, que se buscan y se encontrarán siempre. Muchos volúmenes se han escrito y podrían escribirse sobre los beneficios de la religión, y nunca se agotaría la materia.

¿Para qué sirve la religión? Para distinguir al hombre del animal; es la ciencia moderna quien lo dice y lo prueba. QUATREFAGES, en su hermoso libro de La Unidad de la Especie Humana, demuestra que dos rasgos caracterizan al reino humano: la conciencia, fundada sobre la distinción del bien y del mal, y la noción de Dios y de la vida futura, a lo que él llama la facultad religiosa. Estos dos rasgos, exclusivamente propios del hombre, son del todo extraños al animal. Un hombre no es un hombre sino porque es religioso. Luego, los que viven sin religión se separan de la humanidad, descienden un grado en la escala de los seres y se clasifican a sí mismos entre los monos más o menos perfeccionados: tal es la conclusión lógica de la ciencia. Un día, el ilustre Newton, presidiendo un banquete de sabios, se levantó y dijo: “Propongo un brindis solemne y de honor por todos los hombres que creen en Dios y que le adoran: ¡bebo a la salud del género humano!” El instinto religioso es el más profundo y más universal de la naturaleza humana. Donde hay rasgos de hombre, hay rasgos de religión.

¿Para qué sirve la religión? Pregunta más bien, ¿para qué no sirve? Un gran filósofo declara que la religión es el aroma de la ciencia; ¿y no es acaso el aroma de la vida entera? Sin la religión no hay más que una felicidad: la de no haber nacido. ¿Para qué sirve la religión? Pregúntaselo a los pobres, a los afligidos, que encuentra en ella su consuelo; al joven, a quien preserva de las pasiones; a la joven, a quien convierte en ángel; al soldado, a quién infunde valor; a los obreros; a quienes hace honrados y económicos; a los habitantes de la ciudades, a quienes guarda de la corrupción; a los labradores, a quienes procura la felicidad en su vida sencilla y ruda. Un gran criminal iba a ser ejecutado. Sentado en el jergón de su calabozo, escuchaba a un sacerdote que trataba de hacer penetrar en su alma el arrepentimiento y la esperanza. – “¡Padre!, grita de pronto el reo, yo soy muy culpable, pero conozco otros más culpables que yo; son aquellos que me han hecho ignorar lo que me estáis diciendo. La religión me habría salvado: sin ella, me he convertido en un monstruo, y ahora vedme aquí frente al patíbulo”. A la mañana siguiente, estando ya en el patíbulo, abrazó el sacerdote y al crucifijo, y mostrándolos a la conmovida muchedumbre, gritó: “¡Pueblo! Aquí tienes a tus verdaderos amigos. Crean al hombre que va a morir por haberlo sabido demasiado tarde”.

¿Para qué sirve la religión? Ella es la égida de la familia: inspira al esposo y al padre la dignidad y ternura; a la madre, el respeto y la abnegación; a los hijos, el sentimiento del deber y la piedad filial. La religión es la salvaguardia de la sociedad: inspira a los gobernantes la justicia en sus resoluciones; impone al pueblo el respeto a la ley y el amor a la patria. ¿Qué sería de la sociedad sin religión? Un famoso socialista, Pedro Leroux, nos lo va a decir: “– Puesto que hay en la tierra más que cosas materiales, bienes materiales, oro y estiércol, dadme mi parte de ese oro y estiércol – tiene el derecho de decirnos todo hombre que respira.
” – Tienes hecha tu parte – le responde el fantasma social que tenemos hoy.
” – Juzgo que está mal hecha – responde el hombre a su vez.
” – Con ella te contentabas antes – dice el fantasma.
” – Antes – insiste el hombre – había un Dios en el cielo, una gloria que ganar y un infierno que temer. 

Había también en la tierra una sociedad en la cual tenía yo mi parte, pues siendo vasallo tenía a lo menos el derecho del vasallo: obedecer sin envilecerme. Mi amo no me mandaba sin derecho o en nombre de su egoísmo, porque su poder se remontaba a Dios, que permitía la desigualdad en la tierra. Teníamos una misma moral y una misma religión; en nombre de esa moral y de esa religión, servir era mi suerte, mandar era la suya. Pero servir era obedecer a Dios y pagar con mi abnegación a un protector en la tierra. Y si era yo inferior en la sociedad seglar, era igual a todos en la sociedad espiritual, que se llamaba Iglesia. Y aun esta Iglesia no era más que el vestíbulo y la imagen de la verdadera Iglesia, de la Iglesia celestial, a la cual se dirigían mis esperanzas y miradas...; sufría para merecer; sufría para gozar la bienaventuranza... Tenía la oración, los sacramentos, el santo sacrificio. Tenía el arrepentimiento y el perdón de Dios. Ahora he perdido todo eso. No puedo esperar un cielo; ya no hay Iglesia. Me habéis enseñado que Cristo era un impostor; no sé si existe un Dios, pero sí sé que lo que hacen las leyes creen poco en ellas, y las hacen como si no creyesen ni poco ni mucho en su eficacia. Lo habéis reducido todo a oro y estiércol. ¿Para qué obedecer?... Si no hay Dios, no hay patronos; si no hay paraíso allá arriba, yo quiero mi parte en la tierra...”. Ahí tienes lo que hoy se llama cuestión social. Cuestión terrible que agita al mundo y se agrava más cada día. ¿Quién la resolverá? Los políticos parecen que no la comprenden; los filósofos disparatan, los fusiles son impotentes; sólo Dios puede resolverla. La religión previene a los pobres y a los obreros contra el lujo, los placeres y los gastos inútiles, que son la causa primera de sus desgracias. Fomenta el amor al trabajo, los hábitos de orden y economía, la paciencia en las adversidades y las penas, que son la fuente de la felicidad. Inspira a los ricos la caridad, la solicitud por los pobres, y conserva así la unión entre las diversas clases sociales. Un pensador eminente, LE PLAY, que recorrió todo el mundo para estudiar la cuestión social, después de largas observaciones declara:

