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martes, 27 de diciembre de 2016

PROMETEO LA RELIGIÓN DEL HOMBRE

PROMETEO
LA RELIGIÓN
DEL HOMBRE
ENSAYO DE UNA HERMENÉUTICA
DEL CONCILIO VATICANO II
  PADRE ÁLVARO CALDERÓN


 LA IGLESIA Y EL MUNDO.


Aquí nos parece que tocamos el punto neurálgico de nuestro problema, no tanto desde el punto de vista ideológico sino desde el punto de vista real. Porque si bien la distinción liberal entre Iglesia y Mundo se puede considerar como una consecuencia de la nueva concepción del Reino de Dios (y ésta, a su vez, como consecuencia del personalismo humanista), todo este paquete doctrinal no es sino una gran mentira para justificar y promover la liberación real de los poderes políticos, que en el occidente cristiano fueron realmente engendrados y dominados (como los hijos por el papá) por el poder eclesiástico. Porque la doctrina adoptada por el Concilio no es sino una maquiavélica ideología al servicio de los ocultos poderes que han ido dominando la modernidad. Para entender el Concilio, entonces, se hace necesario explicar este asunto no sólo desde el punto de vista puramente doctrinal, sino refiriéndonos también a su entramado histórico. Dividiremos el status quaestionis en tres períodos de muy desigual longitud: el de la «Cristiandad» hasta la bula Unam sanctam de Bonifacio VIII, el del «Humanismo católico» hasta la encíclica Quas primas de Pío XI, y el de la «Nueva Cristiandad» hasta la declaración Dignitatis humanae del Vaticano II. Recién entonces consideraremos la doctrina conciliar y sus consecuencias.



I. LA CRISTIANDAD HASTA UNAM SANCTAM

1º La división cristiana de poderes

Los fines que debe perseguir todo aquel que gobierne la multitud, así como los fines de cada individuo, no pueden ser otros -como vimos- que la gloria de Dios y la santificación de las almas. No se nos ha dado el ser y la vida para otra cosa. La persecución de estos dos fines se traduce, de manera más concreta, en los dos principales oficios de todo gobernante : dirigir su pueblo para que le rinda el debido culto público al Creador, y promover en sus súbditos el crecimiento en la virtud. El culto divino y la vida virtuosa, he aquí las dos preocupaciones principales de un gobernante que merezca ese nombre. De una manera más o menos peor (porque las consecuencias del pecado original no les permitía hacerlo bien), los reyes paganos procuraron atender a estos oficios. Hoy, después de siglos de liberalismo, parece impensable que el presidente de una nación se preocupe por las leyes litúrgicas, mas a los jefes antiguos les parecía impensable emprender cualquier cosa sin haber aplacado debidamente a su dios. Pero antes como ahora se tenía el corazón corrompido, y los cultos paganos no guardaban, en el mejor de los casos, sino una cáscara de religiosidad. Era necesario un Redentor. Llegada la plenitud de los tiempos, el Verbo se hizo hombre para establecer finalmente en la tierra el prometido Reino de Dios. Después de vencer por la Cruz al “príncipe de este mundo”110, y para el tiempo que debía pasar hasta el establecimiento definitivo del Reino en su segunda venida, Jesucristo delegó sus poderes regios para el gobierno del Reino dividiéndolos en dos órdenes ministeriales:

• El ministerio apostólico de los sucesores de Pedro, instituido inmediatamente por Él, encargado de las funciones propiamente sacerdotales y de las funciones regias superiores, por las cuales debían enseñar a las naciones la verdad revelada, administrar los sacramentos como principios de verdadera santificación, y ordenar en los pueblos el culto debido a Dios.

• Los ministerios puramente políticos, cuya institución dejó al arbitrio de los hombres, que descargan al anterior de las funciones regias inferiores: “Dejad al César lo que es del César” (Mt 22, 21), por las cuales deben dirigir las multitudes en orden al acrecentamiento y ejercicio de las virtudes cristianas. Pero, como aclara Santo Tomás, hay dos maneras como la autoridad suprema puede delegar poderes en ministerios que, por la naturaleza de sus finalidades, están subordinados:

• Una primera manera consiste en delegar en el ministerio superior la potestad completa, de modo que éste, a su vez, subdelegue sus poderes al ministerio inferior. Según este procedimiento, el ministro superior conserva el dominio y la responsabilidad sobre todo lo que hace el inferior, y es aquél quien rinde cuentas de todo ante la autoridad suprema. Esta es la manera en que el ministerio del Papa sobre toda la Iglesia domina sobre el ministerio de los obispos en sus diócesis y el de éstos sobre los curas en sus parro quias; y es también el modo como la autoridad civil del gobernador está por encima de la de sus ministros.

