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lunes, 7 de noviembre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

OTRA CARGA

 

Todos los más grandes enemigos de Dios y de la Iglesia en nuestro país están concentrando sus fuerzas para continuar la batalla y para dar una nueva carga, en combate formidable, a la causa noble y santa de la verdad. El protestantismo hace esfuerzos desesperados por penetrar a todas partes, por llegar al corazón de las masas, por arrebatarnos a la juventud por invadirlo todo. La Masonería cobra bríos, se reorganiza y se prepara también para embestir y para llevar adelante y en alto el estandarte de la rebelión contra Dios y contra la Iglesia. La revolución, que es aliada fiel tanto del protestantismo como de la Masonería, sigue en marcha tenaz hacia la demolición del catolicismo y bate el pensamiento de los católicos en la prensa, en la escuela, en la calle, en las plazas, en los parlamentos, en las leyes: en todas partes.

 

Nos hallamos en presencia de un triple e inmensa conjuración contra los principios sagrados de la Iglesia, que son los únicos sillares, los únicos verdaderos fundamentos de la civilización. Se recrudecerá el combate; se multiplicarán los esfuerzos de los propagadores del mal y de los portaestandartes del error y bien pronto se dejará sentir como una inmensa oleada devastadora que herirá todo: el hogar, la familia, la escuela, el pensamiento, el individuo; en fin, todo. Y la guerra se impone; la guerra santa de las ideas, de las palabras tendrá que librarse a pesar del espíritu de cobardía de muchos católicos y del amor ardiente que sienten pro sus propias comodidades y por su catolicismo de reposo, de pereza, de apatía, de inercia y de inacción. De manera que tendremos que combatir; estaremos obligados hoy más que nunca a batirnos, a buscar un puesto bajo la tienda de campaña donde tiene que rugir el odio en torno de las palabras y de las ideas. Pero no solamente tenemos que combatir, sino que hoy tenemos que combatir de manera de aproximarnos siquiera a la victoria. En otros términos, el ideal de combate, tan antiguo como el Cristianismo, tiene que ser ideal supremo de todo católico. Porque cada católico fue consagrado soldado de Cristo y su misión es batirse hoy, batirse mañana, batirse siempre bajo el estandarte de la verdad. Pero no solamente es necesario que cada católico busque supuesto de combatiente y de soldado de Cristo sino que ahora no vamos a incurrir en el viejo, en el gastado error de combatir, adrede por desorientación, por alta de táctica, desigualmente con nuestros enemigos. Porque hoy ya sabemos que nuestras armas fundamentales son: la prensa, la escuela, la organización y la acción infatigable. Con estos elementos iremos en línea recta hacia la victoria. Por esto nadie, entre los católicos, debe dejar de proteger la prensa, nadie debe estar aislado ni nadie estar a pierna suelta.


Hay que escoger

La cuestión de la escuela sigue siendo una cuestión de vida o muerte. Porque de la escuela depende fundamentalmente el porvenir de la juventud, el porvenir de las familias y el porvenir de la Patria. Por no haberlo querido comprender así, y sobre todo por no haber querido resolver esa cuestión de manera que se aseguraran los intereses sagrados de la conciencia, hemos llegado a este extremo de ignominia, de decaimiento y de postración. Los padres de familia, que son los que deben resolver satisfactoriamente la cuestión de la escuela, de modo que ante todo y sobre todo, las generaciones lleven encendida sobre el alma la antorcha de la religión y en lo íntimo de su corazón arraigado el hábito de hacer el bien, no quisieron resolver el problema. Y hoy, como el sembrador de cizaña, los padres de familia por haber mandado, sin ningún escrúpulo, sin ningún esfuerzo diligente por evitarles a sus hijos la perversión del alma, del pensamiento y del corazón, más funesta que todas las pérdidas materiales, a la escuela laica, es decir, a la escuela oficial, a la escuela sin Dios, han dado a la sociedad toda esa enorme legión de perseguidores de la Iglesia. Y es necesario que todos los padres de familia, ante esa inmensa catástrofe moral de que somos víctimas y testigos, ante ese desbordamiento de odio a Dios, abran grandemente los ojos y se den cuenta de que la cuestión de la escuela es una cuestión gravísima que no resuelve ni mucho menos, mandando a los hijos a la escuela sin Dios, es decir, a la escuela oficial. Y sobre todo los padres de familia deben tener entendido que su responsabilidad es tremenda ante el porvenir de sus hijos, ante el porvenir de la patria, ante la historia. Porque de los padres de familia, según sea la escuela a donde envíen a sus hijos, depende que mañana la patria tenga fuertes y altos ciudadanos que se consagren con ahínco y afán incansable a procurar de hecho, con supremo desinterés, con abnegación sin medida, el verdadero progreso de nuestra sociedad o que tenga hombres de espíritu enfermizo, mezquino y egoísta que solamente busquen, como todos los revolucionarios engendrados por la escuela sin Dios, su propio mejoramiento, sin cuidarse ni poco ni mucho del bien público. Más aún, de los padres de familia depende que Dios siga siendo perseguido con odio satánico en todas partes y que la Iglesia continúe siendo apuñalada por sus verdugos. Y es el instante de estar a la altura del alto deber de padres de familia. Es el momento de escoger entre la perversión de alma de la niñez y de la juventud, brotes que lleven en germen el porvenir entero de la Patria y de la esperanza del mañana. Más claro: hay que escoger entre la escuela sin Dios y la escuela que haga y forje verdaderos ciudadanos que sepan y quieran sacrificarse por el bien público. Se podrán hacer muchas objeciones a todo esto; se podrán alegar muchas cosas; sin embargo, todo el inmenso montón de ruinas que se alza delante de nuestros ojos, nos está diciendo que no hay medio; o la escuela sin Dios y nos hundiremos más de lo que estamos o la escuela con Dios y tarde o pronto, pero algún día, volverá a reinar Dios en las conciencias y la Iglesia a ser respetada y amada por todos. Con esas armas esperamos a pie firme la nueva carga que preparan los grandes enemigos de Dios y alcanzaremos la victoria.