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lunes, 26 de diciembre de 2016

EL PURGATORIO - La última de las misericordias de Dios - R.P Dolindo Ruotolo

LAS PENAS DEL PURGATORIO
PARA CADA CULPA A EXPIRAR


Cuando una máquina no funciona, se examinan las distintas partes y los mecanismos que la forman y se trata de repararlos. Cada pieza exige un tratamiento mecánico particular que puede compararse a un tormento particular, un pedazo se debe soldar con fuego, otro se debe limar, otro se debe atornillar y otro botar. Las culpas son verdaderos desgastes del alma, que le impiden acercarse, que le impiden acercarse a Dios y gozarlo. Estos desperfectos no pueden repararse sino con dolor, porque son productos del desorden de los sentidos que quieren gozar materialmente o del desorden de las facultades del alma, que se pierden miserablemente en aspiraciones terrenales.

El condenado es como una máquina arruinada, que no puede repararse. Porque el alma en desgracia de Dios huye ella misma del mecánico, concentrada en su orgullo y la obstinación de su perversidad. Permanece como está, congelada en el odio, caída en el Infierno. El alma purgante, en cambio, por el estado de gracia, tiende a purificarse y, por consecuencia tiene por cada culpa, una reparación especial. Cada falta es una deuda, es un daño, es un desorden; la deuda debe pagarse hasta el último centavo, el daño debe repararse: el desorden, eliminarse.  No es fácil hacernos una idea de las penas proporcionales a cada culpa. El poeta italiano Dante, ha imaginado círculos o estaciones del Purgatorio, con tormentos particulares, según las culpas particulares a expiar. Es una imaginación que está fundamentada en la realidad, pero que no supone almas torturadas, sino cuerpos sujetos por cadenas, oprimidos por pesos, gimiendo por inercia, etc. Las descripciones del poeta, por más penosas que sean, dan solamente una idea bien relativa del verdadero tormento de un alma por cada culpa que tiene que expirar. Los santos que han tenido revelaciones particulares sobre almas purgantes, no se alejan mucho de las concepciones imaginativas de Dante. Ven a las almas como criaturas corpóreas sufriendo tormentos físicos. Ellas que se manifestaron en una forma corporal, dieron testimonio de sus penas con manifestaciones corpóreas: sudor ardiente, hielo aterrador, fuego realmente quemante, etc. Hay en Roma un museo con las señales dejadas por almas purgantes y ninguno podría ser así de tonto y temerario para negar su realidad y autenticidad. Las manifestaciones corpóreas de las almas purgantes pudieron tener una explicación, cuando las bombas atómicas destruyeron dos ciudades: Hiroshima y Nagasaki. Después de seis meses de la destrucción, los americanos estudiaron la radioactividad dejada por las bombas atómicas, y constataron un hecho sorprendente que los atemorizó: dentro de las ruinas se veían fantasmas, como de cuerpos reales que corrían presas del terror. Como en una película cinematográfica aparecía la silueta de los cuerpos de aquellos infelices en el acto en el cual fueron sorprendidos, mientras huían. Eran como cuerpos reales y así aparecían. ¿Se puede decir que las manifestaciones corpóreas se deben a la radioactividad del cadáver putrefacto? ¿Quién puede afirmarlo con seguridad científica? Es un hecho cierto que el cuerpo humano tiene electricidad y puede tener radioactividad latente y todavía desconocida. Quién lleva ropa de nylon, formado por fibras de vidrio, cuando se desviste nota un fenómeno eléctrico, luminoso y a veces caluroso. Hasta los cabellos cubiertos con pañoletas nylon, se muestran llenos de electricidad, para enrizarse o ser atraídos por la peineta. ¿Sería posible que estos fenómenos eléctricos alcancen la intensidad de una radioactividad después de la muerte, hasta el punto de reproducir el cuerpo humano de quien murió, cuando el alma se manifiesta?