Que donde quiera que halló honrada la religión y observados los diez mandamientos de la ley de Dios, florecían la familia, el trabajo, la fuerza física, las costumbres, la prosperidad pública, la felicidad social.

Que donde, por el contrario, declinan la fe religiosa y la observancia del decálogo, allí se alteraban la moralidad, el amor al trabajo, el vigor de las razas, la fecundidad de las familias. Allí germinaban las discordias sociales que causan la ruina de los pueblos. Y Le Play habla aquí no como cristiano, sino como observador imparcial y muy reposado, con columnas de números y con pruebas palpables de todo género.

CONCLUSIÓN:
Nada es más útil que la religión.

3. La religión es buena para las mujeres.
R. ¿Y por qué no para los hombres? Hombres y mujeres, ¿no son iguales ante Dios? ¿No tienen la misma naturaleza, los mismos deberes, los mismos destinos? Los hombres, ¿no son criaturas de Dios, y no deben, como las mujeres, proclamar su adhesión al Creador? Si Dios tiene derecho a las adoraciones de las mujeres, ¿por qué no ha de tener el mismo derecho a las adoraciones de los hombres? ¿O es porque tienes barba te crees con derecho para tratar a Dios de igual a igual?...

O la religión es verdadera o es falsa. Si es verdadera, tan verdadera es y, por lo mismo, tan buena para los hombres como para las mujeres. Si es falsa, es tan mala para las mujeres como para los hombres, porque la mentira no es buena para nadie.

La religión es necesaria a la mujer; pero lo es más todavía para el hombre, que ha recibido más beneficios de Dios y le debe, por consiguiente, más agradecimiento. En una familia, el hijo mayor, por ser el más favorecido en el reparto de los bienes patrimoniales, ¿no debe a sus padres mayor reconocimiento y amor que los demás hijos? El hombre es el primero en todo: el primero en la sociedad, el primero en las ciencias y en las artes, etc. Es conveniente, pues, que sea también el primero en glorificar a Dios y en practicar la religión. Él es el jefe de la familia, y ha recibido la misión de guiarla a su destino, que es Dios. ¿Acaso podría hacerlo, si no le da ejemplos de piedad, si no marcha el primero, como un capitán al frente de su compañía, bajo la bandera de la religión?

Dirás: La religión es cuestión de sentimiento. La mujer vive con el corazón, necesita emociones; el hombre es más positivista. ¿Y qué cosa hay más positivista que la religión? ¿Qué cosa más real que tu existencia? Vives, esto es positivo, y debes interrogarte para qué estás en la tierra. Tu razón te contestará: Tú vienes de Dios, tú eres su siervo, habitas su mansión, te calientas a los rayos de su sol, te alimentas con sus dones y no existes sino para ejecutar sus órdenes. Él es tu Señor y Dueño. Si no quieres acatar sus leyes, sal de su casa Pero, ¿adónde irás que no te encuentres en su casa?... ¿Qué pensarías de un servidor que dijera a su señor: – Yo soy alimentado y vestido a tus expensas: muy bien. Pero no te debo obediencia y respeto; tu mandatos son cuestión de sentimiento, buenos únicamente para tus sirvientas, que viven del corazón?... – El lenguaje de este servidor, ¿no será un insulto a su patrón? Si no practicas la religión, ¿no eres más criminal con respecto a Dios?

¿Qué quieres de más positivo que salvar tu alma, que el cielo que merecer, que el infierno que evitar? Para conseguirlo, ¿no es necesario vencer tus pasiones, practicar las virtudes, cumplir, en fin con todos tus deberes? Ahora bien, nada de esto puedes hacer sin la ayuda de la religión.