• Pero una segunda manera es que la suprema autoridad delegue ella misma, de manera directa e inmediata, los poderes a cada ministerio, de modo que el ministro inferior no deba rendir cuentas de su gestión al ministro superior, sino directamente a la suprema cabeza. El ministro inferior deberá subordinar su acción en cuanto a todas aquellas cosas que pertenecen al ministerio superior, pero el ministro superior no deberá meter sus narices en las cosas propias del inferior, pues no ha sido hecho responsable de la conducta de este último. Pues bien, de esta segunda manera y no de la primera, es como Jesucristo ha constituido los ministerios apostólicos y políticos.

En consecuencia, aunque el fin del ministerio político, la vida virtuosa de la multitud, está esencialmente subordinado al del ministerio apostólico, ordenado inmediatamente al fin último, la gloria de Dios y la salvación de las almas; sin embargo, la jurisdicción política no desciende de la jurisdicción eclesiástica sino directamente de Nuestro Señor Jesucristo Rey. De allí que pueda decirse que el orden político está subordinado indirectamente al orden eclesiástico. Pero ésta es una expresión que sufre cierta ambigüedad, porque:

- si el adverbio «indirectamente» se refiere a la subordinación de las jurisdicciones, es correcto;

- pero si se entiende de la subordinación de los fines, hace pensar que el fin político no está esencial sino accidentalmente subordinado al fin eclesiástico, que es el fin último, y entonces es sumamente incorrecto.

Es así que los Apóstoles recibieron de Nuestro Señor la misión de predicar el advenimiento del Reino de Dios, invitando no sólo a los individuos, sino a las mismas naciones a aceptar el suave yugo de Jesucristo, único modo de alcanzar la justicia en el tiempo y la salvación en la eternidad. Porque sin el magisterio de la Iglesia y los sacramentos, es imposible que los pueblos rindan el culto debido al Creador y adquieran las virtudes indispensables para vivir en paz.

2º La constitución de la Cristiandad


En el mundo antiguo, esclavizado hasta tal punto por el demonio que éste pudo ofrecerle a Nuestro Señor todos los reinos de la tierra: “Omnia tibi dabo” (Mt 4, 9), los paganos más lúcidos suspiraban, con Platón, por el advenimiento del «reino de los teólogos»: “A menos que los filósofos reinen en las ciudades o vengan a coincidir la filosofía y el poder político, no habrá tregua para los males de las ciudades, ni tampoco para los del género humano”. Platón, sin embargo, había señalado casi con crueldad la imposibilidad en que se hallaban los hombres de establecer un gobierno donde reine la justicia, a causa de sus concupiscencias. Harían falta hombres que se despojaran de su egoísmo para buscar el bien común de la Ciudad, renunciando a tener riquezas propias y hasta propias mujeres. ¿Dónde se los podría hallar? Jesucristo resolvió este problema con la división de poderes. Los reyes cristianos quedarían sometidos a un ministerio apostólico que, habiendo sido descargado de las funciones menos espirituales, podía conservar la necesaria pureza de intención con la ayuda de la gracia, practicando la más estricta pobreza y castidad. El orden político quedaría así confirmado en las virtudes por la doctrina cristiana y los sacramentos, gracias al gobierno superior de los «Teólogos» cristianos, es decir, de la Jerarquía eclesiástica. El éxito de esta estrategia fue confirmado por los hechos. Si bien la Iglesia no pudo sostener el orden romano, herido de muerte por sus propios vicios, sin embargo fue capaz de reconstruir con sus ruinas un solidísimo orden de reinos cristianos, el que se ha dado en llamar la «Cristiandad». El XIII fue su siglo de oro, tanto desde el punto de vista religioso, como político y cultural. Y la síntesis doctrinal de los principios que la crearon, la tenemos en la Bula Unam sanctam, de Bonifacio VIII, 18 de noviembre de 1302, declaración que señala, a la vez, el inicio de su destrucción, pues estaba recordando estos principios a quienes ya no los querían obedecer.