Nosotros decimos que es muy posible. El alma en efecto, separada del cuerpo tiene siempre una referencia a su cuerpo que debe resucitar. La terrible humillación de la muerte y del sepulcro es aminorada por la certeza de la resurrección. Cuando Dios le permite venir a la tierra y manifestarse, el alma se encuentra en relación inmediata con lo que permanece del cuerpo que animó, o sea, con la radioactividad que ahora se desprende de él y lo reproduce como un fantasma fotográfico y cinematográfico y puede a través de eso manifestarse, hablar y obrar como si estuviera redivivo. Un alma gloriosa del Paraíso se manifiesta de la misma manera, pero la luz de la gloria y de la felicidad que la hace bienaventurada, traspasa los vestigios de su cuerpo y aparece bellísima, hablando un lenguaje suavísimo que encanta. En ella emerge la felicidad de la gloria; en cambio, en el alma purgante resaltan las penas particulares que la purifican, debidas a un estado de culpa que caracterizó su vida y su carácter. Ella debe cambiarse en una nueva criatura, y las penas que sufre por su particular estado, la purifican con una reacción espiritual que la empuja a Dios. También en esta misteriosa pena hay una dulce lucha de amor. El alma reconoce por así decir, sus harapos y quiere cambiarlos por vestidos de gloria por amor a Dios, que debe recibirla en la bienaventuranza, y Dios, purificando su alma, la arregla y le prepara los vestidos nupciales del eterno banquete de vida. Si no se ve el Purgatorio en esta luz de amorosa limpieza, especialmente en sus penas por cada pecado, el Purgatorio aparece entonces como una despiadada venganza y crueldad que es absolutamente absurda en Dios, que es eterna e infinita caridad.

Las revelaciones de los Santos

No podemos ver las revelaciones de los santos en la espesa niebla de nuestra realidad material y de nuestra sensibilidad más egoísta que lógica, es más bien necesario meditarlas en la realidad del mundo y de una vida de purificación muy diversa de nuestra vida mortal. En esta luz de amor, relatamos una revelación de Santa María Magdalena de Pazzi. Una tarde, mientras con algunas religiosas, paseaba por los jardines del monasterio, fue cogida en éxtasis y se le escuchó gritar varias veces: “Sí, daré una vuelta” y con estas palabras obedecía a la invitación de su ángel custodio que la exhortaba a visitar el Purgatorio. Sus compañeras la miraron con admiración y temor emprender aquel doloroso viaje, del cual después escribió una espléndida narración. Pues bien, dando vueltas en torno al jardín, con su cuerpo doblado hacia la tierra como cargada por un pesado fardo, se detenía a mirar con señales manifiestas de horror y de compasión aquello que el ángel le mostraba. De tanto en tanto se le oía gritar: ¡Oh qué pena! ¡Misericordia Dios mío, misericordia! Y vio el lugar más profundo del Purgatorio donde estaban los sacerdotes y religiosos, exclamando: ¡cómo! ¿Sacerdotes y religiosos en este lugar tan horrible? ¡Oh, mi Dios! ¡Cuán atormentados los veo! Y diciendo esto, temblaba y sufría. Después del lugar de purificación de los sacerdotes, fue a aquel de las almas simples, de niños, y de las almas incultas, las cuales tienen sus culpas aminoradas por la ignorancia. Vio que había hielo y fuego, y las almas pasaban alternativamente de uno a otro tormento. Sufrían penas y, sin embargo, estaban contentas porque sabían que esos tormentos las llevarían al camino a la felicidad. Vio también, un lugar de nauseabundos demonios que atormentando las almas, las insultaban, eran almas que en vida habían sido vanidosas e hipócritas para agradar a los otros. Vio asimismo otro lugar, y en él, una muchedumbre que avanzaba como aplastada por un enorme peso, eran las almas que en vida fueron impacientes y desobedientes. Entró en un lugar muy cercano al Infierno, donde estaban los mentirosos y engañosos, sumergidos en un estanque helado, mientras se derramaba en su boca plomo derretido. Vio a los avaros, que estaban como licuados por el fuego, como plomo en el horno. Vio as los impuros, cuyos pecados les habían sido perdonados, pero no los habían expiado bastante en vida. Su puesto de expiación era sórdido y maloliente que de solo verlo daba horror y apretaba el corazón….Vio la cárcel de los ambiciosos y los vio sufrir agudos dolores en medio de densas tinieblas… “¡Oh, pobres miserables! – gritó – que por haber querido elevarse sobre los otros, están ahora condenados a tanta oscuridad”. Después vio las almas de aquellos que fueron ingratos con Dios, duros de corazón, que no supieron nunca lo que es amar a su Creador, Redentor y Padre. Ella los vio sumergidos en un lago de plomo derretido, en castigo por haber hecho estériles, con su ingratitud, las fuentes de la gracia. Finalmente, le mostraron una última prisión donde estaban las almas que por no haber tenido en vida ningún vicio particular, se mancharon con pequeñas faltas y vio que todas sufrían castigos correspondientes a sus faltas, pero en pequeñas proporciones.