CONCLUSIÓN: – La religión es buena y necesaria para todos: Ella nos enseña a conocer, amar y servir a Dios, que es el Dios de todos. Ella nos conduce a cielo, que es la patria de todos. Y puesto que en el género humano el hombre ocupa siempre el primer puesto, el debe ser también el primero en la práctica de la religión. Preguntaban un día a un viejo magistrado: – ¿Por qué hay menos mujeres que hombres en las cárceles? – la razón es, contestó, porque hay más mujeres que hombres en las iglesias.

4. Basta ser honrado.
R. Sí; basta para evitar el patíbulo, pero no para ir al cielo. Basta ante los hombres quizá; pero no basta ante Dios, Soberano Juez.

Todo el mundo, hoy en día, pretende ser honrado. El joven que se entrega a sus pasiones desenfrenadas, te dirá con toda seriedad: ¡Soy un hombre honrado! – El patrón que abusa de sus obreros y los obliga a trabajar el domingo, so pena de ser despedidos, te dice: ¡Soy un hombre honrado! – El obrero que no aprovecha bien el tiempo porque trabaja a jornal, se atreve a decir que es un hombre honrado. – Todos los comerciantes se dicen honrados; y, sin embargo, los oyes decir, quejándose unos de otros: Por todas partes no se ven más que fraudes, injusticias, engaños Los hombres honrados que solo temen a los gendarmes son los partidarios  de esta bella religión. ¡Qué religión tan cómoda la religión del hombre honrado!...
No tienes, dices, nada que te reproche: dominas tus pasiones y vives como Bayardo, sin miedo ni tacha. Pues entonces eres un milagro viviente, una verdadera maravilla; ¡es tan difícil vencer las pasiones sin el auxilio de la religión!... Si tus debilidades y tus caídas no aparecen a la luz del sol, es que sabes disimularlas bajo el manto de una repugnante hipocresía. ¡Cuántos hombres honrados para el mundo (que no juzga sino de lo exterior) son grandes criminales a los ojos de Dios, que penetra los pensamientos más íntimos del alma Pero aun cuando lo que afirmas fuera exacto, aun cuando fueras casto, justo, buen hijo, buen padre, buen ciudadano, etc., no serías el hombre honrado que la conciencia reclama.

No se es honrado cuando no se practica la religión. La honradez es, ante todo, la justicia, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia para con Dios. Luego aquél que no practica la religión no es honrado, porque no es justo para con Dios. ¿Qué le debes a Dios? Todo. ¿Qué le dais a Dios? Nada, o casi nada. Luego no eres honrado. Un ingrato, un rebelde, ¿puede decir: No tengo nada que reprocharme, soy un hombre honrado?...

Hay que reprobar la imprudente condescendencia que tienen algunos cristianos para con los hombres sin religión. Sucede muchas veces que, después de haber hecho u inmerecido elogio de esos desgraciados, se añade: ¡Sólo le falta un poquito de religión!... ¡Cómo! ¿Te atreves a llamar honrado a un hombre que no tiene religión? Pero, entonces, el Señor nuestro Dios, ¿merece tan poca estimación de los hombres, que descuidar su servicio no es a sus ojos una falta digna de censura?... Violar los derechos del Creador, del Padre celestial, de nuestro soberano Señor, ¿dejará de ser un delito suficientemente grave para perjudicar la buena reputación de un hombre e impedirle gozar fama de bueno y honrado? ¡Qué escándalo! Los ladrones, los asesinos son menos culpables que los impíos, o que los hombres que viven sin religión, porque nuestras obligaciones para con Dios son mil veces más importantes que nuestras obligaciones para con los prójimos. No hay que olvidar que Dios nos ha creado y colocado en este mundo para conocerle, amarle y servirle. El hombre que no sirve a Dios es un monstruo de la naturaleza, como lo sería el sol que no alumbrara ni calentara. El hombre que no tiene religión no se porta como hombre; es un ser degradado, una afrenta de la creación.

5. Yo tengo mi religión: sirvo a Dios a mi manera.
R. Tendrías razón, si Dios hubiera dicho: Cada cual podrá servirme como quiera; pero no es así. Dios es el único que tiene derecho para decir cómo quiere  ser honrado, lo mismo que el dueño tiene derecho para decir a su siervo la manera cómo se le ha de servir.

Un criado que, para excusarse de no haber cumplido las órdenes de su amo, le dijera: Te sirvo a mi manera, sería despedido inmediatamente. El obrero que quisiera hacer el trabajo a su capricho, sería despedido inmediatamente. Un soldado que dijera: Hago el ejercicio a mi manera, no se libraría del castigo. Juzguemos por esos ejemplos el castigo que merecería el hombre que tuviera la insolencia de decir a Dios: Yo tengo mi religión, os sirvo a mi manera. Si Dios es el Señor, ¿no es claro que a Él corresponde regular el culto que le conviene, y ordenar la manera cómo quiere que se le honre y se le eleven las plegarias?


Si cada uno se arrogara el derecho de crearse una religión a su manera, nacerían millares de religiones, ridículas y contradictorias, como lo prueba la historia de los pueblos pagano y de las sectas protestantes.