Es evidente que el tipo de pena observado por la santa por los pecados de las almas que expiaban en el Purgatorio, eran símbolos de una realidad penosísima, que no puede tener comparación con los sufrimientos en la tierra. El hielo y el fuego que veía la santa, eran en realidad el estado de hielo de aquellas que no amaron a Dios o no lo conocieron por ignorancia culpable, y el fuego era el ardor que les quemaba por conocerlo y amarlo. Las heridas de las almas que fueron vanidosas en vida, eran como filudas agujas que penetraban íntimamente en ellas, por haber buscado la complacencia de las criaturas. Los pesos sobre las almas impacientes y desobedientes eran la opresión que experimentaban al ser como dominadas por el fuego y estrechadas por las llamas. El plomo fundido arrojado en la boca de los mentirosos y el estanque helado en que eran sumergidos, eran símbolo de las expiaciones de los engaños que contrastando con la Verdad Eterna son como fuego que produce ruina y frío del espíritu lejos de la Eterna Verdad. El plomo licuado que se le aplicaba a los avaros, era tormentosa expiación de su apego al vil metal. Las ebulliciones en que estaban los impuros representaba el estado de su alma, manchada de residuos de vergonzosos pecados. Las tinieblas de los ambiciosos eran la expiación por su deseo de brillar en la gloria terrenal. Cada pecado, cada imperfección que mancha el alma, se vuelve en ella como un hábito, como un modo de vida, y eso es tan verdadero que nosotros espontáneamente no designamos al hombre por su vicio, no decimos: este hombre peca de avaricia, decimos: es un avaro. El vicio lo absorbe todo, y la expiación lo llena todo, de modo que el alma es como el plomo que se licua, se libera de las escorias y toma una nueva forma, por así decirlo, una forma de justicia que le hace desear la riqueza de la vida eterna.

La soberbia se vuelve humildad, en la humillación de los sufrimientos que
dominan el alma.

La avaricia se vuelve desapego de las cosas terrenales, en el deseo de poseer el Eterno Bien,

La lujuria, práctica vergonzosa de pasiones sucias, se vuelve como hábito
penitencial que purifica el alma.

El estado de ira se vuelve actitud de paciencia porque el alma sufre con amor los castigos que la equilibran en la paz.

La gula, por expiación, se vuelve poco a poco gusto por las cosas eternas.

La envidia se vuelve caridad, en el deseo que todas las almas estén en la gloria.

La pereza se vuelve empuje ardiente hacia el señor, por la expiación que purifica el alma, sacudiéndola del letargo en el cual vivía en la tierra.

El alma es como un gusano que antes de transformarse en mariposa, sufre un despojamiento de sus órganos inútiles. El alma entra en el Purgatorio como un gusano viscoso y repugnante, como el gusano de seda en el capullo. Encerrada en la prisión del Purgatorio adquiere casi una nueva naturaleza y se vuelve una blanca mariposa que vuela hacia Dios en la eterna felicidad. Si nosotros pensáramos en el daño que nos hacemos con los pecados veniales, míseras satisfacciones de un momento fugaz, no seríamos tan tontos para seguir con tanta facilidad los impulsos de las pasiones y las tentaciones de los sentidos, y sabríamos dominarnos para vivir completamente en gracia de Dios; somos como niños tontos que por capricho de un juego se hacen daño y por el mísero gusto de encender una llama, producen un incendio.

Los condenados

Los miserables condenados que se precipitan en el Infierno, no están en un estado de purificación, y los tormentos espantosos que sufren son el estado que han elegido voluntariamente; es como su vida, su naturaleza, su hábito, sin la mínima luz, en un siempre eterno horror de odio y de desesperación por el que no desean sino el mal, odiando a Dios y queriendo perder a las almas que peregrinan sobre la tierra. ¡Qué horror! ¿Quién es el insensato, que quiere perderse así?